Capítulo 20
El viernes llegó Sofía.
Daniela no la conoció ese fin de semana.
No porque el plan hubiera cambiado, sino porque el jueves por la noche, cuando ya estaba casi dormida, el teléfono vibró sobre la mesilla. Un mensaje de su antigua jefa de agencia. Corto. Preciso. Peligroso.
Una oferta.
Directora de comunicación de un grupo internacional.
Sede en Londres.
Triple de sueldo.
Proyecto desde cero.
Lo leyó dos veces en la penumbra de la habitación.
El corazón le latía demasiado alto para ser solo sorpresa profesional.
Lo cerró.
Apagó la pantalla.
Se dio la vuelta.
A las tres de la mañana volvió a abrirlo.
La luz azulada del móvil le iluminó la cara. Las palabras seguían ahí, nítidas, ofreciéndole una salida limpia. Una versión de sí misma sin rumores, sin Morales, sin la constante conciencia de Diego Santaolalla ocupando demasiado espacio en su pecho.
No se lo dijo el viernes.
Ni el sábado.
Pasó el fin de semana en la oficina con la excusa real —pero incompleta— del plan de enero. El edificio casi vacío. El zumbido del aire acondicionado. El olor a café frío y a papel. Cuando Diego le mandó un mensaje el sábado a mediodía (¿Todo bien?), respondió:
Sí. Trabajo. Mañana hablamos.
No era mentira.
Tampoco era todo.
El domingo por la noche el piso estaba demasiado silencioso. Daniela se sentó en el sofá con el portátil abierto en la oferta, el bloc cerrado sobre la mesa y una taza de té que se había enfriado sin que la tocara. Las luces de Madrid se filtraban por la ventana. Llamó a Lucía.
—Cuéntame —dijo Lucía al segundo tono, como siempre.
—Me ofrecieron trabajo.
Silencio de tres segundos exactos. Daniela pudo oír el leve ruido de una copa dejándose sobre una superficie.
—¿Cuándo?
—El jueves por la noche.
—¿Y llevas desde el jueves sin decírselo a él?
—Sí.
—Dani.
—Ya lo sé.
—¿Lo quieres tomar?
Daniela miró la pantalla iluminada. El logo de la empresa. El salario. La frase proyecto desde cero. El cursor parpadeaba como si esperara una respuesta que ella no tenía.
—No lo sé.
—Eso suena a un sí con miedo.
—O a un no con dudas.
—¿Qué diferencia hay, cariño?
Daniela levantó la vista al techo blanco. El mismo techo de siempre. Esta noche tampoco tenía respuestas.
—Que si es un sí con miedo debería tomarlo. Y si es un no con dudas debería quedarme. —Hizo una pausa. La voz le salió más baja—. Y no sé cuál de los dos es.
Lucía tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz le había perdido toda la ironía habitual.
—¿Qué te da Londres que no tengas aquí?
—Distancia. —La palabra salió antes de que pudiera frenarla. Se le quedó en la boca, amarga y verdadera—. Distancia de todo esto. Del rumor. De Morales. De la complicación entera. —Otra pausa—. Y un proyecto que sea mío solo. Sin la sombra de nada más.
—Sin la sombra de Diego.
—Sin la sombra de nada.
Lucía procesó eso en silencio. Daniela escuchó su respiración al otro lado de la línea.
—Dani… ¿le tienes miedo a él o a ti misma?
La pregunta le atravesó el pecho.
Daniela no respondió de inmediato.
Pensó en el niño del metro, dormido en el hombro de su padre.
Pensó en la frase eso no se puede fingir.
Pensó en Diego, en el despacho de la séptima planta, mirándola con los ojos oscuros y diciendo sigo aquí como si esas dos palabras le costaran años de armadura.
—A mí misma —admitió al final. La voz le tembló un poco.
—Ya. —Lucía soltó el aire en un soplo largo—. ¿Y eso cambia si te vas a Londres?
—No.
—Exacto. No cambia. El miedo va contigo en la maleta, Dani. —Una pausa cargada—. La única diferencia es que en Londres no tienes a Diego delante para descubrir si eres capaz de quedarte de verdad.
Daniela cerró el portátil con un clic suave. La pantalla se apagó. El piso quedó solo con la luz tenue de la lámpara y el ruido lejano de la ciudad.
—¿Qué hago?
—Se lo dices. —La voz de Lucía salió sin dramatismo, sin suavizar el golpe—. Primero a él. Luego decides. Pero no le robes la posibilidad de enterarse por ti. No después de todo lo que habéis construido.
Colgaron.
Daniela se quedó mirando el portátil cerrado.
Luego el bloc.
Luego la ventana donde Madrid seguía brillando con sus luces de Navidad indiferentes.
Primero a él.
La frase le resonó en la cabeza mientras se levantaba, mientras apagaba la luz, mientras se metía en la cama con el estómago hecho un nudo.
Primero a él.
Aunque le diera miedo.
Aunque la oferta de Londres le abriera una puerta que llevaba años esperando.
Aunque una parte de ella —la parte que todavía recordaba a su madre reconstruyéndose sola— le gritara que correr era más seguro.
Primero a él.
Y después, solo después, decidir si se quedaba… o si por fin se iba.
El lunes a las doce subió a la séptima sin correo previo, sin mensaje, sin la arquitectura de preparación que había usado para todo lo demás.
La asistente la hizo pasar.
Diego estaba de pie junto a la librería con un informe en la mano, el mismo sitio donde estaba la tarde que Daniela había entrado sin excusa de trabajo y le había dicho lo que quiero eres tú. La habitación tenía memoria. Daniela lo notó.
Diego la miró. Miró su cara. Dejó el informe.
—Siéntate —dijo.
—Prefiero estar de pie.
Diego la miró un segundo más. Asintió. Se quedó donde estaba también: los dos de pie, sin mesa entre ellos, con el espacio abierto del despacho.
—Hay una oferta —dijo Daniela.— Londres. Llegó el jueves.
Diego no cambió la expresión. Pero algo en él se asentó de una manera diferente, más quieta, como cuando una persona recibe una noticia que no esperaba y decide procesarla antes de reaccionar.
—¿Qué tipo de oferta?
—Directora de comunicación de un grupo internacional. Proyecto desde cero. —Pausa.— Triple de lo que cobro aquí.
—¿La conoces? ¿La empresa?
—Sí. Es buena. El proyecto es real.
Diego asintió. Despacio.
—¿Por qué no me lo dijiste el jueves?
Era la pregunta correcta. Daniela lo sabía.
—Porque necesitaba pensarlo primero. —Pausa.— Y porque tenía miedo de lo que pensarías.
—¿Qué pensarías tú que pensaría yo?
Daniela lo miró.
—Que me estoy yendo.
—¿Te estás yendo?
—No lo sé todavía.
Diego se apartó de la librería. Fue hasta la ventana. Madrid, el skyline, la vista de siempre.
—¿Qué te da Londres que no tengas aquí? —dijo. La misma pregunta de Lucía. Dicha con la misma voz directa que él usaba para todo pero con algo más quieto debajo.
—Distancia —dijo Daniela. La misma respuesta. Porque era la verdad aunque doliera decirla dos veces.
Diego se giró.
La miró con una expresión que Daniela no había visto antes. No la de las reuniones ni la del mirador ni la de para mí es real. Algo más debajo de todo eso, más expuesto, la capa que existía antes de que aprendiera a construir las otras.
—¿De mí? —dijo.
—De todo esto. —Pausa.— Pero sí. También.
El despacho estaba completamente quieto.
—¿Qué te da miedo de esto? —dijo Diego.
Daniela lo miró. La pregunta era exacta y lo sabía: no ¿por qué quieres irte? sino ¿qué te asusta de quedarte? La diferencia era de Diego, la precisión de alguien que escucha de verdad.
—Quedarme —dijo.— Siempre me ha costado quedarme. —Pausa.— Mi madre se quedó en sitios que la redujeron. Aprendí que irse antes protege.
—Ya me lo dijiste.
—Ya. —Daniela lo miró.— Pero hay algo más. —Cogió aire.— Aquí hay demasiadas cosas que importan. El trabajo, Morales, tú, Sofía que no he conocido todavía. —Pausa.— Si algo sale mal tengo demasiado que perder. En Londres solo pierdo un trabajo.
Diego la miró durante mucho tiempo.
Cuando habló fue despacio, con la precisión de siempre pero con algo que Daniela reconoció como el esfuerzo de alguien que está siendo más honesto de lo que le resulta fácil serlo.
—Tienes razón —dijo.
Daniela lo miró.
—¿En qué?
—En que si algo sale mal tienes más que perder aquí.
—Pausa.— Eso es verdad y no tengo manera de quitártelo.
—Otra pausa.— Lo que puedo decirte es que no voy a ser el hombre que fue con Cristina.
Que estoy aprendiendo a estar presente y que contigo es donde más claramente sé lo que significa.
—Se detuvo.— Pero eso no elimina el riesgo. Solo lo pone en contexto.
Daniela lo miraba.
—¿Qué quieres que haga? —dijo.
Diego la miró directamente.
—Lo que tú quieras hacer. —Pausa.— Lo que te diga lo que sientes de verdad, no lo que te protege mejor.
Era la respuesta más generosa que podía darle. Daniela lo sabía. Era Diego diciéndole que no iba a retenerla, que no iba a usar lo que había entre ellos como argumento, que la decisión era completamente suya.
Y eso, paradójicamente, era lo más difícil de gestionar.
Porque si hubiera peleado por que se quedara habría sido más fácil irse.
—Necesito tiempo —dijo Daniela.
—Lo sé. —Diego asintió.— ¿Cuánto tiene la oferta?
—Una semana.
—Bien.
Daniela recogió su bolso. Fue hacia la puerta.
—Daniela.
Se detuvo. No se giró.
—Lo que hay entre nosotros —dijo Diego detrás de ella.— No depende de que te quedes. —Pausa.— Pero si te quedas, quiero que sea porque quieres quedarte. No porque no te atrevas a irte.
Daniela cerró los ojos un segundo.
Salió sin decir nada.
La semana fue extraña.
Trabajaron. Las reuniones de dirección, los correos, el plan de enero. Todo igual en la superficie. Todo con el peso de la semana debajo, invisible para cualquiera que no supiera mirarlo.
Daniela no volvió a subir a la séptima por razones que no fueran trabajo. Diego no bajó a la quinta. El plan B seguía siendo el plan B pero con una capa nueva encima que no tenía nombre todavía.
En las reuniones de dirección se miraban con el inventario de siempre. En los correos eran profesionales. En los pasillos se cruzaban con la naturalidad exacta que requería el plan B.
Nadie lo notó. O si lo notaron, Carmen y Marta y Rodrigo con sus formas discretas de ver todo, no dijeron nada.
El miércoles Daniela llamó a la empresa de Londres.
Pidió más información sobre el proyecto. Los plazos, el equipo, los recursos. Preguntas profesionales con respuestas profesionales. La oferta seguía siendo buena. El proyecto seguía siendo real.
Colgó y se quedó mirando el teléfono durante tres minutos.