Capítulo 11
El artículo de Expansión salió el jueves.
Cuatro páginas. Foto de Diego en el despacho con Madrid al fondo, la corbata azul marino, la expresión que Daniela había aprendido a leer y que en la fotografía parecía solo seguridad. El titular: Diego Santaolalla: construir sin atajos en un sector que los normaliza.
Era bueno. Mejor que bueno.
Daniela lo leyó dos veces en su despacho antes de que llegaran los primeros correos del equipo. Luego lo leyó una tercera vez buscando los momentos de las sesiones de preparación, las respuestas que habían construido juntos, las versiones reales debajo de las versiones editadas.
Aprender a estar presente es tan importante como construir algo que dure.
Tomás lo había usado como cierre del artículo. Daniela no se sorprendió. Era la mejor frase de la entrevista y un periodista bueno siempre sabe cuál es la mejor frase.
A las nueve y cuarto le llegó un correo de Diego.
Sin asunto. Una línea:
Buen trabajo.
Daniela lo leyó. Pensó en responder. Cerró el correo sin hacerlo y se preguntó cuándo había empezado a necesitar más de tres palabras de él para que la cosa tuviera suficiente peso.
La respuesta era incómoda así que no la terminó.
Los correos llegaron durante toda la mañana.
Otros medios que querían entrevistas. Tres empresas del sector con mensajes de felicitación que eran en realidad tanteos para ver si Santaolalla Group estaba abierto a conversaciones.
Un periodista de un medio económico alemán que preguntaba por la operación Solano con más detalle del que debería tener.
Daniela gestionó todo antes de mediodía. El periodista alemán era el único que requería atención real: alguien le había filtrado información sobre la operación y la pregunta era quién y cuánto sabía.
Subió a la séptima a la una.
Diego estaba al teléfono cuando entró, como tantas otras veces. Levantó el dedo: un momento. Daniela dejó el printout del correo del periodista alemán sobre la mesa y se quedó de pie junto a la ventana.
Madrid despejado por fin, el sol de noviembre que duraba poco y valía mucho. La ciudad desde arriba tenía el aspecto de algo que podía entenderse si se miraba con suficiente distancia.
Diego colgó.
Cogió el papel. Lo leyó.
—¿Cuánto sabe? —dijo.
—Más de lo que debería. Los números de la concesión eólica son correctos, lo que significa que tiene acceso a documentos internos o a alguien que los ha visto.
—Andrés Solano.
—Mi primera hipótesis también. —Daniela se apartó de la ventana.— Pero Andrés firmó un acuerdo de confidencialidad. Si filtró esto, tenemos base legal.
—Salas lo revisará hoy.
—Bien. Mientras tanto, al periodista no le respondemos. El silencio en este caso es mejor que cualquier cosa que digamos.
Diego la miró.
—¿Seguro?
—Si respondemos confirmamos que hay algo que responder. Si callamos, tiene un rumor sin fuente verificable. Ningún medio serio publica eso solo.
Diego consideró.
—De acuerdo.
Daniela recogió el papel de la mesa. Sus dedos rozaron el borde donde Diego había dejado los suyos un segundo antes. No lo miró.
—Hay algo más —dijo.
Diego esperó.
—El artículo ha generado tres solicitudes de entrevista nuevas. Dos nacionales, una internacional. —Daniela sacó su bloc.— Mi recomendación es aceptar una de las nacionales en el primer trimestre del año próximo. Que no parezca que reaccionamos al artículo sino que tenemos una estrategia.
—¿Cuál de las dos nacionales?
—El País Negocios. Mayor alcance, perfil diferente al de Expansión. Llegas a otro tipo de lector.
Diego asintió.
—Organízalo.
—Lo haré después de las fiestas. —Daniela cerró el bloc.— Que es también cuando deberías tomarte unos días.
Diego la miró.
—Ya hemos tenido esta conversación.
—Y la seguiremos teniendo hasta que la respuesta cambie.
El músculo cerca de la sien. Pero también, Daniela lo vio, algo que no era exactamente irritación. Algo más parecido a lo que aparecía cuando le decía una verdad que no quería oír pero que no podía rebatir.
—Daniela.
—Diego.
Los dos al mismo tiempo. Los dos callaron.
Diego hizo un gesto mínimo con la mano: tú primero.
—Nada —dijo Daniela—. Ya está todo.
Diego la miró un segundo más de lo necesario.
—Yo tampoco tenía nada.
Daniela recogió su bloc y salió antes de que el silencio ganara demasiado peso.
El jueves por la tarde llegó Víctor Monreal.
Daniela lo supo porque Carmen se lo mencionó de pasada, con la neutralidad que usaba para las cosas que no eran neutrales en absoluto.
—El señor Monreal estará en la empresa los próximos días. Consultor externo para la integración de Solano.
—¿Cuántos días?
—Dos semanas, posiblemente tres.
Daniela procesó eso.
—¿Lo contrata el consejo o Diego?
Carmen la miró.
—El consejo.
Daniela asintió y no preguntó más porque había cosas que se entendían mejor sin preguntar.
Conoció a Víctor Monreal el viernes a las doce en la sala de reuniones de la séptima planta, donde había una reunión de integración a la que Daniela asistía por la parte de comunicación externa.
Cuarenta años, bien parecido con la facilidad de quien lleva años sabiendo que lo es, traje caro y la sonrisa rápida de alguien que ha aprendido que la primera impresión es una herramienta.
Habló durante veinte minutos sobre la integración de Solano con la fluidez de quien conoce bien el tema y también la diferencia entre conocer un tema y proyectar que lo conoce.
Daniela tomó notas y lo calibró con la misma eficiencia con que calibraba todo.
Inteligente. Ambicioso. Acostumbrado a que le abrieran puertas.
Cuando la reunión terminó y la gente se dispersó, Monreal se acercó a ella.
—Daniela Sánchez. —Dijo su nombre como si ya lo conociera, que probablemente era porque lo conocía.— El artículo de Expansión fue un buen trabajo.
—Gracias.
—¿Llevas mucho en la empresa?
—Un mes.
Monreal levantó una ceja con la expresión de quien recibe más información de la esperada.
—¿Solo un mes? Impresionante para el tiempo que llevas.
Era un cumplido. También era un tanteo. Daniela lo recibió con la sonrisa profesional que tenía para esas situaciones.
—El equipo es bueno —dijo.
—La dirección también, según parece. —Monreal miró hacia el otro lado de la sala donde Diego hablaba con Rodrigo.— ¿Cómo es trabajar con él?
Daniela miró a Monreal.
—Eficiente —dijo. La misma palabra que le había dado a Tomás sobre la empresa. No por casualidad.
Monreal sonrió.
—Diplomática.
—Profesional.
Monreal la miró con una atención que era diferente a la de la reunión, más personal, el tipo de atención que Daniela reconocía y sabía manejar sin dificultad.
—¿Comes hoy? —dijo.
—Tengo trabajo.
—Mañana entonces.
—También.
Monreal no parecía especialmente desanimado, que era una de esas características de cierto tipo de hombre que Daniela encontraba simultáneamente predecible y agotadora.
—La semana que viene —dijo él.
—Veré cómo tengo la agenda.
Monreal sonrió otra vez y se fue a hablar con Rodrigo.
Daniela recogió sus cosas. Cuando levantó la vista, Diego estaba mirando desde el otro lado de la sala.
No a Monreal. A ella.
La expresión no era la de siempre. Era más cerrada, más quieta, con algo en el fondo que Daniela no supo nombrar del todo porque duró muy poco: un segundo, dos, antes de que Diego volviera a Rodrigo y la conversación.
Daniela salió de la sala.
En el pasillo, sola, se permitió un momento de honestidad consigo misma.
Diego Santaolalla acababa de mirarla de una manera que no era profesional.
Y ella lo había notado de una manera que tampoco lo era.
Diego había visto a Monreal acercarse a ella antes de que la reunión terminara del todo.
Desde el otro lado de la sala de cristal, entre el murmullo de las últimas conversaciones y el roce de sillas, había seguido el intercambio sin poder oír una sola palabra.
Solo la postura. La inclinación demasiado cercana de Monreal.
La sonrisa que Diego conocía de otras reuniones, esa que tenía un uso específico y que nunca era solo profesional.
Había sentido algo.
Un calor seco y molesto en el pecho. Una tensión que le subió por la mandíbula hasta el músculo de la sien.
No lo nombró. Nombrar las cosas implicaba gestionarlas, y Diego tenía demasiado con lo que ya estaba gestionando: Solano, los plazos, el consejo, la forma en que Daniela Sánchez ocupaba demasiado espacio en su cabeza desde hacía semanas.
Pero estaba ahí. Concreto. Irritante. Mientras Rodrigo le hablaba de los plazos de integración y él asentía en los momentos correctos sin escuchar del todo, el eco de esa sonrisa seguía ahí, como un ruido de fondo que no conseguía apagar.
Monreal era bueno en su trabajo. Diego lo había propuesto él mismo al consejo hacía seis meses para un proyecto diferente, antes de que Daniela existiera como factor en ninguna ecuación.
Ahora era un factor.
Eso era irracional. Diego lo sabía con la misma claridad con la que sabía leer un balance.
Daniela era libre de comer con quien quisiera, de hablar con quien quisiera, de construir su vida profesional y personal con absoluta independencia de lo que Diego Santaolalla sintiera en el otro lado de una sala de reuniones.
Lo sabía.
No le ayudó especialmente.
Cuando la reunión terminó y Daniela salió al pasillo —el sonido de sus pasos sobre la moqueta, el leve balanceo de su bolso—, Diego terminó su conversación con Rodrigo en menos tiempo del habitual. La voz le salió más corta.
No bajó a la quinta planta.
Fue a su despacho. Cerró la puerta con un clic demasiado preciso.
El silencio del despacho le cayó encima como un peso familiar.
Trabajó hasta las ocho de la noche con la concentración específica de alguien que usa el trabajo como lo que es: el único sitio donde todo tiene una respuesta correcta y el coste de equivocarse es calculable.
Las cifras en la pantalla. El cursor parpadeando.
El olor a café frío y a la lluvia que seguía golpeando los cristales.
A las ocho, Carmen llamó a la puerta.
—¿Necesita algo antes de que me vaya?
—No. Buenas noches, Carmen.