El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Y Daniela le contó la comida entera. Sin el filtro estratégico, sin la versión editada. La entrada de Morales, el primer ángulo, el giro, lo que ella había dicho y cómo lo había recibido. Diego escuchó sin interrumpir, con los codos sobre la mesa y los ojos fijos en ella.

Cuando terminó, Diego no dijo nada durante diez segundos.

—El trabajo es el criterio y lo demás es nuestro —repitió.

—Más o menos.

—¿Cómo lo recibió?

—Con respeto. —Daniela cogió su copa.— No creo que vuelva a intentarlo de frente. Buscará otro ángulo.

—¿Cuál?

—No lo sé todavía. —Lo miró.— Pero lo buscaré antes de que lo encuentre él.

Diego la miraba con esa expresión abierta de los últimos días.

—¿Sabes lo que dijo a Rodrigo? —dijo.

—Carmen me lo contó.

—¿Te lo contó Carmen o te lo contó Carmen a través de Rodrigo a través de la llamada de Morales?

—El ecosistema completo. —Daniela lo miró.— ¿Sabes que Carmen sabe todo?

—Lleva veinte años sabiéndolo todo. —La comisura de su boca.— Es mi mejor activo.

—Y el mío también, aparentemente.

—Ya. —Diego bebió.— Le pedí que te cuidara cuando llegaste.

Daniela lo miró.

—¿Cuándo llegué?

—El primer día.

Daniela procesó eso. El primer día. Antes de la primera reunión de dirección. Antes de Lisboa y el mirador y la mano en la mejilla. El primer día, cuando teóricamente era solo la nueva directora de comunicación contratada por el consejo.

—¿Por qué? —dijo.

Diego la miró directamente.

—Porque vi la presentación y supe que ibas a tener problemas con Morales antes de que tú lo supieras. —Pausa.— Y porque quería que alguien te avisara si llegaban de un lado que no esperabas.

—¿Solo por eso?

Diego la sostuvo la mirada.

—No solo por eso.

La comida llegó. Comieron.

Hablaron de Sofía, que ese fin de semana venía a Madrid.

De la empresa en enero, del arranque del nuevo trimestre.

De una cosa pequeña que Daniela había visto en el metro esa mañana, un niño dormido en el hombro de su padre con el bocadillo todavía en la mano, y que le había parecido la imagen más honesta que había visto en semanas.

Diego la escuchó contar eso con la expresión de alguien que está completamente presente.

—¿Por qué honesta? —dijo.

—Porque el niño no intentaba quedarse despierto. Simplemente se quedó dormido porque estaba seguro. —Daniela miró su copa.— Eso no se puede fingir.

Diego no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo fue tan despacio que Daniela tuvo que inclinarse levemente.

—No —dijo.— No se puede fingir.

Y en su voz había algo que no era sobre el niño del metro.

Salieron a las diez y media.

Caminaron por las calles de Madrid en diciembre.

El frío cortaba, seco y limpio, pero con el abrigo grueso y la mano de Diego firmemente apoyada en la parte baja de su espalda se convertía solo en textura, no en incomodidad.

Las luces de Navidad parpadeaban en los balcones y en los árboles de las aceras, demasiado doradas, demasiado insistentes.

El ruido de la ciudad los envolvía como un murmullo lejano: coches, risas, el eco de una puerta cerrándose.

Diego no quitó la mano en ningún momento. El calor de su palma se filtraba a través de la tela. Daniela caminaba pegada a él, sintiendo el ritmo exacto de sus pasos, el aroma discreto a canela y perfume caro que el viento le traía cada pocas zancadas.

En su portal se detuvieron. La luz del hall se filtraba a través del cristal esmerilado, dibujando un rectángulo cálido a sus pies. Diego bajó la mano despacio, como si le costara soltarla.

—Mañana tengo a Sofía desde el viernes —dijo. La voz le salió baja, casi cuidadosa.

—Ya me dijiste.

—El fin de semana que viene. —Hizo una pausa. El silencio se llenó del ruido lejano de un scooter—. Si quieres conocerla.

Daniela lo miró.

El corazón le dio un vuelco lento y profundo.

Era la frase más grande que le había dicho en semanas.

Más grande que para mí es real. Más grande que no era retórico.

Más grande que cualquier cosa dicha en Lisboa o en el aeropuerto.

Era Diego abriendo la puerta de la parte más protegida de su vida y preguntándole, sin adornos, si ella quería entrar.

—¿Qué sabe ella? —preguntó. La voz le salió más suave de lo que pretendía.

—Que hay alguien que me importa. —Diego la miró con esa expresión abierta de los últimos días, sin las capas de siempre, sin la distancia corporativa—. No más que eso todavía.

—¿Y si no le gusto?

La comisura de su boca se movió. Esta vez la sonrisa llegó completa: pequeña, real, casi vulnerable.

—Le vas a gustar —dijo con una certeza tranquila que le llegó directo al pecho.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque le gustan las personas que dicen lo que piensan. —Otra pausa. Sus ojos no se apartaron de los de ella—. Y porque lleva tres semanas preguntándome por «la directora de comunicación», aunque nunca le haya dicho ese término.

Daniela sintió un calor distinto subirle por el cuello.

—¿Qué le dijiste exactamente?

—Que era alguien que no bajaba la voz cuando debería bajarla. —Diego sostuvo su mirada sin parpadear—. Lo tomó como un cumplido. Que conste que yo también.

El silencio que siguió fue denso, cargado, lleno de todo lo que esas palabras significaban. Daniela lo miró un momento largo. El frío les mordía las mejillas, pero ninguno se movió.

—El fin de semana —dijo por fin. La decisión le sabía a salto y a casa al mismo tiempo.

—El fin de semana —confirmó Diego.

La besó.

Fue más largo que otras veces. Más hondo.

Su mano subió a la nuca de ella, los dedos enterrándose con suavidad en el pelo, y la otra se cerró en su cintura, atrayéndola hasta que no quedó casi espacio entre los dos.

El frío de diciembre desapareció. Solo quedó el calor de su boca, el sabor familiar, el leve temblor que le recorrió el cuerpo cuando él profundizó el beso un segundo más.

Madrid seguía ahí fuera —indiferente, ruidosa, llena de luces—, pero en ese trozo de acera frente al portal solo existían ellos dos, completamente presentes.

Cuando se separaron, Daniela tenía las manos agarradas al solape de su abrigo. Las bajó despacio, sintiendo todavía el eco del beso en los labios.

—Buenas noches —dijo. La voz le salió un poco entrecortada.

—Buenas noches.

Entró al portal.

La puerta de cristal se cerró a su espalda con un clic suave. Subió las escaleras sin esperar el ascensor, con las piernas un poco torpes y el corazón latiéndole demasiado alto.

En su piso no encendió la luz de inmediato. Fue directamente a la ventana del salón. Madrid de noche se extendía delante de ella: las luces de Navidad, el brillo lejano de los coches, el ruido sordo y constante de siempre. Apoyó la frente en el cristal frío.

Pensó en Morales.

En el Ritz.

En la frase el trabajo es el criterio y lo demás es nuestro, dicha con toda la convicción que había podido reunir.

Pensó en Diego diciendo, días atrás, le pedí que te cuidara el primer día.

Pensó en Sofía. Doce años. Preguntando por «la directora de comunicación» sin que nadie le hubiera dado ese título. Una niña que, al parecer, ya había notado que su padre había cambiado.

Pensó en el niño del metro, dormido en el hombro de su padre con el bocadillo todavía en la mano.

Eso no se puede fingir.

No.

No se podía.

Encendió la lámpara del salón. La luz cálida llenó el espacio de golpe. Se quitó el abrigo, lo dejó sobre el sofá y fue a la cocina. El fregadero estaba frío bajo los dedos cuando se apoyó en él. Sacó el teléfono.

Llamó a su madre.

—¿A estas horas? —dijo su madre al segundo tono, con la voz de quien, en realidad, estaba esperando la llamada.

—Quiero contarte algo.

—Cuéntame —respondió ella, y en esas dos palabras estaba todo: el espacio abierto, la paciencia infinita, el aquí estoy de siempre.

Daniela respiró hondo. El abrigo todavía le olía a él. Madrid seguía ruidosa al otro lado de la ventana. Y por primera vez en mucho tiempo, las palabras le salieron sin que tuviera que forzarlas.

—Hay alguien —empezó—. Y el fin de semana que viene… voy a conocer a su hija.