CAPÍTULO Tres #3
Como siempre, quienes me ven se apresuran a inclinar la cabeza como muestra de respeto.
Algunos trazan la señal de la tétrada sagrada en el aire: dos dedos alzados que representan la forma de un diamante.
Yo veo que sus labios forman palabras sin emitir sonido alguno: «Tejedora del viento.
Portadora de luz». En sus severas expresiones aparece un destello de esperanza, como si yo pudiese de alguna manera salvarlos.
Como si pudiese hacer algo, cualquier cosa, para expulsar este lamentable frío y restituir la calidez que en su día ocupaba toda su ciudad dentro del cráter, donde los restos del calor de este volcán muerto hace mucho tiempo siguen pegados a las rocas después de un millar de años.
Quiero detenerme y contarles la verdad. Decirles que no soy ninguna salvadora, ni para ellos ni para Penn. Ni siquiera para mí misma. Sin embargo, bastantes penurias han pasado ya para que yo contribuya a darles más. Así pues, me limito a asentir y sigo caminando.
La vida es más sencilla en la oscuridad del dispensario.
El tiempo desaparece. Las punzadas del hambre pierden su foco, el agotamiento queda apartado al fondo de la mente.
Yo dejo de existir como Rhya, un ser humano con sus propias necesidades, y me convierto en nada más que un par de manos.
Manos que cierran y mezclan, manos que vendan e inyectan.
Manos que se ocupan de quienes lo necesitan sin prestar atención a las necesidades de mi propio cuerpo.
Con un delantal en la cintura y el cabello pálido recogido para que no moleste, soy irreconocible como Vestigio del Aire.
Por supuesto, también ayuda que la mayor parte de mis pacientes estén atrapados en las garras de la fiebre, demasiado doloridos para prestar atención a las manos que les pasan esponjas húmedas por la piel en llamas, a los dedos que les toma el pulso desbocado.
Puede que no consiga salvar a toda la ciudad, pero a ellos puedo salvarlos.
Uno tras otro, catre tras catre, cuerpo tras cuerpo.
A mediodía, la puerta se abre a mi espalda.
Alzo la vista del camastro en el que duerme inquieto mi último paciente, un chico de diez años con la garganta irritada y las glándulas inflamadas.
Parpadeo para aclarar mis pensamientos, me restriego las manos en el delantal y cruzo la estancia hacia la puerta, donde me espera la silueta de una figura conocida.
—Hola, Teagan —digo, y sonrío a modo de saludo a mi antigua criada y ahora fiel amiga.
Sin embargo, mi sonrisa flaquea cuando veo que está vestida con ropa de viaje.
Su esbelta figura va envuelta en un manto grueso, y lleva un petate bien preparado a la espalda—.
No —susurro, incrédula, y niego rápidamente con lacabeza—. No, tú no.
Ella esboza una débil sonrisa.
—He venido a despedirme.
—¡No puedes marcharte!
—Oh, Rhya, no te enfades conmigo.
Salva la distancia que nos separa y sus manos dañadas se alargan hacia las mías.
La cicatriz larga y zurcida de su antebrazo, recuerdo de la hoja de un saqueador que la cortó durante la batalla, asoma por debajo de su manga y recorre serpenteante sus dedos.
Se ha curado bien, pero jamás desaparecerá del todo, como tampoco podrá moverse a la perfección con esas articulaciones endurecidas.
Y sin embargo, la pérdida de destreza no es nada comparada con todo lo demás que le fue arrebatado esa noche.
Su profesión en el fuerte, el techo bajo el que dormía, su sensación de seguridad. Y, sobre todo, su mejor amiga.
Keda.
Yo la vi morir y vengué su muerte. Sin pestañear siquiera, maté al saqueador que le atravesó el corazón con su hoja.
No obstante, matar a aquel tipo no me supuso consuelo alguno.
Ninguna venganza iba a devolverme a Keda.
Del mismo modo, ninguna cantidad de bálsamo ni puntos de sutura curarán del todo la cicatriz que recorre la piel del brazo de Teagan.
Después de la batalla, pasó varias semanas aquí, en el dispensario, bajo nuestro cuidado. Al igual que muchos otros supervivientes, el corazón de Teagan necesitaba curarse, tanto como su propio cuerpo. Fue una época de mucho dolor y lamentaciones para ella.
Para Lestyn, por su parte, fue amor a primera vista.
El joven novicio le lanzó una mirada a mi hermosa y doliente amiga y juró dedicarle devoción eterna.
Poco le importó que Teagan fuese lo bastante mayor como para ser su madre.
Se dedicó a rondarla con el entusiasmo de un cachorrillo enamorado…
, lo cual supuso una muy necesaria fuente de diversión para todos los que estaban cerca.
Lestyn se sumió en un estado depresivo cuando le dieron el alta a Teagan, hace ya un mes.
—Tienes que entenderlo —me dice ella, parpadeando para reprimir las lágrimas. Niega con la cabeza, y unos rizos castaños se escapan del pañuelo que la cubre—. Aquí ya no me queda nada. No tengo más que recuerdos dolorosos y sueños rotos.
—Pero…
—No, por favor. No me pidas que me quede.
Me curaste después de… —Su mano herida tiembla levemente al agarrar la mía—.
Estoy en deuda contigo, no puedo negarte nada.
Así que espero que no me lo pidas. Ojalá me comprendas cuando te digo que tengo que empezar de cero en otra parte.
Espero que me desees lo mejor y te despidas de mí en buenos términos.
Mi boca se abre y vuelve a cerrarse sin emitir ningún sonido.
Sí que lo entiendo.
Lo entiendo demasiado bien, de hecho.
De pronto, yo también parpadeo para reprimir las lágrimas. Me obligo a hablar con voz neutra, y la abrazo.
—Amiga mía, espero que estés segura allá donde te lleve el camino.
—Nuestras sendas volverán a cruzarse —susurra ella a su vez, con la voz ahogada de emoción—. Estoy segura de ello.
—¿Adónde vas a ir?
—Hay una caravana que se dirige al norte, hacia el mar. No me resultará difícil encontrar trabajo en una posada o en alguna mansión adinerada. Aún puedo fregar y doblar la ropa, aunque mis manos ya no sean tan rápidas como antes.
—En el norte hace un frío de pelotas —interviene una voz apenada—. Lo vas a odiar.
Teagan y yo nos separamos y nos giramos a la vez.
Lestyn nos clava la vista desde las sombras, con las manos plantadas en sus esbeltas caderas y los ojos entrecerrados tras esas gafas de cristal grueso.
La piel cobriza de sus mejillas está arrebolada.
Bajo su ceño fruncido no resulta difícil ver que le tiembla levísimamente el labio inferior.
—Yo crecí en una provincia septentrional —le dice Teagan en tono tierno—. Sé lo duros que son los inviernos allí. Pero gracias por preocuparte.
—¡No estoy preocupado! —replica él—. ¿Y a mí qué me importa lo que hagas? Tampoco es que hayas venido aquí a despedirte de mí.
Yo suelto una tos para disimular la gracia que me hace esta demostración de indignación adolescente. Teagan avanza un paso hacia él y se detiene apenas a unos centímetros de distancia para mirarlo a los ojos.
—Pues claro que quería despedirme de ti también, dulce Lestyn. —Alarga la mano y le acuna la mejilla ruborizada, que se pone aún más roja ante su roce—. Te voy a echar de menos.
—¿De… de veras?
—Claro que sí. Mucho.
Lestyn parece aturdido ante la noticia. Tanto es así que no puede ni reaccionar cuando Teagan se inclina hacia delante y le roza la mejilla con los labios en un rápido beso. Se queda ahí plantado, con la mandíbula descolgada. Teagan se gira hacia mí, intentando contener una sonrisa.
—¿Me acompañas fuera?
Asiento y salgo con ella. Por la calle pasa un caudal constante de carromatos y caballos.
La mayoría se dirige hacia la avenida del Rey, la vía principal que atraviesa todo el centro de la ciudad, aunque unos cuantos también van hacia los barracones, que hacen las veces de principal centro de actividad hasta que el palacio recupere la gloria de antaño.
Siento que varios pares de ojos se fijan en nosotras al pasar, pero yo mantengo la mirada fija en Teagan.
—¿Me escribirás cuando te hayas instalado?
—Voy a enviarte tantos cuervos que te hartarás de mí —me promete—. Ya te diré dónde acabo asentándome, y te hablaré de mi nueva vida. Tú puedes contarme noticias de todo lo que suceda aquí.
Parpadeo con rapidez para controlar mis emociones. En mi pecho empieza a ascender una implacable ola de pesar.
«¿Cuántas pérdidas más he de soportar? ¿Cuántas veces he de decir adiós hasta que se me rompa por completo la voz?»
Teagan me da un último abrazo. Acerca la boca a mi oreja y susurra un refrán familiar que los caelderanos suelen repetir antes de un viaje largo:
—Por el calor del ascua y la luz de la llama, que el fuego guíe tu camino a través de la oscuridad.
La miro a los ojos y, con voz estrangulada, murmuro:
—Adiós, amiga mía.
Me quedo plantada delante del dispensario y veo cómo su figura encapuchada se mezcla con el tráfico de la calle hasta perderse de vista.
Hasta que ella, al igual que todos los demás, desaparece de mi vida.
Y entonces, con el corazón tan pesado como las nubes que flotan sobre nuestras cabezas, vuelvo al interior y me pongo a trabajar.