CAPÍTULO Tres
A ún no ha amanecido, pero yo ya voy de camino al dispensario. Mis botas repican constantes en medio de la espectral calma al atravesar las calles oscurecidas.
—Qué temprano te has despertado —dice una voz cuyo dueño empieza a caminar a mi lado.
Sus pasos no evidencian ninguna cojera a pesar de la fina rodillera que sé que lleva bajo sus duras botas de cuero, el último resto de una fractura curada recientemente. Su cabello cobrizo es una llama apagada en la tenue luz del alba.
—Pues igual que tú —replico, alzando las cejas—. ¿Te ha echado a patadas de la cama alguno de tus numerosos huéspedes?
—Te equivocas de cabo a rabo, Fiera. A mí me piden que me quede. Me lo suplican. De rodillas, con lágrimas en los ojos. —Farley me sonríe—. Lo que pasa es que he pensado empezar pronto y presentarme en los barracones a cumplir mi deber.
—¿Deber?
—¿No te has enterado? Por fin me han dado permiso para volver a unirme a las rotaciones activas. Estás ante un miembro readmitido del Gremio del Ascua. —Hincha el pecho con aires de importancia—. Voy a liderar mi propia unidad.
—Un gran paso.
—En realidad, no tanto. Tengo mucha experiencia dando órdenes a todo tipo de hombres.
—En el dormitorio, quizá, pero no en el campo de batalla.
La sonrisa de Farley se vuelve diabólica.
—Si haces las cosas bien, no son tan diferentes.
Pongo los ojos en blanco ante el doble sentido.
—¿Seguro que estás listo para esto?
—Estoy listo desde el día en que me recolocaste los huesos.
—Vale, pero ten cuidado…
—¡Ay, mujer! Basta ya de monsergas. No pienso echar a perder todas tus curaciones en mi primer día. —Hace una pausa—. Ahora tienes algo más importante que curar.
Yo aprieto con más fuerza el cesto que llevo colgado del antebrazo.
Está lleno de bálsamos, brebajes y elixires; diminutas botellas que tintinean musicalmente a cada paso que doy.
He pasado buena parte de la noche en los almacenes, encorvada sobre un mortero, machacando hierbas hasta que se me han quedado los dedos entumecidos.
Lo mismo que he hecho todas las noches de la última semana, desde que Pendefyre se fue de la ciudad.
Según Mabon, ha ido a investigar las provincias pastorales de la meseta, donde los granjeros dyveditas luchan contra la plaga como nunca antes.
Penn no ha dejado dicho cuándo regresará.
Mi irritación ante ello, junto con mi incapacidad para sentir su presencia a través de nuestro vínculo, me ha dejado más inquieta de lo normal.
Sin embargo, si el insomnio tiene un beneficio, es la productividad.
Las estanterías jamás han estado tan pulcras; los depósitos de remedios y hierbas jamás han estado tan llenos.
Es bueno, porque los necesitamos en el dispensario.
Una cepa muy agresiva de gripe primaveral está asolando la capital.
Llegan incontables pacientes a mis manos.
En una época de mi vida, cuando ayudaba a Eli a curar a los enfermos en Guardamar, una enfermedad que se transmitiese con tanta rapidez me habría preocupado terriblemente.
Sin embargo, una leve tos no parece tan amenazante si se la compara con heridas de batalla y extremidades aplastadas.
He perdido la cuenta del número de soldados y civiles heridos a los que he tratado durante los últimos dos meses.
No pertenezco al Gremio de la Vida, con sus austeros uniformes de tono arenoso y sus rigurosos requerimientos de aprendizaje.
Antes de la batalla, eran los miembros del Gremio quienes curaban a los caelderanos heridos.
Ahora, sin embargo, necesitan toda la ayuda que puedan conseguir.
El viejo hospital está enterrado bajo una montaña de escombros, y los suministros médicos escasean.
Cada vez hay menos sanadores que sepan cómo se administran esos suministros, porque la gran mayoría de ellos estaban en el hospital cuando este se derrumbó.
Sobre todo al principio, la gente me clavaba la mirada con ojos desorbitados y se ponía a susurrar cuando me acercaba a sus catres a examinar sus heridas.
«Es ella.»
«La Vestigio del Aire.»
«¿Veis las tormentas en sus ojos?»
Últimamente, toda esa cháchara ha acabado por disminuir.
O quizá es que se me da mejor ignorar esos murmullos de asombro mientras cambio vendas empapadas en sangre, recoloco huesos rotos y busco señales de infección en las suturas.
Por más que me irrite esta creciente aura mitológica que me rodea, poco puedo hacer para aclarar la situación.
Y, según mis amigos del Gremio del Ascua, mejor así.
«La gente necesita creer en algo, Fiera», me reprendió Farley hace pocos días. «Una diosa entre los suyos servirá para que se sientan más seguros. Déjalo estar, ¿de acuerdo?»
—¿Has visto a Carys? —me pregunta ahora, al acercarnos a los barracones, que están muy tranquilos a esta hora de la noche. Los cuadriláteros de entrenamiento están vacíos, las dianas de arquería están desocupadas y las antorchas arden con un fuego bajo.
Siento una repentina presión en la garganta.
—Solo por una ventana.
—Deberías intentar verla de nuevo.
—Carys no quiere verme; lo ha dejado bien claro. ¿Acaso te has olvidado de que me cerró la puerta en la cara?
—Está pasando un duelo, Fiera. —Suspira y niega con la cabeza—. Perdió a su…
—Ya sé a quién perdió —lo interrumpo—. Y también sé a quién culpa de su pérdida.
—Necesita tiempo. Ya cambiará de opinión.
—Ajá.
—Puedes dudar todo lo que quieras, pero tengo razón. La amistad verdadera no se desintegra de la noche a la mañana.
Yo suelto un resoplido.
—Ha pedido algo de espacio. Se lo estoy dando. Lo mejor que puedo hacer ahora es mantenerme lo suficientemente cerca como para tenerlos vigilados, tanto a ella como al bebé.
La decisión de instalarme en la casa del boticario tiene tanto que ver con su mortero como con la cercanía de mi antigua amiga, pues está a tiro de piedra de su sastrería en la calle Alta.
Mi ventana principal me proporciona una vista privilegiada del edificio azul al final de la manzana, un edificio del que de vez en cuando sale una esbelta figura femenina cubierta con un manto oscuro y con un bulto apretado contra el pecho.
El pequeño Nevin está creciendo rápidamente y parece bastante sano, a juzgar por los llantos de hambre que oigo reverberar por la calle desde las ventanas abiertas de su dormitorio infantil.
Echo de menos los días antes de Festaflama en los que me daban la bienvenida a esa casa con los brazos abiertos y una taza de té caliente.
La última —la única— vez que pasé por allí después de la batalla, había una patente acusación en las facciones dolientes de Carys.
Capté la culpa ardiente que me echaba desde lo más profundo de sus ojos verdes, todo ello antes de que me cerrase la puerta en la cara.
—Fiera, yo es que creo que quizá…
—Ya vale, Farley. —Niego con la cabeza—. Si algún día decide que quiere tenerme en su vida…, allí estaré. Pero no voy a obligarla a perdonarme solo para mitigar mi propia culpa.
—Te lo he dicho ya un millar de veces: tú no tienes la culpa de nada. Nadie te culpa por lo de Uther.
— Basta ya.
Él cierra la boca de golpe ante la severidad de mi tono de voz.
A pesar de sus amables intentos, Farley sabe mejor que nadie que Carys no está lista para perdonar y olvidar el papel que yo desempeñé en la muerte de su marido.
Uther entró en el palacio a petición mía; echó a correr de cabeza hacia el peligro porque yo así se lo dije.
De no haber sido por mí, no se habría encontrado en aquel puente cuando las torretas se desplomaron sobre él.
De no haber sido por mí, aún seguiría con vida.
Van a hacer falta más que unas pocas semanas para que se cure una herida así. No soy tan ingenua como para creer que Carys vaya a perdonarme alguna vez o que nuestra amistad podrá recuperarse.
—Me pasaré luego por su tienda, cuando acabe la rotación —me asegura Farley—. Iré a ver qué tal se encuentra. A ver si puedo conseguir que descanse un ratito mientras yo le echo un ojo al bebé.
—Eres un buen amigo, Farley.
—Y tú también, Fiera. Es cuestión de tiempo que Carys supere el dolor y se acuerde de ello.
Cada uno se va por su lado: Farley entra en los barracones y yo sigo más allá de los establos hasta el viejo almacén que hemos convertido en un dispensario hace un tiempo.
El interior está oscuro; lo único que ilumina el espacio es un puñado de velas cuyas llamas tiemblan en sus apliques.
El aire huele a hierbas, sudor y sangre de varios días.
La mayoría de los pacientes duerme en sus catres, pero algunos sueltan bajos gemidos de dolor y se revuelven, con las frentes perladas de sudor a causa de las fiebres que se ceban con sus cuerpos debilitados.
En la pared del fondo veo a Lestyn, un chico desgarbado con gafas, varios años menor que yo, vestido con su uniforme castaño del Gremio de la Vida.
Técnicamente sigue siendo un aprendiz, pues aún no había terminado el noviciado de una década cuando nuestro mundo se hizo pedazos.
Aun así, en estos últimos dos meses sus habilidades han crecido a pasos agigantados.
Sus dedos rápidos y capaces atienden ahora mismo a un soldado que se llevó en el hombro el hachazo de un Salteador.
Es uno de los últimos pacientes de la batalla que aún no han recibido el alta.
Cualquiera a estas alturas habría muerto por la pérdida de sangre o a causa de una infección, pero este tipo es de los duros.
Lleva aquí semanas, sumido en una creciente agonía, mientras sus músculos rajados se van uniendo poco a poco.