El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Caminaron. No había coche esta vez: Diego había propuesto un sitio a diez minutos andando y Daniela había dicho que bien porque diciembre con las luces encendidas y el frío seco de Madrid era el contexto correcto para lo que necesitaba esa noche.

El restaurante era en Chueca, más animado que el de Malasaña, con el ruido de la gente que cena entre semana porque puede y las mesas suficientemente juntas para que la conversación existiera en un volumen razonable.

Pidieron. Llegó el vino.

—Cuéntame sobre Morales —dijo Diego.

—Mañana es la comida.

—Ya. Por eso ahora.

Daniela bebió.

—Doce años en el consejo. Llegó cuando la empresa ya era grande pero antes de que fuera lo que es ahora. —Dejó la copa.— Le debe su posición a la empresa pero la empresa no le debe nada a él en términos de construcción real.

—¿Qué quiere?

—Control. Pero no el tuyo: ya sabe que eso no puede tenerlo. —Daniela lo miró.— Quiere un punto de palanca. Algo que le permita tener influencia sobre las decisiones sin ser él quien las tome.

—¿Y soy yo ese punto?

—Podrías serlo si lo dejaras. —Daniela sostuvo su mirada.— No lo vas a dejar.

—No.

—Lo sé. —Pausa.— Pero él no lo sabe todavía con certeza. Por eso quiere hablar conmigo. Soy nueva, soy joven, soy la variable reciente en una ecuación que él lleva años intentando resolver.

Diego la miraba con la atención completa de los momentos importantes.

—¿Qué va a ofrecerte?

Era la pregunta que Daniela llevaba dos días pensando. La que había buscado en todas las entrevistas de Morales y en el patrón de sus movimientos en los últimos doce años.

—Apoyo —dijo.— Va a decirme que el consejo me respalda. Que mi posición aquí depende de ellos, que fueron ellos quienes me contrataron. Va a intentar que me sienta deudora de su protección.

—¿Y después del apoyo?

—Después pedirá información. No directamente. Primero el apoyo, luego el tiempo, luego la pregunta que en realidad es la única que quiere hacer.

—¿Qué pregunta?

Daniela lo miró.

—Si hay algo entre nosotros que pueda usar.

El restaurante seguía siendo ruidoso e indiferente alrededor. Diego procesó en silencio.

—¿Qué le vas a decir?

—La verdad con los límites correctos. —Daniela cogió su copa.— Que mi trabajo no depende de mi vida personal. Que el rendimiento del departamento es verificable. Que agradezco el apoyo del consejo y que espero seguir contando con él. —Una pausa.— Y que mi vida personal es mía.

Diego asintió.

—¿Y si presiona?

—Entonces seré más directa todavía.

—¿Cómo de directa?

Daniela lo miró.

—Le diré que si el consejo tiene dudas sobre mi trabajo, las resolvemos con métricas. Y que si las dudas son sobre otra cosa, estoy dispuesta a escucharlas pero no a gestionarlas. —Una pausa.— Con toda la educación del mundo.

Diego la miraba con esa expresión que Daniela había aprendido a leer como el equivalente de lo que en otra persona sería decir algo en voz alta.

—¿Qué? —dijo ella.

—Nada. —Una pausa.— Que me alegra que estés de mi lado.

Daniela lo miró.

—No estoy de tu lado —dijo.

Diego levantó una ceja. Barely.

—Estoy en el mío propio —continuó Daniela.— Que en este caso coincide con el tuyo. —Lo miró.— Hay diferencia.

Diego procesó eso.

—Sí —dijo al final.— La hay.

Y en su voz había algo que no era solo acuerdo sino reconocimiento. La forma en que Diego recibía las cosas que le decían algo nuevo sobre alguien que ya le importaba.

Comieron.

Hablaron de Sofía, que había llamado el domingo y había hablado cuarenta minutos sobre un libro que estaba leyendo sin preguntarle a Diego si tenía tiempo, lo que Diego contó con el tono de alguien que encuentra eso completamente correcto.

—¿Le hablas de trabajo? —dijo Daniela.

—Algo. Menos de lo que debería, probablemente. —Diego giró su copa.— Ella pregunta. Tiene curiosidad por cómo funciona la empresa.

—¿Y tú le explicas?

—Lo intento. Aunque a los doce años el detalle de una concesión eólica tiene un límite de interés.

—¿Qué le interesa de verdad?

Diego la miró.

—Los porqués. —Una pausa.— Siempre pregunta por qué. Por qué decidí esto, por qué funciona así, por qué la gente hace lo que hace. —La comisura de su boca.— Me recuerda a alguien.

Daniela lo miró.

—¿A quién?

Diego la miró directamente sin responder.

Daniela entendió.

—Eso es un cumplido o una advertencia —dijo.

—Las dos cosas —dijo Diego.

Caminaron de vuelta por las calles de Chueca con el frío seco de Madrid a las once de un miércoles.

Las luces de Navidad parpadeaban en los balcones y en los escaparates, demasiado doradas para la hora, demasiado insistentes.

El ruido de la ciudad los envolvía: risas lejanas, un taxi que tocaba el claxon, el eco de tacones sobre el adoquín.

Diego puso la mano en la parte baja de su espalda justo antes de cruzar la calle. El calor de su palma se filtró a través del abrigo. No la apartó después. Daniela no se movió tampoco. Era exactamente el lugar donde quería que estuviera esa mano: firme, poseída, sin pedir permiso.

Siguieron caminando así, pegados sin llegar a rozarse del todo, con el frío mordiéndoles las mejillas y el aroma discreto de su colonia —canela y algo más caro— mezclándose con el aire nocturno.

En su portal se detuvieron. La luz del hall se filtraba a través del cristal esmerilado, dibujando sombras alargadas a sus pies. Diego no quitó la mano de inmediato. Solo cuando ella se giró del todo hacia él la deslizó despacio hasta soltarla.

—Mañana —dijo. La voz le salió baja, casi ronca por el frío y por todo lo que no estaban diciendo.

—Mañana —repitió Daniela. Le sostuvo la mirada—. Vas a estar todo el día pensando en esa comida, ¿verdad?

Una sombra de sonrisa le cruzó la boca.

—Voy a estar todo el día pensando en que tú estás en esa comida. No es exactamente lo mismo.

Ella sintió el golpe suave de esas palabras en el pecho.

—Llámame cuando termines —dijo él. No era una orden. Era una petición clara, directa, de esas que Diego hacía pocas veces y siempre con todo el peso puesto encima—. Quiero oírte. Aunque solo sea para que me digas que Morales es exactamente el hijo de puta que los dos creemos.

Daniela soltó una risa baja, sorprendida.

—Qué romántico.

—Estoy trabajando en ello —respondió él, y esta vez la sonrisa sí llegó, pequeña y real—. Llámame.

—Te llamo —prometió ella—. Aunque solo sea para oírte respirar al otro lado y recordarme que existes fuera de esa sala.

Diego la miró un momento más largo. Luego levantó la mano, le sujetó la nuca con esa delicadeza que todavía la desarmaba y la besó.

Fue más breve que otras veces. Más contenido.

Pero no por falta de ganas: por elección.

La presión de su boca fue exacta, caliente, con el sabor residual del vino de la cena.

Sus dedos se cerraron un segundo en su pelo, como si necesitara grabarse la textura, y después se apartó solo lo imprescindible.

Tenía los ojos oscuros, fijos en los de ella, demasiado cerca.

—Vas a estar bien mañana —dijo. No sonó a consuelo barato. Sonó a certeza.

—Ya lo sé —respondió Daniela. Y lo sabía de verdad.

No porque Morales no fuera a ser exactamente lo que esperaba. Sino porque había pasado dos días enteros preparando cada posible giro de esa comida… y había pasado dos noches con Diego. La diferencia era brutal: una cosa requería estrategia, control, armadura. La otra no requería nada. Solo estar.

Él apoyó la frente un segundo contra la de ella, apenas un roce.

—Si se pone demasiado denso, inventa una emergencia. Te invento yo la emergencia desde aquí.

—Qué caballero.

—Aprendo rápido cuando me importa.

Daniela sonrió contra su boca, sin llegar a besarlo otra vez.

—Buenas noches, Diego.

—Buenas noches.

Entró al portal.

La puerta de cristal se cerró a su espalda con un clic suave. Subió las escaleras sin esperar el ascensor, sintiendo todavía el calor de su mano en la nuca y el eco de su voz baja diciendo quiero oírte.

En su piso, con la luz apagada y solo el resplandor de las farolas filtrándose por la ventana, se quitó el abrigo y se dejó caer en el sofá un momento. El silencio ya no pesaba igual. Miró el techo blanco. Esta noche tampoco tenía respuestas… pero ya no las necesitaba.

Las preguntas habían cambiado.

Ya no era ¿me voy a quedar?

Era ¿cómo manejo esto mañana sin perder lo que tengo por las noches?

Eso era diferente.

Eso era mejor.

Eso era, por primera vez en mucho tiempo, una batalla que le apetecía dar.

Se metió en la cama con el teléfono en la mesilla, la alarma puesta y la certeza tranquila de que, pase lo que pasase con Morales, a las pocas horas iba a oír la voz de Diego al otro lado de la línea.