Capítulo 13 #2
—Para pensar cómo hacer esto bien. —Otra pausa. Más larga. El músculo de su sien se movió—. Si se puede hacer bien.
Era la frase más larga y más directa que le había dicho sobre lo que estaba pasando entre ellos. Sin metáforas. Sin el código de dos palabras. Directo, como ella siempre le había pedido. Y por eso mismo, más peligroso.
Daniela procesó. Cómo hacer esto bien. Si se puede hacer bien. Las palabras se le quedaron clavadas detrás de los ojos.
—¿Qué significa bien para ti? —preguntó. La voz le salió más estable de lo que esperaba.
Diego la miró durante mucho tiempo. El tiempo suficiente para que ella supiera que la respuesta existía completa dentro de él… y que no iba a darla aquí, en un aeropuerto, con el vuelo en dos horas y cientos de desconocidos cruzando a su alrededor. El silencio entre ellos se volvió casi físico.
—Significa que no quiero hacerte daño —dijo al final. Cada palabra medida, pesada.
Daniela sostuvo su mirada. El corazón le latía con un ritmo lento y sordo. Había muchas respuestas posibles a esa frase. Algunas eran defensivas. Otras eran abiertas. Unas cuantas eran completamente honestas… y por tanto las más arriesgadas.
Eligió una de las honestas.
—Ya me lo estás haciendo un poco —dijo. La frase salió baja, clara, sin adornos—. La distancia también duele.
Diego no respondió de inmediato.
Sus ojos se oscurecieron.
Un músculo se tensó en su mandíbula con tanta fuerza que ella lo vio moverse.
Cuando habló, lo hizo tan despacio y tan quieto que Daniela tuvo que inclinarse levemente hacia delante para asegurarse de que lo oía bien. El aroma a canela la envolvió con más fuerza al acercarse.
—Lo sé —dijo Diego. La voz le salió casi roída—. Lo sé.
El aeropuerto siguió siendo ruidoso e indiferente. Las pantallas anunciaron vuelos. Alguien pasó corriendo con una maleta demasiado grande. Una mujer se rió en el pasillo de al lado.
Pero entre ellos el aire había cambiado. Ya no había forma de fingir que no.
Daniela y Diego en sus sillas, con el espacio de siempre entre ellos…
que ya no era distancia, sino todo lo contrario: la conciencia exacta, constante y casi dolorosa del otro.
Ella notaba el calor de su rodilla a apenas unos centímetros.
Él notaba la forma en que ella apretaba los dedos sobre el portátil cerrado.
—Tiempo —dijo Daniela. La palabra le supo a concesión y a miedo al mismo tiempo.
—Tiempo —confirmó Diego. La voz le tembló un milímetro, solo uno.
No era un acuerdo.
Era un reconocimiento.
La diferencia, a estas alturas, la conocían los dos demasiado bien.
Ella abrió el portátil otra vez. Él cogió el teléfono.
Trabajaron hasta el embarque sin hablar más.
Pero el silencio ya no era el de antes. Cada minuto que pasaba pesaba más.
En el avión, cuando las luces de Lisboa desaparecieron bajo las nubes y quedó solo la oscuridad de noviembre y el ruido constante del motor, Daniela miró por la ventanilla.
El cristal estaba frío contra su frente.
Pensó que Lisboa había sido un antes y un después aunque nadie hubiera cruzado ninguna línea visible.
Los antes y los después no necesitaban líneas.
Solo necesitaban la verdad dicha en voz alta.
Ya me lo estás haciendo un poco. La distancia también duele.
Lo había dicho.
Ya no podía no haberlo dicho.
La frase se había quedado en el aire entre ellos, imposible de recuperar.
A su lado, Diego tenía los ojos cerrados. Dormía… o fingía dormir. La luz tenue de la cabina le dibujaba el perfil, la boca, la forma en que una mano descansaba sobre el muslo con los dedos ligeramente tensos. Daniela no supo cuál de las dos cosas era.
Tampoco lo necesitaba saber todavía.
Pero mientras el avión atravesaba la noche, con el aroma fantasma a canela todavía en su memoria y el peso de esas dos palabras —lo sé— resonando en el pecho, Daniela entendió que el tiempo que él había pedido no iba a hacer las cosas más fáciles.
Solo iba a hacerlas más inevitables.
Aterrizaron en Barajas a las siete y cuarto.
Madrid con la oscuridad de noviembre y el frío que Lisboa no tenía. El aeropuerto con la luz artificial y el ruido de la llegada. Las maletas en la cinta, los dos esperando en silencio.
En la salida, había un coche esperando a Diego.
—Te llevo —dijo él.
Daniela pensó en el coche anterior, el de la cena de empresa, la calle vacía a medianoche, es lo contrario de lo que me molesta.
—No hace falta.
Diego la miró.
—Ya sé que no hace falta.
No es por si hace falta. La misma frase de la otra vez, sin decirla.
Daniela cogió su maleta.
—Bien.
El coche olía igual que la primera vez. Diego condujo igual que la primera vez, con la atención tranquila al tráfico y las manos quietas en el volante.
Pero todo lo demás era diferente.
Lisboa entre los dos como algo que no tenía nombre todavía pero pesaba.
Llegaron a su calle. El portal, la acera, la misma escena que seis semanas atrás pero con semanas de más encima y un mirador y no era retórico y la distancia también duele y todo lo que se había dicho y todo lo que todavía no.
Diego paró el motor.
Silencio.
—Diego —dijo Daniela.
—Daniela.
Ninguno continuó durante un momento.
—El lunes —dijo ella.
—El lunes —confirmó él.
Daniela abrió la puerta. Sacó la maleta. Se detuvo en la acera y se giró.
Diego la miraba desde el asiento del conductor con la ventanilla bajada y la expresión de Lisboa, abierta y quieta y más honesta que cualquier cosa que hubiera dicho en una reunión de dirección.
—Buenas noches —dijo Daniela.
—Buenas noches.
Entró al portal.
Subió las escaleras con la maleta porque el ascensor era lento y necesitaba moverse.
En su piso, en el recibidor oscuro, no se apoyó contra la puerta esta vez.
Se fue directamente a la ventana del salón. Madrid de noche, las luces, el ruido sordo de la ciudad.
Pensó en tiempo.
Pensó en que el tiempo que Diego necesitaba para pensar era el mismo tiempo que ella necesitaba para decidir si estaba dispuesta a quedarse en un sitio lo suficiente para que algo creciera.
Y que esa era, al final, la pregunta real.
No si Diego Santaolalla sentía lo que parecía que sentía.
Sino si Daniela Sánchez estaba dispuesta a dejar de irse antes de que algo terminara.
Madrid no respondió.