Capítulo 19
El Ritz a las dos de la tarde era exactamente lo que Daniela había esperado: silencioso con el silencio específico del dinero viejo, camareros que se movían sin producir sonido, manteles blancos que no necesitaban justificarse.
Morales ya estaba cuando llegó.
Setenta años llevados bien, con la solidez de quien ha tenido poder suficiente tiempo para que le haya dado forma. Traje oscuro, corbata burdeos, el tipo de hombre que en cualquier sala parece saber más de lo que dice y lo sabe y lo usa.
Se levantó cuando la vio llegar, que era un gesto calculado: la cortesía como primera declaración de intenciones.
—Daniela. —Le estrechó la mano.— Gracias por venir.
—Gracias por la invitación.
Se sentaron. El camarero llegó sin que nadie lo llamara. Morales pidió sin mirar la carta. Daniela pidió lo mismo con una ligera variación, que era pequeño pero era suyo.
Los primeros veinte minutos fueron exactamente lo que Daniela había predicho.
Morales habló de la empresa. Del trabajo del último trimestre, del artículo de Expansión, de la estrategia de medios para enero. Todo correcto, todo generoso, con el tono de alguien que está construyendo algo antes de llegar al centro.
Daniela respondió con la misma generosidad y la misma distancia. Agradeció, confirmó, añadió detalle donde era útil. No dio más de lo que pedían las preguntas.
Morales la miraba con la atención calibrada de alguien que ha tenido muchas conversaciones de este tipo y sabe que la primera capa no es la que importa.
Con el primer plato llegó el siguiente nivel.
—Diego habló conmigo la semana pasada —dijo Morales, como si fuera información que Daniela no tuviera.
—Lo sé.
Una pequeña pausa. Morales recalibró.
—¿Habláis mucho? —dijo.— Fuera de las reuniones de dirección.
—El trabajo de comunicación requiere acceso directo al CEO. Es más eficiente así.
—Claro. —Morales cortó su carne con la precisión de alguien que no tiene prisa.— ¿Y fuera del trabajo?
Daniela lo miró directamente.
—¿Hay algo concreto que quiera preguntarme, Ignacio?
Era la primera vez que usaba su nombre. No accidental: era la forma de igualar el terreno sin atacar, de decir estamos en la misma mesa sin decir no me subestimes.
Morales levantó la vista de su plato.
La miró durante tres segundos con la expresión de alguien que acaba de recibir información sobre quién es la persona que tiene enfrente.
—Hay rumores en la empresa —dijo.
—Los rumores están en todas las empresas.
—Estos son específicos.
—Los rumores específicos también. —Daniela dejó su tenedor.
— Mire, voy a ahorrarle tiempo. Si la pregunta es si hay algo personal entre Diego y yo que comprometa el trabajo de comunicación o las decisiones de la empresa, la respuesta es no.
—Pausa.— Si la pregunta es si hay algo personal, eso es mío.
Morales la miró.
—El consejo tiene responsabilidad sobre el funcionamiento de la empresa —dijo.— Eso incluye las decisiones del CEO.
—Las decisiones de trabajo del CEO. Sí. —Daniela sostuvo su mirada.— Su vida personal no es competencia del consejo mientras no afecte a la empresa. Y no afecta.
—¿Cómo puede estar segura?
—Porque el trabajo habla. —Daniela cogió su copa.
— El departamento de comunicación ha mejorado métricamente en seis semanas.
La cobertura mediática del grupo ha subido un diecinueve por ciento desde octubre.
La gestión de Solano no tuvo ninguna filtración perjudicial.
—Pausa.— Si esos números le generan preocupación, me gustaría entender cuáles serían los satisfactorios.
Morales la miró con algo que no era exactamente sorpresa porque un hombre como él no se sorprendía fácilmente. Era reconocimiento. La expresión de alguien que había esperado una cosa y había recibido otra.
—Usted es muy directa —dijo.
—Es más eficiente. —Una pausa.— Usted también lo es, cuando le conviene.
Algo en la comisura de la boca de Morales. Tan pequeño que Daniela casi no lo vio.
—¿Qué quiere de esta empresa? —dijo Morales. Primer cambio real de ángulo.
—Hacer mi trabajo bien. —Daniela lo miró.— Lo que quiero a largo plazo lo estoy construyendo. Aquí o en otro sitio, eso depende de si este es el contexto correcto.
—¿Y lo es?
—Por ahora sí.
—¿Qué lo cambiaría?
Daniela procesó la pregunta. Era la más interesante que había hecho Morales, la que salía del guión que ella había anticipado y entraba en territorio más real.
—Que el trabajo dejara de ser el criterio —dijo.— Si las decisiones sobre mi posición aquí empiezan a depender de factores que no tienen que ver con el rendimiento, ese deja de ser el contexto correcto.
Morales la miró durante mucho tiempo.
—¿Me está diciendo —dijo— que si el consejo interfiere en su posición por razones no profesionales, se irá?
—Le estoy diciendo que el trabajo es lo que me trajo aquí y lo que me mantendrá aquí. —Daniela sostuvo su mirada sin apartar los ojos.— El resto es secundario para el consejo, que es a quien le rindo cuentas profesionalmente.
El restaurante seguía siendo silencioso y caro a su alrededor.
Morales cortó otro trozo de carne. Masticó. Bebió.
—Diego dijo algo parecido la semana pasada —dijo al final.
—Diego y yo coincidimos en que el trabajo es el criterio. —Una pausa.— En eso y en otras cosas.
Era la primera vez que reconocía algo sin nombrarlo. Morales lo recibió con la atención de quien cataloga información.
—¿Las otras cosas son recientes? —dijo.
—Sí.
—¿Complicadas?
Daniela lo miró.
—Todo lo que vale algo es complicado. —Pausa.— Pero las complicaciones no son del consejo.
Morales dejó los cubiertos sobre el plato.
La miró con una expresión que era más limpia que todo lo anterior, sin la capa de gestión encima. Más real.
—Es usted más difícil de lo que esperaba —dijo.
—Eso me dicen.
—¿Diego también?
—Diego usa la palabra exigente.
Morales la miró un segundo más.
Luego llamó al camarero para pedir postre con el tono de alguien que ha llegado a un lugar que no era exactamente el que buscaba pero que acepta como suficiente por ahora.
Salió del Ritz a las cuatro menos cuarto con el sol de diciembre bajo y Madrid lleno de gente con bolsas de Navidad.
Se alejó media manzana. Se detuvo junto a una farola.
Llamó a Diego.
Dos tonos.
—Daniela. —Su voz, directa e inmediata, la de alguien que ha tenido el teléfono cerca esperando esta llamada.
—Terminó bien —dijo Daniela.
Silencio de un segundo.
—¿Cuánto de bien?
—No tomó ninguna decisión en voz alta. Pero salí con las condiciones que puse. —Pausa.— El trabajo es el criterio. Lo demás es nuestro.
—¿Eso se lo dijiste así?
—Con más diplomacia. El resultado fue el mismo.
Diego procesó.
—¿Qué vas a hacer ahora? —dijo.
—Volver a la oficina. Tengo dos correos pendientes y el plan de enero que revisar.
—¿A qué hora terminas?
—¿Por qué?
—Porque son las cuatro y llevas tres horas en una comida con Morales y probablemente no has comido nada de verdad porque cuando estás en modo trabajo no comes.
Daniela miró la farola.
—Comí suficiente.
—¿Cuánto es suficiente?
—Diego.
—Daniela.
Una pausa.
—El primer plato —admitió.
Oyó algo al otro lado del teléfono que no era exactamente un suspiro pero se le parecía. La versión de Diego de exasperación afectuosa, que era nueva y completamente suya.
—A las siete —dijo Diego.— Te recojo en la oficina.
—No tienes que...
—A las siete.
Daniela miró la calle. Las bolsas de Navidad. El sol bajo. Las luces encendiéndose antes de que oscureciera del todo.
—A las siete —dijo.
Volvió a la oficina. Trabajó. A las seis y cuarto Carmen asomó la cabeza.
—¿Necesitas algo?
—No. Gracias, Carmen.
Carmen entró de todas formas. Dejó algo sobre la mesa: una manzana y una barrita de cereales del tipo que hay en el cajón de su mesa de la antesala.
—Por si acaso —dijo, con la neutralidad de siempre.
Daniela la miró.
—¿Sabes lo de la comida con Morales?
—Sé muchas cosas —dijo Carmen.
—¿Y?
Carmen se quedó un momento en la puerta.
—Y que hiciste bien. —Una pausa.— Morales necesita ver que no te mueves fácil. Esta tarde lo vio.
—¿Cómo sabes lo que pasó?
—Morales llamó a la empresa a las cuatro y diez. Habló con Rodrigo. —Carmen la miró con esa serenidad suya de veinte años.— Rodrigo me lo dijo porque me dice las cosas que necesito saber para que el señor Santaolalla no tenga que preguntar.
Daniela procesó el ecosistema completo de información que era Carmen.
—¿Qué le dijo Morales a Rodrigo?
—Que la nueva directora de comunicación es más complicada de lo que parece. —Una pausa.— En su boca eso es un cumplido.
Carmen salió.
Daniela cogió la manzana.
La comió entera antes de que llegaran las siete.
Diego llegó a las siete en punto al vestíbulo.
Daniela bajó con el abrigo y el bolso y la manzana ya comida. Lo vio desde el ascensor: de pie junto a la recepción con el abrigo puesto y el teléfono en la mano, con la postura de alguien que espera sin que esperar le cueste nada.
Levantó la vista cuando oyó el ascensor.
La miró. La recorrió del todo, del tipo de mirada que no era el inventario profesional sino otra cosa: la búsqueda de cómo estaba, real, no de protocolo.
Daniela cruzó el vestíbulo.
—Hola —dijo.
—Hola. —Diego la miró un segundo más.— ¿Cómo estás?
—Bien. Cansada. Bien.
—¿Hambre?
—Carmen me dio una manzana.
—Eso no es cenar.
—Ya lo sé.
Salieron. El frío de diciembre, las luces, la calle después de las siete con la oscuridad ya completa.
Diego puso la mano en su espalda. La misma postura de siempre, el mismo calor a través del abrigo.
Pero esta vez, antes de cruzar ninguna calle, antes de que hubiera ninguna razón táctica, la mantuvo ahí.
Caminaron dos manzanas con su mano en su espalda y ninguno dijo nada sobre ello porque no había nada que decir.
El restaurante era nuevo, japonés, pequeño y tranquilo con la luz baja de los sitios que saben que la comida no necesita ser un espectáculo.
Se sentaron. Diego pidió para los dos sin preguntarle, lo que en otra persona habría sido presunción y en él era información: había prestado atención, había aprendido qué le gustaba, lo aplicaba. Daniela lo dejó porque era exactamente así.
—Cuéntame —dijo Diego.