CAPÍTULO Uno
E l pomo de metal me abrasa la palma de la mano, una apabullante señal de peligro.
Una señal que yo ignoro.
Entro en la sala del trono y por poco no caigo redonda al suelo.
El aire está caliente como un horno y el calor es una sacudida que contrasta con el frío del pasillo.
En mi pecho, mi marca de Vestigio arde con un frío contradictorio; se despierta en respuesta a la vibración mágica que hay en el aire.
Aquí la magia es densa como la melaza, una neblina de tono bermellón que impregna todo el espacio.
Las puertas se cierran detrás de mí con un chasquido resuelto.
El sonido me da ganas de echar a correr por donde he venido.
No quiero estar aquí. En realidad, preferiría estar en cualquier otra parte, teniendo en cuenta la hostil recepción que sin duda están a punto de brindarme.
Sin embargo, el recuerdo de la profunda voz de Mabon retumba en mi cabeza y me implora que lo intente:
«Quizá esta vez puedas convencerlo.»
«Si hay alguien que puede conseguirlo, eres tú.»
«Por favor, Rhya. Sabes que no te lo pediría si no tuviera razones para ello; no quiero que te sientas obligada a menos que…»
Inspiro hondo e intento llenarme los pulmones de aire, con dificultad.
Paladeo un inconfundible deje de poder elemental.
Llamas y cenizas que se ciernen sobre mí desde todas partes.
Mis rodillas amenazan con ceder mientras desciendo una breve escalinata de piedra que lleva hasta el resplandeciente suelo.
Excavada en las profundidades de la tierra, esta cámara cavernosa se salvó de la ira de los gigantes de hielo que arrasaron Caeldera hace dos meses.
A pesar de que el resto de la ciudad es una ruina irreconocible compuesta de cristales y escombros —tejados derrumbados a causa de los enormes peñascos que llovieron sobre ellos, ventanas de escaparates hechas añicos a golpes de mangos de hacha, columnas de fachadas reducidas a polvo—, el salón del trono sigue estando tal y como yo lo recordaba: piedra oscura de lava pura y petrificada, recorrida por vetas rojas; enormes columnas con fuego enjaulado en la base que sostienen el peso del alto techo y fosos de llamas que recorren el perímetro del suelo y se extienden hasta la pared opuesta.
Pero aquí no hay gente.
Durante la noche de Festaflama, este lugar estuvo repleto de personas apiñadas hombro con hombro que estiraban el cuello para disfrutar del mejor ángulo desde el que ver la ceremonia de recarga de las protecciones mágicas.
Ahora está incluso más vacío que las antaño ajetreadas tiendas de la calle Alta.
Mis pisadas provocan ecos que resuenan tan fuertes como disparos de cañones al recorrer el pulido pasillo que divide en dos la estancia.
En el pedestal elevado, el asiento de senescal que ocupó la reina Vanora durante su reinado está ahora vacío.
Para haber gobernado durante tanto tiempo, y con tantos alardes, la partida de Vanora de este mundo fue decididamente burda.
Quedó aplastada por completo en su dorado salón de baile, al igual que muchos otros.
Luego fue reducida a cenizas junto con sus súbditos más plebeyos en la enorme pira funeraria que se levantó frente a las murallas de la ciudad, una semana después de la batalla.
De haber estado allí para presenciarlo en vida, Vanora habría echado humo ante la indignidad que suponía compartir con el pueblo sus ritos funerarios.
No hubo toque de cornetas ni honrosas elegías en su nombre.
No se colocaron flores exóticas ni se encargó hacer lujosos retratos.
Pero claro, en estos días, nadie tiene ganas de grandes eventos. Ni siquiera por una reina muerta.
Mis ojos se desplazan hasta el pesado trono de metal del rey, en el centro del pedestal.
También está vacío. Por otro lado, yo no esperaba encontrarme con él aquí.
Dudo que el nuevo soberano de Dyved haya pasado más que un puñado de minutos sentado durante las últimas semanas…
y, desde luego, no ha sido en un mullido asiento ceremonial.
Rodeo la plataforma y me acerco a la pared del fondo de la caverna.
Aquí hace incluso más calor; estoy tan cerca de los fosos de fuego que las llamas saltan, altas y hambrientas.
Estoy próxima a la fuente de la magia, que retumba sin cesar.
Una parte de la pared resalta ligeramente.
Tras ella hay escondido un viejo hueco minero que hace las veces de ascensor.
Apoyo la palma de la mano sobre la piedra cálida, en un lugar donde un peculiar patrón de muescas cubre la superficie.
Es un glifo que talló ahí algún antiguo ancestro.
Me basta un breve latido de magia para activarlo.
Un brillo llameante se filtra entre mis dedos al tiempo que la losa del suelo a mis pies empieza a elevarse velozmente.
En los últimos meses me he ido acostumbrando algo más a usar la red de ascensores de Caeldera, pero no llega a ser una sensación completamente agradable.
Cada vez que me veo rodeada de tierra, se activa mi tendencia innata hacia la claustrofobia.
Ahora mismo, mientras asciendo por el hueco minero, me muero de ganas de escapar de aquí.
Ansío respirar aire fresco, sentir la luz del sol y ver el cielo despejado.
Siento garras en la garganta, uñas afiladas como cuchillas.
El ascensor se detiene con una sacudida que me estremece los huesos.
Salgo a una cámara semicerrada desde la que se ve el salón del trono, bastante más abajo.
Siento que se me eriza todo el vello del cuerpo como respuesta.
Este es un lugar de potente poder natural.
El profundo encantamiento que anida en el mismísimo centro de Anwyvn burbujea aquí hasta la superficie.
A mis ojos asoman lágrimas, una reacción imposible de reprimir ante esta densa nube de magia.
A mi alrededor, las paredes curvas y el techo bajo están cubiertos de incontables glifos tallados.
Todos resplandecen, como si los iluminase desde dentro el poder más puro.
El origen de ese poder está ahí delante, agazapado en el centro de la cámara, con las palmas de las manos apoyadas en el suelo de lava endurecida, emitiendo un latido tras otro.
—Pendefyre —lo llamo en tono suave. Él no levanta la mirada—. Pendefyre —repito de nuevo, más alto.
Ahora sí que alza la cabeza al momento, pero sigue sin mirarme.
De hecho, parece concentrarse aún más, apretar con más firmeza la piedra cubierta de vetas rojas.
Cada uno de los nudillos de sus fuertes y bronceadas manos está blanco por la falta de circulación.
Las llamas asoman entre sus dedos, recorren ardientes caminos gemelos por sus brazos y prenden una senda por su pecho desnudo, en cuya piel se arremolina un oscuro dibujo de espirales.
La marca de Vestigio del Fuego. Resulta igual de hipnótica que la primera vez que la vi.
Se extiende por su pectoral derecho formando un patrón triangular.
Pero ahora, mi asombro tiene también un rastro de alarma, porque veo que Penn no deja de entregar más y más de sí mismo a las protecciones que defienden esta ciudad de cualquier peligro.
Me quedo ahí plantada durante unos largos segundos, paralizada, la vista consumida por esas llamas hambrientas que le recorren la piel.
«¿Cuánto más de sí puede dar antes de agotarse por completo? ¿Cuánto más puede seguir forzándose antes de ocasionarse un daño permanente?»
No me extraña que Mabon haya venido a buscarme.
No me extraña que el Gremio del Ascua esté tan preocupado por su líder.
El último Vestigio del Fuego, el rey Vorath, murió aquí mismo, en esta sala, haciendo justo lo que hace Penn ahora.
Intentó entregar demasiado poder, se forzó demasiado. Y por ello, perdió la vida.
Por más enfadada que esté con Penn debido al mal carácter que tiene últimamente, no puedo quedarme cruzada de brazos mientras se mata en su obsesión por conseguir que Caeldera esté a salvo.
Otra cosa bien distinta es que mis esfuerzos tengan éxito.
Aprieto los dientes al recordar la última vez que me encontré plantada en este mismo umbral, a causa de las insistentes súplicas de Jac para que lo acompañase a hablar con él, hace quince días.
Ese día, Penn dejó bien clara su postura.
Con pelos y señales, y a gritos tan fuertes que bien podría haber derrumbado lo que queda del bastión, Penn nos explicó que lo mejor era que nos ocupásemos de nuestros condenados asuntos y dejásemos de meter las narices en los suyos.
«Larga vida al rey Pendefyre, el Cabezota.»
Me trago la irritación, que me deja un amargo sabor en la lengua, y doy otro paso vacilante.
—Pendefyre, mírame.
Pero no hay modo de llegar hasta Penn. Está absorto en su tarea, derramando hasta el último resquicio de su poder en las protecciones.
Siento una punzada en el corazón al ver cómo se agota hasta quedar seco.
Tiene la expresión salvaje, una mezcla de determinación y agonizante desesperación.
Su rostro está blanco como la nieve. Un mechón demasiado largo de cabello castaño rizado le cae sobre la frente y oculta sus ojos de la vista.
Sin embargo, no necesito vérselos para saber que rezuman magia, que sus iris llamean como carbones al rojo.
Las inspiraciones que hago para calmarme tienen el efecto opuesto: me veo sacudida con una provocación embriagadora.
La magia de Penn me afecta más de lo que quiero admitir.
La marca de Vestigio en mi pecho hormiguea implacable, despierta y alerta, ansiosa por salir a jugar.
Yo la ignoro con terquedad. Añadir magia del aire a esta situación sería seguramente como echar una copa de licor sobre una fogata para apagarla.
«Una combustión.»