El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Cinco #2
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CAPÍTULO Cinco #2

—No se trata solo de la amenaza de Efnysien o de su ejército rojo.

La violencia se acumula en el aire. Los Salteadores, al suroeste; los habitantes de Terrascarcha, al noreste.

Estamos atrapados entre dos enemigos ansiosos por acabar con nosotros.

—Aprieta los dientes y tensa la mandíbula—.

La plaga empeora con cada estación que pasa.

Nuestros campos de cultivo se agostan, nuestras cosechas se marchitan.

Entre los crecientes terremotos y el trasiego de todo tipo de criaturas malvadas que bajan desde las Cimerias…

, somos más vulnerables de lo que nunca hemos sido.

Nuestras tropas ya están demasiado dispersas.

Me temo que vivimos en un castillo de naipes.

La brisa más leve acabará por completo con nosotros.

—Esta carga no te pertenece solo a ti, Pendefyre.

—Ah, ¿no? —Suelta un resoplido amargo.

—No, no tiene que ser así. Podrías dejarme ayudarte. Podrías turnarte conmigo para recargar las protecciones.

Su respuesta es instantánea:

—De ninguna de las maneras.

—¿Por qué?

—No vas a poner en peligro tu vida por mi reino.

—¿Pero tú sí vas a poner en peligro la tuya?

—Acabo de decirlo —replica en tono seco—: se trata de mi reino.

Yo aparto de mí el dolor que me causan esas palabras, por más ciertas que sean. Es verdad, Caeldera no es mi hogar en realidad. Yo ya no tengo ningún hogar. Sin embargo, ese brusco recordatorio me duele mucho más de lo que quiero admitir.

—Prométeme… —empieza a decir—. Prométeme que no te vas a acercar a las protecciones. Prométeme que no te vas a poner en peligro innecesariamente.

—Está bien —accedo a regañadientes—. Pero entonces dame alguna otra tarea. No soy del todo inútil con un arco. Déjame ayudar a Mabon con las patrullas por el perímetro de la ciudad. Mándame al frente junto con Jac y Cadogan, para que pueda…

Me interrumpe:

—Por supuesto que no.

—Penn…

—Tú no eres soldado.

Contemplo su perfil con ojos entrecerrados. Sigue sin mirarme de frente.

—Ya he participado en una batalla. Me he cobrado vidas. He luchado codo con codo junto a tus hombres.

—Eso no es lo mismo.

—¿De qué hablas?

Guarda silencio durante un largo latido.

—Hablo de que quiero que estés a salvo. Bastante has hecho ya. Además, ya estás ocupada con tu trabajo en el dispensario. Es allí donde haces falta, no en el campo de batalla.

—Casi todos nuestros catres están vacíos. Solo queda un puñado de pacientes de Festaflama, que pronto recibirán el alta. Lestyn y Osain pueden encargarse sin mí de todos los casos de anginas de verano que surjan.

—No.

Retrocedo ante esa negativa directa.

—¿No? ¿Así, sin más? ¿No? ¿No podemos siquiera hablarlo?

—Rhya, por favor. No te he traído aquí para discutir.

—Ah, claro, solo estoy aquí para reírme con las salamandras de fuego como si fuera una colegiala imbécil.

—Por los cielos —ruge él—. Eres del todo imposible, ¿lo sabías?

—Mira quién habla.

—Traerte aquí ha sido un error. Pensaba que podría darte unas horas de descanso entre tanta penuria. Qué necio por mi parte intentarlo siquiera. No volverá a suceder.

—Penn…

—No. Antes hice bien al poner distancia entre los dos. No tengo energía para pelearme contigo ni tiempo para preocuparme por si intervienes en asuntos que no son de tu incumbencia.

Entrecierro los ojos y pongo los brazos en jarras. Mi temperamento empieza a llamear y, con él, mi magia. Las corrientes de aire comienzan a cargarse bajo mi piel, intentando salir en forma de vórtice que lo consuma todo, a pesar de mis intentos de calmar la furiosa tormenta que llevo dentro.

—Pues discúlpame —siseo, con una voz tan fría como el viento que se lleva consigo todo rastro de la calidez de la primavera—, porque no me había dado cuenta de que mi presencia constante en tu ciudad era una carga tan grande.

—No pongas palabras en mi boca.

—No necesitaría poner palabras en tu boca si te atrevieras a decir lo que piensas.

—¿De verdad quieres saberlo?

—La verdad es que no he hecho la pregunta para disfrutar del sonido de mi propia voz.

Él gira la cabeza y por fin me mira. Cuando veo sus ojos, me doy cuenta de por qué ha estado evitando mi mirada. Están tan llenos de emoción y de magia que me quedo sin aliento al verlos. Habla con voz ronca:

—Me importas mucho. ¿Es eso lo que necesitas oír? Me importas más que mi ciudad, más que mis ciudadanos, más que el destino de todo Anwyvn. Día tras día me preocupa qué sucederá si regresa Efnysien. Día tras día me preocupa que, si regresa, consiga apartarte de mí.

Mi rabia desaparece, ahogada por emociones más fuertes. Intento reprimirlas, pero no lo consigo.

—¿Y qué te parece que me preocupa a mí, Pendefyre?

¿Mis pacientes? ¿Mi falta de propósito? ¿El papel que desempeñé en la muerte de Uther?

¿Que mi amistad con Carys se haya echado a perder?

¿Mi futuro como Vestigio? ¿La profecía? ¿La salvación de todo nuestro reino?

—Suelto una risa quebradiza y se me rompe la voz—.

No. Debería preocuparme por todo esto, pero no.

Doy un paso hacia él. Mis ojos no se apartan de los suyos. Mi voz se convierte en un susurro destrozado:

—Me preocupo por ti, Penn. Me asaltan visiones en las que estás encerrado en la cámara de las protecciones noche tras noche, como un poseso.

Matándote por entregar demasiado de ti mismo, como le sucedió al rey Vorath.

No puedo dormir, no hago más que dar vueltas en la cama preguntándome dónde estás.

Me pregunto si sigues con vida o si por fin has tenido éxito en lo que a mí me parece una misión suicida.

—No voy a repetir los errores de Vorath.

—Ah, ¿no? —Las lágrimas brillan en mis ojos—. Flaco consuelo, porque yo misma he visto lo mucho que te estás acercando al precipicio. Yo misma te he apartado de ahí con mis propias manos.

—Ya te dije…

—¡No me importa lo que me dijiste! Por los dioses, Penn…

—Doy un paso más, y los dos quedamos cara a cara.

Echo hacia atrás la cabeza para mantenerle la mirada.

Sus ojos arden con llamas que parecen avivarse más y más a cada palabra que pronuncio con voz áspera—.

No puedo comer. No puedo dormir. No me concentro en mis tareas.

No puedo ni respirar pensando en que mueras.

Así que, por favor, no me hables de prioridades erróneas.

No eres tú el único que no puede elegir qué le importa, ni el motivo por el que late su corazón, ni la razón por la que quiere reconstruir nuestro mundo.

Su expresión es un retrato vivo de la desesperación, aunque habla con palabras resueltas:

—Pero yo sí puedo elegir. Y elijo.

Yo me encojo.

—Eliges tu preciado control.

—Elijo mi ciudad —me corrige, la mandíbula apretada como un perno—. A mi gente.

No puedo culparlo por ello. Ni siquiera me sorprende. No es la primera vez que viene con esta cantinela ni que deja más que clara su postura frente a esto… Frente a nosotros.

«Las emociones fuertes son un lastre.»

«Las cosas que más queremos en el mundo…, las cosas que nos hacen sentir más intensamente… No podemos disfrutar de nada de eso.»

Quizá es egoísta por mi parte insistir. Quizá es inútil pedirle algo que no puede darme.

Quizá es necio por mi parte anhelar desesperadamente una solución efímera para un problema eterno.

Pero todo esto me da igual. Ahora está aquí, a mi alcance, y sus ojos abrasan los míos.

Nuestro vínculo es una corriente viva de poder que me inmoviliza.

Las emociones entre los dos son un batiburrillo: amor, odio, remordimiento, resentimiento. No puedo discernir cuáles me pertenecen a mí y cuáles brotan de él. Una única lágrima me corre por la mejilla.

—Eres muchas cosas, Pendefyre, pero no pensaba que fueras un cobarde.

Aparto la mirada de la suya, le doy la espalda y me abrazo a mí misma, como si quisiera contener esta implacable pena.

Mis ojos lacrimosos se centran en las salamandras que holgazanean junto a la vítrea e iridiscente poza.

Parpadean en mi dirección unos párpados traslúcidos que se cierran horizontalmente sobre unas pupilas angulares y que vuelven opacos sus intensos ojos.

Varias de ellas se escabullen hasta perderse de vista, se retiran a sus madrigueras en las rocas o bien se zambullen bajo la viscosa superficie de las pozas.

El sol se ha retirado, un denso banco de nubes ha aparecido rápidamente y envuelve toda Calaboja con pesadas sombras.

El aire caliente y sulfúrico de pronto cobra el peso de una lluvia inminente.

—Quiero volver —digo con voz neutra.

No digo «Quiero volver a casa.» Tal y como Penn ha dicho, Caeldera es su casa, no la mía. Su reino.

Dos brazos me rodean sin previo aviso. No me resisto cuando me veo aplastada contra un pecho cálido y fuerte.

El cinturón de dagas se me pega a la espalda a través del fino uniforme de novicia.

Y aunque intento con todas mis malditas fuerzas no escucharlo y ahogar mi corazón con rabia, un dique se rompe por completo en mi interior en cuanto siento el roce de sus labios contra el lóbulo de mi oreja, en cuanto oigo su voz profunda y áspera:

—Por los cielos, Rhya. Si pudiera, me perdería en ti. Por completo. Pero, al hacerlo, perdería el contacto con todo lo que me permite cada mañana recorrer las calles ruinosas de mi ciudad sin ceder a la cobardía. Perdería la determinación de arreglarlo todo.

Sus labios recorren la columna de mi cuello, en la que me late el pulso al doble de velocidad. Su tono se vuelve aún más grave:

—Si me zambullo en ti… —me estremezco pegada a él, incapaz de detener el calor que se enrosca en mi interior—, jamás volveré a salir a por aire.

—Entonces, ¿ha de ser todo o nada? —susurro en tono lúgubre—. ¿O lo somos todo el uno para la otra o no somos nada en absoluto?

Un gemido bajo y torturado reverbera en su garganta.

—Sí. Que los dioses me ayuden, sí. Así ha de ser.