El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

El viernes llegó con niebla baja y Daniela con una claridad que no había tenido en semanas.

No era la claridad de haber resuelto algo. Era la claridad de haber dejado de pelearse con la respuesta que ya tenía. Diferente, más quieta, como cuando dejas caer algo que has estado sosteniendo demasiado tiempo y los músculos recuerdan cómo es no cargar.

Se duchó, se vistió, hizo café.

Miró el bloc sobre la mesa del salón. Lo cogió. Lo abrió en la página tachada, la de las tres palabras que habían empezado todo.

Orgullo. Límites. Soledad.

Debajo del tachado, en letra más pequeña que no había vuelto a mirar desde que lo escribió: No querer irse y no saber quedarse son cosas distintas.

Lo cerró.

Lo metió en el bolso.

Salió.

En el metro pensó en su madre. En la farmacia de Valladolid y los sábados por teléfono y la risa que empezaba despacio. En lo que su madre nunca le había dicho en voz alta pero que Daniela había aprendido igual: que querer a alguien que no sabe quedarse te enseña a no quedarte.

Pero Diego había dicho estoy aprendiendo. Presente continuo.

Y ella llevaba semanas sin quedarse en ningún sitio que no fuera el trabajo, que era la forma más eficiente de no quedarse en ningún sitio real.

El metro llegó a su parada.

Daniela subió las escaleras hacia la calle con el frío de diciembre y las luces de Navidad todavía encendidas aunque fuera de día y la decisión en el bolsillo, guardada junto al bloc, lista.

La mañana fue normal. Reunión con el equipo. Dos correos sobre la entrevista de enero con El País Negocios. Un café con Marta que no había sido planeado: se encontraron en la máquina de la tercera planta y Marta dijo cinco minutos y Daniela dijo sí y los cinco minutos fueron veinte.

Hablaron de trabajo, de Asturias, del puente que iba adelantado. Luego Marta dejó su taza vacía sobre la encimera y miró a Daniela con la expresión de las cosas importantes dichas sin dramatismo.

—¿Estás bien? —dijo.

—Sí.

—¿De verdad?

Daniela la miró.

—Creo que sí. Esta semana más que la anterior.

Marta asintió.

—El rumor se está apagando —dijo.— Lo de Morales ayudó. Diego fue claro.

—¿Sabes lo que le dijo?

—Que su vida personal es suya y que el trabajo de comunicación del último mes es el mejor que ha tenido la empresa en tres años. —Marta cogió su taza.— En ese orden.

Daniela procesó eso. Primero lo personal, luego el trabajo. Diego había puesto las cosas en ese orden delante de Morales, que era exactamente lo contrario de cómo habría ordenado cualquier cosa dos meses atrás.

—Dieciocho años —dijo Daniela.

—¿Qué?

—Llevas dieciocho años con él. ¿Cómo era antes?

Marta consideró la pregunta con la seriedad que merecía.

—Igual. —Una pausa.— Y completamente diferente.

—Otra.— La empresa era todo. No porque no hubiera más, sino porque lo demás no cabía.

No sabía cómo hacerle sitio. —Marta miró la ventana.

— El matrimonio fue así. Buena persona, Cristina.

Pero vivir con alguien que no sabe que estás ahí acaba antes o después.

—¿Y ahora?

Marta la miró.

—Ahora nota cuando alguien no está. —Una pausa que valía más que la mayoría de los párrafos.— Eso es mucho, para él.

Daniela no respondió.

Marta cogió su taza y se fue con la discreción de siempre, la de quien sabe cuándo ha dicho lo suficiente.

A las cuatro y media Daniela cerró el portátil.

No tenía nada pendiente en la séptima planta. No había reunión, no había protocolo que revisar, no había crisis que gestionar. El calendario de Carmen no marcaba nada.

Se levantó.

Cogió el bloc y no cogió nada más, que era importante: sin los folios de trabajo, sin la lista de preguntas, sin la arquitectura profesional que había usado como escudo desde el primer día.

Subió por las escaleras, no por el ascensor.

En la séptima planta, la asistente la miró.

—Está —dijo Daniela. No era una pregunta.

—Está. —La asistente dudó un segundo.— ¿Le digo que...?

—No hace falta.

Llamó a la puerta y entró sin esperar.

Diego estaba en su silla con el ordenador abierto y el teléfono boca abajo sobre la mesa, señal de que estaba en algo que requería concentración completa. Levantó la vista cuando entró.

La miró.

Miró el bloc en su mano.

Miró su cara.

Y algo en él cambió antes de que ella dijera nada: los hombros, la postura, la temperatura del despacho entera. Como si hubiera estado esperando esto, no hoy específicamente, no esta hora, pero sí esto: que Daniela entrara sin excusa de trabajo y con la decisión visible en la cara.

—Daniela —dijo.

No como pregunta. Como reconocimiento.

—Diego. —Se quedó de pie en el centro del despacho.— No vengo por trabajo.

—Ya lo sé.

—Bien. —Cogió aire.— Entonces voy a decir algo y cuando termine puedes decir lo que quieras o no decir nada y yo lo entenderé de todas formas.

Diego cerró el ordenador. Le dio toda la atención, que con él era algo físico: la postura, los ojos, el silencio que se volvía receptivo.

Daniela lo miró directamente.

—Llevo semanas convenciéndome de que no debía quedarme en esto. No porque no quisiera sino porque quedarme me asusta. —Una pausa.— Tengo muy buenas razones para asustarme. Mi madre se quedó en sitios que la redujeron. Aprendí que irse primero protege.

Diego no se movió.

—Pero esta semana me di cuenta de que las razones que tengo no son razones. Son miedo con ropa de razón. —Otra pausa.— Y que la distancia que he mantenido no me ha protegido de nada. Solo me ha mantenido lejos de algo que quiero.

El despacho estaba completamente quieto.

—Lo que quiero —dijo Daniela— eres tú. Con todo lo que eso complica y todo lo que todavía no sabemos cómo hacer. —Lo miró sin apartar los ojos.— Eso es lo que vine a decir.

Diego se levantó.

Despacio, como hacía todo. Sin urgencia aunque hubiera urgencia. Fue hasta ella y se detuvo a medio metro, el mismo espacio de siempre, la distancia exacta que habían medido sin regla durante semanas.

La miró.

—He pensado —dijo— en cómo hacer esto bien desde Lisboa. —Una pausa.— Cada vez que llegaba a una conclusión encontraba el problema siguiente. El rumor. El consejo. La diferencia de posición. La empresa.

—Lo sé.

—Y luego pensaba en la tarjeta que dejé en tu mesa. —Sus ojos en los de ella, fijos y quietos.— Y en que no tienes marcha atrás con las cosas que ya sabes. Y en que yo tampoco la tengo.

Daniela lo miraba.

—No hay manera perfecta de hacer esto —dijo Diego.— Pero hay una manera honesta.

—¿Cuál?

Diego levantó la mano.

La puso en su mejilla, exactamente igual que el día anterior, con esa misma delicadeza que no esperaba de manos que firmaban contratos de nueve cifras y controlaban imperios.

Esta vez Daniela no cerró los ojos.

Lo miró.

El aire entre ellos se volvió denso, casi eléctrico. Podía olerlo con total claridad: perfume caro, limpio, con ese fondo cálido de canela que desde Lisboa se le había quedado grabado en la memoria. Su respiración le rozaba la boca.

—Esta —dijo él. La voz le salió baja, ronca, como si la palabra le costara salir del pecho.

Y la besó.

No fue un beso urgente.

No tuvo la desesperación de las cosas que han esperado demasiado y estallan de golpe. Fue algo mucho más peligroso: quieto, deliberado, completamente de él. Preciso. Sin nada innecesario. Con toda la atención concentrada que Diego Santaolalla ponía en lo que realmente importaba.

Sus labios se cerraron sobre los de ella con una lentitud que le robó el aire.

Calientes. Firmes. La mano en su mejilla se deslizó un milímetro hacia atrás, los dedos rozándole el pelo en la nuca, y Daniela sintió un escalofrío que le bajó por toda la columna.

El otro brazo de él la rodeó por la cintura, atrayéndola un poco más, y el calor de su cuerpo la atravesó de golpe.

El pecho ancho, la camisa fina, el corazón que latía demasiado rápido bajo su palma cuando ella levantó la mano y la posó ahí, justo encima.

El beso se profundizó sin prisa.

Diego inclinó la cabeza. Sus labios se abrieron un poco más.

Daniela respondió. El sabor de él —café, algo dulce, algo solo suyo— se le metió en la boca y en la cabeza al mismo tiempo.

Sus dedos se cerraron sobre la tela de la camisa, agarrándose.

El mundo exterior —el despacho, Madrid, el rumor, el lunes— desapareció por completo.

Solo quedaban la presión de su boca, el calor de su mano en la nuca, el ritmo acelerado de dos corazones demasiado cerca.

Cuando se separaron fue despacio, casi a regañadientes.

Los labios se rozaron una última vez, suaves, antes de perder el contacto.

Seguían tan cerca que compartían el mismo aire.

Diego tenía la frente apoyada levemente contra la de ella.

Su respiración le rozaba la boca. La mano seguía en su nuca, el pulgar dibujando círculos mínimos sobre la piel sensible.

—Daniela —dijo en voz muy baja. Casi un susurro. Como si su nombre fuera la única palabra que le quedaba.

—Sigo aquí —respondió ella. La voz le salió entrecortada, pero clara.

Sintió algo moverse en él con esas dos palabras. Un ajuste pequeño y profundo: el músculo que cede, la presión que baja de golpe, la armadura que se resquebraja un poco más. Su mano en la nuca de ella se apretó un segundo, como si necesitara confirmar que seguía ahí de verdad.

Sigo aquí.

Para un hombre que había construido una empresa entera aprendiendo a no esperar que nadie se quedara, eso era todo.

Era demasiado.

Se quedaron así un momento más. Frentes juntas. Respiraciones mezcladas. El aroma a canela llenándolo todo. El corazón de Diego todavía acelerado bajo la palma de ella, traicionando la calma que su cara intentaba mantener.

Luego él se apartó lo suficiente para mirarla.

Daniela lo miró a él.

El despacho era el mismo de siempre: la librería oscura, la ventana, Madrid gris de diciembre más allá del cristal, la mesa con el ordenador cerrado. Todo idéntico.

Y sin embargo, completamente diferente.

—El lunes —dijo Diego. La voz todavía le salía baja, marcada por el beso.

—El lunes —repitió Daniela.

—Habrá que pensar cómo manejamos esto. Dentro de la empresa.

—Ya. —Bajó la mano de su pecho despacio, sintiendo el calor residual de su piel a través de la camisa—. Pero eso es el lunes.

Diego la miró con algo que ella no había visto antes en su cara. No la expresión de las reuniones, ni la de las sesiones de preparación, ni siquiera la del mirador de Lisboa. Algo más simple. Más desnudo. Más él, sin las capas.

—¿Cenas esta noche? —preguntó.

Daniela lo miró. El corazón todavía le latía demasiado alto.

—¿Me estás invitando a cenar?

—Sí.

—¿Sin networking?

La comisura de su boca se movió. Esta vez llegó a ser una sonrisa. Pequeña, contenida, la clase de sonrisa que probablemente no salía muy a menudo, pero que cuando aparecía era completamente suya. Real.

—Sin networking —confirmó.

Daniela se agachó y recogió el bloc del suelo, donde había caído sin que ninguno de los dos lo notara. Las manos le temblaban un poco.

—¿A qué hora?

—A las ocho y media. Te recojo.

—No vivo lejos.

—Ya lo sé.

Lo dijo con el tono de quien ya lo sabía mucho antes de proponérselo. Lo que significaba que lo había pensado. Que Diego Santaolalla llevaba tiempo queriendo esto y solo había esperado a que ella llegara al mismo sitio.

—A las ocho y media —aceptó Daniela.

Fue hacia la puerta. En el umbral se detuvo. Se giró.

Diego estaba junto a su mesa, las manos ahora en los bolsillos, la corbata del viernes ligeramente desalineada por el beso, y esa sonrisa pequeña y completa todavía en la boca.

—Diego.

—Daniela.

—La tarjeta que dejaste en mi mesa. —Una pausa. La voz le salió más suave—. La sigo teniendo.

Diego la miró.

No dijo nada.

No hacía falta.

Todo estaba ya dicho en la forma en que la miraba.

Daniela salió.

En el ascensor, bajando a la quinta, se permitió treinta segundos exactos de no pensar en el lunes, ni en Morales, ni en el consejo, ni en cómo iban a manejar nada.

Solo treinta segundos de estar exactamente donde estaba.

El corazón a un ritmo que no tenía nada que ver con el trabajo.

La boca todavía sensible, todavía con el recuerdo exacto de ese beso quieto y deliberado y profundamente suyo.

Las manos tranquilas por primera vez en semanas.

Sigo aquí, había dicho.

Y era verdad.

Por primera vez en mucho tiempo, quedarse no se sentía como el principio de algo que iba a reducirla.

Se sentía, simplemente, como el principio.

El ascensor llegó a la quinta.

Daniela entró en su despacho, recogió sus cosas con manos todavía algo torpes, y se fue a casa a las cinco y cuarto de un viernes de diciembre.

En las calles las luces de Navidad empezaban a encenderse, doradas y frías al mismo tiempo.

Ella llevaba algo nuevo en el pecho: algo que no tenía nombre todavía, pero que no necesitaba tenerlo para ser real y pesado y completamente suyo.

A las ocho y media, Diego llamó al telefonillo.

Daniela bajó.

Lo que Daniela no supo esa noche, ni esa semana, ni hasta mucho después:

Diego había llegado a su portal doce minutos antes de las ocho y media.

No porque hubiera calculado mal el tiempo.

Porque había salido de la empresa a las siete y había conducido despacio por Madrid en diciembre, con las luces de Navidad reflejándose en el capó, el frío colándose por la ventanilla entreabierta y la ciudad llena de gente que tenía sitios a donde ir.

Había pensado en *sigo aquí*, dicho con esa voz directa y sin adorno.

Había pensado en que llevaba cuarenta y cuatro años siendo el hombre que construía cosas que duraran…

y que la primera vez en mucho tiempo que algo le importaba más que lo que construía era esta mujer de veintinueve años que había entrado en su empresa con una carpeta y no había bajado la voz cuando él la interrumpió.

Había aparcado frente a su portal a las ocho y dieciocho.

Se había quedado en el coche con el motor apagado, mirando el edificio, las manos quietas sobre el volante.

No con miedo.

Sin el peso de siempre.

Con algo que reconoció, despacio, como la cosa que había estado buscando en el silencio cuando dijo que el silencio tenía cosas que prefería al ruido.

A las ocho y media en punto llamó al telefonillo.

Daniela bajó con el abrigo puesto, el pelo suelto por primera vez en semanas y esos ojos directos de siempre.

Y Diego pensó, mientras arrancaba el coche y el aroma a canela de su propio perfume se mezclaba con el frío de la noche, que “presente” no era una habilidad que se aprendiera en abstracto.

Era esto.

Era aquí.

Era ahora.