El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

El martes llegó con niebla baja y el periodista de Expansión diez minutos antes de lo acordado.

Se llamaba Tomás Vega. Cincuenta y tantos, corbata aflojada, la clase de hombre que ha hecho suficientes entrevistas para saber que la preparación del entrevistado no le dice nada sobre el entrevistado. Lo que le dice es cómo reacciona cuando la preparación no alcanza.

Daniela lo recibió en la antesala de la séptima planta y lo calibró en treinta segundos: inteligente, paciente, con el tipo de curiosidad que no se apaga con respuestas fáciles. Iba a hacer las preguntas difíciles. No porque fuera agresivo sino porque era bueno.

—Gracias por venir —dijo Daniela.

—Gracias por la invitación. —Tomás miró la antesala, la moqueta, el silencio ordenado de la planta.— ¿Cómo es trabajar aquí?

Era una pregunta de calentamiento. También era información.

—Eficiente —dijo Daniela.

Tomás sonrió.

Diego llegó a las diez en punto.

Traje azul marino, la corbata que Daniela le había dicho que usara porque transmitía autoridad sin distancia. Se la había dicho por correo el lunes. Él no había respondido al correo pero llevaba la corbata.

Saludó a Tomás con el apretón de manos breve y la mirada directa. Daniela los observó desde el lateral de la sala: la postura de Diego, los hombros, la mandíbula. Controlado pero no rígido. Bien.

Se sentaron. Diego y Tomás frente a frente, la grabadora sobre la mesa. Daniela a un lado, fuera del ángulo de la cámara que Tomás había pedido para el retrato, con su bloc y la lista de preguntas preparadas que esperaba que Tomás siguiera y sospechaba que no seguiría del todo.

Tomás empezó con las fáciles. Veinte años de empresa, el sector, los proyectos en marcha. Diego respondió bien: directo, sin rodeos, con la confianza tranquila de alguien que conoce su campo. Daniela tomaba notas aunque no necesitaba tomarlas. Era algo que hacer con las manos.

Luego Tomás cambió el ángulo.

—Santaolalla Group tiene fama de ser una empresa difícil. —Lo dijo con la neutralidad de quien presenta un dato, no una acusación.— Exigente con proveedores, dura en las negociaciones. ¿Lo reconoce?

Daniela dejó de escribir.

Diego no miró hacia ella. Respondió directamente.

—Somos exigentes con los estándares. Eso a veces se interpreta como dureza. —Una pausa.— Prefiero que me llamen difícil a que me llamen negligente.

Bien. Exactamente lo que habían ensayado.

Tomás asintió y anotó algo. Luego:

—¿Y con las personas? ¿Es igual de exigente?

Diego la miró. Un segundo, solo uno, antes de volver a Tomás.

Daniela no supo si Tomás lo captó. Supo que ella sí.

—Con las personas soy exigente en lo que puedo pedir —dijo Diego— y flexible en cómo se hace. El resultado importa. El camino lo elige cada uno.

—¿Eso siempre ha sido así?

Una pausa.

—No. —Diego dejó pasar un segundo.— He aprendido que controlar el proceso además del resultado es ineficiente y agotador para todos.

Tomás levantó la vista de su bloc.

—¿Cuándo lo aprendió?

Diego no respondió de inmediato. La pausa duró lo suficiente para que Daniela contuviera el aliento sin querer.

—Hace poco —dijo Diego.

La entrevista duró noventa minutos.

Tomás hizo las preguntas difíciles, como Daniela había previsto.

La operación Solano: Diego respondió con la versión preparada, limpia, sin fisuras.

La competencia: directo y sin ataques, que era más inteligente que cualquier cosa que pudiera haber dicho sobre ellos.

El futuro del sector: aquí fue donde Diego estuvo mejor, donde la confianza tranquila se volvió algo más, algo que Tomás recibió inclinándose levemente hacia delante en su silla.

Daniela lo observó todo desde el lateral.

Observó a Diego encontrar el ritmo a partir de la tercera pregunta.

Observó el momento en que dejó de gestionar la entrevista y empezó a estar en ella, la diferencia sutil entre contestar y hablar.

Observó la forma en que Tomás lo notó también y ajustó sus preguntas en consecuencia, más personales, más directas, porque cuando un entrevistado se abre un periodista bueno lo sigue.

Al final, Tomás cerró su bloc.

—Una última. —Miró a Diego con la expresión de quien guarda algo para el final porque sabe que al final la guardia baja.— ¿Qué le diría al Diego Santaolalla de veintiocho años que pedía ese crédito?

Daniela no respiró.

Diego no la miró. Miró a Tomás con la calma de siempre y con algo debajo que Daniela reconoció porque era el mismo algo de las sesiones de preparación, el momento en que bajaba una capa y quedaba algo más real y más difícil de proteger.

—Que valía la pena —dijo—. Y que aprender a estar presente es tan importante como construir algo que dure.

Tomás escribió. Despacio.

—Perfecto —dijo.

Cuando Tomás se fue, la sala quedó en silencio.

Diego estaba todavía en su silla, con la corbata ligeramente aflojada, mirando la mesa. Daniela recogía sus cosas en el lateral, los folios, el bloc, el bolígrafo.

—Bien —dijo ella.

Diego levantó la vista.

—¿Bien?

—Muy bien. —Daniela cerró el bloc.— La última respuesta especialmente.

—No estaba en el guión.

—No. —Lo miró.— Era mejor así.

Diego la miraba con esa expresión de las sesiones de preparación, la del despacho a las cinco de la tarde cuando la distancia construida se hacía más fina. Pero esta vez estaban los dos de pie en el espacio abierto de la sala sin mesa entre ellos y la diferencia era notable.

—Aprender a estar presente —dijo Daniela, despacio, como si probara el peso de las palabras.— ¿Lo pensabas o lo dijiste porque sonaba bien?

—Lo pensaba.

—¿Desde cuándo?

Diego la miró durante tres segundos. Cuatro.

—Desde hace poco —dijo.

La misma respuesta que le había dado a Tomás sobre cuándo había aprendido a no controlar el proceso. Daniela lo había oído entonces y lo había archivado. Ahora lo tenía delante, dicho directamente a ella, y no había ningún archivo donde meterlo que funcionara.

—Diego. —Se oyó decir su nombre sin haber decidido decirlo.

—Daniela.

El silencio que siguió tenía un peso diferente a todos los anteriores.

No el silencio de la sala de juntas ni el del ascensor ni el del coche a medianoche.

Uno nuevo, más quieto y más cargado, el tipo de silencio que existe justo antes de que algo cambie o justo antes de que alguien decida que no va a cambiar.

El teléfono de Diego vibró sobre la mesa.

Los dos lo miraron.

Diego lo cogió. Leyó la pantalla. Algo en su mandíbula.

—Rodrigo —dijo—. Tengo que coger esto.

—Claro.

Daniela recogió el último folio. Diego ya tenía el teléfono en la oreja cuando ella llegó a la puerta.

—Dígame. —Su voz, el tono de trabajo, la versión de él que existía cuando había algo concreto que resolver.

Daniela salió sin que él la viera irse.

En el ascensor, bajando, Daniela miró su reflejo en las puertas metálicas.

Pelo recogido. El traje gris de los martes importantes. Los pendientes pequeños. La misma persona que había entrado en este edificio hace un mes con una carpeta y la decisión firme de no complicarse.

Aprender a estar presente.

Lo había dicho mirándola. No a ella, técnicamente, había mirado a Tomás. Pero Daniela llevaba semanas aprendiendo a leer lo que Diego no decía directamente y esto no era difícil de leer.

El ascensor se detuvo en la quinta.

Daniela no salió de inmediato.

Pensó en los cuatro CEOs anteriores. En los dos años de agencia donde había aprendido a leer a la gente como se leen los contratos: buscando lo que no está escrito. En la decisión de no quedarse en ningún sitio demasiado tiempo porque quedarse era el principio de algo que asustaba.

Pensó en Diego a las siete y media de un viernes, parado en el umbral de su despacho, sin razón profesional para estar ahí.

En la tarjeta de visita que todavía tenía en el bolsillo interior de su chaqueta, guardada sin decidir guardarla.

En es lo contrario de lo que me molesta dicho en un coche a medianoche con la ciudad vacía alrededor.

Las puertas empezaban a cerrarse.

Daniela salió.

Fue a su despacho, dejó el bloc sobre la mesa, y se quedó de pie junto a la ventana mirando Madrid gris de noviembre.

Había un nombre para lo que estaba pasando. Lo había tenido desde hacía días, quizás desde la primera semana, quizás desde el primer lunes en la sala de juntas cuando Diego la había mirado como si fuera un problema que no había esperado encontrarse.

No lo había dicho porque nombrarlo lo hacía real y real lo hacía un problema con consecuencias.

Pero estaba ahí de todas formas, tuviera nombre o no.

Lo nombró. Solo para sí misma, en el silencio de su despacho con Madrid al fondo.

Luego se sentó, abrió el ordenador, y se puso a trabajar.

El nombre no desapareció.

Nunca lo hacen.

Lo que Daniela no supo fue esto:

En la séptima planta, cuando terminó la llamada con Rodrigo, Diego se quedó de pie en la sala vacía con el teléfono en la mano.

La grabadora de Tomás había dejado una marca rectangular en el polvo fino de la mesa. Diego la miró sin motivo concreto.

Aprender a estar presente.

Lo había dicho porque era verdad. Y era verdad desde hacía exactamente un mes, desde un lunes a las nueve de la mañana cuando una mujer de veintinueve años había entrado en su sala de juntas con una carpeta y no había bajado la voz cuando él la había interrumpido.

Diego no era un hombre que se engañara a sí mismo. Era una de las pocas virtudes que le reconocía a los once años pagando un crédito y al matrimonio que había fracasado en silencio: había aprendido a ver las cosas como eran aunque no le gustaran.

Lo que estaba pasando tenía un nombre.

Lo tenía desde hacía semanas, probablemente desde el viernes que la había visto trabajar a las siete y media con el pelo recogido de cualquier manera y los zapatos debajo de la mesa y el hummus abierto junto al teclado, y había sentido algo que no era solo interés profesional aunque hubiera podido llamarlo así durante un tiempo.

Ya no podía llamarlo así.

El problema no era el nombre. El problema era todo lo demás: la empresa, la diferencia de edad, el hecho de que él había aprendido tarde a estar presente y ella era exactamente la clase de persona que no esperaría a que alguien terminara de aprender.

Y el hecho de que si algo salía mal, y las cosas salían mal, el coste sería de ella. No de él. El mundo funcionaba así aunque no debiera.

Diego dejó el teléfono sobre la mesa.

Fue a la ventana.

Madrid gris, noviembre, la ciudad que no se detenía por nada.

Pensó en la forma en que Daniela había dicho su nombre esta mañana, solo su nombre, antes de que él respondiera con el suyo. La reciprocidad exacta de eso. Como si los dos hubieran llegado al mismo sitio por caminos paralelos y se hubieran encontrado en el punto medio sin haberlo planeado.

Pensó en el teléfono de Rodrigo vibrando en el momento exacto en que hubiera tenido que decir algo o no decir nada y las dos opciones habrían tenido consecuencias.

Pensó que el teléfono de Rodrigo había sido, posiblemente, la cosa más conveniente que había pasado en semanas.

O la más cobarde.

No estaba seguro de la diferencia todavía.

Cogió el teléfono. Abrió el calendario. Miró la semana.

No había ninguna razón profesional para bajar a la quinta planta esta tarde.

Cerró el calendario.

Se quedó en la séptima.