Capítulo 17
El restaurante era en Malasaña, pequeño y sin reservas, con el ruido cálido de los viernes de diciembre y las mesas demasiado juntas que en otro contexto habrían sido un problema y aquí eran exactamente lo que necesitaban.
Diego había aparcado a dos calles. Habían caminado con el frío entre los dos y sin tocarse todavía, con la conciencia exacta del otro que ya era familiar aunque todo lo demás fuera nuevo.
La mujer que los sentó los llevó al fondo, mesa de dos, sin preguntarlo.
Diego pidió vino. Daniela pidió lo mismo que él sin mirar la carta, lo que era una decisión pequeña y no lo era.
—¿Conoces este sitio? —dijo Daniela.
—No. —Diego miró la sala.— Lo buscó Carmen.
Daniela lo miró.
—¿Le pediste a Carmen que buscara un restaurante.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
Daniela procesó eso. Esta mañana. Antes de que ella subiera a su despacho. Antes de que dijera nada.
—¿Esta mañana ya sabías que ibas a invitarme?
Diego la miró con la expresión de quien considera si ser completamente honesto y decide que sí.
—Llevaba días pensando en invitarte —dijo.— Esta mañana decidí que hoy.
—¿Por qué hoy?
—Porque ayer me mandaste gracias por mensaje y tardé cuarenta minutos en responder tres palabras. —Una pausa.— Y me di cuenta de que seguir esperando no era cautela. Era cobardía.
Daniela lo miró.
—No es cobardía querer hacer las cosas bien.
—No. Pero hay un punto en que querer hacerlo bien se convierte en una razón para no hacerlo. —Diego cogió su copa.— Ya llegué a ese punto.
El vino llegó. Brindaron sin decir nada, que era la forma de Diego de decir todo.
Cenaron despacio.
Sin la estructura del trabajo entre ellos, la conversación fue diferente a todas las anteriores.
No la de las sesiones de preparación, donde Daniela preguntaba y Diego respondía con la precisión de alguien que mide cada palabra.
Tampoco la de la cena de empresa ni la de Lisboa, que tenían siempre la sombra de lo no dicho encima.
Esta era más simple. Más directa.
Diego preguntó por Valladolid. Daniela habló de su madre, de la farmacia, de los veranos de niña que olían a campo caliente y a la cosa específica que huele el tiempo cuando todavía no sabes que va a terminar. Diego escuchó con la atención completa que ponía en todo lo que le importaba.
Luego Daniela preguntó por los primeros años de la empresa, los que no habían salido en ninguna entrevista.
Diego habló de una obra en Burgos que había sido su primer contrato grande, de un invierno durmiendo en una furgoneta porque el hotel era un gasto que no podía asumir, de la llamada de su padre diciendo que había cometido el mayor error de su vida y de que Diego había colgado y no había vuelto a llamar durante tres años.
—¿Os habláis ahora? —dijo Daniela.
—Sí. —Diego giró su copa.— Cuando la empresa despegó llamó él. Creo que esperaba que no cogiera. —Una pausa.— Cogí.
—¿Por qué?
—Porque tenía razón en algunas cosas. —Diego la miró.— Y porque guardar rencor a alguien que tenía miedo por ti es más costoso que dejarlo ir.
Daniela lo miró.
—¿Eso lo aprendiste solo?
—Lo aprendí tarde. Y con ayuda. —Una pausa.— Cristina, antes de que todo se complicara, era buena en eso. En ver las cosas sin el peso que yo les ponía encima.
Era la primera vez que mencionaba a su exmujer con algo más que la distancia clínica con que lo hacía en las sesiones de preparación.
—¿Qué pasó? —dijo Daniela. No con delicadeza sino con la directness de siempre, porque Diego respondía mejor a eso.
—Pasó que yo era mejor en construir cosas que en cuidarlas. —Dejó la copa.— Ella lo intentó más tiempo del que debería haber intentado. Cuando se fue no fue una sorpresa. Fue la consecuencia lógica de algo que no habíamos sabido resolver.
—¿Y ahora?
—Ahora tenemos una hija.
Daniela no cambió la expresión pero algo en ella se reordenó. No era sorpresa exactamente. Era información nueva que aterrizaba y buscaba su sitio.
—¿Cuántos años tiene?
—Doce. Se llama Sofía. Vive con Cristina en Barcelona. —Diego la miró directamente.— La veo cada dos semanas. Cuando voy yo o cuando ella viene.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
—Porque no habíamos llegado a este punto todavía.
Era una respuesta exacta. Daniela la reconoció como tal.
—¿Cómo es? —dijo.
Diego tardó un segundo. No porque dudara sino porque buscaba las palabras correctas para algo que no solía poner en palabras.
—Como su madre en el carácter. Como yo en la terquedad. —La comisura de su boca.— Lee mucho. No tiene paciencia con la gente que habla sin pensar. —Una pausa.— Te caería bien, creo.
—¿Y yo a ella?
—A ella le cae bien la gente que dice lo que piensa. —Diego la miró.— Así que probablemente sí.
Daniela bebió.
—Es información importante —dijo.
—Sí.
—¿Hay más?
Diego consideró.
—Tengo cincuenta y siete años más que tú. Duermo mal cuando hay algo sin resolver. No sé cocinar nada que requiera más de dos pasos. —Una pausa.— Y trabajo demasiado, aunque estoy intentando que eso cambie.
—Cuarenta y cuatro —dijo Daniela.
—¿Qué?
—Tienes cuarenta y cuatro años. No cincuenta y siete más que yo.
—Dieciocho.
—Sí. —Daniela lo miró.— Eso también lo sé.
Diego la miró.
—¿Te importa?
La pregunta directa, la misma directness que ella le había pedido desde el principio y que él había ido aprendiendo a dar.
Daniela pensó en contestar con algo inteligente sobre la edad y la experiencia y la diferencia de perspectiva. Luego pensó que Diego no necesitaba lo inteligente. Necesitaba lo honesto.
—Me preguntaba si me importaría —dijo.— Y resulta que no. No de la manera que pensaba que podría importarme.
Diego asintió.
—¿Y a ti? —dijo Daniela.— ¿Te importa a ti?
—¿Mi propia edad?
—La mía.
Diego la miró sin rodeos.
—Me importa en el sentido de que quiero que lo que pase entre nosotros sea algo que te convenga. —Una pausa.— No en el sentido de que sea un obstáculo.
Era una respuesta de Diego: precisa, sin adorno, con exactamente lo que quería decir y nada más.
Daniela lo sostuvo la mirada.
—Bien —dijo.
Salieron del restaurante cerca de las once.
Madrid en diciembre, viernes, las calles de Malasaña con la gente y el ruido y las luces. Caminaron hacia el coche con el frío entre los dos y esta vez Diego puso la mano en su espalda cuando cruzaron una calle estrecha con el adoquín mojado.
No la apartó al otro lado.
Daniela no dijo nada.
Caminaron una manzana con su mano en su espalda y el calor de eso a través del abrigo y las luces de Navidad encima y Madrid haciendo lo que hacía Madrid: ser completamente indiferente a todo lo que pasaba dentro de la gente que la cruzaba.
En el coche, el silencio de antes pero diferente. Más asentado. Con el peso de la cena encima, bueno, del tipo que deja la gente cuando ha dicho cosas reales y las ha recibido bien.
Diego condujo.
Llegaron a su calle.
Paró el motor.
—Diego —dijo Daniela.
—Daniela.
Se miraron en la oscuridad del coche con las luces de la calle entrando por las ventanas.
—Esta semana —dijo Daniela— va a ser complicada.
—Lo sé.
—El consejo. Monreal. Las reuniones de dirección con los dos ahí.
—Lo sé.
—¿Tienes un plan?
Diego la miró con algo que era casi diversión.
—¿Tú no tienes uno?
—Tengo tres. Ninguno es perfecto.
—Cuéntamelos mañana.
Daniela lo miró.
—¿Mañana?
—Si quieres. —Diego sostuvo su mirada.— Podemos comer.
No era el tono del CEO ni el de las reuniones de dirección. Era el tono nuevo, el de la cena, el que existía cuando no había nada entre ellos que no fueran ellos.
—¿A qué hora? —dijo Daniela.
—A la una. Te recojo.
—Vivo a diez minutos andando de donde quieras ir.
—Ya lo sé. —La misma respuesta de antes.
Daniela cogió su bolso.
—Buenas noches, Diego.
Diego alargó la mano. La puso en su mandíbula, el pulgar rozando el pómulo, igual que en el despacho pero sin el despacho, sin el trabajo, sin nada excepto los dos en un coche en diciembre.
La besó.
Más largo que el primero. Con la misma quietud pero con más dentro, la acumulación de todo lo que había habido antes y la dirección de lo que vendría después.
Cuando se separaron Daniela tenía la mano en su cuello.
La bajó despacio.
—Mañana a la una —dijo.
—A la una —confirmó Diego.
Daniela salió. Entró al portal. Subió las escaleras.
En su piso, en el salón, las luces apagadas y Madrid fuera, se quedó de pie un momento en la oscuridad.
Diego que había aparcado doce minutos antes y esperado porque no quería llegar tarde.
Diego con la mano en su espalda en el adoquín mojado de Malasaña sin apartarla después.
Daniela encendió la lámpara del salón. Fue a la cocina. Bebió agua.
Pensó en su madre y en la farmacia de Valladolid y en la promesa que se había hecho de no desaparecer como persona por querer a alguien.
Luego pensó en que Diego no le había pedido que desapareciera. Le había pedido que se quedara. Que los planes de mañana se los contara mañana. Que sigo aquí fuera suficiente por esta noche.
Era suficiente.
Fue a la cama.
Durmió bien.
Por primera vez en semanas, durmió bien.
El sábado amaneció con sol y un mensaje de Diego a las ocho y cuarto.
¿Café primero?
Daniela lo leyó con el pelo revuelto y el pijama y la cara de quien acaba de despertar y tardó tres segundos en entender que Diego Santaolalla le estaba mandando un mensaje de texto de dos palabras un sábado por la mañana como si fuera algo que hacía siempre.
Respondió: Dame una hora.
La respuesta llegó en un minuto: A las nueve y media. Hay una cafetería en tu calle.
¿Cómo sabes que hay una cafetería en mi calle?
Tres minutos de silencio.
Carmen.
Daniela se quedó mirando el teléfono y luego soltó una carcajada en el silencio de su piso que fue completa y espontánea y completamente suya.
Carmen sabía todo antes de que pasara. Llevaba semanas sabiéndolo. Había gestionado paraguas y calendarios y restaurantes y ahora cafeterías de barrio con la misma neutralidad serena con que gestionaba todo.
Daniela se duchó, se vistió con ropa de sábado, que era completamente diferente a la ropa de trabajo y que Diego no había visto todavía, y bajó a las nueve y veintiocho.
Diego estaba en la cafetería.