El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

El viaje a Lisboa llegó tres días después, sin que Daniela lo hubiera visto venir del todo.

Era una cumbre de infraestructuras europeas. Dos días, hotel en el Chiado, veinte empresas del sector y la clase de cenas de networking que nadie disfruta pero todo el mundo atiende porque no asistir envía un mensaje que nadie quiere enviar.

Carmen le confirmó la asistencia el miércoles por la mañana con la misma neutralidad de siempre.

—Jueves y viernes. El vuelo es a las nueve. El señor Santaolalla viaja en el mismo avión.

Daniela no preguntó si había sido decisión de Diego o del protocolo de empresa. Algunas preguntas tenían respuestas que era mejor no tener todavía.

Hizo la maleta el miércoles por la noche con la eficiencia de quien viaja por trabajo con frecuencia y sabe exactamente qué lleva y por qué. Dos días. Ropa neutra y buena. El vestido negro de los momentos que requieren parecer más segura de lo que una se siente, por si acaso.

Por si acaso qué, se preguntó mientras lo metía en la maleta.

No respondió.

El jueves el aeropuerto de Barajas tenía el ruido sordo de las mañanas tempranas: gente con maletas de cabina y café de vaso de plástico y la expresión de quien ha madrugado más de lo que le gustaría.

Diego estaba en la puerta de embarque cuando Daniela llegó. Solo, con una maleta pequeña y oscura y el teléfono en la mano. Traje gris, sin corbata todavía a esta hora. El aspecto de alguien que viaja con frecuencia y ha eliminado todo lo que no es estrictamente necesario del proceso.

La vio llegar. Guardó el teléfono.

—Daniela.

—Buenos días.

Se sentaron en sillas contiguas porque era la configuración lógica del espacio disponible y porque los dos habían dejado de fingir que la distancia física servía de algo.

—¿Has estado en Lisboa? —preguntó Daniela.

—Varias veces. —Diego miraba la puerta de embarque.— ¿Tú?

—Una vez. Hace cuatro años. Con trabajo.

—¿Viste algo?

—El tiempo justo para saber que no vi suficiente.

Diego asintió. Una pausa.

—Esta vez tampoco habrá tiempo —dijo.

—Ya. —Daniela miró su café.— Pero al menos el clima es mejor que Madrid en noviembre.

La comisura de la boca de Diego. El antecedente de sonrisa.

Embarcaron a las nueve y cinco.

El vuelo duró una hora y veinte minutos.

Trabajaron los dos, cada uno con su pantalla, con el silencio compartido que ya era suyo y que en el espacio reducido de los asientos contiguos tenía una textura diferente.

Más íntima sin serlo del todo. El brazo de él cerca del suyo en el reposabrazos, sin tocarse, con la conciencia específica del espacio entre los dos.

A los cuarenta minutos Diego cerró el portátil.

Daniela siguió trabajando.

—¿Cuándo descansas? —dijo él.

Daniela no levantó la vista.

—Cuando termino.

—¿Y cuándo terminas?

—Cuando lleguemos.

Diego no respondió. Daniela sintió su mirada un momento antes de que él también cogiera el teléfono y se pusiera a leer algo.

Aterrizaron con el sol de Lisboa, que era diferente al de Madrid: más blanco, más limpio, con la cualidad específica de las ciudades junto al agua.

El hotel estaba en el Chiado, en un edificio antiguo con las paredes de azulejo y los techos altos de las casas lisboetas que sobrevivieron al siglo XX con dignidad. El tipo de hotel que alguien había elegido con criterio, no solo con presupuesto.

Habían reservado habitaciones en la misma planta. Daniela lo supo cuando el recepcionista les dio las llaves y los números eran consecutivos.

Cuarta planta. Habitación 412 y 413.

Subieron en el ascensor. Pasillo estrecho con suelo de madera. Diego abrió la 412, Daniela la 413.

—La cumbre empieza a las tres —dijo Diego antes de entrar.— Comemos a la una y media en el restaurante del hotel.

—Estaré.

Diego asintió. Entró. La puerta cerró.

Daniela entró en la 413.

Era una habitación buena: ventana grande con vista a los tejados del Chiado y el Tajo al fondo, azul y ancho en la distancia.

La cama grande con ropa blanca. Un escritorio junto a la ventana donde ya podía imaginar trabajando a las once de la noche cuando la cumbre terminara y todavía quedaran correos.

Se quedó junto a la ventana un momento.

Lisboa desde arriba. Los tejados naranjas, las calles empedradas, el agua al fondo. La sensación de estar en otro sitio que no era el edificio de diecisiete plantas ni la sala de juntas ni el ascensor de la séptima planta.

Aquí no había arquitectura de trabajo entre ellos.

Solo el pasillo y dos puertas contiguas y dos días por delante.

Daniela dejó la maleta, se lavó la cara, y bajó a trabajar en el restaurante del hotel hasta la una y media.

La comida fue con tres personas más: Rodrigo, que había llegado en un vuelo anterior, y dos directores de otras empresas del sector que conocían a Diego de hace años.

La conversación fue de trabajo, que era la única conversación que existía en estos contextos, y Daniela participó con la eficiencia de siempre.

Pero algo era diferente.

Diego hablaba más. No mucho más, no de forma que alguien que no lo conociera lo notara.

Pero Daniela lo conocía y lo notó: más presente en la conversación, más dispuesto a seguir un hilo más allá de lo estrictamente necesario.

Como si el contexto nuevo, fuera del edificio y de Madrid y de la estructura de la empresa, le quitara algo de peso que cargaba sin saberlo.

O sabiéndolo.

En un momento en que Rodrigo y los otros dos directores derivaron hacia una conversación técnica sobre regulación europea, Diego se giró levemente hacia Daniela.

—¿Qué piensas de Almeida? —dijo en voz baja. El director portugués que había presentado antes de comer.

—Inteligente. Demasiado cauto para el momento del sector. —Daniela bebió agua.— Bueno para alianzas a largo plazo, no para movimientos rápidos.

Diego la miró.

—Exactamente lo que yo pensaba.

—¿Y por qué me lo preguntas si ya lo pensabas?

Una pausa. La comisura de su boca.

—Para ver si coincidíamos.

Daniela lo miró.

—¿Y si no hubiéramos coincidido?

—Me habría interesado más todavía tu respuesta.

Rodrigo los miró un segundo desde el otro lado de la mesa, con la expresión neutra de quien ve algo y decide no haberlo visto, que era exactamente lo mismo que hacía Marta y que Daniela empezaba a reconocer como la reacción que producían ella y Diego en la gente que los conocía.

La cumbre ocupó la tarde y parte de la noche. Ponencias, mesas redondas, el networking que nadie llamaba networking pero que era exactamente eso. Daniela gestionó tres conversaciones paralelas sobre comunicación sectorial, intercambió tarjetas, tomó notas.

Diego estuvo en otro circuito casi todo el tiempo: el de los CEOs, las conversaciones que se tienen de pie con una copa y que valen más que cualquier ponencia.

Daniela lo veía de lejos en momentos dispersos, hablando con alguien, escuchando a otro, con la postura que tenía cuando estaba en terreno conocido y no necesitaba gastar energía en parecer cómodo porque lo estaba.

A las nueve y media la cumbre se disolvió en cenas separadas. Rodrigo se fue con el grupo de los directores técnicos. Daniela declinó dos invitaciones con cortesía y se dirigió hacia el ascensor.

—Daniela.

Diego, detrás de ella.

Se giró.

—Hay un sitio aquí cerca —dijo él—. Buena comida. Sin networking.

Era una frase simple. Dicha con el tono de siempre, neutro y directo.

No era una frase simple.

—¿Has comido algo desde la una y media? —preguntó Daniela.

—No.

—Yo tampoco. —Una pausa.— ¿A qué distancia?

—Diez minutos andando.

Daniela cogió su chaqueta del respaldo de la silla más cercana.

—Vamos.

Lisboa de noche era otra ciudad.

Las calles del Chiado con la luz cálida de los restaurantes y las tiendas cerradas, el sonido del fado saliendo de algún sitio que no veían, el empedrado bajo los pies. Diez minutos andando que ninguno de los dos contó porque no había razón para contarlos.

Caminaron juntos con la naturalidad de dos personas que han aprendido el ritmo del otro sin haberlo practicado. Diego no llenó el silencio. Daniela tampoco. La ciudad lo hacía por ellos.

El restaurante era pequeño y no tenía nombre visible en la puerta, que era siempre buena señal. Una mujer mayor los sentó en una mesa del fondo con la eficiencia de quien ha sentado a mucha gente en muchos años. Carta corta en portugués. Vino de la casa que llegó sin que lo pidieran.

Daniela miró la carta.

—¿Vienes aquí cuando estás en Lisboa? —preguntó.

—Cuando puedo. —Diego dejó la carta.— Lo encontré la primera vez que vine, hace doce años. Todavía está igual.

—¿Eso es bueno?

—Depende de qué busques. —Una pausa.— Yo busco que esté igual.

Daniela lo miró. Diego tenía los ojos en la carta pero de esa manera suya que no era leer sino pensar.

—¿Por qué? —dijo ella.

—Porque hay pocas cosas que lo estén.

Era una respuesta simple y no lo era. Daniela la guardó en el mismo sitio donde guardaba las respuestas de Diego que necesitaban tiempo.

Pidieron. El camarero, un hombre joven que trató a Diego como si lo conociera aunque probablemente no lo conociera, se llevó las cartas.

—La cumbre —dijo Diego.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Útil?

—Tres contactos buenos. Uno muy bueno. —Daniela cogió su copa.— La directora de comunicación de Ferrovial. Lleva el sector desde dentro y tiene una perspectiva sobre la regulación europea que nos sería útil conocer mejor.

—Habla con ella.

—Lo haré mañana. —Daniela bebió.— ¿Y para ti?

Diego consideró.

—Almeida, como dijiste. Y un fondo de inversión alemán que lleva meses mirando el sector en España. —Una pausa.— Conveniente que estén aquí.

—¿Lo sabías antes de venir?

—Lo supuse.

—¿Por eso viniste?

Diego la miró.

—Una de las razones.

Daniela sostuvo su mirada. Una de las razones. La frase tenía el mismo peso que todavía de la semana anterior, la misma cualidad de decir más de lo que decía sin poder ser rebatida porque era exacta.

La comida llegó y los salvó de lo que hubiera venido después.