Capítulo 14
El lunes llegó con sol y con un mensaje de Lucía a las ocho de la mañana.
He oído algo. Llámame cuando puedas.
Daniela lo leyó en el metro, apretada entre abrigos húmedos y el olor a café de alguien más.
Llevaba el vaso caliente entre las manos y la maleta ya deshecha en casa.
Lisboa seguía guardada en algún sitio de su pecho que todavía no sabía cómo clasificar: demasiado reciente, demasiado nítida, demasiado llena del aroma a canela y de la frase lo sé.
Escribió: Esta noche.
Y guardó el teléfono antes de que pudiera arrepentirse.
La reunión de dirección fue a las nueve.
Diego llegó a las nueve en punto. Ni un minuto antes, ni un minuto después.
Cuando ella entró en la sala, él levantó la vista.
El inventario de siempre —el pelo, la chaqueta, los folios—, pero esta vez había algo diferente en él.
Más quieto. Más asentado. Como si el fin de semana hubiera sido exactamente el tiempo que había pedido en el aeropuerto de Lisboa y hubiera servido para algo…
aunque Daniela no supiera todavía para qué.
Se sentaron.
La reunión empezó.
Fue una reunión normal. Rodrigo con números precisos.
Fuentes con Valencia. Monreal con la integración de Solano, que avanzaba según los plazos previstos y que él expuso con esa fluidez que ya empezaba a resultarle demasiado familiar.
Daniela presentó la estrategia de medios para diciembre y el plan de enero con El País Negocios.
Su voz sonó firme. Profesional. Como si el mirador y el pasillo del hotel y las dos puertas contiguas no existieran.
Diego escuchó. Preguntó. Decidió.
La luz de la mañana le marcaba la línea de la mandíbula. No sonrió. No la miró más de lo necesario. Pero cada vez que hablaba, Daniela notaba el peso exacto de su atención, como si el “tiempo” que había pedido estuviera ocurriendo en tiempo real, delante de todos, sin que nadie más lo viera.
No le pidió que se quedara después.
Daniela no esperó.
Recogió sus papeles con movimientos precisos y salió al pasillo. El aire olía a café recién hecho y a la lluvia que todavía goteaba de algunos abrigos. Estaba a punto de llegar al ascensor cuando oyó pasos detrás de ella.
—Lisboa bien, según he oído.
Monreal. La voz fácil, la sonrisa ya puesta.
—Productivo —dijo Daniela sin detenerse del todo.
—Los contactos del sector siempre lo son. —Caminó a su lado, demasiado cerca. El ascensor todavía no había llegado—. ¿Comemos esta semana? Ya llevas semanas esquivándome.
—No te estoy esquivando. Tengo el calendario lleno.
—El miércoles a la una y media.
Daniela se detuvo y lo miró. Monreal tenía la sonrisa ligera de siempre, sin presión aparente, el tipo de invitación que se presenta como algo casual precisamente para que sea más difícil rechazarla.
El pasillo estaba casi vacío. Solo el zumbido del aire acondicionado y el eco lejano de voces en la séptima planta.
Pensó en Diego. En el aeropuerto. En necesito tiempo para pensar. En no quiero hacerte daño. En la forma en que había dicho lo sé como si le doliera admitirlo.
—Puede que el miércoles —dijo al final.
No era un sí.
Tampoco era lo que realmente quería decir.
Monreal lo recibió como si fuera un sí. La sonrisa se ensanchó un milímetro.
—Perfecto. Te escribo.
El ascensor llegó con un suave ding. Las puertas se abrieron.
Daniela entró.
Monreal entró también.
Quinta planta para ella.
Séptima para él, porque tenía una reunión con Diego.
Las puertas se cerraron.
El espacio se redujo de golpe. El espejo del fondo les devolvió la imagen de los dos de pie, uno al lado del otro, demasiado cerca. Daniela miró los números. Monreal miró de reojo el perfil de ella, todavía con esa media sonrisa.
El ascensor empezó a subir.
Y Daniela sintió, con una claridad incómoda, que el tiempo que Diego había pedido en Lisboa acababa de volverse un poco más complicado.
El miércoles a las once Carmen llamó a su despacho.
—Daniela. ¿Tienes un momento?
Carmen nunca llamaba para preguntar si tenía un momento. Carmen aparecía en la puerta o mandaba correo. Una llamada significaba algo que no quería decir por escrito.
—Claro.
Carmen entró y cerró la puerta, que era otra cosa que no hacía nunca.
Se sentó en la silla frente a la mesa de Daniela con la postura de alguien que ha pensado lo que va a decir y ha decidido decirlo de todas formas.
—Hay un rumor —dijo.
Daniela dejó el bolígrafo.
—¿Qué tipo de rumor?
—Sobre ti y el señor Santaolalla. —Carmen lo dijo con la misma neutralidad con que decía todo, sin juicio, sin calor extra, solo información.— No sé de dónde viene. Pero esta mañana me lo han comentado dos personas distintas.
Daniela procesó eso.
—¿Qué dice exactamente el rumor?
—Que hay algo entre vosotros. —Una pausa.— Personal.
El despacho estaba muy callado.
—¿Quién te lo dijo?
—Una persona del equipo de finanzas. Otra de legal. —Carmen juntó las manos sobre su regazo.— Te lo cuento porque creo que debes saberlo antes de que llegue a otros sitios.
—¿Ya llegó a otros sitios?
—Probablemente sí.
Daniela miró la ventana. Madrid, sol, el edificio de enfrente con sus ventanas reflejando el cielo.
—¿El señor Santaolalla lo sabe?
—No lo sé. —Una pausa.— Puedo decírselo.
—No. —Daniela cogió el bolígrafo.— Yo se lo digo.
Carmen asintió. Se levantó.
En la puerta se detuvo.
—Daniela. —La primera vez que Carmen usaba su nombre sin el cargo delante.— Los rumores en esta empresa duran lo que dura el interés. Si no hay nada que alimentarlos, mueren solos.
Era un consejo. También era una pregunta.
Daniela la miró.
—Gracias, Carmen.
Carmen asintió y salió.
Daniela se quedó en su despacho con el bolígrafo todavía entre los dedos y la pregunta de Carmen sin responder.
Si no hay nada que alimentarlos.
El problema era exactamente ese.
No que hubiera un rumor. Los rumores nacían y morían en esa empresa con la misma facilidad con la que se firmaban contratos.
El problema era que había algo —real, concreto, sin nombre todavía— que el rumor había rozado con demasiada precisión.
Y Daniela no sabía cómo nombrarlo porque ella y Diego tampoco lo habían hecho.
Había tensión.
Había semanas de trabajo construido codo a codo, de silencios cargados y de respuestas que decían más de lo que debían.
Había Lisboa. El mirador. El Tajo oscuro. El aroma a canela impregnado en la memoria. Dos puertas contiguas. La frase no era retórico. Y la otra, dicha en voz alta en un aeropuerto indiferente: la distancia también duele.
¿Era eso suficiente para que un rumor tuviera sustancia?
En esta empresa, con la posición de Diego y la suya propia —apenas dos meses construyendo una reputación que todavía se sentía frágil—, la respuesta era sí. Demasiado sí.
El bolígrafo se le resbaló un poco entre los dedos.
El despacho olía a papel y a café frío. La luz de mediodía entraba sesgada por la cristalera y dejaba un rectángulo brillante sobre la alfombra.
Daniela miró ese rectángulo durante varios segundos, como si pudiera encontrar ahí una respuesta que no tenía.
El rumor no mentía del todo.
Ese era el verdadero problema.
Guardó el bolígrafo. Cerró el bloc con un movimiento preciso. Se levantó. El ruido de la silla al apartarse sonó demasiado alto en el silencio de la quinta planta.
Subió a la séptima a las doce en punto.
El ascensor olía a la colonia de alguien que había pasado antes.
Las puertas se abrieron con el suave silbido de siempre.
El pasillo de la séptima era más silencioso, más amplio, más cargado de esa formalidad que nunca terminaba de diluirse.
Carmen levantó la vista desde su escritorio cuando la vio acercarse.
No sonrió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si ya supiera por qué estaba allí.
Daniela no dijo nada.
Siguió hasta la puerta del despacho de Diego.
Llamó una sola vez.
Y esperó, con el corazón latiéndole un poco más alto de lo profesional, a que él dijera *adelante*.
Diego estaba solo. La asistente de la antesala le dijo que pasara directamente, lo que significaba que Diego ya sabía que venía o que Carmen había llamado antes, una de las dos.
Entró.
Diego estaba de pie junto a la librería, no junto a la ventana, con los brazos cruzados y la postura de alguien que ya ha recibido la noticia y ha tenido tiempo de procesar la primera capa.
—Ya lo sabes —dijo Daniela.
—Rodrigo me llamó hace una hora.
—¿Qué te dijo?
—Lo mismo que te dijo Carmen a ti, supongo. —Diego la miró directamente.— ¿De dónde viene?
—No lo sé todavía. Dos fuentes distintas, finanzas y legal. Puede ser alguien que nos vio en la cena de empresa. Puede ser el viaje a Lisboa. —Una pausa.— Puede ser cualquier cosa de las últimas seis semanas.
Diego asintió. Procesando, catalogando, la máquina de su cabeza trabajando con la misma eficiencia que aplicaba a todo.
—¿Qué recomiendas? —dijo.
Daniela lo miró.
Era una pregunta profesional. También era otra cosa: era Diego poniéndolo en sus manos, reconociendo que en esto ella sabía más que él, que era una de las pocas veces en que eso pasaba y los dos lo sabían.
—Normalidad visible —dijo Daniela—. No cambiar nada de lo que hacemos en las reuniones. No evitarnos más de lo habitual ni menos. —Una pausa.— Los rumores se alimentan de cambios de comportamiento. Si actuamos diferente, confirmamos que hay algo que actuar diferente por.
Diego la miraba mientras hablaba.
—¿Y si alguien pregunta directamente?
—Nadie preguntará directamente. No a ti. —Daniela lo miró.— A mí quizás.
—¿Y qué dirás?
—Que es un rumor sin base.
El silencio que siguió tenía un peso diferente a los anteriores. No incómodo sino denso, lleno de la cosa que ninguno nombraba y que el rumor había convertido en algo que existía en el mundo aunque ellos no hubieran decidido que existiera todavía.
—¿Lo es? —dijo Diego.
Daniela lo miró.
—¿Lo es qué?
—Un rumor sin base.
Era la pregunta más directa que le había hecho. Más que no era retórico, más que cómo hacer esto bien. Una pregunta con sí o no como respuestas posibles y con consecuencias en cualquier dirección.