El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Dos
5%

CAPÍTULO Dos

R ecorremos un camino sinuoso hasta salir del palacio en ruinas.

Lo que en su día duraba pocos minutos ahora nos ocupa casi una hora.

Abrirse camino entre los escombros no es tarea sencilla.

Hay pasillos que terminan abruptamente en montones de piedras quebradas.

Las escalinatas que quedan son demasiado inseguras estructuralmente como para recorrerlas con confianza.

Utilizamos varios pasadizos de los sirvientes y corredores cubiertos de detritos, siguiendo una serie de antorchas encendidas que van desde el salón del trono, en las profundidades de la tierra, hasta la superficie.

El aire se vuelve menos estancado a medida que avanzamos. Zarcillos de viento se cuelan por las grietas y fisuras de las magulladas fortificaciones del bastión. Yo respiro un poco mejor a medida que las fuertes garras de la claustrofobia aflojan su agarre mortal alrededor de mi pecho.

Ya no nos queda mucho.

Apretamos el paso al cruzar el gran salón de baile, entre piedras sueltas y argamasa desnuda.

Se despejó un estrecho camino durante la desesperada búsqueda de supervivientes, una misión de rescate que se convirtió demasiado pronto en una de recuperación, pues no quedaba nadie con vida a quien rescatar de entre las rocas, solo cadáveres.

El techo se ha hundido y un agujero se abre a los neblinosos cielos grises.

Los escombros de las dos torretas derrumbadas descansan sobre la pista de baile, donde ahora solo los fantasmas giran y hacen piruetas.

El puente cayó, los portones frontales quedaron demolidos y el patio principal es impracticable.

La necesidad nos obligó a emplear una terraza lateral poco transitada como punto de entrada.

En su día se usaba exclusivamente para las fiestas en el jardín y recepciones de té que organizaba la reina, pero ahora sirve de paso.

Al acercarnos, empezamos a cruzarnos con recios soldados vestidos con polvorientos uniformes marrones que se dedican a apartar los escombros pedazo a pedazo.

Es una tarea monótona y agotadora; no los envidio cuando veo esos rostros cubiertos de mugre y esos nudillos ensangrentados.

Tensan los músculos para alzar gigantescos trozos de roca, a menudo en grupos de dos o tres.

Ni siquiera nos prestan atención cuando pasamos junto a sus filas.

Al salir a la terraza entrecierro los ojos para ver entre la niebla.

Todo el lugar ha quedado espectralmente indemne, alejado de la violencia.

Sus setos ornamentados están verdes, recién florecidos.

Las fuentes de mármol aún borbotean, los caminos embaldosados siguen intactos.

Un aberrante gajo de normalidad en medio de la destrucción.

Esta parte del palacio casi no ha sufrido daños.

La torreta sigue en pie, un solitario centinela que se alza al cielo sobre nuestras cabezas.

Desde aquí, casi podría fingirse que Festaflama no ha tenido lugar aún.

Hasta el lago parece casi normal. Casi. La ilusión se ve perturbada en cierta manera por la pila de escombros que traza una línea en su centro.

Esa cicatriz de piedra derrumbada es todo lo que queda de las torretas caídas, con el puente debajo. Y los cadáveres.

Hemos perdido a muchos.

La niebla de las cataratas cercanas flota sobre la superficie del agua, tan densa que parece un manto de bruma.

El estruendo familiar del agua de la cascada ahoga los gruñidos de los soldados, que descienden con sus pesadas cargas por una leve cuesta, donde se ha construido un embarcadero de acceso hecho de madera sobre una irregular pila de escombros.

Junto al muelle descansan varias esbeltas barcas de madera, a la espera.

La mayoría flota en el agua, hasta arriba de escombros que se llevarán al otro extremo del lago para hacerse cargo de ellos.

Penn me aprieta la mano al acercarnos al muelle improvisado y me ayuda sin palabras a estabilizarme cada vez que mis pies resbalan sobre los tablones empapados.

Aquí, tan cerca de las cataratas, todo está cubierto de una gruesa capa de humedad.

Penn me ayuda a montarme en una barca y sube hábilmente tras de mí, para luego arrojar las maromas que nos amarran.

Durante un rato no se oye ningún sonido excepto el suave murmullo de los remos.

Penn nos lleva rápidamente al otro lado del lago, con algún resoplido ocasional de esfuerzo entre sus labios apretados.

El silencio entre ambos se tensa con el peso de las palabras que no hemos dicho.

Siento la mirada de Penn, pero mantengo la mía centrada en el otro extremo del lago, cada vez más cerca.

Las aguas verdeazuladas lamen con suavidad la arena de la orilla.

Me sigue pareciendo extraño ver vacía toda su extensión; no hay pescadores que arrojen pesadas redes a los bajíos, ni que pesquen con cebo en sus cañas desde el puente.

Pero tampoco quedan peces que pescar. Todos perecieron junto con los gigantes de hielo cuando las aguas hirvieron.

Pasarán generaciones hasta que vuelva a haber nuevos bancos de peces en el lago.

Y aun así, dudo que nadie vaya a atreverse a pescarlos.

¿Quién querría medrar en las profundidades de una tumba acuática?

El resto de la capital tiene un aspecto igualmente macabro, en buena parte debido al mal tiempo que hemos tenido últimamente.

Las nieblas cubren los huesos rotos de la ciudad y jamás parecen disolverse, ni siquiera cuando la escasa luz de mediodía atraviesa el insistente manto de nubes que flota sobre el cráter.

Es un clima desacostumbrado para Caeldera en primavera…

, o eso me han dicho. Por otro lado, hace meses que todo es desacostumbrado.

Nuestro silencio persiste mientras nos acercamos a mis aposentos.

Penn parece contentarse con seguirme sin hacer preguntas ni quejarse.

Está sumido en una especie de aturdimiento; sus pensamientos, tan distantes como su expresión.

Atravesamos el mercado. No hay rastro de la vibrante energía de antaño, que ha dado paso a la sombría atmósfera de un cementerio.

Los adoquines sobre los que los ciudadanos en su día intercambiaban coronas por todo tipo de mercancía siguen manchados con la sangre de aquellos que cayeron aquí bajo las afiladas hojas de las hachas de batalla de los Salteadores.

Algún día, me digo a mí misma, los comerciantes regresarán e intercambiarán monedas y chismes libremente mientras la mercancía cambia de manos. Volverán a llenarse las tardes de especias y risas. Por ahora, sin embargo, al igual que este lugar, todo está espectralmente vacío.

Penn y yo apretamos el paso a la vez tácitamente, porque no queremos pasar aquí más tiempo del necesario.

Aparto los ojos de la fuente donde exhaló su último aliento el viejo boticario, y de la parte de la acera donde el zapatero y su esposa murieron, uno en brazos de la otra.

Pero no necesito mirar nada para verlo igualmente; esos recuerdos están grabados en mis huesos.

Hace semanas que limpiaron el grueso de los cristales y escombros de las aceras, pero los daños más sustanciales siguen presentes.

Hay manzanas enteras entablonadas; sus habitantes han muerto o bien han escapado.

Aunque los restos de la matanza se hayan limpiado, aunque se hayan despejado los escombros…

, no es lo mismo. Me temo que jamás volverá a ser lo mismo.

Una sensación lúgubre se ha adueñado de nosotros, igual que esa niebla desacostumbrada que flota por el aire.

Ni la niebla ni la sensación muestran señales de ir a desaparecer pronto.

Perdida en mis propios pensamientos, casi no me doy cuenta de que hemos llegado a mi puerta hasta que me encuentro con la mano en el pomo. Vacilo un instante y abro. Mis ojos vuelan hacia el hombre a mi lado.

—Aquí, eh…, aquí es donde he estado durmiendo —digo. «Asombrosamente hábil, Rhya.»—. Desde que me fui de los barracones, quiero decir.

—Ya lo sé.

«¿Ya lo sabe? ¿Y cómo lo sabe?» No me ha preguntado ni una sola vez dónde me he instalado, y tampoco se ha molestado en venir a verme.

Supongo que pueden habérselo dicho Farley o Mabon, aunque me sorprendería que se haya molestado en preguntarles.

Hace semanas que albergo la dolorosa sospecha de que se ha olvidado por completo de mi existencia.

De pronto me cuesta formar palabras, pero me obligo a soltar un puñado de temblorosas sílabas:

—Ah. Bueno, pues… pasa.

Abro la puerta y entro en la tienda tenuemente iluminada sin perder más tiempo.

El agradable aroma a plantas resecas y telas limpias me envuelve al instante, un perfume familiar que me recuerda a mi niñez en Guardamar.

La vieja botica de la calle Alta me pareció el mejor sitio en el que refugiarme tras la batalla.

El boticario ya no necesita sus pulcras estanterías repletas de ungüentos embotellados ni su inventario tan bien pertrechado de hierbas colgantes.

Su espíritu ha ascendido a los cielos y sus cenizas están desperdigadas por el aire.

Espero que, dondequiera que esté ahora, no le importe que yo continúe su trabajo ni que me aloje en sus sobrios aposentos.

La escalera de la parte de atrás es muy estrecha y necesita una limpieza.

Las botas de Penn levantan pequeñas nubes de polvo al ascender tras de mí.

Cada escalón cruje quejumbrosamente bajo su peso.

Subimos al salón y mis ojos recorren todo el espacio atestado.

Me fijo en los libros apilados sobre prácticamente todas las superficies horizontales, en los cojines deshilachados del sofá, en los bordes andrajosos de la alfombra.

No hay mucha elegancia en el mobiliario.

Una suave luz se derrama por los paneles de un gran ventanal; es la única fuente de iluminación.