Capítulo 14 #2
Daniela lo miró durante tres segundos.
—No completamente —dijo.
Diego no se movió. La miraba con esa expresión abierta de Lisboa que aquí, en el despacho de la séptima planta, era más difícil de sostener porque el contexto era diferente y las consecuencias más cercanas.
—No —dijo él.
Solo eso. Confirmando lo suyo.
El despacho estaba muy quieto.
—Diego —dijo Daniela.
—Daniela.
—Esto complica las cosas.
—Ya estaban complicadas.
—Más. Las complica más.
Diego descruzó los brazos. Fue a su silla y se sentó, no con la postura de las reuniones sino con la de las sesiones de preparación, los codos sobre la mesa, las manos juntas.
—Sé que las complica —dijo—. Para ti más que para mí.
Daniela lo miró.
—¿Por qué más para mí?
—Porque llevas dos meses aquí. Porque esto es tuyo: la credibilidad que has construido, el equipo, el trabajo. —Una pausa.— Yo tengo veinte años de empresa detrás. Tú tienes dos meses.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Que reconocía el desequilibrio no de edad, no de dinero, sino de exposición. De riesgo.
Daniela lo procesó.
—Gracias por decirlo —dijo.
—Es la verdad.
—Ya. —Se quedó de pie frente a su mesa.— La verdad es también que si el rumor crece y decide por nosotros, perdemos los dos el control de algo que todavía no hemos decidido qué es.
Diego la miró.
—¿Qué propones?
Daniela cogió aire.
—Que decidamos qué es antes de que lo decida el rumor.
El silencio duró más esta vez. Diez segundos, quizás más, con el sol de noviembre entrando por la ventana y Madrid indiferente detrás.
Diego se levantó.
Fue hacia ella. Despacio, sin prisa, con esa forma suya de moverse que nunca tenía urgencia aunque hubiera urgencia.
Se detuvo a un metro.
—Daniela —dijo, con el tono de las sesiones de preparación pero más quieto, más íntimo, el tono que solo existía cuando no había nadie más.
—Diego.
—Lo que está pasando entre nosotros. —Una pausa.— Para mí es real.
Daniela lo miró. El metro entre ellos. La distancia exacta que llevaban semanas midiendo sin regla.
—Para mí también —dijo.
Diego levantó la mano despacio.
La puso en su mejilla.
Solo eso. La palma cálida contra su cara, el pulgar rozando el pómulo, con una delicadeza que no esperaba de esas manos que había visto firmar contratos y tamborilee una sola vez cuando algo le parecía ineficiente.
Daniela no se movió.
Cerró los ojos un segundo. Solo uno.
Cuando los abrió Diego la miraba con una expresión que no había visto antes: sin la distancia construida, sin la temperatura controlada, sin nada entre lo que sentía y su cara. Solo él, claro y quieto y más cerca que nunca aunque sus pies no se hubieran movido.
—El rumor —dijo Daniela en voz baja.
—Ya. —Diego no apartó la mano.— Lo sé.
—Esto no lo simplifica.
—No.
—Tenemos que pensar cómo hacerlo bien.
—Sí. —Una pausa.— ¿Tienes una respuesta preparada para esto también?
La comisura de la boca de Daniela. Involuntaria.
—Para esto no —dijo.
La mano de Diego en su mejilla un segundo más. Dos.
Luego la bajó despacio.
Se apartó. Volvió a su lado de la mesa.
Daniela sintió el frío del aire donde había estado su mano como si fuera algo físico, un objeto retirado.
—Esta tarde —dijo Diego— hay una reunión de Monreal con Rodrigo y yo. Necesito que estés.
—¿A qué hora?
—Las cinco.
—Estaré.
Daniela recogió sus cosas. En la puerta se detuvo sin girarse del todo.
—Diego. Lo de pensar cómo hacerlo bien.
—¿Sí?
—No hay mucho tiempo. —Una pausa.— Los rumores no esperan.
Salió.
En el ascensor, bajando, tenía la mano derecha levantada, los dedos tocando su propia mejilla donde había estado la de él.
La bajó antes de que las puertas se abrieran.
Pero el calor tardó más en irse.
Esa noche llamó a Lucía.
—Cuéntame —dijo Lucía en el segundo tono, igual que siempre. La voz le llegó clara, cercana, como si estuviera sentada en el sofá de enfrente y no a varios barrios de distancia.
—Hay un rumor en la empresa.
Silencio de dos segundos exactos. Daniela pudo oír el leve crujido de algo al otro lado de la línea —una silla, una copa dejándose sobre una mesa—.
—¿Sobre ti y él?
—Sí.
—¿Es verdad?
Daniela estaba en el sofá, con las piernas recogidas y el bloc cerrado sobre la mesa de centro.
El teléfono le calentaba la oreja. El piso estaba en silencio, pero era un silencio distinto al de otras noches: más denso, más lleno de todo lo que no se había dicho todavía.
La luz de la lámpara del rincón dejaba sombras suaves en las paredes blancas.
—Depende de cómo definas verdad.
—Dani.
—No ha pasado nada. —La frase le salió demasiado rápida—. En términos de hechos concretos, no ha pasado nada.
—Pero.
Daniela cerró los ojos un segundo. Sintió de nuevo el fantasma de esa mano en su mejilla: el calor, la textura de la piel, la forma en que el mundo se había detenido durante un latido.
—Pero esta tarde me puso la mano en la cara en su despacho y casi me muero.
Lucía no dijo nada durante cinco segundos largos. Cuando habló, la voz le había cambiado por completo.
—¿Solo la mano en la cara?
—Solo la mano en la cara.
—Dios mío.
—Ya.
—¿Y tú?
—Yo cerré los ojos un segundo. —Daniela abrió los ojos otra vez. Miró el techo blanco e inútil—. Luego dije algo sobre el rumor y él apartó la mano. Y hablamos de una reunión a las cinco, como si no hubiera pasado nada.
Lucía soltó el aire en un soplo largo, casi derrotado.
—Sois los dos muy raros. De una forma peligrosamente compatible.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
Daniela no respondió de inmediato. El silencio de su piso se le metió por los oídos.
Pensó en el bolígrafo que había dejado sobre el bloc, en la tarjeta de visita que todavía guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta del lunes, en el aroma a canela que parecía haberse impregnado en su memoria desde Lisboa.
—No lo sé todavía.
—¿Lo quieres?
La pregunta directa. La que Lucía siempre hacía cuando Daniela llevaba demasiado tiempo dando vueltas alrededor del centro, construyendo argumentos profesionales alrededor de algo que ya no lo era.
Daniela no respondió de inmediato.
Pensó en seis semanas.
En el primer día, en la sala de juntas, y ese “continúe” dicho como una orden.
En la tarjeta de visita con la letra apretada.
En Lisboa. El mirador. El río. La mano en la mejilla.
En la forma en que Diego había dicho para mí es real con la misma exactitud con que firmaba contratos: sin adorno, porque no necesitaba adorno para que fuera cierto.
—Sí —dijo por fin. La palabra salió baja, pero clara. Definitiva.
Lucía tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz le había suavizado los bordes.
—Entonces ya sabes lo que vas a hacer.
—No es tan simple.
—Nunca es simple, Dani. Pero sabes lo que vas a hacer. Llevas semanas sabiéndolo.
Daniela cerró los ojos otra vez. Apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá. El tejido le rozó la nuca.
—La distancia también duele —dijo, casi para sí misma.
—¿Eso se lo dijiste a él?
—En el aeropuerto de Lisboa.
—¿Y qué dijo?
—Lo sé. —Una pausa—. Dos veces.
Lucía procesó eso en silencio. Daniela pudo imaginarla al otro lado, con la copa en la mano, la ceja arqueada, calculando el peso exacto de esas dos palabras.
—Dani. Ese hombre lleva semanas diciéndote todo sin decirte casi nada. Y tú llevas semanas oyendo todo lo que no dice. —Una pausa larga, deliberada—. En algún momento alguien tiene que hablar en voz alta. De verdad. Sin códigos. Sin “todavía”. Sin reuniones a las cinco.
—Ya. —Daniela abrió los ojos. La luz de la lámpara le pareció demasiado brillante de pronto—. El problema es que cuando hable en voz alta ya no hay marcha atrás.
—¿Y?
Daniela miró la pared de enfrente. Blanca. Lisa. Sin una sola respuesta escrita en ella.
—Y que no sé si estoy lista para no tener marcha atrás.
Lucía tardó. El silencio se estiró lo suficiente para que Daniela escuchara su propia respiración.
—Nadie lo está —dijo al final, con esa suavidad rara que solo usaba cuando dejaba de bromear del todo—. Eso no es una razón. Es solo miedo con ropa de razón.
Colgaron veinte minutos después.
Daniela se quedó en el sofá con el teléfono todavía caliente en la mano y la frase de Lucía moviéndose en círculos dentro de su cabeza.
Miedo con ropa de razón.
Lo era.
Lo sabía.
Lo había sabido desde la primera semana, aunque hubiera tardado más en admitirlo.
El miedo no era a Diego.
Era a quedarse.
A dejar de tener una salida limpia.
A convertirse en alguien que necesita a otro para estar completa, como había visto a su madre necesitar, perder y luego reconstruirse sola, con las manos temblando y la dignidad hecha jirones.
Pero Lucía tenía razón también en lo otro: que eso no era una razón.
Era solo miedo.
Y el miedo, igual que el rumor, no desaparecía ignorándolo.
Solo crecía en el silencio.
Se volvía más denso. Más real. Más difícil de atravesar.
Daniela dejó el teléfono sobre la mesa.
Miró el bloc cerrado.
Y por primera vez en semanas, no intentó convencerse de que todavía podía dar marcha atrás sin consecuencias.
Porque ya no podía.