CAPÍTULO Dos #2
Penn se para justo en el umbral. No dice nada; se limita a observar en silencio mis aposentos.
Sus ojos se detienen en la manta arrugada en la que me envuelvo muchas noches, en la taza de té medio vacía que me olvidé de fregar con las prisas esta mañana.
Registra cada pequeño resquicio de vida como si mereciese un concienzudo estudio.
Yo, a cambio, lo examino a él, y me pregunto por qué es tan difícil encontrar las palabras adecuadas.
Me pregunto por qué se ha instalado esta incomodidad entre los dos, cuándo se convirtió la distancia segura que teníamos en un insalvable abismo de malestar.
Y, sobre todo, me pregunto cómo podría cruzarlo.
Dioses, ojalá él dijese algo. Esa taciturnidad persistente me empieza a poner de los nervios. Venir aquí ha sido idea mía y, sin embargo, ahora que hemos llegado…, siento como si hubiese traído a un lobo feroz a mi salón, sin haber trazado un plan para domesticarlo.
Esos ojos oscuros y resueltos completan el escrutinio y vuelven a centrarse en los míos. Me quedo sin aliento cuando nuestras miradas se entrelazan. Todo el aire en mis pulmones queda consumido por una intensa llama que cobra vida en lo más profundo de mis entrañas.
—Espera un momento aquí, ¿de acuerdo? —Me sale la voz estrangulada—. Ponte cómodo. Vuelvo enseguida.
Me escapo a la cocina como una fugitiva en plena huida.
«Rhya, por su cobardía la conocerán.» La despensa del boticario no tiene nada digno de un festín real.
Aun así, dudo que a Penn le importe la vida frugal que he estado llevando durante estas últimas semanas.
Puede que ahora sea un rey, pero en su corazón siempre será un soldado.
En el camino, a la intemperie, lo he visto devorar una liebre hasta los huesos, comer tiras de venado y hogazas rancias sin un solo murmullo de queja.
Preparo una comida sencilla con todo lo que tengo en la despensa.
Mientras el arroz se calienta en el hornillo, echo mano de un paño, lo mojo y me lo llevo de la cocina, goteando sobre los tablones a cada paso que doy.
Los ojos de Penn se alzan hacia mí en cuanto aparezco en el salón y me recorren de la cabeza a los pies.
Parece catalogar cada mancha de sangre seca y cada tajo en este uniforme de trabajo que no es de mi talla.
En su día, estas prendas debieron de pertenecer a uno de los jóvenes novicios del Gremio de la Vida; quizá a algún chico adolescente, teniendo en cuenta estos pantalones tan toscos y la costura sencilla.
Aun así, para mis propósitos me viene de maravilla.
Raro es el día en el que alguien no me tose, sangra o vomita encima en algún momento de mi turno en el dispensario.
Penn está sentado en el raído sofá. En las manos tiene el libro que me pasé toda la noche estudiando a la luz de las velas, un pesado tomo de hierbas medicinales y sus numerosos usos.
Las estanterías de la pared del fondo están repletas de volúmenes similares.
En manos de Penn, el libro se me antoja extraño.
Esas manos parecen más adecuadas para enarbolar espadas y lanzar puñetazos.
Apenas he tenido oportunidad de verlo hacer algo tan mundano como pasar una página o recorrer con el dedo la forma de una palabra.
La estampa me impacta en algún punto entre las costillas, un golpe directo al corazón.
Penn sigue descamisado, tapado solo con sus pantalones negros.
Metida en la bota lleva una ornamentada daga adornada con glifos, gemela de la que yo misma llevo a menudo.
Ahora mismo, su tranquilizador peso cuelga envainado en mi muslo izquierdo.
Rara vez voy a ninguna parte sin ella. Cuando consigo dormir, la dejo a mano, en la mesita de noche o debajo de la almohada.
—Toma… —Alzo el paño mojado—. He pensado que querrías…
Él eleva las cejas en una pregunta silenciosa.
Yo me acerco a él y me arrodillo en el suelo a sus pies.
Inspira entre dientes al comprender mis intenciones.
Se inclina levemente hacia delante, apoya los codos en las rodillas y baja el rostro hasta ponerlo a la altura del mío.
Nuestras miradas se entrelazan durante un momento eléctrico.
En lo más profundo de sus ojos aún llamea un calor acumulado.
Yo me esfuerzo por dejar la expresión neutra; recurro a toda mi experiencia como sanadora para mantener la compostura.
Aun así, necesito hacer un gran esfuerzo para que no me tiemble la mano al llevarle el paño hasta la cara.
Penn aprieta con fuerza los dientes mientras yo empiezo a limpiarle la sangre de la piel.
La tiene encostrada bajo los ojos, en los frágiles huecos bajo las orejas.
Yo me aplico metódicamente; paso de sus pómulos a la mandíbula, por la bronceada columna que es su garganta, por el pecho.
Una única gota se ha secado justo sobre su marca de Vestigio, donde la piel resalta un poco, como si fuera la cicatriz de una marca de fuego.
Esa gota es lo último que limpio. Los remolinos y espirales están calientes como la fiebre al contacto de mis dedos.
Penn tiembla cuando toco la marca. Esa parte de su piel, lo sé bien, es hipersensible.
Para cuando termino, el paño blanco está manchado por completo de rojo sangre y los dos tenemos la respiración alterada.
—Listo —murmuro, porque no se me ocurre nada mejor que decir.
Empiezo a apartarme, pero Penn me agarra de la muñeca antes de que yo lo vea siquiera moverse. Alzo los ojos hacia los suyos.
—Gracias —dice con voz entrecortada. Sé que no se refiere únicamente al paño.
—De nada.
Trago saliva. Hace más de un mes que no estoy tan cerca de él.
Desde la batalla, apenas se ha cruzado en mi camino.
Más bien parece apartarse del suyo para evitar mi presencia.
Aun así, no puedo olvidar la última vez que estuvimos juntos a solas.
La última vez que me tocó. El acalorado intercambio que tuvimos la noche de Festaflama está grabado a fuego en mi mente, demasiado profundo como para expulsarlo, por más que ahora me esté evitando.
«¿Es que no lo entiendes?», susurra su voz en mi memoria. «Me has destrozado… por completo…»
Cuando cierro los ojos, casi recuerdo el sabor de su boca al devorar la mía. El tacto de sus manos callosas que buscaban mi piel más sensible. El canal de pura ansia que recorría nuestro vínculo, un exquisito tormento de lujuria que ninguno de los dos tenía fuerzas para negar.
Podría convencerme de que me lo he imaginado, de no ser por esta extraña y nueva tensión que electrifica el aire entre nosotros ahora que Penn me toca la piel con la mano y nuestros rostros están a un pelo de distancia.
No, todo fue real. Ese momento aislado de pasión en el mirador sobre la ciudad mientras estallaban los fuegos artificiales en el cielo sucedió de verdad… , aunque Penn no quiera reconocerlo.
Me muerdo con fuerza el labio inferior al tiempo que los recuerdos me inundan.
Penn baja la vista hasta mi boca al captar el movimiento, y ahí la deja fija.
Lo estoy bloqueando tanto como puedo en nuestro vínculo, intentando contener mis emociones desatadas tras mis escudos mentales, para que no se derramen sobre él.
Sin embargo, a juzgar por el modo en que me mira, me pregunto si estaré teniendo éxito en la empresa.
Aunque empieza a dárseme mejor silenciar mis emociones, aún no las domino del todo.
No tanto como Penn. Excepto en las ocasiones más desacostumbradas —o bien cuando expulsa tanta magia que no puede permitirse mantener esos bastiones impenetrables—, rara vez me deja ver cómo se siente.
Sus sentimientos genuinos siguen siendo un absoluto misterio.
Sea lo que sea lo que siente por mí, sea lo que sea lo que quiere de mí…
, no me lo dice. Al menos voluntariamente.
Parte de mí desea preguntarle si mis sospechas son ciertas.
Si se arrepiente de haber permitido que flaquease su rígido sentido del autocontrol lo suficiente como para mostrar sus verdaderos deseos.
Si se arrepiente de lo cerca que estuvimos esa noche de cruzar una línea irrevocable.
Sin embargo, cuando intento preguntárselo, compruebo que las palabras no me salen.
—Voy a sacar el arroz del fuego —es lo que digo, en cambio, con un hilo de voz—. Estarás hambriento. Mabon dice que no comes nada.
Penn emite un gruñido evasivo y me suelta.
El momento se ha roto, y yo prácticamente regreso a la carrera hasta la cocina y me centro en la comida.
Apenas un cuarto de hora después, vuelvo al salón con una bandeja llena: pan recién hecho, queso, un cuenco humeante de arroz de grano largo y algunas de las manzanas que he estado reservando para una ocasión especial.
Poco a poco, el comercio empieza a reactivarse, pero durante varias semanas después del ataque, no entró ni salió mercancía alguna de la ciudad.
Aún pasará algún tiempo hasta que la situación recupere la normalidad.
Me quedo inmóvil en la puerta. Penn está profundamente dormido en el sofá, despatarrado en lo que no puede ser una postura del todo cómoda, con las botas aún puestas y anudadas y el torso retorcido sobre los cojines.
El agotamiento en su cara es tan evidente que no puedo obligarme a molestarlo.
Me pregunto cuánto tiempo hace desde la última vez que durmió una noche entera.
Mi propio insomnio me ha dejado cansada y quebradiza, pero las cargas que yo soporto no son nada comparadas con las suyas.
Salgo de la estancia y dejo la comida intacta sobre la encimera.
De puntillas, regreso al salón, cubro a Penn con una gastada manta de lana y apago los quinqués.
Ya hablaremos más por la mañana, decido.
Cojo un poco de comida y doy cuenta de ella en la cocina oscurecida, tras lo que me voy a mi dormitorio y leo hasta que caigo en un sueño inquieto.
«Mañana.»
Mañana discutiremos nuestra relación y todo lo que llevamos los últimos dos meses evitando. Mañana se resolverá todo. Estoy segura de ello.
Sin embargo, cuando me despierto a la mañana siguiente, el sofá está vacío y la manta de lana, pulcramente doblada. Pendefyre se ha ido hace mucho…
No solo se ha ido de mis aposentos, sino que se ha marchado de la ciudad. Ahora no es más que un resquicio de llama en un viento lejano en algún lugar más allá del borde del cráter, cada vez más débil.