Capítulo 15
El jueves a las diez de la mañana, Daniela estaba en su despacho cuando Fuentes llamó a la puerta.
Fuentes nunca llamaba a su puerta. Tenía su propio feudo en la división de infraestructuras y rara vez salía de él salvo para las reuniones de dirección. Que estuviera aquí, en la quinta planta, a las diez de un jueves, significaba algo.
—Adelante.
Fuentes entró. Cerró la puerta, que era ya el segundo mal presagio de la semana.
Era un hombre de unos cincuenta, con el tipo de cara que lleva bien los años porque siempre ha sido angular y seria. No era mal hombre. Era el tipo de hombre que lleva décadas en una empresa y ha aprendido que la información es moneda y la gestiona como tal.
—Daniela. —Se sentó sin que ella lo invitara, lo que era otra señal.— Hay algo que creo que deberías saber.
—Dime.
—El rumor sobre ti y Diego. —Lo dijo directamente, sin preámbulo, lo que Daniela reconoció como su forma de mostrar que lo consideraba serio.— Llegó al consejo.
Daniela no cambió la expresión.
—¿Quién te lo dijo?
—Morales. —El presidente del consejo de administración.— Me llamó ayer por la tarde. Quería saber si tenía base.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no lo sabía. —Fuentes la miró.— Que era lo honesto.
Daniela procesó. El consejo. No ya los pasillos de la empresa, no ya finanzas y legal y Carmen. El consejo de administración, que era el organismo que había contratado a Daniela, que era el contrapeso de Diego, que era la diferencia entre un problema interno y un problema estructural.
—¿Qué quiere Morales? —dijo.
—Nada todavía. Pero lo tiene en mente. —Fuentes se inclinó levemente hacia delante.— Daniela. No te lo digo para presionarte. Te lo digo porque llevas dos meses aquí y has hecho buen trabajo y sería una lástima que algo que quizás no es nada se convirtiera en algo que lo arruinara.
—¿Qué tipo de algo?
—El tipo que te hace difícil quedarte. —Una pausa.— O que hace difícil que él te defienda sin que parezca lo que el rumor dice.
Daniela lo miró.
Fuentes era más listo de lo que parecía en las reuniones de los lunes. O era exactamente tan listo como parecía y ella no había prestado suficiente atención.
—Gracias —dijo Daniela—. De verdad.
Fuentes asintió. Se levantó.
En la puerta:
—El trabajo que has hecho este mes es visible para quien quiere verlo. Eso también cuenta.
Salió.
Daniela se quedó con la silla vacía frente a ella y la información nueva asentándose como se asienta todo lo importante: despacio y con peso.
El consejo.
Subió a la séptima a las diez y cuarto.
Carmen la miró cuando entró y levantó el teléfono sin que Daniela dijera nada.
—Está en llamada. Cinco minutos.
Daniela esperó de pie en la antesala. Cuatro minutos y medio después, Carmen asintió.
Entró.
Diego colgaba el teléfono cuando ella cerró la puerta. La miró y supo, en ese segundo antes de que ella hablara, que algo había cambiado.
—El consejo lo sabe —dijo Daniela.
Diego no se movió.
—¿Morales?
—Le dijo a Fuentes. Fuentes me lo dijo a mí esta mañana.
Diego se levantó. Fue a la ventana. Madrid, el skyline, la vista que Daniela había aprendido a leer como su forma de pensar en voz alta.
—¿Qué quiere Morales?
—Nada todavía. Pero lo tiene. —Daniela fue hasta su lado de la mesa pero no se sentó.— Diego, esto ya no es un rumor interno. Es un factor que el consejo va a usar si necesita usarlo.
—El consejo no tiene base para interferir en decisiones de personal.
—Tienen base para cuestionar el criterio del CEO si creen que está comprometido. —Daniela lo miró de perfil.— Y tú sabes que lo usarán si les conviene. Morales lleva dos años buscando una palanca.
Diego se giró hacia ella.
—¿Cómo sabes lo de Morales y la palanca?
—Porque llevo dos meses leyendo el contorno de lo que no está. —Una pausa.— Y porque Rodrigo me lo insinuó hace tres semanas sin decirlo directamente.
Diego la miró. La expresión de evaluación, la de las primeras semanas, pero con algo diferente debajo: no hostilidad sino algo más parecido a reconocimiento. La forma en que miraba cuando alguien hacía exactamente lo que él habría hecho.
—¿Qué propones? —dijo.
Era la misma pregunta de ayer. Y como ayer, era Diego reconociendo que en esto ella sabía más.
Daniela cogió aire.
—Dos opciones. —Apoyó las manos en el respaldo de la silla.
— La primera: construimos una distancia visible en las próximas semanas.
Menos reuniones bilaterales, más intermediarios, menos presencia compartida en eventos.
El rumor muere de inanición pero perdemos lo que hemos construido profesionalmente.
Diego escuchó sin interrumpir.
—La segunda: nos adelantamos a Morales. Tú hablas con él antes de que él venga a ti. Le dices que eres consciente del rumor, que no tiene base operativa, que el trabajo de comunicación del último mes habla por sí solo. —Una pausa.— Tomas el control de la narrativa antes de que él la tome.
Diego la miraba.
—¿Y si pregunta directamente si hay algo personal?
—Le dices que tu vida personal no es competencia del consejo mientras no afecte a la empresa. —Daniela lo miró.— Que es la verdad.
—¿Lo es?
La pregunta tenía dos capas. Daniela eligió responder a las dos.
—Profesionalmente, sí. Lo que ha pasado entre nosotros no ha afectado a nada. El trabajo ha sido mejor desde que llegué, no peor.
—¿Y la otra capa?
Daniela sostuvo su mirada.
—La otra capa es nuestra. No de Morales.
Diego asintió despacio. Fue a su silla. Se sentó con los codos sobre la mesa, las manos juntas, la postura de las decisiones.
—Hablaré con Morales —dijo.
—¿Cuándo?
—Hoy. Esta tarde.
—Bien. —Daniela recogió sus cosas.— ¿Quieres que prepare algo?
—No. —Una pausa.— Esta conversación la llevo yo solo.
Era la primera vez que lo decía así: esta conversación la llevo yo. Separando lo que era suyo de lo que era de los dos. Tomando el peso que le correspondía sin repartirlo.
Daniela lo miró.
—De acuerdo.
Fue hacia la puerta.
—Daniela.
Se detuvo. No se giró.
—Lo que dije ayer. —La voz de Diego, quieta y directa.— Que para mí es real. No cambia por Morales ni por el consejo ni por nada de esto.
Daniela cerró los ojos un segundo.
—Lo sé —dijo.
Salió.
El miércoles Daniela había dicho puede que a la comida de Monreal y Monreal lo había convertido en confirmación. El jueves a la una y media, cuando Daniela bajaba al supermercado a buscar algo de comer, se lo encontró en el vestíbulo.
—Daniela. —Sonrisa fácil, como siempre.— Iba a subir a buscarte. ¿Comemos?
Daniela miró el vestíbulo. La recepción, dos personas del equipo de finanzas cruzando hacia el ascensor, el guarda de seguridad en su puesto.
Normalidad visible, había dicho ella misma.
No evitar a Monreal más de lo habitual.
—Media hora —dijo.
El restaurante era el italiano de la calle de detrás, que era donde comía la mitad de la empresa y por tanto el lugar menos privado posible, lo que era exactamente lo que Daniela necesitaba.
Monreal pidió vino. Daniela, agua.
Hablaron de la integración de Solano, de la cumbre de Lisboa, de la estrategia de comunicación para el primer trimestre. Monreal era inteligente y la conversación era buena y Daniela se alegró de que fuera así porque hacía más fácil estar ahí sin que fuera otra cosa.
Al postre, Monreal cambió el ángulo.
—¿Cómo estás en la empresa? —dijo.— En serio, no de protocolo.
—Bien. Es un buen trabajo.
—¿Y Diego? —Lo dijo con naturalidad, como si fuera la siguiente pregunta lógica.— He oído que la relación de trabajo es... intensa.
Daniela lo miró.
Monreal sostuvo su mirada con la sonrisa todavía, sin presión aparente. Pero la pregunta tenía un filo que la sonrisa no ocultaba del todo para alguien que sabía buscarlo.
—Es un jefe exigente —dijo Daniela—. El trabajo lo requiere.
—Ya. —Monreal bebió.— He trabajado con él antes. Sé cómo es. —Una pausa calculada.— No siempre es fácil para quien trabaja cerca.
—No necesito que sea fácil. Necesito que sea efectivo.
—¿Y lo es?
—El trabajo del último mes habla por sí solo.
Monreal asintió. Luego:
—Hay rumores en la empresa.
—Los rumores están en todas las empresas.
—Estos son específicos.
—Los rumores específicos también. —Daniela dejó la servilleta sobre la mesa.— Víctor. —Primera vez que usaba su nombre.— No sé qué buscas con esta conversación. Pero si es información sobre Diego o sobre mí, no soy la fuente correcta.
Monreal la miró con algo diferente ahora. Todavía la sonrisa, pero debajo, una atención más seria, la que existía cuando dejaba de ser el hombre fácil y aparecía el que había detrás.
—No busco información —dijo.— Busco entender el terreno.
—¿Para qué?
—Para no pisar donde no debo.
Daniela lo miró tres segundos.
Era una respuesta que podía leerse de dos maneras. Como cortesía profesional. O como algo más estratégico, la clase de frase que un hombre inteligente dice cuando quiere que sepas que sabe más de lo que muestra.
—El terreno es claro —dijo Daniela.— Hago mi trabajo. Diego hace el suyo. La empresa funciona. —Una pausa.— No hay pisadas que esquivar.
Monreal asintió.
—Perfecto —dijo.
Y pidió el café con la comodidad de alguien que ha obtenido lo que vino a obtener aunque Daniela no estuviera segura de qué era exactamente.
A las cinco de la tarde Carmen le mandó un mensaje.
El señor Santaolalla habló con Morales. Todo bien. Quiere que lo sepas.
Daniela leyó el mensaje dos veces.
Luego una tercera.
Quiere que lo sepas.
No un “por favor comunícale”.
No un “en caso de que sea relevante para tu trabajo”.
Quiere que lo sepas.
Diego había pedido a Carmen que le dijera esto. Había pensado en hacerlo. Había decidido que importaba que ella lo supiera. Había considerado que Daniela merecía esa información aunque no fuera estrictamente necesaria para el trabajo.
Era un gesto pequeño.
Casi invisible.
Era enorme viniendo de él.
El despacho olía a papel y a la luz fría de la tarde de diciembre que entraba por la cristalera. Daniela dejó el teléfono sobre la mesa. Los dedos le hormigueaban un poco. Respondió primero a Carmen:
Gracias. Díselo de mi parte.
Cerró el teléfono.
Lo volvió a abrir casi de inmediato.
Escribió directamente a Diego, sin pasar por nadie:
Carmen me dijo. Gracias.
La respuesta llegó en cuatro minutos. Exactos. Como si él hubiera estado esperando.
Era lo correcto.
Daniela lo leyó.
Tres palabras.
Diego en tres palabras.
Pero estas tres eran diferentes a las primeras que le había mandado —el “bien”, el “continúe”, el “buen trabajo” de las primeras semanas—. Estas tenían algo dentro que las otras no: la conciencia clara de que lo que estaba protegiendo no era solo la empresa.
Era también ella.
Guardó el teléfono en el cajón con un movimiento cuidadoso, como si las palabras pudieran romperse. El metal del cajón sonó demasiado alto en el silencio de la quinta planta.
Trabajó hasta las siete.
Las cifras, los borradores, las notas al margen. Todo con una concentración que no era del todo real. Cada cierto tiempo la mano se le iba al bolsillo interior de la chaqueta, donde todavía guardaba la tarjeta de visita de hacía semanas.
Cuando salió, el edificio estaba casi vacío.
Sexta planta. Quinta. Planta baja.
El vestíbulo con las luces de la tarde ya bajas, proyectando sombras largas sobre el mármol. El guarda de seguridad la saludó con un leve movimiento de cabeza. Ella respondió igual.
En la puerta giratoria, antes de salir al frío de diciembre que ya empezaba a morder, se detuvo un segundo.
El cristal le devolvió su propio reflejo: el abrigo abrochado, el pelo recogido, la expresión de alguien que lleva demasiado tiempo conteniendo algo.
Pensó en Lucía.
Miedo con ropa de razón.
Pensó en lo que había dicho en el aeropuerto de Lisboa, con la voz más firme de lo que sentía:
La distancia también duele.
Pensó en la mano de Diego en su mejilla. El calor. La textura. Y el frío inmediato del aire cuando la apartó.
Salió a la calle.
El frío de Madrid en diciembre le golpeó la cara: seco, limpio, casi metálico.
El aire olía a lluvia lejana y a las castañas asadas de algún puesto cercano.
Caminó hacia el metro con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la decisión que todavía no había tomado moviéndose en algún sitio que no era exactamente la cabeza ni exactamente el corazón, sino el espacio exacto entre los dos.
Ese lugar donde viven las cosas que todavía no tienen nombre…
pero que ya tienen peso. Y densidad. Y consecuencias.
Esa noche no llamó a Lucía.
No necesitaba que nadie le dijera lo que ya sabía.
Solo necesitaba el tiempo que Diego había pedido —y que ella también necesitaba, aunque por razones distintas—.
Él necesitaba tiempo para saber cómo hacer algo bien.
Ella necesitaba tiempo para decidir si estaba dispuesta a quedarse en un sitio sin la marcha atrás lista. Sin la puerta abierta. Sin la posibilidad limpia de irse antes de que doliera de verdad.
Madrid en diciembre.
Frío.
Lleno de luces de Navidad que alguien había colgado en las calles esa misma semana: guirnaldas doradas, estrellas pequeñas, un brillo artificial que intentaba ser cálido y no lo conseguía del todo.
Daniela anduvo tres paradas de metro antes de bajar.
Las luces de Navidad no le daban respuestas.
Pero esa noche, por primera vez en semanas, no necesitaba que se las dieran.
Ya las tenía.
Las llevaba dentro desde Lisboa.
Desde el aeropuerto.
Desde la mano en la mejilla y las tres palabras de esa tarde.