El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

El viernes amaneció con niebla sobre el Tajo.

Daniela lo vio desde la ventana a las siete menos cuarto, con el café que había pedido al servicio de habitaciones y el pelo todavía húmedo.

Lisboa con niebla era otra ciudad otra vez: más quieta, más antigua, con los bordes difuminados como una foto que alguien movió antes de que revelara del todo.

Había dormido mal y lo había aceptado a las tres de la mañana cuando dejó de intentar lo contrario.

Se vistió con la eficiencia de siempre. El traje azul del segundo día, el que había elegido para la jornada larga. Recogió sus papeles. Revisó el programa de la mañana: dos mesas redondas, una reunión bilateral con la directora de Ferrovial, comida de clausura a la una.

El vuelo de vuelta era a las cinco.

Dos días de Lisboa y la vuelta a Madrid y al edificio de diecisiete plantas y a la distancia funcional que habían construido y que cada vez requería más esfuerzo activo mantener.

Bajó al desayuno a las siete y cuarto.

Diego ya estaba en el restaurante.

Mesa junto a la ventana, café negro, el periódico en papel que Daniela no le había visto leer antes y que aquí, fuera de Madrid, parecía natural. Sin el traje todavía del todo: chaqueta, sí, pero con la soltura de alguien que todavía no ha empezado el día de trabajo.

Levantó la vista cuando ella entró.

Daniela fue a su mesa sin que ninguno de los dos lo propusiera, porque era la única mesa con vista al Tajo y la niebla y porque en este hotel en esta ciudad las reglas no escritas eran diferentes.

Se sentó frente a él.

—Buenos días —dijo Diego.

—Buenos días.

El camarero llegó. Daniela pidió café y algo de comer. Diego ya tenía todo y siguió con el periódico un momento más, no para ignorarla sino con la comodidad de alguien que ha aprendido que el silencio compartido no necesita llenarse.

Eso también era nuevo. O no nuevo: era lo de siempre pero más claro aquí, sin la empresa entre los dos.

—¿Dormiste bien? —dijo Daniela.

Diego dobló el periódico.

—No especialmente.

—Yo tampoco.

Lo dijo directamente, mirándolo, sin el margen de interpretación que habría dejado en otra semana. Diego la miró con esa expresión nueva, la del mirador, la de cosas en el silencio que prefiero al ruido.

—Lisboa —dijo él.

—Lisboa —confirmó ella.

Ninguno elaboró. No hacía falta. Era la forma que habían encontrado, los dos sin acordarlo, de nombrar lo que estaba pasando sin nombrarlo del todo. Un código de dos palabras para algo que tenía más.

El café llegó. Daniela bebió.

—La mesa redonda de esta mañana —dijo Diego—. El moderador va a intentar que me pronuncie sobre la regulación de los fondos europeos en infraestructuras.

—¿Y?

—Y mi posición es más matizada de lo que cabe en una mesa redonda.

—¿Cuánto de matizada?

—Lo suficiente para que cualquier fragmento fuera de contexto parezca una cosa diferente a lo que es.

Daniela asintió. Procesó.

—Dos respuestas preparadas —dijo—. Una para si pregunta en términos generales, otra para si va a casos concretos.

En la primera, principios. En la segunda, ejemplos de tu empresa sin entrar en el sector regulatorio.

—Daniela cogió una servilleta y escribió tres líneas con el bolígrafo que siempre llevaba. — Así.

Diego leyó.

Asintió una vez.

—Bien.

—Si se pone difícil, devuelves la pregunta al moderador. Creo que sería más útil escuchar al sector en conjunto antes de dar una posición individual. Nadie puede criticarte por eso y ganas tiempo.

Diego la miró sobre la servilleta.

—¿Cómo tienes eso siempre listo?

—¿El qué?

—La respuesta. —Una pausa.— Para todo.

Daniela lo miró.

—No siempre la tengo.

—Para el trabajo sí.

—Para el trabajo sí. —Bebió café.— El trabajo es más sencillo.

Diego dejó la servilleta sobre la mesa.

—¿Más sencillo que qué?

Daniela lo miró directamente. Diego la miraba con la atención de siempre y con algo más debajo, la capa que aparecía cuando bajaba la distancia construida, que esta mañana en Lisboa estaba más cerca de la superficie que nunca.

—Que otras cosas —dijo Daniela.

Diego asintió despacio.

—Sí —dijo.

Solo eso. Pero era suficiente. Era Diego Santaolalla diciéndole en una palabra que sabía exactamente a qué se refería y que él lo sentía también.

El camarero llegó con el desayuno de Daniela y rompió el momento con la eficiencia imparcial de los camareros buenos.

Comieron.

Hablaron de la jornada. De Almeida, del fondo alemán, de la directora de Ferrovial. Conversación de trabajo que era también otra cosa, que lo era siempre ahora, que llevaba semanas siendo otra cosa aunque la superficie dijera trabajo.

A las ocho y cuarto subieron a prepararse para la mañana.

En el ascensor, cuarta planta, Diego salió primero y esperó mientras las puertas empezaban a cerrarse.

Daniela salió.

Caminaron por el pasillo. Puerta 412. Puerta 413.

Diego se detuvo frente a la suya.

—Daniela.

Ella se giró.

Diego tenía la llave en la mano y la miraba con una expresión que no era ninguna de las que había catalogado todavía. Más abierta. Más directa. La expresión de alguien que está a punto de cruzar una línea y lo sabe y todavía no ha decidido si va a cruzarla.

Daniela esperó.

—Anoche —dijo Diego.

—Sí.

—Lo que dije en el mirador.

—Sí.

Una pausa larga. El pasillo vacío y las dos puertas y la niebla de Lisboa entrando de algún sitio aunque no hubiera ventanas.

—No era retórico —dijo Diego.

Daniela lo miró tres segundos. Cuatro.

—Ya lo sé —dijo.

Y abrió la 413 y entró.

Escuchó a Diego entrar en la 412 un momento después.

Se quedó de pie en el centro de su habitación con el corazón a un ritmo que no era de trabajo y las palabras de Diego ordenándose en su cabeza con la claridad específica de las cosas que no pueden deshacerse.

No era retórico.

No. No lo era.

Y ella ya no tenía ningún argumento para fingir que no lo sabía.

La mañana fue larga y buena.

Diego en la mesa redonda fue exactamente lo que Daniela había preparado: preciso, sin flancos, con la confianza tranquila que el periodista de Expansión había captado y que aquí, entre iguales del sector, producía el efecto de alguien que no necesita demostrar nada porque ya está demostrado.

Daniela lo observó desde el público con su bloc y la satisfacción profesional de ver funcionar algo que había construido.

Luego se fue a su reunión con la directora de Ferrovial, que resultó ser tan buena como había anticipado: directa, con criterio, con una perspectiva sobre la comunicación sectorial que era exactamente lo que Daniela necesitaba para el plan del primer trimestre.

Se intercambiaron números reales, no tarjetas.

La comida de clausura fue a la una en el salón principal del hotel.

Cuarenta personas, mesas largas, el ruido de final de evento que tiene la textura específica del alivio colectivo.

Daniela se sentó con Rodrigo y dos directoras portuguesas.

Diego estaba tres mesas más lejos con Almeida y el fondo alemán.

A los postres, Rodrigo se inclinó hacia Daniela.

—¿Cómo ves el viaje? —dijo en voz baja.

—Productivo. Los contactos de mañana para la estrategia de primer trimestre son sólidos.

—Sí. —Rodrigo bebió su café.— Me refería en general.

Daniela lo miró.

Rodrigo tenía la expresión neutra de siempre, la de los números y los hechos y las conclusiones sin adorno. Pero había algo más debajo, la misma cosa que Daniela había aprendido a reconocer en Marta: la expresión de alguien que ve y ha decidido que ver no implica necesariamente decir.

—En general también ha ido bien —dijo Daniela.

—Me alegra. —Rodrigo dejó su taza.— Diego está diferente estos días.

—¿Diferente cómo?

—Más presente. —Una pausa breve.— Para él eso es mucho.

Daniela no respondió.

Rodrigo no añadió nada más.

Al otro lado del salón, Diego dijo algo que hizo reír a Almeida. Daniela lo vio de perfil: la mandíbula, la línea del cuello, la corbata que llevaba porque ella se la había dicho y que seguía llevando aunque nadie le hubiera vuelto a decir nada.

Rodrigo lo vio verlo.

No dijo nada. Cogió su café y siguió escuchando a las directoras portuguesas.

El taxi al aeropuerto fue con Rodrigo, que tenía el vuelo anterior. Los dejó en la terminal con el apretón de manos de siempre y desapareció hacia su puerta de embarque sin mirar atrás.

Quedaron Daniela y Diego en el aeropuerto de Lisboa. Dos horas antes del vuelo. Maletas pequeñas. La ciudad detrás de ellos, ya convertida en algo que no iban a poder deshacer.

Encontraron una zona tranquila lejos de las tiendas, de las pantallas parpadeantes y del flujo constante de gente.

Dos sillas enfrentadas a un ventanal que daba a la pista.

Daniela sacó el portátil. Diego sacó el teléfono.

El ruido del aeropuerto los rodeaba como un paréntesis enorme e indiferente: anuncios en tres idiomas, maletas arrastrándose, el zumbido lejano de los motores.

Trabajaron veinte minutos en silencio.

El silencio no era cómodo. Era denso. Cada vez que ella movía los dedos sobre el teclado, él lo notaba.

Cada vez que él desplazaba el pulgar por la pantalla, ella lo sentía.

El aroma a canela y perfume caro seguía ahí, impregnado en su abrigo, más suave que en el mirador pero imposible de ignorar en el aire reciclado del aeropuerto.

Luego Diego guardó el teléfono. El movimiento fue deliberado, casi cuidadoso.

—Daniela.

Ella cerró el portátil a medias. El clic sonó demasiado alto. Lo miró.

Diego la miraba con la expresión de Lisboa: la del mirador, la del pasillo del hotel, la que no tenía nombre catalogado todavía pero que ella ya reconocía como la más real de todas las que tenía. Los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la forma en que la luz fría del aeropuerto le marcaba las ojeras.

—Cuando volvamos —dijo. La voz le salió baja, ronca por el silencio acumulado.

—¿Sí?

Una pausa. El aeropuerto seguía siendo ruidoso e indiferente a su alrededor. Un niño lloró a lo lejos. Alguien anunció un retraso en portugués.

—Necesito tiempo para pensar.

Daniela sintió que algo se le apretaba en el pecho. No lo demostró.

—¿Qué tipo de tiempo?