Capítulo 12 #2
Comieron sin prisa, que era diferente a todas las comidas de las últimas semanas que habían tenido siempre algo que terminar o algo que resolver o alguien más en la mesa.
Aquí solo había la comida buena y el vino y Lisboa fuera y la conversación que fue, despacio y sin que ninguno lo decidiera, siendo otra cosa.
Hablaron del sector. Luego de Lisboa. Luego Diego dijo algo sobre los primeros años de la empresa que no había dicho en ninguna sesión de preparación, algo sobre una obra en Toledo que había salido mal y que le había costado dos años de margen financiero y la primera vez que había pensado seriamente en cerrar.
—¿Qué te hizo no hacerlo? —preguntó Daniela.
Diego miró su copa.
—Que cerrar habría sido admitir que el crédito no valió la pena. —Una pausa.— Y todavía no lo sabía.
—¿Y ahora lo sabes?
—Ahora sé que valió la pena. —La miró.— Las razones han cambiado con el tiempo.
Daniela no preguntó cuáles eran las razones ahora. Había preguntas que eran demasiado directas incluso para ella.
Pero las dos sabían que la conversación había cruzado un umbral en algún momento entre el primer plato y el segundo, y que lo que había al otro lado de ese umbral no era trabajo.
A las once y media pidieron la cuenta.
Diego pagó antes de que Daniela terminara de buscar su tarjeta, con la eficiencia de alguien que lo había decidido antes de sentarse y no iba a discutirlo.
Daniela lo dejó porque había batallas que valían y batallas que no.
Salieron a la noche de Lisboa.
El camino de vuelta fue más lento que el de ida.
Sin decidirlo, sin que ninguno propusiera nada, tomaron una calle diferente que bordeaba un mirador.
El Tajo se abría abajo, ancho, oscuro, lleno de luces temblorosas que se reflejaban en el agua como si la ciudad respirara bajo la superficie.
Se detuvieron los dos al mismo tiempo, como si hubiera un acuerdo silencioso que ninguno había firmado.
Lisboa desde el mirador a medianoche. El aire era fresco y llevaba olor a río, a piedra vieja y a la humedad dulce de la noche. A unos metros, una pareja hablaba en voz muy baja, de espaldas. El resto era silencio… o casi: el murmullo lejano de la ciudad que seguía viva debajo de ellos.
Daniela sintió el roce del viento en la nuca. Y, más cerca, el aroma que ya conocía demasiado bien: perfume caro, limpio, con un fondo cálido de canela que le subía directo a la garganta cada vez que él se movía.
—¿Por qué no coges vacaciones? —preguntó. La voz le salió más baja de lo que pretendía.
Diego miró el río. La luz dorada de Lisboa le rozaba el perfil, la línea tensa de la mandíbula, el cuello donde la camisa se abría un poco.
—Ya te lo dije.
—Me dijiste que no las cogías. No me dijiste por qué.
Una pausa larga. El tipo de pausa que Diego usaba cuando la respuesta existía pero necesitaba decidir si darla. El viento movió un mechón de su pelo. Daniela notó el leve movimiento de su garganta al tragar.
—Porque cuando me detengo —dijo al fin, la voz ronca por el silencio— lo que hay en el silencio es demasiado. —Otra pausa. El agua abajo chapoteaba suave contra los muelles—. Antes era más fácil no pararse.
—¿Y ahora?
Diego se giró hacia ella.
El mirador estaba casi vacío. La luz cálida y antigua de Lisboa caía sobre los dos de una manera que no existía en ninguna parte de Madrid: más dorada, más lenta, más peligrosa.
Estaban a medio metro. Ella podía olerlo con total claridad ahora: canela y algo caro, limpio, que se había impregnado en su abrigo y en su piel después de todo el día.
El mismo aroma que había notado en el coche, en el despacho, en cada espacio demasiado pequeño que compartían.
—Ahora hay cosas en el silencio que prefiero al ruido —dijo.
No la miró mientras lo decía. Miró el río.
Pero Daniela estaba lo bastante cerca para ver el leve temblor en la comisura de su boca, para oír la forma exacta en que la frase salió de su pecho.
Y supo exactamente a qué se refería. Llevaba semanas escuchando lo que Diego no decía. Esto no era difícil.
No respondió.
No porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta que tenía era demasiado real para este mirador a medianoche, con dos días de cumbre por delante, el pasillo del hotel esperando y las dos puertas contiguas al final del corredor.
El corazón le latía con un ritmo lento y pesado.
El aroma a canela le llenaba los pulmones cada vez que inhalaba.
Se quedaron los dos mirando el río durante un minuto más.
El silencio entre ellos era denso, casi físico.
Daniela sentía el calor de su cuerpo a pesar del frío de la noche.
Sentía los centímetros exactos que los separaban.
Sentía que si daba un solo paso, o si él lo daba, ya no habría marcha atrás fácil.
Luego caminaron de vuelta al hotel.
Uno al lado del otro. Sin tocarse. Con la conciencia exacta, casi dolorosa, de los centímetros entre sus brazos, entre sus manos, entre sus respiraciones. El aroma a canela la seguía como una sombra. Cada vez que el viento cambiaba de dirección, lo volvía a sentir con más fuerza.
El vestíbulo del hotel estaba en penumbra. El ascensor subió en silencio. En el pasillo de la cuarta planta, la moqueta amortiguaba sus pasos. Las luces bajas dibujaban su silueta y la de él alargadas sobre la pared.
Frente a las puertas 412 y 413, Diego sacó su llave. El metal brilló un segundo bajo la luz.
—Buenas noches —dijo. La voz le salió más grave de lo habitual.
—Buenas noches.
Ninguno se movió.
Dos segundos.
Tres.
El aire entre ellos estaba cargado. Daniela podía oír su propia respiración.
Podía oler la canela mezclada con el jabón del hotel y el frío de la noche que todavía llevaban encima.
Diego tenía la llave en la mano, los nudillos ligeramente blancos.
La miraba de una forma que ya no era del todo controlada: la temperatura había bajado, la armadura tenía grietas, y lo que había debajo era demasiado claro en la penumbra del pasillo.
Si alguno de los dos hubiera dado un paso…
Diego abrió la 412.
Entró.
La puerta se cerró con un clic suave y definitivo.
Daniela se quedó un segundo más en el pasillo vacío, el corazón latiéndole en la garganta. Luego abrió la 413.
Cerró la puerta. Se apoyó contra ella en la oscuridad de la habitación.
El Tajo seguía ahí, detrás de los párpados.
Y la frase —hay cosas en el silencio que prefiero al ruido— resonaba en algún sitio profundo que no sabía cómo apagar.
El aroma a canela todavía le llenaba la nariz, como si se hubiera impregnado en su propia ropa, en su piel.
Encendió la luz.
La habitación era demasiado silenciosa.
Se sentó en el borde de la cama. La colcha crujió bajo su peso. Miró la pared que compartía con la habitación 412. Delgada. Demasiado delgada. Imaginó, sin querer, el sonido de sus pasos al otro lado, el roce de la chaqueta al quitársela, la forma en que se sentaría en el borde de su propia cama.
Se duchó con el agua demasiado caliente. El vapor llenó el baño. Cuando salió, el espejo estaba empañado y ella todavía notaba el fantasma de ese perfume a canela en la memoria.
Se metió en la cama.
Apagó la luz.
Y no durmió durante una hora larga, escuchando el silencio de la habitación contigua, preguntándose si al otro lado de esa pared él también estaba despierto, mirando el techo, con el mismo peso en el pecho.
Al otro lado de la pared, si hubiera podido oírlo, Diego tampoco dormía.