CAPÍTULO Cinco
C abalgamos durante varias horas. Hace más de un mes que no salgo de los límites de Caeldera.
Me sorprende ver que el extraño clima que asola la capital no está presente en el resto de la meseta.
El reino se encuentra sumido en una primavera tardía.
Las nieves que yo esperaba encontrarme se han derretido y han dejado a su paso un mundo de hierba vívida, arbustos florecientes y árboles cargados de hojas.
Después de pasar semanas bajo nubes constantes, me encuentro mirando en derredor en medio de una mezcla de confusión y asombro.
Cabalgamos por un soleado bosque y pasamos de vez en cuando por alguna torre de vigilancia o puestos de guardias en el camino.
En todos hay soldados vestidos con el uniforme marrón dyvedita y armados hasta los dientes.
El rey Pendefyre no piensa arriesgarse a que haya otra invasión.
La mañana pasa. No le pregunto adónde me lleva, y él no me cuenta nada.
Me conformo con saborear este momento desacostumbrado; aparto de mí las obligaciones que nos esperan a ambos en Caeldera y me apoyo contra el cálido pecho de Penn, para dejar que su sempiterno calor me caliente la columna vertebral.
No basta para espantar el frío que ha anidado en mi interior desde Festaflama, pero algo sí que ayuda.
Siento que la magia canturrea en mis huesos antes incluso de que el bosque dé paso a una escarpada línea de costa donde el salvaje océano choca contra la orilla occidental del reino.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi el mar.
Mi corazón chilla ante el reconfortante ritmo de las olas al romper, ante las brisas de la marea que tan bien conozco de mi juventud.
Sin embargo, la extraña cala que aparece ante nosotros no se parece en nada a las arenas blancas de Guardamar.
Esta bahía cubierta de espuma está plagada de docenas de pozas de marea de extrañas formas.
El agua en ellas está quieta y resplandeciente, con un tono entre verde y amarillo.
En el aire flota un fuerte olor a salitre y azufre; me pican los ojos hasta el punto de lagrimear.
No hay ninguna duna ni playa. Onyx aminora la marcha hasta detenerse.
El suelo bajo sus cascos cruje; es un cúmulo cristalino de sal más grueso que la escarcha.
Al contemplar esas pozas poco profundas, veo que no contienen ninguna veloz criatura de escamas resplandecientes como joyas ni tampoco cangrejos de duro caparazón.
Es agua estancada y humeante, de superficie viscosa de la que a veces surgen burbujas de vapor.
—¿Dónde estamos? —pregunto, saboreando diferentes vapores cada vez que inspiro, sin dejar de mirar en derredor.
—Este lugar se llama Calaboja.
Con esa escueta respuesta, Penn baja de la montura y me tiende la mano para ayudarme a desmontar.
Mis dedos hormiguean de calor al agarrar los suyos, pero él me suelta en cuanto mis pies tocan el suelo.
Dejamos a Onyx bajo los maltrechos árboles en la linde del bosque y nos internamos por un camino entre las pozas burbujeantes.
Nuestras botas crujen sobre la espesa capa de sal.
Bajo la superficie, noto un grueso caudal de poder que palpita por la tierra, como un mazo sobre un tambor.
Como el latido de un corazón. Algo vivo, algo antiguo, algo que vibra desde el mismísimo núcleo de Anwyvn, que asoma por las grietas entre las pozas.
Me estremezco y trago pura magia que se me mete en los pulmones a cada inspiración.
La siento en mis venas, permeando en mi sangre.
La marca de Vestigio en mi pecho palpita de poder reprimido; es una quemadura helada sobre mi piel.
Es la antítesis del aire, que cada vez está más caliente.
Nos internamos más y más en este anillo de extrañas pozas sulfúricas.
No es la primera vez que me encuentro en un lugar de poder natural: he estado en la Arboleda Lucestela de Guardamar, en el portal en el corazón del Bosque Abandonado, en la cámara de las protecciones tras las grandes cascadas de Caeldera…
, pero esto es de lejos lo más potente que he presenciado.
Penn inspira hondo y sus hombros se mueven visiblemente bajo el manto que lo cubre. La magia también tiene efecto en él. Veo que se le enrojece la piel desnuda del cuello y los pómulos afilados. Aprieta los puños a los costados, y comprendo lo difícil que le resulta mantener el control.
—¿Por aquí hay un portal?
Sin responder en voz alta, Penn señala a la izquierda.
Mis ojos siguen el gesto más allá del campo de pozas.
Lo veo casi al instante: un escarpado arco de pizarra gris, rocas amontonadas unas sobre otras hasta formar un anodino umbral natural.
A su alrededor, el aire vibra con un leve resplandor, la única señal del glamur que lo oculta ante los ojos de los mortales.
—¿Vamos a cruzarlo?
—No —responde Penn sin perder el paso.
—¿Y entonces por qué estamos aquí?
—Quiero enseñarte algo.
Yo alzo las cejas.
—¿El qué?
—Ya lo verás. —Suelto un suspiro—. No está lejos —señala. Mi impaciencia parece divertirlo de alguna manera.
Llegamos hasta la poza de mayor tamaño, justo en el límite de la cala, fuera del alcance de la espuma que salpica de las olas.
Es el doble de ancha que las demás y bastante más profunda, de un vívido color anaranjado con numerosas estrías amarillas y verdes.
Para mi absoluto gozo, la rodean docenas de criaturas reptilianas con cuerpos de color casi idéntico al de la poza.
Un camuflaje natural. Algunas son tan pequeñas que cabrían en la palma de mi mano; otras tienen el tamaño de un gato doméstico.
Apenas nos prestan atención, amodorradas sobre las rocas extremadamente calientes.
Una sonrisa asoma a mis labios al ver que una de ellas saca una lengua negra y expulsa una pequeña bola de fuego que flota hasta el cielo.
—¿Son dragones? —pregunto, encantada ante la escena.
—No, son flamandríades. Salamandras de fuego.
Me agacho para verlas mejor y me llevo unas advertencias flamígeras por parte de las criaturas que tengo más cerca. Varias diminutas bolas de fuego salen disparadas en mi dirección. Retrocedo de un salto hasta chocar con las piernas de Penn, y casi lo derribo al suelo.
—Perdón. —Suelto una risita mientras él me ayuda a levantarme—. No me lo esperaba.
Penn me clava la mirada durante un largo instante, con los ojos cargados de intención, repletos de magia de fuego, dos estanques de lava derretida que me abrasan en el sitio.
—No te disculpes —susurra—. Hace mucho tiempo que no te veía reírte ni sonreír.
La sonrisa desaparece de mi boca. Trago saliva e ignoro el modo en que se me encoge el estómago.
—¿Por eso me has traído aquí?
—¿Tan inconcebible te parece que quiera hacerte feliz?
—No —murmuro—, es que…
De pronto, Penn suena cansado:
—¿Es que qué, Rhya?
—Es que llevas semanas evitando mi presencia. Meses, en realidad. Has hecho lo imposible para aumentar la distancia entre los dos desde…
Me muerdo el labio inferior para contener el resto de mis palabras.
—¿Desde cuándo? —dice él.
«Desde que me besaste. Desde que sentí tu cuerpo contra el mío, tus manos en mi cabello, tu fuego en mi sangre. Desde que sostuviste todo mi placer en tu callosa mano, y yo a cambio convertí el tuyo en una llama abrasadora que aún siento cada vez que cierro los ojos.»
Quiero decir todo esto, pero la vergüenza detiene mi lengua. Me arden las mejillas. Me digo que es a causa del calor del aire que mana de las pozas, no por el profundo azoramiento que siento.
—Desde Festaflama —termino en tono débil—. Desde la batalla. Es como si volviéramos a ser desconocidos.
Guarda silencio durante un largo rato, absorbiendo mis palabras. Veo lo mucho que le afectan y siento la tensión a través de nuestro vínculo. Al cabo, aparta la vista de mí y contempla la cala. Su mirada escruta más allá de las pozas burbujeantes, hacia ese mar azul oscuro.
—No te estoy evitando a ti —dice al fin—, sino a todo el mundo. A todos. A todo el maldito reino. A todo el maldito mundo y a quienes lo habitan.
Niega con la cabeza, con un cansancio que se adueña de su semblante. Tiene unas ojeras tan pronunciadas que me dan ganas de acariciarle los ojos con la punta de los dedos para suavizarlas. Entrelazo los dedos a la espalda para contenerme.
—Desde esa noche —prosigue Penn con voz brusca—, lo único que hago es recordar mis errores una y otra vez. Cada fracaso. Cada vida que se perdió. No puedo estar en el presente, porque me consume el pasado. Me obsesiona el futuro que aún nos aguarda.
—Te refieres a Efnysien. —Me mordisqueo el labio—. Quieres vengarte.
—Pagará por sus crímenes, Rhya.
—Soren ha regresado a las Tierras Septentrionales. Quizá…
—Si Soren hubiera conseguido matar a Efnysien, ya nos habríamos enterado.
¿Crees que dejaría pasar la oportunidad de pavonearse de su éxito?
—Penn niega con la cabeza, pero sigue sin mirarme—.
No. Efnysien vive. Está escondido entre sus chapiteles sombríos, ganando tiempo hasta que pueda volver a atacarnos.
La ansiedad me sacude las entrañas.
—Sé que temes que vuelva a atacar a tu gente. Sé que por eso estás tan obsesionado con reforzar las protecciones. Pero, Penn, seguramente estamos a salvo. Al menos durante un tiempo. Seguramente…
—¿A salvo? Claro que no estamos a salvo.
—Pero…