El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Daniela llegó a las ocho y cuarto. El edificio olía a limpieza nocturna y a café recién hecho.

Cogió el de la máquina buena —ya suyo por derecho de uso repetido— y el vapor le subió a la cara mientras caminaba hacia su despacho.

Los correos del fin de semana eran pocos.

Diciembre ralentizaba incluso a las empresas que se negaban a ralentizarse.

Abrió el portátil. La luz fría de la pantalla le devolvió el reflejo de alguien que había dormido poco y, aun así, se sentía más despierta de lo habitual.

A las ocho cincuenta y ocho subió a la séptima.

El ascensor estaba vacío. El espejo le devolvió su propia imagen: chaqueta negra, pelo recogido, expresión profesional.

Nada fuera de lugar. Solo el leve calor residual en la mejilla donde el viernes su mano había estado, y el recuerdo todavía nítido de un beso quieto y deliberado que no había pedido permiso para quedarse.

Diego ya estaba en la sala de reuniones.

La miró cuando ella entró. El inventario de siempre —la postura, los folios, el café— y, debajo, esa capa nueva que existía desde el viernes.

Más quieta. Más asentada. Nadie más en la sala lo habría notado.

Daniela lo vio de inmediato: un ajuste mínimo en la forma en que sus ojos se detuvieron un segundo de más, la tensión ligeramente distinta en la mandíbula, la presencia que ya no era solo la del CEO.

Se sentó tres sillas más abajo.

Plan B.

La reunión fue normal.

Rodrigo con los números de diciembre, que eran buenos.

Fuentes con Valencia, que iba según lo previsto.

Monreal con Solano, que avanzaba sin sobresaltos aparentes. Su voz llenó el espacio con la misma fluidez de siempre; Daniela notó, sin querer, que esta vez no buscó su mirada.

Cuando le tocó el turno, presentó el plan de comunicación para las fiestas: mínimo ruido en diciembre, preparación silenciosa para el arranque de enero con la entrevista de El País Negocios.

Siete minutos exactos. Sin preguntas. Su voz sonó firme, profesional, como si el viernes no hubiera existido.

Como si no llevara todavía el sabor de él en la memoria.

Diego escuchó.

Anotó algo.

No la miró más de lo necesario.

Tampoco le pidió que se quedara cuando la reunión terminó.

Daniela no esperó.

Recogió sus papeles con movimientos precisos, salió al pasillo y caminó hacia el ascensor sin mirar atrás.

El Plan B era esto: nada artificial. Nada escondido.

Nada expuesto de más. Solo la conciencia exacta, constante, de que él estaba tres sillas más arriba y de que el aire entre ellos ya no pesaba igual.

En el ascensor, bajando a la quinta, se permitió un solo pensamiento prohibido:

El viernes había dicho sigo aquí.

Y el lunes, con la normalidad perfecta de siempre, seguía siendo verdad.

En el pasillo, Monreal la alcanzó.

—Daniela. —La sonrisa fácil, el paso a su ritmo.— El fin de semana, ¿bien?

—Bien. ¿El tuyo?

—Productivo. —Una pausa calculada.— Hablé con Morales el sábado.

Daniela no cambió el paso.

—¿Sí?

—Comida informal. Ya sabes cómo es. —Monreal miró hacia delante, no a ella, que era la forma de decir cosas importantes sin que pareciera que las decías.— Está preocupado por la dirección de la empresa. En términos generales.

—El trabajo del último trimestre habla por sí solo.

—Sí. El trabajo, sí. —Pausa.— Hay otras cosas que le preocupan.

Llegaron al ascensor. Daniela se detuvo.

—Víctor. —Lo miró directamente.— Si tienes algo que decirme, dímelo.

Monreal la miró. La sonrisa seguía pero con menos trabajo detrás, la versión más real de él, la que aparecía cuando dejaba de gestionar la impresión.

—Morales quiere una reunión contigo. —Pausa.— Sin Diego.

Daniela procesó eso.

—¿Cuándo?

—Esta semana. Él te contactará.

—¿Y tú por qué me lo dices antes?

Monreal la miró un segundo más de lo habitual.

—Porque me parece más limpio que te pille por sorpresa. —Una pausa.— Y porque creo que eres lo suficientemente inteligente para saber que Morales no es un aliado.

—¿Y tú lo eres?

Monreal consideró.

—Soy neutral —dijo.— Lo cual, en esta empresa, ya es algo.

El ascensor llegó. Monreal entró. Daniela no.

—Gracias —dijo.

Monreal asintió y las puertas se cerraron.

Daniela se quedó en el pasillo con la información nueva asentándose.

Morales quería reunirse con ella sin Diego.

Eso no era una conversación sobre el trabajo.

Subió a la séptima a las diez y media.

No había planeado hacerlo ahora. Había planeado pensarlo primero, desarrollar los ángulos, llegar con algo más que la información cruda.

Pero llegó al ascensor y pulsó el siete sin pensar demasiado porque había aprendido en el fin de semana que con Diego lo directo funcionaba mejor que lo elaborado.

La asistente la hizo pasar.

Diego estaba al teléfono. Levantó el dedo. Daniela se sentó en la silla de siempre y esperó.

Colgó en dos minutos.

La miró.

—Monreal habló con Morales el sábado —dijo Daniela sin preámbulo.— Morales quiere reunirse conmigo esta semana. Sin ti.

Diego no cambió la expresión pero algo en sus manos, quietas sobre la mesa, se tensó un segundo.

—¿Monreal te lo dijo directamente?

—En el pasillo hace diez minutos.

—¿Por qué?

—Dice que es más limpio que me pille por sorpresa. —Daniela lo miró.— Puede que sea verdad. Puede que sea su forma de medir cómo reacciono.

—¿O las dos cosas?

—O las dos cosas.

Diego procesó. El silencio de pensar, el que Daniela ya conocía como diferente al silencio de no querer responder.

—¿Qué va a querer Morales? —dijo Diego.

—Información. Saber si hay algo real entre nosotros y si eso compromete mi trabajo o el tuyo. —Daniela cruzó los brazos.— Y posiblemente saber si soy una palanca que puede usar.

—No eres una palanca.

—Morales no lo sabe todavía.

Diego la miró.

—¿Qué vas a decirle?

—La verdad. —Daniela lo sostuvo la mirada.— Que mi trabajo es mi trabajo y que mi vida personal no compromete ni lo uno ni lo otro. —Una pausa.— Y que si tiene alguna duda sobre el rendimiento del departamento de comunicación, los números del último trimestre son públicos.

Diego asintió despacio.

—¿Quieres que hable yo con él primero?

—No. —Daniela fue directa.— Si hablas tú primero parece que necesito que me protejan. Voy yo sola.

Diego la miró durante tres segundos.

—De acuerdo.

—Pero quiero que sepas lo que pasa después.

—Lo sabré.

Daniela se levantó. Diego también, lo que no era habitual, la postura de alguien que ha decidido algo más.

Fue hasta ella. Se detuvo a medio metro.

—Daniela.

—No hace falta —dijo ella.

—¿El qué?

—Lo que ibas a decir. Que puedes manejarlo. Que el consejo no puede hacer nada. Que estás de mi lado. —Lo miró.— Ya lo sé.

Diego la miró con esa expresión nueva, la del sábado por la mañana en la cafetería, más abierta que en cualquier reunión.

—¿Qué iba a decir entonces?

—Eso.

—No exactamente. —Hizo una pausa.— Iba a decir que me alegra que me lo hayas dicho antes de tener el plan.

Daniela lo miró.

—¿Por qué?

—Porque significa que confías en mí. —Otra pausa.— No solo en lo que puedo hacer. En mí.

Daniela procesó eso.

Era una distinción pequeña y enorme al mismo tiempo. Y era de Diego: exacta, sin adorno, con el peso específico de las cosas que él decía cuando las decía de verdad.

—Sí —dijo Daniela.

Diego levantó la mano. La rozó en la mandíbula, brevísimo, apenas un segundo, antes de apartarla.

Plan B. Aquí arriba todavía eran trabajo. Pero el gesto existió de todas formas, pequeño y real.

—Esta tarde —dijo Diego— hay una conferencia de sector en streaming. Tres horas. Puedo mandarte el enlace.

Era el cambio de registro que hacían ahora: de lo personal a lo profesional con la sutura visible pero limpia. Daniela lo reconoció como su forma de volver al trabajo sin borrar lo anterior.

—Mándamelo —dijo.

Salió.

La llamada de Morales llegó el martes por la mañana.

Voz grave, ritmo pausado, el tipo de hombre que ha aprendido que el poder se ejerce mejor desde la calma. Setenta años, presidente del consejo desde hacía doce, la clase de figura que en las empresas grandes existe en los márgenes de todo y en el centro de lo que importa.

—Daniela. Soy Ignacio Morales. —Como si necesitara presentarse.— Me gustaría que comiésemos esta semana. ¿El jueves le va bien?

—El jueves bien. ¿A qué hora y dónde?

—El Ritz. A las dos. —Una pausa.— Informal, claro.

El Ritz, pensó Daniela. Nada de esto era informal.

—Perfecto —dijo.

—Hasta el jueves entonces. —Y colgó antes de que hubiera nada más que decir, que era otra forma de ejercer el control.

Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.

El Ritz. Jueves. Morales.

Abrió el bloc. Escribió tres líneas y las tachó. Escribió dos más y las dejó.

Luego abrió el ordenador y buscó todo lo que había sobre Ignacio Morales que fuera público: entrevistas, declaraciones, el tipo de hombre que era cuando tenía algo que ganar y el tipo que era cuando lo tenía perdido.

Trabajó hasta las siete.

A las siete y tres minutos recibió un mensaje de Diego.

¿Mañana por la noche?

Daniela lo leyó. Pensó en Morales el jueves y en lo que necesitaba antes de esa comida y en que mañana por la noche con Diego era exactamente lo que necesitaba aunque no fuera por razones estratégicas.

Sí. ¿A qué hora?

Las ocho. Paso a recogerte.

De acuerdo.

Tres segundos de silencio.

Luego: ¿Cómo estás?

Daniela miró la pregunta. Dos palabras. De Diego, que no mandaba mensajes de dos palabras sobre cómo estaba la gente porque no era su costumbre y porque cuando lo hacía era porque le importaba la respuesta.

Preparándome, escribió.

La respuesta tardó un minuto.

Ya lo sé. Por eso pregunto.

Daniela sostuvo el teléfono un momento.

Bien, escribió. Estoy bien.

Y era verdad. Estaba bien aunque Morales existiera y el consejo existiera y el rumor siguiera existiendo en los márgenes de la empresa. Estaba bien de la manera específica en que se está bien cuando hay algo sólido en lo que apoyarse aunque todo lo demás sea incierto.

Mañana a las ocho, respondió Diego.

Mañana a las ocho, confirmó Daniela.

Cerró el teléfono.

Siguió con Morales hasta las nueve.

El miércoles Diego la recogió a las ocho en punto.