El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Cuatro #4
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CAPÍTULO Cuatro #4

—¡Basta! —Yo doy un respingo ante la brutalidad del rugido de Penn.

Una lluvia de chispas brota de las puntas de sus dedos y se desparrama por los adoquines entre los dos caballos.

Ambos sementales se revuelven, nerviosos.

La distancia entre los dos hombres aumenta cuando las monturas retroceden.

Yale guarda silencio al fin, quizá lo bastante inteligente como para reconocer que ha entrado en terreno peligroso—.

Has dicho que traes un mensaje urgente. —La mandíbula de Penn está tensa de furia contenida—. Entrégamelo.

Yale estira la columna como si de una barra se tratase. Su voz suena igualmente rígida:

—Han llegado noticias de Fríacruz. Los exploradores han visto que el ejército llŷriano ha atravesado el Estrecho Aviano al anochecer.

«Así que Soren ha regresado.» Se me encoge el estómago.

—¿Llevan prisioneros consigo?

Yale se encoge de hombros ante la pregunta de Penn.

—No lo sé.

—¿Y el rey?

—Si el rey Soren cabalgaba con ellos, mis exploradores no lo vieron. Pero si los llŷrianos han regresado, es de suponer que ya han terminado lo que fueron a hacer a las Tierras Meridionales.

Una sensación aciaga reverbera por el aire.

Después de Festaflama, Soren se lanzó a perseguir a Efnysien hacia el sur, con la intención de llevarlo ante la justicia por sus crímenes.

Con terco optimismo, he pensado que tendría éxito y atraparía al hechicero oscuro antes de que este desapareciera tras las impenetrables fronteras de Dymeria, ese sombrío reino desértico que es su hogar.

Pendefyre veía las posibilidades del rey llŷriano con mucho menos optimismo que yo.

Si los soldados de Soren han regresado al norte tan pronto y sin prisioneros…, yo quizá debería haber compartido el mismo pesimismo de Penn.

—¿Alguna noticia más? —le pregunta a Yale.

—Los Salteadores de la frontera sudoeste siguen avanzando —responde el general con brusquedad—.

Hemos obligado a los clanes a retirarse a la banquisa de hielo una y otra vez, pero no dejan de insistir en sus ataques.

Será necesaria una gran demostración de fuerza para erradicarlos de una vez por todas.

Sin embargo, vos habéis enviado a nuestras tropas en dirección opuesta.

—Confío en mis lugartenientes. Me dicen que los habitantes de Terrascarcha suponen una amenaza inminente para las costas septentrionales. No pienso dejarnos desprotegidos en ambas fronteras por un capricho vengativo.

—¿Capricho vengativo? —Yale resopla—. Exterminar hasta el último miembro de esa escoria de los Salteadores de la faz de esta tierra no sería ningún capricho vengativo.

Sería justicia. ¿O acaso habéis olvidado que estarían encantados de hacer lo mismo con nosotros?

No se detendrán hasta que hayan erradicado a todos los fae.

Me limito a sugerir que les devolvamos amablemente el favor.

—En sus clanes no solo hay guerreros. También hay niños. Mujeres encintas. Ancianos.

—Monstruos pasados y futuros. —Yale escupe sobre los adoquines—. Si tuviese la oportunidad, exterminaría yo mismo hasta al último recién nacido que hay en la banquisa de hielo.

Yo me estremezco por completo. Los ojos de Penn vuelan hacia mí durante un breve instante. Ha sentido por el vínculo la repentina oleada de horror que me recorre.

—Tus ansias de venganza son irrelevantes, Yale.

Pero este no ha terminado.

—Hubo una época, no hace tanto tiempo, en la que habríais estado totalmente de acuerdo conmigo. Decidme, Pendefyre…, ¿cuándo os habéis ablandado tanto? —Sus ojos se clavan en mí—. O, mejor dicho, ¿quién os ha ablandado?

—Cuidado con lo que dices —advierte Penn entre dientes con patente rabia.

—Ya veo que he tocado un tema delicado. —Sus ojos dorados no se apartan de mi cara ni la sonrisa desdeñosa abandona su expresión—.

Ya te lo advertí, tejedora del viento, ¿verdad?

¿Tan ciega estás que no ves que tu presencia aquí pone en riesgo a todos los habitantes de este reino?

¿O eres tan egoísta que no te importan las vidas que peligran por tu culpa?

Yo me encojo ante sus palabras.

—Yale…

El general corta el intento de interrumpir de Penn y prosigue con tono salvaje:

—Creo que debe de ser esto último. Solo una persona completamente egoísta sería capaz de seguir tan campante en medio de la ciudad que sufrió un ataque por su culpa, de caminar entre los supervivientes de un ataque dirigido a ella.

—Sus labios se aprietan hasta formar una severa línea—.

¿Por qué crees que ha huido tanta gente?

Nadie soporta mirarte, tan altanera, tan listilla.

Haciéndote pasar por una heroína. Todos sabemos la verdad.

Eres la causa de todos los males que azotan este reino. Eres…

—¡BASTA! —El bramido de Pendefyre resuena tan alto que llega hasta el cielo.

Yo vuelvo a encogerme. El sonido reverbera por las paredes de los barracones y se propaga sobre el lago.

En un alarde de sabiduría, Yale se calla la boca—.

Voy a permitir tus insubordinaciones hacia mi persona —gruñe Penn, apretando tanto las riendas que se le ponen los nudillos blancos—.

Incluso toleraré tus intentos de minar mi autoridad ante mis hombres.

Pero si pronuncias una sola palabra más en contra de Rhya, quedarás expulsado de tu puesto.

El general aprieta los dientes en un esfuerzo por contener su ira.

Aunque no pudiera guardar silencio, da igual.

Penn ya no va a prestarle atención. Azuza a Onyx con las rodillas, se inclina y me engancha por debajo de los brazos para subirme a la montura.

El movimiento es tan brusco que casi suelto un grito, pero me asiento delante de él.

Apenas he apoyado el culo cuando Penn clava los talones en los flancos del caballo y se lanza al galope.

Lejos de Yale. Sin embargo, mientras nos alejamos, comprendo que las palabras hirientes del general me seguirán allá donde vaya.