El dueño del mar (El reino de los vestigios 2) CAPÍTULO Uno #3
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CAPÍTULO Uno #3

Vuelvo a intentar apartarme de su abrazo de un empujón y, esta vez, me suelta.

Retrocedo, necesito un poco de distancia.

Apenas consigo dar un puñado de pasos hasta detenerme a recuperar el aliento.

Apoyo las manos en la cálida piedra para no derrumbarme.

Tardaré aún un poco en sostenerme en pie, pero ya siento que mi cuerpo empieza a sanarse: las ampollas y ronchas que me cubren la piel comienzan a cerrarse y desaparecer.

Mis ojos vuelan de nuevo hacia Penn. Me está mirando con una expresión lúgubre que le tensa la mandíbula.

Examina mis heridas, que se sanan con rapidez.

A través de nuestro vínculo, siento una serie de fuertes emociones: culpabilidad, dolor, gratitud, rabia, anhelo, autodesprecio.

Y debajo de todo ello, una ardiente necesidad de venganza que el tiempo no podrá curar.

Lo único que podría servir sería rodearle el cuello con las manos a Efnysien y apretar hasta arrebatarle su fuerza vital.

—Estoy preocupada por ti —susurro al fin.

Él se encoge y aparta la vista, con los dientes apretados.

—No hace falta que te preocupes.

—Estás demasiado centrado en las protecciones, Penn. Obsesionado, incluso. No es saludable venir aquí cada día ni agotar así tus poderes.

—Solo me aseguro de que la ciudad esté a salvo. Me parece que, después de todo lo sucedido en Festaflama, mis esfuerzos son comprensibles.

—Nadie pone en duda tus intenciones. Y nadie te culpa por lo que pasó aquella noche.

Él resopla, un sonido amargo.

—¿No?

—No —repito en tono suave—. Nadie. Excepto, quizá, tú mismo.

Su cabeza latiguea hacia mí.

—¿A quién voy a echarle la culpa sino a mí mismo? Fueron mis protecciones las que cayeron. Fue mi poder el que se extinguió. Fui yo quien quedó casi completamente inútil a la hora de defender a mi pueblo, a mi ciudad, de la matanza.

—Incluso sin tus poderes, defendiste la ciudad. Eres el mejor guerrero de Dyved. Quizá el mejor de todas las Tierras Septentrionales.

—Y aun así, no pude mantenerlos a salvo. No pude protegerlos.

—Hiciste todo lo que pudiste…

—¡Y no fue suficiente! —ruge, un sonido que reverbera contra las paredes—.

Necesitaban más y yo los decepcioné. No voy a permitir que vuelva a suceder otra vez.

No sucederá mientras me quede aliento, mientras haya almas en esta ciudad que necesiten mi protección.

—Hace una pausa, jadeando con fuerza—.

No descansaré hasta que Efnysien haya muerto, hasta que sus huesos queden desperdigados por los rincones más lejanos de la tierra y el mar.

—Tu gente necesita de ti más que protección, Pendefyre. Buscan en ti fuerza, sí, pero también guía. Liderazgo. Para ellos, eres su héroe y salvador. Eres un rey.

—No es mi nombre el que cantan los trovadores por las calles, sino el tuyo. Rhya. Rhya, la valiente y tormentosa.

Se me calientan las mejillas. No puedo contradecirlo.

Desde la batalla he empezado a despertar una inexplicable fascinación entre el pueblo.

Se cuenta sin parar que controlé a los gigantes de hielo y que, de no haberlo hecho, nos habrían masacrado alegremente a todos.

Y cada vez que se cuenta la historia, se añaden más y más detalles ficticios.

Para cuando el cuento llegue a los rincones más alejados de Dyved, me temo que dirán que acabé con treinta enemigos con un solo aliento.

O que puedo lanzar rayos eléctricos por los ojos y matar a todo un ejército con un parpadeo.

«La tejedora del viento», susurra la gente cuando paso a su lado por la calle. «Portadora de luz.»

«La Vestigio del Aire.»

«La heroína de Caeldera.»

Me echaría a reír si la idea no fuese tan ridícula. No soy ninguna deidad todopoderosa ni digna de que nadie me adore. Carraspeo para quitarme el nudo de pura vergüenza que siento en la garganta.

—A los trovadores les va lo dramático. Han exagerado el papel que desempeñé en la batalla hasta proporciones míticas.

La expresión de Penn se oscurece.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—No minimices lo que has hecho por esta ciudad. No te hagas de menos para compensar mis fracasos. Es injusto para ti y condescendiente hacia mí.

Yo entrecierro los ojos.

—Quizá los trovadores no cantarían canciones sobre mi gloria si te dignases a dejarte ver entre ellos.

Quizá si su nuevo rey no se estuviese matando día tras día para asegurar las fronteras, o no se pasase todas las noches encerrado en consejos de guerra, o no estuviese aislado derramando poder en las protecciones a cada momento del que dispone, los trovadores también verían lo que has hecho por ellos.

Verían lo duro que estás trabajando para mantenerlos de nuevo a salvo.

Quizá entonces cantarían canciones sobre ti y no sobre mí.

Hay un latido de silencio. El mismo aire parece aguantar la respiración. Penn se pone en pie. No se mueve, no da ni un paso. Se queda ahí plantado, con las manos apretadas y el pecho desnudo cubierto de sangre, con una expresión tan iracunda que me estremezco.

—¿Eso es lo que piensas de mí? —pregunta finalmente con voz dura—. ¿Piensas que necesito canciones de los trovadores para recordar mi lugar en los corazones de la gente? ¿Acaso me ves tan débil, tan inestable, que necesito que me vean como a un héroe para ejercer mis responsabilidades?

—¡Pero si he dicho justo lo contrario! —exclamo, y yo también me pongo de pie, ignorando los espasmos de dolor que me recorren—.

Creo que eres demasiado fuerte. Te echas esta carga sobre los hombros tú solo y no permites que nadie te ayude a llevarla.

—Mi voz baja un tanto—. Creo que necesitas recordar que hay más razones para vivir aparte de la venganza.

Sigue habiendo cosas buenas en el mundo, Pendefyre. Gente buena.

—La mayor parte de la gente buena ha huido.

—Otros siguen aquí. Y habrá otros que regresarán con el tiempo.

O eso espero. Que yo haya calculado, solo queda la mitad de la población en la ciudad.

Hay quien está demasiado enfermo para viajar, y otros son sencillamente demasiado testarudos para ceder su ciudad a la violencia de unos desconocidos.

Sin embargo, después de la batalla hubo un éxodo masivo que dejó la ajetreada capital reducida al esqueleto de lo que fue.

Muchos ciudadanos que en su día se sintieron seguros tras las protecciones del cráter parecieron desvanecerse de la noche a la mañana; cargaron tantas pertenencias como pudieron en sus carromatos y carretas y pusieron rumbo a los rincones lejanos de la meseta dyvedita para vivir aislados.

Y, quizá, para intentar olvidar las atrocidades que habían presenciado, los amigos a los que habían perdido.

En mis momentos de mayor cobardía, me he sorprendido deseando unirme a ellos.

He pensado en huir al amparo de la oscuridad y despertarme en un lugar completamente distinto, un lugar en el que ideas como la esperanza, la alegría y el compañerismo no parezcan tan pronunciadamente fuera de mi alcance.

Sigo sintiendo el impulso, aunque sé que es inútil.

Ningún nuevo comienzo borrará lo que hemos pasado.

No hay ningún lugar lo bastante lejano como para huir del daño sufrido.

Allá donde vamos, llevamos nuestras cicatrices con nosotros.

Doy un paso hacia Pendefyre, con cuidado de no moverme demasiado rápido ni insistir demasiado.

Aún está ardiendo de rabia, pero veo el efecto que mis palabras tienen en él.

Parte de la ira empieza a menguar y deja a su paso un profundo agotamiento, porque lleva dando demasiado de sí mismo durante los últimos meses.

Está verdaderamente agotado. Sus reservas están vacías.

Si yo hubiera llegado un poco más tarde…

La mera idea de perderlo me encoge el corazón.

—Pendefyre.

Él cierra con fuerza los ojos al oír su nombre de mis labios.

Su expresión es una guerra de emociones contradictorias.

Doy otro paso que invade su espacio personal, alargo la mano hacia él —despacio, agónicamente despacio— y entrelazo mis dedos con los suyos.

Son fuertes, callosos, bastante cálidos.

Todo su cuerpo se estremece ante mi contacto, como si sus esfuerzos por permanecer completamente inmóvil empezasen a menguar.

Pero no se aparta de mí. No, su mano agarra la mía como un hombre que se ahoga agarra una cuerda en medio de las olas.

Me pican los ojos al captar la cruda ansia que hay en su contacto, su flagrante urgencia.

—Vamos, ven conmigo. —Le aprieto la mano. Al mismo tiempo, envío un latido por nuestro vínculo, una descarga tranquilizadora—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste en condiciones? ¿O que descansaste más de un par de horas en un catre de los barracones?

No espero a que me responda. Me limito a echar a andar hacia la salida de la cámara y tiro de él.

Me acerco al ascensor y activo el glifo que nos bajará hasta el salón del trono.

Penn no se resiste. Sigue mis pasos con silenciosa obediencia.

Y aunque sé que jamás lo admitirá en voz alta, a través del vínculo siento un levísimo resquicio de alivio en él, porque esta decisión —esta única y singular decisión— no ha caído sobre sus hombros, pues ya soportan demasiado.