CAPÍTULO Cuatro
E l terremoto llega en mitad de la noche y me saca con un sobresalto de un sueño oscuro.
En un primer momento, creo que sigo dormida, que el temblor de la cama no es más que otro fragmento de las horribles visiones que embrujan mi subconsciente, un mar de arena que amenaza con tragarme por completo mientras aves de carroña sobrevuelan un cielo estragado de rayos, a la espera de cebarse con mis huesos hasta dejarlos mondos y lirondos.
Sin embargo, cuando recupero del todo la consciencia, comprendo que está pasando de nuevo.
Otro terremoto. Y este es más fuerte.
Ya son tres en lo que va de mes. Resulta difícil creer que en su día fueran un fenómeno desacostumbrado.
A medida que la plaga se expande por Anwyvn, enfermando la tierra poco a poco, los temblores de tierra nos sacuden con creciente frecuencia.
Incluso aquí, en las Tierras Septentrionales, tan lejos de las ansiosas garras del mal, la plaga ha empezado a cruzar las montañas Cimerias con dedos esqueléticos.
Como respuesta a esta invasión, la tierra tiembla y se sacude como un paciente terminal y demasiado fuerte para su propio bien, luchando contra la condenación inminente con una obstinación que no hace más que drenar rápidamente sus menguantes fuerzas.
Pues, si la tierra misma puede sentir dolor, a buen seguro este es el modo en que lo manifiesta: no se trata de un callado gemido de aceptación, sino de grandes estremecimientos que amenazan con romper el mundo en dos. Y a todos nosotros con él.
Bajo a toda prisa de la cama y avanzo a trompicones hasta la puerta.
Los tablones bajo mis pies son tan inestables como la cubierta de un barco.
Me balanceo de un lado a otro contra las paredes del estrecho pasillo.
Me agacho y recorro agazapada el resto del camino hasta el salón.
Lestyn ya está despierto; acaba de sacudirse el sueño reparador en el que lo dejé sumido en mi sofá hace varias horas, con el libro abandonado en el suelo junto a sus gafas.
Con esos rizos negros despeinados a causa del sueño y su piel cobriza atípicamente pálida, por una vez tiene todo el aspecto de un chico de trece años, y no tanto del competente novicio que he llegado a conocer bien a lo largo de los últimos meses.
—Pasará pronto —exclamo, agarrándome al umbral de la puerta mientras el terremoto empieza a perder intensidad—. ¿Lo notas? Ya está bajando.
Él asiente y traga saliva para controlar el miedo. Tras unos instantes más de turbulencias, el mundo se detiene y vuelve a sumirse en el silencio.
—Listo. —Inspiro hondo—. ¿Lo ves? Ya está.
Me acerco a él, apretando la tela de mi camisón con una mano, como si eso fuese a disminuir mis latidos desbocados por mera fuerza de voluntad.
Lestyn mira al infinito; sus ojos no me ven ni a mí ni a la habitación que nos rodea, sino algo más.
Algo peor. Con cautela, me dejo caer a su lado e imito su postura: la espalda apoyada en el sofá, las rodillas plegadas contra el pecho y los brazos abrazándolas con fuerza.
—Venga, vamos. No pasa nada. Ya se ha terminado.
Lestyn no responde. Su cuerpo tiembla, como si aún sintiese los efectos del terremoto.
Clava la mirada en las estanterías, las atraviesa, contempla unos recuerdos tan dolorosos que me da miedo sacarlo de su estupor.
Hay ciertos detalles que he descubierto sobre este chico sin necesidad de preguntarle, sin que me los haya contado explícitamente.
Sé que perdió mucho en la batalla…, más que la mayoría de la gente.
También sé que no viene a mis aposentos solo por tener acceso a los tomos del boticario, por más que finja que así es.
Lo que sucede es que no le gusta dormir en los barracones, donde los demás huérfanos desplazados pasan sus noches.
Prefiere el catre irregular que le hemos puesto en la fría habitación trasera del dispensario.
Sin embargo, a veces necesita algo parecido a un hogar, aunque aún no esté listo para expresarlo de viva voz.
Por más despierto que sea y más ingenio que tenga, en muchos sentidos sigue siendo un chiquillo perdido que aún está aprendiendo a navegar por esta solitaria y nueva realidad.
No es el único.
Nos quedamos sentados en silencio durante un rato, hasta que las réplicas del terremoto acaban por completo. Cuando la respiración de Lestyn se ha calmado y sus ojos han perdido parte de esa pátina lúgubre, yo me pongo en pie y lo levanto de un tirón.
—Vamos. Ponte las botas mientras yo voy a vestirme —digo con brusquedad—. Esta noche, ninguno de los dos va a dormir más. No tiene sentido quedarnos aquí; será mejor ayudar a otros.
Él asiente, con los hombros rígidos.
—Vale, Rhya.
—Esperemos que no se hayan derrumbado más edificios con estos temblores de tierra.
El dispensario está casi despejado del todo, por fin.
Preferiría que siguiera así unos cuantos días antes de que se desate otra calamidad.
De ese modo, tendríamos tiempo de ocuparnos de ese montón de ropa sucia que hay en los almacenes, porque, si sigue creciendo, le hará sombra a la cadena montañosa.
Su resoplido divertido me sigue pasillo abajo.
Pocos instantes después, los dos atravesamos la franja oscura que es la calle Alta.
Pasamos junto a la sastrería de Carys. Las ventanas están iluminadas; hay quinqués encendidos a pesar de lo tarde que es.
Si hago un esfuerzo, puedo oír el leve llanto de un bebé consentido a quien están acunando para que vuelva a dormirse después del sobresalto.
Me recorre una oleada de anhelo. Ojalá pudiera llamar a la puerta, ofrecerme para hacerle una taza de té a Carys y turnarnos las dos para acunar a Nevin hasta que se durmiera, para que su madre pudiese descansar un poco.
Quizá así empezaríamos a hacer las paces…
—¿Te encuentras bien?
Le lanzo a Lestyn una mirada de reojo y veo que me contempla con preocupación. Me obligo a despejar la expresión y esbozar una sonrisa.
—Estoy bien.
—Ya. —Niega con la cabeza y murmura—: Todos estamos bien.
—¿Has estado cuidando el jardín de Carys, como te pedí?
—Cada dos días.
—¿Y le has llevado suministros? —Él asiente—. Buen chico.
Prácticamente puedo oír más que ver cómo pone los ojos en blanco.
—No sé por qué me obligas a pasar por ahí tan a menudo. Podría dejarle los paquetes de suministros en la entrada.
—¿Y qué pasa con el jardín? ¿Quién lo podaría si no lo haces tú?
—¡Hace un montón que arranqué todos los hierbajos! Van a pasar muchos meses antes de que se pueda recolectar ninguna hierba de él. Además, ¿por qué no puede hacerlo la señora que vive encima de la tienda?
¿Cómo voy a explicarle a un chico de trece años que el jardín no es el motivo por el que lo envío allí, sino la dueña de la parcela donde está el jardín? ¿Cómo explicarle que esas visitas implican que alguien se asome al mundo de una querida amiga, un mundo en el que yo ya no soy bienvenida?
No puedo explicarle nada de eso. No hay palabras para explicarlo.
—Pues porque… —digo en tono rígido— la señora que vive ahí arriba está… Está…
—Triste —termina Lestyn por mí, con un entendimiento que va más allá de la edad que tiene—. Está muy muy triste.
Trago saliva.
—¿Y tú eso cómo lo sabes?
—No es que llore ni nada de eso. Incluso intenta sonreír a veces, algunos días.
Y me ha dado algún que otro trozo de las manzanas que le mandaste la semana pasada, cuando acabé de regar el jardín.
Pero sus ojos… —Se encoge de hombros—.
Se le ve en los ojos. Están vacíos. Como los de un cadáver en el dispensario cuando ha ganado la fiebre.
Menos cuando mira a su bebé… Es el único momento en el que parece viva.
«Dioses.» Tengo la garganta tan cerrada que me cuesta hablar.
—Deberías saber que… Carys, al igual que muchos de nosotros, perdió a alguien durante Festaflama.
Lestyn me lanza una rápida mirada. Él mejor que nadie comprende las pérdidas de esa noche.
—No es que esté triste. Está pasando un duelo —prosigo—. Y aunque hay quien diría que las dos cosas son lo mismo, se equivoca. La tristeza es una reacción breve; el duelo es un estado de existencia. Se tarda mucho en pasarlo.
Lestyn traga saliva.
—¿A quién perdió?
Los firmes ojos grises de Uther destellan en mi mente, un recuerdo doloroso como un rayo.
—A su marido. Era miembro del Gremio del Ascua. Un buen hombre.
—Oh.
Doblamos la esquina de la calle Alta y cruzamos la avenida que lleva hasta el dispensario. Todos los edificios, al menos los pocos que siguen ocupados, están cerrados a cal y canto por la noche.
—Bueno, pues por eso es tan importante que sigas visitándola y encargándote del jardín.
—Me obligo a adoptar un tono más ligero—: Cuando llegue el otoño tendremos toda una nueva remesa de hierbas medicinales con las que tratar a nuestros pacientes.
Se nos está acabando casi todo, y Osain no es de los que comparten sus reservas personales.
—Valiente viejo chocho —murmura Lestyn.
Y tiene razón.
Recorremos el resto del camino en silencio. Para ser tan joven, tiene las piernas largas y me mantiene el paso con facilidad. Pronto será más alto que yo.
En los barracones impera la actividad a pesar de las altas horas de la noche.
Soldados de infantería con uniformes marrones entran y salen de los dormitorios y forman filas frente a los cuadriláteros de entrenamiento.
Sus escudos resplandecen bajo la luz de las antorchas; todos llevan el símbolo de Dyved: la montaña en llamas.
Una docena de miembros de élite del Gremio del Ascua saca a otros tantos caballos ensillados de los establos.
Sus uniformes de tono bermellón oscuro casi se confunden con la oscuridad; ellos mantienen una expresión solemne en medio del caos.
Veo un rostro familiar entre sus filas y voy corriendo hacia él.
—¡Farley!
Su cabeza latiguea en mi dirección al oír mi voz.
—Fiera, ¿qué haces aquí?