CAPÍTULO Uno #2
Un nuevo latido de poder recorre toda la cámara.
Veo cómo reverbera por su cuerpo, los músculos de su espalda desnuda se tensan, los tendones de sus brazos se vuelven rígidos.
Una magia cruda pasa del interior de Penn a la piedra.
Las protecciones a nuestro alrededor laten con una luz digna de una estrella.
El latido de magia llega hasta mí. Me flaquean las piernas y se me corta la respiración. Caigo de rodillas con un brusco golpe.
Parpadeo para apartar de mí el dolor y vuelvo a centrar la vista en Penn.
Una afilada hoja de pánico me atraviesa.
El fuego que le sube por los brazos y se arremolina en su pecho ha aumentado.
Ahora rodea toda su silueta formando un grueso manto de llamas.
Él sigue ahí, agachado, en medio de la llameante ola de calor.
Se está inmolando ante mis ojos. Entre las llamas al rojo vivo veo que ha empezado a brotarle sangre de las orejas puntiagudas, sangre que gotea por la ancha columna de su cuello y se agolpa en el hueco rígido de sus clavículas.
—¡Penn! —grito, una súplica entrecortada—. ¡Pendefyre!
Esta vez, no reacciona en absoluto al sonido de mi voz. Está perdido en las oleadas de su propio poder. Tengo que detener esto. Ahora. Antes de que sea tarde. Antes de perderlo.
Aprieto los dientes y me obligo a avanzar centímetro a centímetro, casi a rastras, hasta él.
Es como arrastrarse al interior del sol de mediodía.
El sudor me chorrea por la espalda, por el cuello.
El calor que siento en la cara me abrasa implacable.
Cualquier rastro de lágrimas que me asomen a los ojos se evapora en un instante.
Los noto secos como la arena del desierto.
Cada vez que parpadeo siento un arañazo desagradable.
Mis pestañas parecen yesca a punto de prender.
Me pregunto a qué temperatura empezará a arderme la camisa.
Sigo arrastrándome por el suelo candente.
Noto con los dedos la lava petrificada, tan caliente que creo que podría derretirse, como hace un milenio, la última vez que el volcán entró en erupción.
Aparto de mí el dolor y me obligo a seguir avanzando, a cruzar con pasos agónicos el espacio que nos separa.
Lo que frena mi avance no es solo el dolor físico.
Siento que se me abrasa hasta el alma, gracias al vínculo del Vestigio que me ata irrevocablemente a Penn.
De nuevo, nuestra conexión me calma, me reconforta.
Es un lazo inconsciente en el fondo de mi mente que me indica dónde se encuentra y, en momentos puntuales de gran emoción, lo que siente.
Es como un aroma a hojas quemadas a lomos de un viento de otoño; puedo percibirlo desde lejos y, de ser necesario, encontrar el camino hasta él.
En este momento, nuestro vínculo no me calma en absoluto.
Tampoco me reconforta. Ahora mismo es una corriente ardiente de energía sin adulterar que traza un camino abrasador entre su corazón y el mío.
Dentro de mis propias reservas de magia, en lo más hondo de la tormenta salvaje que se arremolina en mi interior, siento que las plácidas aguas de mi poder empiezan a estremecerse ante el calor de Penn.
Todo lo que es frío y está controlado en el centro de mi ser parece de pronto en peligro de prender con una chispa.
Para cuando llego al centro de la cámara, he de esforzarme por mantener a raya mis propias habilidades destructivas.
—Penn, tienes que parar. —Alzo una mano hacia él, pero la aparto enseguida al sentir la mordedura del dolor; sus llamas me provocan una quemadura en los dedos que me levanta ampollas en la piel—. Penn, por favor. Tienes que escucharme.
El fuego es tan brillante y caliente que resulta difícil incluso ver, y mucho más respirar.
Intento tocarlo tres veces más entre la bola de llamas que rodea su cuerpo.
Me digo que no es más que dolor, que las quemaduras se curarán rápidamente.
Sin embargo, no consigo tocarlo; tengo que apartar la mano de golpe ante la agonía que me provoca el fuego en la piel.
Le brota de las orejas más sangre, que cae a chorros por su pecho. Dentro de la bola de fuego, veo que su piel está blanquísima, como la de un cadáver.
«Por favor», solloza una voz diminuta desde algún lugar de mi interior. «Por favor, Pendefyre. Escúchame. Basta.»
Pero él no me escucha.
No puedo usar mi poder para ayudarlo; sería tan inútil como usar las manos.
De pura desesperación, extiendo la conciencia al vínculo ardiente que nos une.
Agarro ese lazo invisible que conecta mi corazón con el suyo, que conecta el fuego con el aire, y empiezo a tirar, como una bobina de hilo sin fin. Es el rollo de su psique hacia la mía.
No sé si va a funcionar, pero entonces veo que las llamas que consumen a Penn empiezan a dispersarse, a menguar, a medida que yo absorbo parte del daño que se está infligiendo a sí mismo.
Me muerdo el labio hasta casi hacerme sangre, mis terminaciones nerviosas arden, el tuétano en mis huesos chisporrotea de calor.
«Por los cielos, si esto no es más que una fracción de su poder, cuánto dolor debe de estar sufriendo.»
No voy a soportarlo mucho más sin hacerme daño, pero no tengo alternativa.
Aparte de por las orejas, ahora también le mana sangre de los ojos; le corre por las mejillas y gotea de su mandíbula afilada.
Así pues, absorbo más poder. Extraigo su fuego y lo llevo hacia mí, lo introduzco en mi interior, hasta que me parece que la sangre de mis venas va a salir ardiendo, hasta que siento que mis extremidades se convierten en fajinas, hasta que cada aliento me quema como si tuviera los pulmones llenos de ascuas.
Canalizo cada resquicio de calor y llamas hacia los rincones más profundos de mi propio poder, donde las corrientes de aire de mi interior soplan con suficiente fuerza como para apagarlo todo.
Es una vela al viento, no es rival para mi tormenta.
Las llamas que rodean a Penn se siguen debilitando, cada vez más tenues y traslúcidas sobre su piel.
«Más.»
El calor es insoportable. Me parece que mi cuerpo se va a hacer trizas y que mi mente se hundirá ante su fuerza.
El mundo se desvanece a mi alrededor, la negrura se cierne en mi periferia.
Estoy perdiendo la batalla contra la inconsciencia.
Justo antes de que ceda mi último ápice de fuerza, mi voz interior suelta un último grito: una plegaria dolorida y rota hacia el hombre agachado junto a mí.
«Si mueres aquí, me matarás a mí también.»
Me oye. De algún modo, de alguna manera, me oye.
Las llamas se apagan con un siseo que reverbera por las paredes.
Esa implacable oleada de calor se retira tan rápido que tengo la seguridad de haberlo alucinado todo.
En apenas un parpadeo puedo volver a respirar.
Doy bocanadas entrecortadas y desesperadas de aire supercaliente…
, pero al menos respiro. Contemplo el suelo veteado de lava de la cámara, en el que apoyo manos y rodillas.
Me tiemblan las piernas y los brazos del esfuerzo para evitar derrumbarme por completo.
Las mangas del sencillo uniforme que llevo para tratar a los pacientes del dispensario están tan abrasadas que será imposible arreglarlas.
La piel de mis brazos tiene ese intenso tono escarlata de las quemaduras recién sufridas.
Mis dedos están cubiertos de hollín, las puntas ennegrecidas.
Contemplo durante un segundo todo el daño que he sufrido, y entonces mis brazos y piernas terminan por ceder.
Caigo hasta quedar hecha un guiñapo tembloroso.
Pero no llego a tocar el suelo. Dos brazos fuertes me rodean antes del impacto. En lo que dura un aliento, me veo acunada contra un ancho pecho y contemplo el rostro del rey de Dyved, que frunce el ceño.
—En el nombre de todos los demonios, ¿en qué estabas pensando? —gruñe, con una furia que impregna cada palabra.
—Qué manera más rara de darme las gracias por salvarte la vida —espeto en tono ronco, y lo empujo para apartarme de su abrazo; un movimiento del que me arrepiento al instante, porque me provoca una nueva oleada de dolor que me sacude de la cabeza a los pies.
—¿Las gracias? Lo que debería darte es una azotaina para que tuvieras dos dedos de frente.
—Su contacto, absolutamente tierno, contradice esas frases rabiosas.
Me sostiene como si estuviera hecha de cristal.
Sus grandes manos intentan no aplicar demasiada presión sobre mi piel destrozada—.
Lo que has hecho ha sido tremendamente arriesgado. Podría haberte matado.
—Y de no haberme arriesgado podrías haberte matado a ti mismo, ¡pedazo de tarado desagradecido!
—Mejor yo que tú.
—No digas eso.
Aún tiene un leve resplandor de magia en los ojos, que se entrelazan con los míos, dos ascuas ardientes, ardientes, ardientes. Es una mirada profunda, con ojeras pronunciadas de cansancio. Todavía le corren por las mejillas restos de sangre, que gotea sobre su pecho.
—Sé que intentabas ayudar —murmura tras una larga pausa—, pero te has puesto en peligro innecesariamente.
—¿Cómo que innecesariamente, Penn? Te habías perdido dentro de la magia. El fuego te estaba consumiendo.
—Lo tenía bajo control.
—No es eso lo que parecía. No me lo parecía a mí, ni a tus hombres, ni a nadie con un par de ojos.
—Estás exagerando.
—Ah, ¿sí? —Niego con la cabeza—. No lo creo. Lo que creo es que, quieras o no admitirlo, estás jugando a un juego peligroso. Te llevas forzosamente tan al límite que es solo cuestión de tiempo que te rompas. Te vas a matar, al igual que le pasó al rey Vorath.
—Como ya he dicho —dice él entre dientes—, lo tenía bajo control. Lo habría detenido antes de que la situación llegase demasiado lejos.
—Teniendo en cuenta que estás aquí sentado, cubierto de tu propia sangre, discúlpame si me cuesta creerlo.