El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Ropa de sábado: jersey oscuro de punto fino, cuello alto, sin corbata, sin el traje.

El aspecto de alguien que existía fuera del trabajo, aunque Daniela no lo hubiera visto así hasta ahora.

Más accesible en la textura… pero no en el fondo.

Porque Diego Santaolalla en jersey oscuro, sentado en una cafetería de Malasaña un sábado por la mañana, tenía exactamente la misma presencia contenida y densa que Diego en traje en la sala de juntas.

La vio entrar.

Algo pasó por su cara, breve, casi imperceptible: un ajuste mínimo en la mirada, como si el simple hecho de verla le hubiera cambiado la temperatura del aire.

Daniela se sentó frente a él. El olor a café recién hecho y a pan tostado las envolvió.

Fuera, la calle de sábado se movía con su ritmo lento: gente con bolsas de mercado, un perro atado a un banco que movía la cola, las luces de Navidad todavía encendidas aunque a esta hora de la mañana resultaban innecesarias y un poco tristes.

—Buenos días.

—Buenos días. —Diego empujó una taza hacia ella. El movimiento fue preciso, cuidadoso—. Ya pedí.

—¿Cómo sabías lo que quería?

—Café con leche. Carmen.

Daniela lo miró por encima del borde de la taza. El vapor le subió a la cara, cálido.

—¿Carmen sabe cómo tomo el café?

—Carmen sabe todo.

—Eso me da un poco de miedo.

—A mí me lleva veinte años siendo útil. —La comisura de su boca se movió apenas—. Debería darte tranquilidad.

Daniela bebió. Era exactamente como lo tomaba: la proporción precisa de leche, la temperatura justa. El sabor le resultó reconfortante y, al mismo tiempo, demasiado íntimo para una cafetería de Malasaña un sábado cualquiera.

El sol de diciembre entraba sesgado por el cristal grande, dibujando un rectángulo de luz sobre la mesa de madera gastada. Diego tenía los codos apoyados, las manos alrededor de su propia taza negra. El jersey le marcaba los hombros. Sin la armadura del traje parecía, de algún modo, más peligroso.

—Los tres planes —dijo él.

—¿Ahora?

—Tenemos café y tiempo.

Daniela lo miró. Él la miraba con la atención de siempre… y con algo más: la expectativa quieta de alguien que genuinamente quería saber lo que ella pensaba. No para gestionarlo. No para controlarlo. Sino porque le importaba.

Eso le apretó un poco el pecho.

—El plan A —empezó Daniela, dejando la taza sobre la mesa— es el más limpio, pero el más difícil. Dentro de la empresa, profesionalismo total. Nada que alimente rumores, nada que cambie la dinámica de trabajo. Fuera de la empresa… lo que decidamos. Separación clara entre las dos esferas.

Diego escuchó sin interrumpir. Solo el leve movimiento de sus dedos alrededor de la taza.

—El problema del plan A —continuó ella— es que requiere que los dos seamos muy disciplinados en un contexto donde ya hay gente mirando. Y que si alguien lo descubre de todas formas, la separación artificial hace que parezca que teníamos algo que esconder.

—¿El plan B?

—El plan B es ir despacio y visible. No anunciamos nada, pero tampoco construimos una distancia artificial. Si alguien pregunta, respuesta honesta pero sin detalles. El rumor existe de todas formas; mejor que no contradiga la realidad.

—¿El problema?

—Que visible en esta empresa, con Morales mirando, es un riesgo controlado… pero real.

Diego asintió una sola vez. La luz le marcaba la línea de la mandíbula.

—¿El plan C?

Daniela sostuvo su mirada. El café se le estaba enfriando entre las manos.

—El plan C es que tú hablas con Morales otra vez.

No para gestionar el rumor, sino para informarle de que hay algo personal entre nosotros que gestionamos con profesionalismo.

—Una pausa. El ruido de la cafetería —cucharillas, conversaciones bajas, la máquina de café— se volvió de fondo—.

Tomas el control total de la narrativa antes de que él la tome.

El riesgo es máximo. Y el control también.

Diego procesó los tres planes en silencio. Daniela bebió un sorbo de su café —ya tibio— y esperó. Había aprendido a hacerlo con él: darle el silencio que necesitaba para pensar sin intentar llenarlo con palabras innecesarias.

El sol se movió un centímetro sobre la mesa.

—El plan B —dijo Diego al final. La voz le salió baja, segura.

—¿Por qué?

—Porque el plan A es deshonesto. Y el plan C le da a Morales información que no necesita tener todavía. —Una pausa. Sus ojos no se apartaron de los de ella—. El plan B es lo que ya somos. No requiere construir nada que no exista.

Daniela sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Y al mismo tiempo se tensaba.

—Es el más arriesgado de los tres a medio plazo.

—Ya. —Diego la miró directamente. Sin capas. Sin la distancia de siempre—. Pero es el único que no me pide que actúe como si esto no existiera.

El sol de diciembre seguía entrando. La calle seguía siendo la calle: el perro, la gente con bolsas, las luces de Navidad innecesarias. Dentro de la cafetería, el aire olía a café y a la colonia discreta de él, esa que llevaba canela de fondo.

—Plan B —dijo Daniela. La palabra le sabía a decisión.

—Plan B —confirmó Diego.

Pidieron otro café.

Esta vez ella no se sorprendió cuando él recordó exactamente cómo lo quería.

Estuvieron en la cafetería hasta las once y cuarto.

Hablaron poco más de trabajo. Hablaron de Lisboa sin nombrarla del todo.

Hablaron del frío de Madrid y de lo absurdo que resultaban las luces de Navidad a las once de la mañana.

Cuando llegó la cuenta, Diego pagó antes de que Daniela terminara de buscar el monedero, igual que en Lisboa.

Ella lo dejó. Había batallas que valían la pena y batallas que no.

Caminaron hasta su portal. El aire de la calle les golpeó la cara, frío y limpio. Diego se detuvo en la acera. No entró. No intentó nada más.

—La una —dijo. Solo eso.

—La una —confirmó Daniela.

Diego asintió. No la besó en la calle. Daniela vio en su cara que lo había considerado —un segundo exacto en el que su mirada bajó a su boca— y había decidido que no. Que era exactamente el tipo de decisión del plan B: nada construido artificialmente, pero nada innecesariamente expuesto.

Aprendía rápido.

O llevaba aprendiendo desde mucho antes de que ella lo nombrara.

Entró al portal.

Subió las escaleras despacio, sintiendo todavía el eco de su presencia a la espalda.

En su piso, con el sol de sábado entrando limpio por la ventana del salón, se quitó el abrigo y se sentó en el sofá. El silencio del piso le resultó distinto. Más amplio. Menos pesado.

Llamó a su madre.

—¿Cómo estás? —preguntó su madre al segundo tono, con esa voz que Daniela conocía desde niña.

—Bien —dijo.

—¿De verdad esta vez?

Daniela miró la luz de diciembre que se posaba sobre sus rodillas.

Pensó en el café con leche exacto. En el plan B.

En la forma en que Diego había dicho el único que no me pide que actúe como si esto no existiera.

Pensó en el beso del día anterior, quieto y deliberado, y en las dos palabras que ella misma había dicho: sigo aquí.

—Sí —respondió. Y por primera vez en mucho tiempo la palabra no le pesó—. De verdad esta vez.

Su madre tardó tres segundos exactos. Daniela pudo imaginarla al otro lado, con el teléfono apoyado en el hombro, la ceja ligeramente arqueada.

—Cuéntame —dijo entonces, con el tono de siempre. El que significaba: cuando quieras, todo lo que quieras, aquí estoy. Sin prisas. Sin juicio..