El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Carmen hizo una pausa de medio segundo en el umbral. La luz del pasillo le dibujaba la silueta.

—El señor Monreal ha preguntado por el calendario de reuniones de la semana que viene.

—Que lo coordine con Rodrigo.

—Sí. —Otra pausa, más deliberada—. También ha preguntado quién lleva comunicación.

Diego levantó la vista de la pantalla. La luz azulada le marcaba las ojeras.

Carmen lo miraba con la expresión serena de quien lleva veinte años siendo los ojos y los oídos de un despacho y ha aprendido exactamente qué información dar… y cuándo.

—Le he dicho que Daniela Sánchez —dijo Carmen, con voz neutra—. Y que tiene la agenda muy ocupada las próximas semanas.

Diego la miró tres segundos. El músculo de la sien volvió a tensarse.

—Bien —dijo. La palabra salió más baja de lo necesario.

Carmen asintió una sola vez y cerró la puerta con su discreción habitual. El clic resonó en el silencio.

Diego volvió a la pantalla.

Las cifras ya no tenían el mismo peso.

Trabajó hasta las nueve.

Y cuando apagó el ordenador, el eco de esa sonrisa de Monreal seguía ahí, molesto e innombrable.

El lunes siguiente Daniela llegó a la reunión de dirección y encontró a Monreal sentado en la silla que había estado vacía las últimas semanas, a la derecha de Rodrigo.

El aire de la sala olía a café recién hecho y a la lluvia que todavía goteaba de los abrigos. Diego estaba en la cabecera. La miró cuando ella entró: el inventario de siempre —el pelo recogido, los folios, la forma en que se sentaba—, y volvió a sus papeles demasiado rápido.

La reunión empezó. Monreal participó con la fluidez de alguien que lleva semanas en una empresa aunque solo llevara días: tenía la información, la había preparado, sabía cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Era bueno. Daniela lo reconoció sin que le gustara especialmente reconocerlo.

Su voz llenaba el espacio con una seguridad que le resultó innecesariamente cercana.

Cuando llegó el turno de comunicación, Daniela presentó el plan para el cuarto trimestre: la entrevista de El País Negocios en enero, la estrategia de medios para la integración de Solano, tres acciones de comunicación interna que el equipo había desarrollado solo y que eran mejores de lo que esperaba.

Su voz sonó firme. El bolígrafo entre los dedos le daba un ancla.

Monreal hizo una pregunta al final. La silla crujió ligeramente al inclinarse hacia delante.

—Para la comunicación de la integración de Solano, ¿habéis pensado en comunicación con la comunidad local en Sevilla? Los empleados de Solano van a necesitar mensajes específicos.

Era una buena pregunta. Daniela lo reconoció también. Sintió la mirada de Diego en el lateral de su cara, aunque no la buscó.

—Está en el plan del segundo trimestre —dijo—. Primero consolidamos la comunicación externa nacional y luego bajamos al nivel local con mensajes adaptados.

—¿No sería más eficiente hacerlo simultáneo?

—Más eficiente a corto plazo, menos efectivo a largo. Si los empleados de Solano reciben mensajes antes de que la integración tenga una narrativa consolidada, generamos confusión. —Una pausa. El silencio de la sala se volvió más denso—. La secuencia importa.

Monreal asintió lentamente, con la expresión de quien recibe una respuesta que no esperaba y decide qué hacer con ella. Una media sonrisa.

—Tiene sentido —dijo.

Diego no había dicho nada durante todo el intercambio. Daniela lo notó porque siempre notaba cuando Diego no decía nada: era diferente a no notar cuando otras personas callaban. Era una ausencia activa, una atención contenida que pesaba más que cualquier intervención.

Cuando la reunión terminó y la gente salió —el roce de sillas, las conversaciones bajas, el olor a café frío—, Diego se levantó el último, como siempre. El sonido de su silla al apartarse fue el último en la sala.

Daniela recogía sus papeles cuando lo oyó detenerse junto a su silla. Apenas un metro. El aire cambió.

—La pregunta de Monreal —dijo Diego en voz baja, demasiado baja para que nadie en el pasillo lo oyera aunque el pasillo ya estaba vacío—. La respuesta era correcta.

Daniela levantó la vista. Él estaba de pie, la carpeta bajo el brazo, la corbata del lunes todavía perfecta. La luz gris de la mañana le marcaba la línea de la mandíbula.

—Ya lo sé —dijo ella. La voz le salió más baja de lo que pretendía.

—Ya lo sé que lo sabes. —Una pausa brevísima. El silencio entre ellos se estiró—. Lo digo de todas formas.

Daniela lo miró.

Diego la miraba con esa expresión nueva que tenía desde hacía semanas: la que no era la de las reuniones ni la de las sesiones de preparación, sino algo intermedio. Algo que solo existía en los espacios entre una cosa y otra. En los pasillos vacíos. En los segundos de más.

El corazón le latía demasiado alto en la garganta.

—Diego —dijo Daniela.

—Daniela.

El pasillo vacío. La sala vacía. Los dos de pie con un metro de distancia que de pronto parecía mucho menos. El olor limpio de su colonia. El leve calor que desprendía su cuerpo. La semana entera por delante, pesando entre ellos.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Daniela. No con suavidad. Con la misma directez con que hacía todo: mirándolo a los ojos, sin bajar la voz, sin convertirlo en pregunta retórica. La palabra quedó suspendida en el aire.

Diego no respondió de inmediato. Un músculo se movió en su sien. Cuando habló, lo hizo despacio, con la precisión de alguien que ha pensado la respuesta pero no está del todo seguro de que sea la correcta.

—No lo sé —dijo—. Todavía.

Todavía.

Daniela procesó esa palabra. El peso específico de ella. No un “no lo sé” cerrado, sino un “todavía” que abría una puerta. Que implicaba un después. Una dirección. Algo que todavía no tenía forma… pero que ya no era nada.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Más peligroso.

—Bien —dijo Daniela. La voz le salió casi un susurro.

Recogió el último papel con dedos que le temblaban un poco. Salió de la sala sin mirarlo otra vez.

En el ascensor, bajando a la quinta planta, se apoyó ligeramente contra la pared de metal frío. El corazón todavía le latía demasiado rápido. Pensó que “todavía” era la palabra más honesta que Diego le había dicho hasta ahora.

Y que era suficiente para que todo lo que había estado intentando ignorar —el roce de las manos, el coche a medianoche, la tarjeta de visita, el presente continuo de *estoy aprendiendo*— dejara de poder ignorarse solo.

El ascensor llegó a la quinta.

Las puertas se abrieron.

Daniela salió con el pulso todavía alterado y la certeza incómoda de que la línea, sin que ninguno de los dos la hubiera movido del todo, ya no estaba donde había estado la semana anterior.