El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Cuatro #3
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CAPÍTULO Cuatro #3

Una incontrolable oleada de rabia me recorre. Antes siquiera de darme cuenta de que me estoy moviendo, me he alejado varios pasos de las sombras. Alzo la cabeza y miro a Yale a los ojos. Mi voz restalla como un látigo:

—Ándate con cuidado, general Yale. Para ser alguien que se aferra tan desesperadamente al poder, pareces peligrosamente cerca de perder el tuyo.

Su mirada afilada se centra de inmediato en mí y adopta un aire carroñero. Su boca se tuerce en una mueca que es mitad malicia y mitad anticipación.

—Vaya, vaya, vaya. Pero si es la heroína de Caeldera. Suponía que habías abandonado la ciudad, porque no te he visto por ahí. Cualquiera diría que estabas evitando mi presencia.

Yo enseño los dientes en una mueca.

—Para evitarte, primero tendría que importarme tu paradero, y no tengo costumbre de malgastar energía con detalles insignificantes.

La mirada de Yale se vuelve tan fría que podría rivalizar con las cumbres de las Cimerias.

Él clava las rodillas en los flancos de su caballo para ponerlo en movimiento y empieza a rodearme lentamente.

Yo me mantengo inmóvil; me niego a girarme con él.

Prefiero mirar al frente. Farley y el resto de los soldados nos contemplan, cada vez más nerviosos.

El susurro que hacen al moverse inquietos en el sitio se ve ahogado por el repiqueteo de los cascos del corcel sobre los adoquines.

—Nada de esto es asunto tuyo, tejedora del viento —exclama Yale, lo bastante alto como para que todos lo oigan—. Puede que te hayas hecho un hueco en el círculo más cercano de Pendefyre con tus malas artes, pero aquí no tienes ninguna autoridad.

—Ni tú tampoco —replico.

—Quizá no sobre el Gremio del Ascua, pero el ejército es mío. Y mis soldados de infantería no van a ninguna parte, ni esta noche ni ninguna noche, sin que yo les dé venia directa.

Aprieto los puños, intentando contener mi rabia. En mi pecho, la marca de Vestigio se enrosca con una amenaza serpentina que promete concluir esta conversación de forma letal en cuanto a mí me venga en gana.

«Podrías arrojarlo por los aires hasta esa pared de piedra con un movimiento de muñeca», susurra dentro de mí una voz sinuosa.

«Podrías lanzarlo hasta el otro extremo de los cuadriláteros de entrenamiento en apenas un latido.

Podrías invocar suficiente poder como para romperle todos los huesos.

Podrías sacarle el aire de los pulmones hasta que la muerte lo pinte de púrpura. »

Aparto de mí esa voz y busco la mía propia.

—Tus órdenes han quedado invalidadas, Yale. El rey…

—Tal y como he dicho, aquí no veo ningún rey.

—Pues te sugiero que mires mejor.

Él alza las cejas con un gesto casi cómico.

—¿Qué has dicho, chica?

—Que mires… —vocalizo— mejor.

En cuanto esas palabras salen de mi boca, todos los que están cerca captan el ruido de cascos, que resuena en mitad de la noche como un estruendo violento.

El reconocimiento me atraviesa la columna vertebral con un escalofrío.

Al igual que todos los demás en la calle, yo también me giro y veo que el rey de Dyved sale de entre las sombras montado en su propio semental, como si yo misma lo hubiese conjurado.

Quizá sea así en cierto sentido. El vínculo entre los dos no puede contener las emociones, que se desbordan.

Penn parece incapaz de sentir mi inquietud sin buscar al mismo tiempo la causa y, cuando es posible, mitigarla.

Yo ya había presentido su cercanía, pero, aun así, me impresiona verlo llegar.

Presenta una figura imponente contra el duro fondo de la noche.

Vestido por entero de negro, de la empuñadura de la espada envainada a su espalda a las puntas desgastadas de sus botas de cuero, resulta difícil ver dónde termina su forma y dónde empieza la de Onyx, su enorme semental de ébano.

—Soldados —ruge en dirección al batallón a la espera al pasar a su lado—, ¡en marcha!

La unidad responde al instante y reanuda la marcha por la avenida del Rey sin un instante de vacilación.

El Gremio del Ascua se apresura a seguirla; azuza a sus monturas y ocupa la retaguardia de la procesión en dirección al túnel que lleva más allá del cráter.

Farley me dedica un guiño, con una media sonrisa en los labios, cuando pasa junto a mí a lomos de su yegua.

Penn detiene bruscamente a Onyx a mi lado. El vínculo entre nosotros vibra como la cuerda de un laúd.

—General —saluda con sequedad.

Yale, que por fin ha dejado de dar vueltas a mi alrededor, inclina la cabeza en un burlón gesto de falso respeto.

—Rey Pendefyre.

—Qué inesperada sorpresa. Pensaba que estabas ocupado protegiendo nuestras fronteras. Y, sin embargo, aquí estás.

—Os aseguro que la sorpresa es toda mía. Estaba de camino con noticias importantes del frente sureño. —Los labios de Yale se curvan en una mueca de disgusto, como si hubiese tragado algo en mal estado—. Cuando me llegaron noticias anoche de esta maniobra, decidí apresurarme al máximo.

—Un esfuerzo innecesario.

—En eso estamos en desacuerdo. —Yale agarra con más fuerza las riendas—. Aunque parece que estamos en desacuerdo en numerosos aspectos, teniendo en cuenta que habéis decidido enviar más soldados al norte sin mi consejo.

—Ah, ¿acaso te suponen un problema mis órdenes?

Yale enseña los dientes en una sonrisa amarga.

—Sencillamente, me sorprende que no hayáis contado con mi consejo en este asunto. Nuestras fuerzas ya están demasiado desperdigadas. Y perdimos a muchos en Festaflama.

—No hace falta que me recuerdes a los que hemos perdido, Yale. Yo luché al lado de todos los que cayeron. Vi cómo la luz abandonaba sus ojos, mientras que otros… —Penn hace una pausa astuta— se refugiaban dentro del bastión.

—Yo estaba defendiendo a nuestra reina.

Penn resopla.

—Te defendías a ti mismo.

Yo inspiro entre dientes al ver la expresión vengativa que arruga las facciones cubiertas de cicatrices del general.

El aire entre los dos se vuelve tan denso y pesado que me parece que va a cristalizar para luego desplomarse sobre los adoquines y hacerse añicos.

Los miro a ambos de hito en hito, mientras ellos se sostienen la mirada desde sus monturas.

Los separa una docena de pasos en la calle, ahora vacía.

—¿No tenéis cosas mejores que hacer que pelearos por rencillas antiguas? —intervengo cuando ya no puedo soportar más el silencio—. Festaflama ya es cosa del pasado, y hemos de centrarnos en el futuro de Dyved.

Los ojos de Yale vuelan hacia mí.

—Lo que yo discuta y con quién lo discuta no es asunto tuyo, niña.

—Puede que seas mayor que yo, Yale, pero quien está comportándose aquí como un niño eres tú.

—¡Qué manera de morder a quien te tiende una mano!

Me recuerdas a una perra rabiosa que se instaló en los establos del hogar de mi infancia cierto verano.

Desde lejos parecía inofensiva, pero en cuanto acercabas los dedos…

—Yale niega con la cabeza con aire burlón—.

Una criaturilla feroz. Menos mal que no tardó en buscarse otro sitio donde vivir y dejó de distraer a nuestros sabuesos de pura raza de sus deberes.

A Penn no parece hacerle gracia la anécdota personal del general ni tampoco las implicaciones mal disimuladas que hay tras ella.

Un latido de pura rabia recorre nuestro vínculo, tan fuerte que casi me tumba.

Por el rabillo del ojo veo que aprieta los dedos sobre su fornido muslo y se inclina levemente hacia delante en su silla.

—Te voy a hacer una advertencia, Jareth —dice Penn, y el uso despreocupado del nombre de pila del general contrasta de algún modo con su tono agresivo—: hace mucho que sostienes las riendas de nuestro ejército.

Pero bastará una palabra mía para que esas riendas pasen a manos de otro. Sería una necedad olvidarlo.

—También lo sería apartar de su cargo al líder a quien todos los soldados de Dyved siguen con confianza y lealtad desde hace dos décadas.

Puede que ahora seáis su rey, pero siguen respondiendo ante mí.

Era yo quien los gobernaba mientras vuestra hermana se ocupaba de otras partes menos sangrientas de la soberanía.

—No te equivoques, yo no soy mi hermana. Puede que la reina Vanora estuviese más ocupada con sus fiestecitas de jardín y sus grandes bailes que con la supervisión de nuestros ejércitos, pero yo no tengo la menor intención de seguir con esa errónea estrategia. No nos ha servido de mucho.

Yale retrocede como si Penn le hubiese dado un puñetazo, con expresión aturdida.

—¿Estáis dando a entender que de alguna manera yo soy responsable de la invasión de los Salteadores? ¿Que de alguna manera he fracasado en mi tarea como general al mando?

—Lo que digo es que, quizá, si Vanora hubiese mostrado más interés en la seguridad de nuestra frontera, esa invasión jamás habría sucedido.

—Yo hice todo lo posible…

—Y sin embargo —lo interrumpe Penn—, hubo ataques en nuestros puestos fronterizos y el ejército rojo de Efnysien reemplazó a nuestros guardias en la oscuridad de la noche. Y tú ni siquiera te enteraste de que algo iba mal.

Yo había pensado que el aire estaba tenso antes, pero ahora se carga con nuevos niveles de animadversión. La cicatriz de Yale destaca, blanca, sobre el rubor de pura ira que ocupa su semblante.

—Qué sencillo resulta para vos, mi rey —escupe el título como si fuese una maldición—, emitir juicios sobre mis decisiones.

Echarme la culpa. Pero no tenéis ningún derecho a juzgarme.

Vos no estabais aquí. Estabais perdido por las Tierras Centrales, peinando el reino en busca de señales de nuestra preciada tejedora del viento.

Y la encontrasteis, pero ¿a qué precio? —Sus ojos dorados vuelan hacia mí durante un breve instante, cargados de animosidad—.

Por ella habéis abandonado a vuestro pueblo. Por ella…