El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Cuatro #2
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CAPÍTULO Cuatro #2

—Estaba a punto de preguntarte lo mismo. ¿Hemos sufrido daños por el terremoto?

—Sí, pero mínimos. Parece que esta vez nos hemos librado.

—¿Y a qué viene tanto ajetreo? Faltan dos horas para el alba.

—Vamos a salir. Cadogan ha solicitado refuerzos en el mar Septentrional. Al parecer, los habitantes de Terrascarcha están más agresivos que de costumbre.

Lestyn, a mi espalda, deja escapar una exclamación ahogada.

Yo hago una mueca al oír el nombre de la nación vecina al este de Dyved.

Un territorio yermo cubierto de hielo e inhóspito, habitado por piratas desalmados.

Su falta de tierras fértiles los ha llevado a saquear a enemigos inocentes en lugar de cultivar sus propias cosechas.

Normalmente, suelen centrar su atención oportunista en las tierras al otro lado del mar, pero a juzgar por la brigada armada que se está reuniendo ante mí, deben de haber decidido atacar más cerca de casa.

—Sus drakares han sido vistos no lejos de la costa —continúa Farley—.

Están dando vueltas como buitres, planteándose cuándo aprovechar un momento de debilidad para atacar.

Pretendemos recordarles que las fuerzas dyveditas no tienen nada de débiles, ni siquiera después de Festaflama.

—Hace una pausa y baja la voz con toda intención—. Sobre todo después de Festaflama.

—¿De verdad que nos van a atacar? —interviene Lestyn, con voz asustada.

Los ojos verde claro de Farley vuelan brevemente hacia el chico.

—Es difícil de decir.

—Pero seguramente no pretenderán desatar una guerra a gran escala —murmuro yo.

—En el pasado, jamás han sido tan necios como para intentarlo. Pero en su día pensamos justo lo mismo de los Salteadores. Vivimos en tiempos extraños. Últimamente, nuestros enemigos parecen tan impredecibles como el clima.

Yo alzo la mirada hacia el cielo oscuro. Incluso ahora, a altas horas de la madrugada, las nubes son tan densas que ocultan las estrellas.

—Y cuando os vayáis, ¿quién protegerá la ciudad?

—Pues tú, claro. —Farley adopta una expresión juguetona—. ¿Quién iba a atreverse a atacar Caeldera si la portadora de luz está aquí, lista para freírlo en el sitio?

—Hablo en serio.

—¡Y yo! Entre Pendefyre y tú, nadie se atrevería a volver a atacar la capital. El fuego y el aire juntos. Habría que ser un necio para intentarlo siquiera.

«El fuego y el aire.»

«Juntos.»

Casi suelto un resoplido de lo absurda que es la idea. No le he visto ni un pelo al tipo en cuestión desde que regresó de su misión más reciente. Ahora mismo puede que esté dentro del cráter, pero si no fuera por el vínculo, yo no tendría ni idea de dónde se encuentra.

—Y aun así —se apresura a añadir Farley, sin duda al ver mi expresión dubitativa—, Mabon se quedará aquí con su unidad, para asegurar el perímetro y patrullar las tierras circundantes hasta nuestro regreso.

—¿Y cuándo regresaréis? ¿Cuánto tiempo vais a pasar fuera?

—No lo sé. Podría ser una quincena o quizá un año.

—Esboza una media sonrisa lateral—. No pongas esa cara tan larga, Fiera.

¿Te acuerdas de que eres prácticamente inmortal?

Aunque regrese a casa dentro de cien años, con el pelo canoso y las sienes arrugadas, tú seguirás siendo la viva imagen de la juventud.

Quien debería estar triste soy yo, que soy quien se va a pasar un tiempo indeterminado durmiendo en un saco comido por las polillas.

En el camino no me esperan más que gachas cocidas y sarpullidos por la silla de montar.

Si esas palabras estaban destinadas a animarme, en realidad consiguen el efecto opuesto.

Un horripilante caudal de emociones se acumula tras mis ojos.

No puedo evitarlo; la idea de perder al último amigo que me queda en esta ciudad rota basta para sacudir mi precaria compostura.

Farley me mira boquiabierto y horrorizado.

Capto su expresión emborronada tras las lágrimas.

—¡Por los dioses, mujer, basta ya!

—¡Lo siento! —grito, igualmente horrorizada.

—¡No hace falta que lo sientas, solo que no llores!

—¡No estoy llorando!

—Cualquiera lo diría. De verdad, de haber sabido que te pondrías así por mi marcha, te habría evitado junto con todos mis pretendientes. Qué pesados son. Te juro que nada me espanta más que alguien que expresa demasiado afecto.

A pesar de mi tristeza, no puedo evitar reírme.

—Eres una persona horrible.

—Si me piden que lo sea, por supuesto. Puede que tú seas portadora de luz, pero soy yo quien rompe corazones.

—Quien rompe bragas sería más adecuado.

Lestyn reprime una risita.

—Ah, qué bien, ahora vuelve a insultarme. —Farley sonríe—. Se le debe de haber pasado tanta congoja.

Hago una inspiración irregular entre dientes, reprimiendo desesperadamente el sollozo que tengo en la garganta.

—En realidad sé cuál es el verdadero motivo por el que te marchas.

—Ah, ¿sí?

—Ahora que se me da bien la gañifa, te da miedo seguir jugando contra mí. No quieres arriesgarte a que te desplume.

—Claro. Eso es justo lo que está pasando. —Alarga la mano y me revuelve el pelo con aire juguetón, acariciando mis trenzas de color platino—. ¿Cómo puedo ser tan horriblemente transparente?

Detrás de nosotros, los soldados de infantería están empezando a marcharse; salen de los barracones y echan a andar por la avenida del Rey en hileras ordenadas.

Sé que el Gremio del Ascua no tardará en seguirlos.

La mitad de ellos ya ha subido a sus monturas.

Por la noche se propaga el sonido de las jarcias y los relinchos de los caballos.

Farley lanza una rápida mirada por encima del hombro, con el remordimiento pintado en el semblante.

—Fiera…

Antes de que pueda despedirse, yo avanzo un paso y lo rodeo con mis brazos. Lo aprieto tan fuerte contra mí que se le escapa el aire.

—Ten cuidado —le ordeno con voz ronca.

Él no dice nada. Se limita a darme un fuerte abrazo para luego subirse a una lustrosa yegua moteada de ondulada crin negra.

Lestyn se me acerca, como si quisiera prestarme toda la fuerza que tiene su esbelta figura.

Juntos vemos que Farley azuza a su cabalgadura hasta colocarse al frente de la fila.

El suave sonido de los cascos de la yegua no tarda en verse ahogado por el repiqueteo de otro caballo que recorre la avenida del Rey al galope.

Nos giramos hacia el jinete que se aproxima.

Lleva una capa que ondea tras de sí en la oscuridad.

Da un tirón de las riendas y se detiene a pocos pasos de distancia.

Los flancos de su semental están cubiertos de espuma…

Venga de donde venga, ha llegado a toda velocidad.

El animal sacude la cabeza de un lado a otro, claramente nervioso ante la repentina parada, enseñando los dientes y tensando los hocicos.

El jinete no hace nada para calmar a su montura; dedica toda su atención a la compañía reunida del Gremio del Ascua.

Su rostro cubierto de cicatrices se contrae al recorrerlos a todos.

El general Yale, alto comandante de los ejércitos de Dyved, ha llegado. Y no parece estar contento.

—¿Qué significa esto? —ladra Yale.

—¿A vos qué os parece, general? —La voz de Farley, que hace unos segundos era juguetona y estaba teñida de buen humor, ahora es seca—. Nos dirigimos a la costa septentrional para ayudar a nuestros compañeros.

Al oír esto, la mirada de Yale se intensifica diez veces más. Yo misma he experimentado esa mirada en el pasado más veces de las que quiero recordar. Retrocedo hacia las sombras y tiro de Lestyn para que venga conmigo.

—Adelántate tú —le susurro en la oscuridad—. Ve al dispensario. Allí nos vemos.

—Pero…

—Que te vayas.

Lestyn, con un mohín de disgusto en la cara, se escabulle por la avenida. Lleva entre esos brazos larguiruchos el cesto que le acabo de dar. Yo debería ir con él. Si Yale me ve, su humor no hará sino empeorar. Y sin embargo, mis pies están clavados en el suelo.

—No he dado permiso para semejante maniobra —le gruñe el general a Farley. Sus ojos de color castaño dorado destellan. La larga cicatriz que le recorre el lado izquierdo de la cara no hace sino intensificar su expresión iracunda.

—Con el debido respeto, general —replica Farley—, la última vez que lo comprobé, no estabais al mando del Gremio del Ascua.

—Pero sí que superviso la legión de soldados de infantería que marcha junto a vosotros. Sin duda, por eso habéis decidido partir en mitad de la noche. —Sus manos enguantadas aprietan con más fuerza las riendas—. Así pues, lo volveré a preguntar: ¿por orden de quién marcháis hacia el norte?

—Por orden del rey.

Un resoplido amargo resuena en mitad de la noche.

—Yo aquí no veo ningún rey.

A Farley se le descuelga la boca. Una oleada de inquietud atraviesa la caballería ahí reunida.

Las palabras de Yale se repiten entre susurros y bajos gruñidos por entre todos los soldados a caballo del Gremio del Ascua.

El murmullo va creciendo y creciendo entre los soldados de infantería que ahora esperan, solemnes y quietos, a que les den permiso para seguir caminando.

Yo misma palidezco. Eso casi equivale a una rebelión abierta.

Poner en duda las órdenes del rey demuestra un patente desprecio por el propio soberano, así como por cualquiera que intente desafiar la autoridad del general.

Con un fervor que me sorprende incluso a mí misma, me encuentro deseando que ojalá Yale no hubiese sobrevivido al desastre del palacio cuando cayeron las torretas.

Si hay alguien que merecía morir bajo toneladas de escombros y piedras, es él.

Él, que ni siquiera luchó en las calles, que no obligó al enemigo a retirarse con espada y arco.

Él, que se escondió en la seguridad del bastión mientras sus batallones sangraban y morían bajo las hachas de los Salteadores.

Este es el hombre que ahora se siente con derecho a poner en duda los motivos de Pendefyre. Que pretende sembrar semillas de duda entre sus hombres.

«Pues no.»