El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Tres #2
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CAPÍTULO Tres #2

Lestyn alza la vista cuando me oye entrar y hace un cabeceo a modo de saludo.

Sus menudas facciones apenas son visibles a la luz de las velas.

Yo le devuelvo el gesto y me quito la capa, que cambio por un delantal recién lavado que cuelga de un gancho junto a la puerta.

Saco el bálsamo de eucalipto y alcanfor del cesto y sigo el sonido de una tos que me lleva hasta una anciana frágil que descansa sobre un catre cercano.

Lo más probable es que no sobreviva a esta noche; sus pulmones congestionados fallan un poco más a cada hora que pasa.

No puedo salvarla, ya no. Pero puedo ponerle bálsamo en el pecho para facilitar esas trabajosas respiraciones y agarrarle la mano hasta que se vaya más allá de mi alcance.

Puedo enjugarle el sudor de la frente y cerrarle los ojos cuando estos dejen de ver.

Esta es la parte más dura del trabajo de sanadora: saber cuándo ha llegado la hora de parar.

Admitir que la batalla, por más duro que se haya luchado, está perdida.

Dejar de lado las herramientas y los bálsamos para abrazar la incómoda verdad de la vida: que esta siempre termina.

Ya sea aplastada en un instante bajo un palacio derrumbado o desgastada poco a poco por el paso de los años.

La muerte es una inevitabilidad de la que no se puede escapar.

Por más que intentemos posponer su llegada, nos alcanza a todos.

Cuando llegue mi hora, espero no verla venir. No tengo el menor deseo de mirar a la muerte a la cara. Me da miedo ver mis propios ojos reflejados en ella: dos nubes tormentosas de caos que conducen mi alma despedazada hacia el éter, incapaces de contener la magia que yo haya desatado.

Sobre mí misma.

Sobre el mundo.

—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, chica?

El emplasto que prefiero usar para las heridas infectadas contiene una pizca de tuétano molido de mamut.

¿Qué es lo que estás usando? —Osain olisquea el interior del jarro de bálsamo que acabo de llenar y hace una mueca de disgusto—.

¿Consuelda y nada más? ¿Caléndula? ¿Acaso no tienes ningún respeto por la sabiduría de tus mayores?

Reprimo una contestación.

—Mis disculpas, Osain, pero, según mi experiencia, las hierbas de aquilea son mucho más efectivas que el polvo de tuétano…

—¿Según tu experiencia? ¡Bah! Si nos fiásemos de tu experiencia, no nos quedaría ni un paciente vivo. Todos serían cenizas en la pira funeraria.

Aprieto los labios. El anciano sanador comenta en voz baja lo incompetente que soy y se aleja cojeando por la hilera de catres.

Se apoya pesadamente en un bastón al caminar; sus dedos artríticos son casi una garra que sujeta el mango.

Tiene la columna con la forma de una luna creciente y una joroba protuberante que asoma entre sus omóplatos.

Osain lleva cosiendo heridas desde mucho antes de que yo llegase al mundo —tal y como me recuerda a menudo— y fue un sanador muy activo durante décadas hasta verse finalmente obligado a jubilarse hace varias estaciones.

Cuando la ciudad cayó, estuvo más que dispuesto a responder a las peticiones de socorro.

A lo que ya no estaba tan dispuesto era a socorrerme a mí.

Da igual cuántas fiebres me encargue de calmar, cuántos huesos recoloque, cuántas sienes limpie, cuántas heridas infectadas puncione, cuántos tajos vende…

El viejo no parece tener ninguna intención de admitirme entre los rangos activos del Gremio de la Vida.

Si por él fuera, me habría expulsado el primer día que aparecí en este hospital improvisado y ofrecí mis servicios como sanadora.

Yo no era ninguna aprendiz. Además, soy mujer.

A sus ojos, podría ser una buena comadrona, pero no valgo para la desagradable práctica de la cirugía.

Fue Lestyn, con su rápido ingenio, gafas de lechuza y sonrisa ladeada, quien señaló que tenían más pacientes que manos disponibles.

Algunos de ellos iban a necesitar semanas de tratamiento.

Fue Lestyn, con esa callada fortaleza, quien recordó a su avejentado maestro que, en los años que habían pasado desde la última vez que este tocó un mazo y un mortero, la profesión había evolucionado y que ahora se aceptaban novicias hembras…

, muchas de las cuales estaban a punto de convertirse en avezadas sanadoras cuando el techo del hospital se derrumbó y convirtió sus sueños en polvo.

A Osain no le quedó más remedio que aceptarlo, que aceptarme a mí, aunque a regañadientes. Sin embargo, los viejos prejuicios son más persistentes que la tosferina. Osain no me ha mostrado la más mínima calidez, y dudo que haya nada que yo pueda hacer para cambiar la situación.

Aunque Lestyn es mucho más amable, no es más que un novicio que en muchos sentidos sigue aprendiendo su oficio, afilando sus habilidades.

Se pone de parte de su superior en todos los asuntos.

La palabra de Osain es la ley. Y sin embargo, en las noches en que nos encontramos trabajando sin esos ojos aquilinos y nublados por la edad sobre nosotros, he llegado a descubrir que Lestyn aprende rápido, que le encanta descubrir mis métodos, por más diferentes que sean, y que siempre está dispuesto a escucharme cuando tengo algún consejo para él.

La mayoría de los chicos de trece años de edad probablemente estén más preocupados por cortejar a chicas hermosas o por practicar en los cuadriláteros de entrenamiento, pero Lestyn no.

Si no está tratando activamente a algún paciente, me lo suelo encontrar con un libro en algún rincón tranquilo, con las gafas deslizándosele poco a poco por el puente de la nariz mientras absorbe como una esponja todo el conocimiento que hay en las páginas.

Cuando supo de la existencia de las estanterías bien pertrechadas del boticario, Lestyn me suplicó que lo invitase a ver mis aposentos.

Ahora se ha convertido en un visitante casi constante.

Llama a mi puerta a todas horas y se pone a aporrearla si no contesto en menos de lo que dura un aliento.

Entra en tromba, a pasos destartalados como un potro recién nacido.

Sus extremidades desgarbadas vuelcan botellas de cualquier superficie, sus codos chocan con los marcos de las puertas y las esquinas de las mesas.

No hace más que perturbar mi paz y tranquilidad.

En realidad, a mí no me importa que perturbe mi paz y tranquilidad, aunque sí que protesto cuando aparece sin invitación con una sonrisa descarada y un nuevo libro entre las manos.

Últimamente me siento muy sola. Carys sigue consumida por la pena; Jac y Cadogan se han ido a asegurar las fronteras, Mabon está al frente de la guardia que custodia el perímetro de la capital y Penn se ha apartado por completo para ocuparse de sus propios asuntos.

Solo puedo contar con Farley para tener algo de compañía.

Y pronto también él estará demasiado ocupado para mí, ahora que se encuentra lo bastante bien como para volver a unirse a las filas del Gremio del Ascua.

Pasará las noches de patrulla, no sentado en mi salón jugando manos de gañifa, el difícil juego de cartas y apuestas que tanto gusta a los habitantes de las Tierras Septentrionales.

Es una pena, porque por fin he mejorado lo suficiente como para ganar alguna que otra mano.

El día avanza lentamente y las horas se suceden en un borrón de tratamientos y atenciones.

Lestyn me mira a los ojos desde el otro lado de la mesa en la que estoy moliendo hierbas e hirviendo trapos para hacer vendas nuevas.

Me llevo un dedo a los labios y le guiño un ojo al tiempo que vierto un frasco de escaramujo en la mezcla; un añadido que, sin la menor duda, Osain vería con malos ojos, siendo tan purista como es.

Se trata de un truco de las Tierras Centrales que me enseñó Eli, mi antiguo mentor.

Añadirlo a la cocción de las vendas incrementa la velocidad de sanación y mantiene más sana e hidratada la piel carente de oxígeno después de quitarlas.

Estoy dispuesta a arriesgarme a que Osain me regañe si a cambio mis pacientes se curan más rápido.

La sonrisa de Lestyn es un destello de blancura en la habitación tenuemente iluminada. Es un buen chico. Me guardará el secreto.

Agarro la varilla de mezclar y giro las vendas dentro de la olla tamaño barril.

El vapor de la superficie me baña la cara, como la niebla persistente que se aplasta contra las ventanas del dispensario.

Este extraño clima no acaba de disiparse, y toda la ciudad está de los nervios por ello.

La gente lanza miradas nerviosas a los cielos y murmura todo tipo de malos augurios.

Cada mañana, mientras me desplazo por las calles neblinosas, no dejo de ver más y más carromatos repletos de pertenencias, más y más caelderanos que huyen a los extremos más alejados del reino.

Todos van arrebujados bajo sus mantos de invierno y temblando de frío.

Es una escena extraña para estar a finales de la primavera.

Sin embargo, no ha habido ninguna tarde soleada que espante el frío, ninguna velada agradable que anuncie los primeros indicios del verano.

Estamos atrapados en un ciclo constante de pesadumbre, entre las garras de un incesante manto de nubes.