Capítulo 9
El viernes Daniela llegó a las ocho y no subió a la séptima planta en todo el día.
No había razón para hacerlo. El comunicado de Solano estaba listo.
Las sesiones de preparación habían terminado.
La entrevista de Expansión no se programaba hasta que cerrara la operación, que era en dos semanas.
No había ningún motivo profesional que justificara subir siete plantas y llamar a una puerta.
Se quedó en la quinta y trabajó.
Reunión con el equipo a las nueve. Revisión de la estrategia de medios para el cuarto trimestre a las once. Comida en su mesa con el ordenador abierto. Por la tarde, tres propuestas de colaboración con medios especializados que tenía pendientes desde la semana anterior.
A las seis, Carmen le mandó un correo con el calendario de la semana siguiente. Sin notas. Sin sesiones añadidas en la séptima planta.
Daniela lo leyó, confirmó las reuniones de dirección del lunes, y cerró el ordenador.
Normal. Todo completamente normal.
El fin de semana lo pasó trabajando y no pensando en el coche y en la calle vacía y en es lo contrario de lo que me molesta, que era fácil porque una cosa era verdad y la otra requería un esfuerzo activo que resultaba agotador después de un tiempo.
El sábado llamó a su madre.
Su madre vivía en Valladolid, trabajaba en la misma farmacia de siempre, y tenía la costumbre de preguntar cómo estaba Daniela con un tono que significaba cuéntame todo pero sin nunca exigirlo.
—Bien —dijo Daniela—. El trabajo va bien.
—¿Y lo demás?
—También.
—Qué vaga eres con lo demás.
—Herencia tuya.
Su madre se rió. Tenía una risa buena, de las que empezaban despacio y luego se abrían. Daniela la echaba de menos con una regularidad que intentaba no examinar demasiado.
—¿Estás comiendo?
—Sí.
—¿Durmiendo?
Pausa de medio segundo.
—Sí.
Su madre no dijo nada durante tres segundos, que era exactamente el tiempo que necesitaba para decidir si presionar o dejarlo pasar.
Lo dejó pasar.
Hablaron de otras cosas. La farmacia, una vecina, el frío de Valladolid que siempre llegaba antes que en Madrid. Daniela escuchó con la parte de sí misma que no estaba pensando en otra cosa y respondió con suficiente detalle para que su madre no notara la diferencia.
Colgaron a los cuarenta minutos.
Daniela se quedó con el teléfono en la mano pensando en lo que había dicho Diego sobre su matrimonio.
Vivir conmigo era como vivir con alguien que siempre estaba a punto de irse.
Y en lo que su madre nunca le había dicho en voz alta pero que Daniela había aprendido de pequeña, viendo cómo su padre llegaba tarde y se iba pronto y su madre sonreía de todas formas: que querer a alguien que no sabe quedarse te enseña a no quedarte tú tampoco.
Patrones, pensó.
Luego abrió el portátil y trabajó hasta las once.
El lunes Diego llegó a la reunión de dirección a las nueve en punto.
Miró a Daniela cuando entró, el inventario breve de siempre, y luego a sus papeles.
La reunión fue igual que todas las demás. Rodrigo con números. Fuentes con Valencia. Diego con preguntas precisas y respuestas más precisas todavía. Daniela presentó la estrategia de medios del cuarto trimestre en ocho minutos, respondió tres preguntas, y volvió a su sitio.
Diego no le pidió que se quedara después.
Daniela no esperó a que lo hiciera.
En el pasillo, camino del ascensor, Marta la alcanzó.
—Buen trabajo con los medios.
—Gracias.
Marta caminó un momento a su lado sin hablar, con esa forma suya de compartir el silencio como si fuera una conversación.
—Diego está con Solano esta semana —dijo al final—. Reuniones todos los días. No va a estar muy disponible.
—No necesito que esté disponible. No tengo nada urgente con él esta semana.
Marta la miró de reojo.
—Ya. —Una pausa.— Solo lo comentaba.
Y dobló hacia su despacho sin añadir nada más.
Daniela siguió hacia el ascensor.
Solo lo comentaba.
Marta llevaba dieciocho años con Diego. Sabía exactamente lo que comentaba y lo que no.
La semana pasó con la textura específica de las semanas en que uno trabaja mucho para no pensar demasiado.
Daniela reorganizó el archivo de comunicación, que llevaba dos años sin orden real.
Diseñó un protocolo de seguimiento de medios que el equipo podía gestionar sin ella.
Escribió un análisis de la competencia que nadie le había pedido pero que era útil y hacerlo le daba algo concreto donde poner la cabeza.
Diego estaba en la séptima. Daniela en la quinta. El edificio tenía diecisiete plantas entre medias aunque en la práctica fueran dos.
El miércoles le llegó un correo suyo a las siete de la tarde.
Sin asunto. Dos líneas:
Solano cierra el viernes. La entrevista de Expansión, la semana que viene. Confirme disponibilidad.
Daniela leyó el correo dos veces.
Respondió en treinta segundos:
Disponible toda la semana. Dígame cuándo.
La respuesta llegó a los cuatro minutos:
Martes. Diez de la mañana. Mi despacho.
Daniela guardó el correo en la carpeta de entrevistas.
Se quedó mirando la pantalla un momento.
Martes. Su despacho. Una semana de distancia.
Normal, se dijo. Completamente normal.
Lo era. Objetivamente lo era. Y aun así la semana de distancia tenía un peso específico que no debería tener si todo fuera tan normal como decía.
Cerró la carpeta. Siguió trabajando.
El jueves a las cinco Daniela estaba en la sala de reuniones de la quinta planta con su equipo cuando Carmen asomó la cabeza.
—Daniela. El señor Santaolalla pregunta si tienes un momento.
El equipo la miró. Daniela miró el reloj: llevaban cuarenta minutos y faltaban veinte para terminar.
—Dile que en media hora.
Carmen desapareció.
Veinte minutos después, cuando el equipo salió y Daniela estaba recogiendo, Carmen volvió.
—Dice que suba cuando puedas.
Daniela subió a las cinco y veinticinco.
Diego estaba de pie junto a la librería con un documento en la mano. No el despacho de siempre, no la mesa con los dos frente a frente. Estaba de lado, con la vista en el documento, y cuando Daniela entró levantó los ojos y los bajó otra vez antes de decir nada.
Era la primera vez que lo veía desde el lunes.
Cinco días. No era nada. No debería ser nada.
—El periodista de Expansión —dijo Diego sin preámbulo— quiere incluir una pregunta sobre la operación Solano. Cierra mañana pero quiere mencionarla en la entrevista.
—¿Cómo lo sabe?
—Me llamó esta mañana. Fuera de protocolo.
Daniela frunció el ceño.
—¿Te llamó directamente a ti?
—Tiene mi número desde hace años. Hicimos negocios antes de que él pasara a periodismo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que lo consultaría con comunicación.
Daniela lo miró. Diego le sostuvo la mirada con esa calma suya que esta semana tenía algo más cerrado, más construido, como si hubiera añadido una capa a la distancia habitual.
—Bien —dijo Daniela—. La pregunta sobre Solano puede ser útil si la manejamos bien. Operación cerrada, doscientos puestos en Valencia, expansión en renovables. Todo en la misma entrevista es una narrativa coherente de crecimiento.
—¿Y si va más allá de la pregunta preparada?
—No irá. —Daniela se acercó a la mesa, dejó su bloc.— Pero si lo hace, tienes la respuesta que ensayamos. Decisiones que cuestan algo en lo personal. Funciona para cualquier pregunta difícil.
Diego la miraba mientras ella hablaba. No al bloc, no a la mesa. A ella.
—¿Qué? —dijo Daniela.
—Nada. —Una pausa.— Continúa.
—No hay más que continuar. Es lo que te acabo de decir.
Diego dejó el documento sobre la mesa. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, y miró la ventana un momento.
—El viernes —dijo— cuando cierre Solano. Hay una comida con el equipo legal. Pequeña. —Pausa.— Ven.
Daniela procesó eso.
No era una orden. No tenía el tono de las instrucciones de reunión ni el peso de una convocatoria formal. Era algo en el medio, algo sin categoría exacta en el vocabulario que habían construido entre los dos.
—¿Es necesario que esté?
Diego la miró.
—No.
Daniela lo miró. Él sostuvo su mirada sin añadir nada más, sin el pero que habría hecho la frase más fácil de manejar.
Solo el no y el silencio después.
—A qué hora —dijo Daniela.
—Dos de la tarde. Aquí arriba, sala pequeña.
—Estaré.
Diego asintió. Cogió el documento de la mesa, señal de que la conversación había terminado. Daniela recogió su bloc.
Fue hacia la puerta.
—Daniela.
Una, dos, tres. Se giró.
Diego seguía junto a la mesa con el documento en la mano y la expresión de alguien que ha empezado una frase sin saber del todo cómo terminarla.
—El equipo de comunicación. —Una pausa.— Marta me dijo que han mejorado.
—Ya me lo dijiste el jueves pasado.
—Ya. —Otra pausa.— Lo digo otra vez.
Daniela lo miró tres segundos.
—Gracias, Diego.
Salió.
En el ascensor, bajando, pensó que Diego Santaolalla había encontrado una excusa para hacerla subir a su despacho cinco días después de la última vez que se habían visto, le había dicho algo que ya le había dicho, y había sido incapaz de dejarla irse sin decírselo de nuevo.
Para un hombre que no malgastaba las palabras, eso era mucho.
Demasiado, quizás.
O exactamente suficiente.
El viernes la comida de Solano fue en la sala pequeña de la séptima planta: Diego, Rodrigo, Salas el abogado, su adjunta, y Daniela.
La operación había cerrado a las once de la mañana. Andrés Solano había firmado a las doce menos cuarto con la expresión de alguien que ha perdido una guerra que él mismo había empezado. Sus hermanos habían firmado con alivio visible.
En la sala había una botella de vino bueno y comida de un restaurante cercano. Sin camareros. Sin formalidad. La clase de celebración que hace la gente que no celebra mucho.
Rodrigo sirvió el vino. Salas hizo un comentario sobre el proceso legal que era técnicamente un chiste y todos se rieron con la proporción exacta de cortesía y alivio genuino que produce el final de algo que ha costado.
Diego estaba a la cabecera. Daniela a tres sillas de distancia, entre Rodrigo y la adjunta de Salas.
Hablaron de Solano, del proceso, de los pasos siguientes. Diego habló poco, como siempre, pero cuando lo hizo todos escucharon, como siempre.
En un momento en que la conversación giró hacia la parte técnica de la integración de activos, Rodrigo se inclinó hacia Daniela.
—El comunicado de la semana pasada fue perfecto —dijo en voz baja—. Nadie preguntó nada que no quisiéramos responder.
—Era el objetivo.
—Diego estuvo tres días muy tranquilo después de que salió. —Rodrigo bebió.— Para él, eso es el equivalente a un aplauso largo.
Daniela sonrió.
Al otro lado de la mesa, Diego estaba escuchando a Salas. Pero algo en el ángulo de su cabeza, en la ligera orientación de sus hombros, sugería una atención dividida.
Marta entró a los postres, sin haber sido invitada o habiéndose invitado ella sola, que con Marta era difícil distinguir.
Se sentó en la silla libre junto a Diego, cogió una copa de vino con la naturalidad de quien lleva dieciocho años haciéndolo, y entró en la conversación sin que nadie lo cuestionara.
Diez minutos después, cuando Salas y su adjunta se levantaron para irse y Rodrigo los acompañó a la puerta, la sala quedó con tres personas: Diego, Marta, y Daniela.
Diego miraba su copa.
Marta miraba a Diego.
Daniela miraba la ventana.
—Bueno —dijo Marta con el tono de alguien que ha estado esperando un momento concreto—. Ha sido una buena semana.
—Sí —dijo Daniela.
—Para todos. —Marta miró a Diego.— ¿No?
Diego levantó la vista. Miró a Marta con la expresión de quien reconoce que le están tendiendo una trampa menor y ha decidido no caer en ella.
—Sí —dijo.
—La entrevista de Expansión el martes. —Marta cogió su copa.— ¿Estáis preparados?
—Daniela me ha preparado bien.
La frase era simple. Informativa. Pero Marta la recibió con una ligera elevación de ceja que Daniela captó y Diego, mirando su copa otra vez, no vio.
O fingió no ver.
—Estupendo. —Marta se levantó.— Os dejo. Tengo una llamada con Asturias.
Salió con su copa y la puerta cerrada suavemente detrás de ella, con la discreción específica de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo al salir.
La sala quedó en silencio.
Diego y Daniela solos, como tantas otras veces. Pero esta vez sin papeles encima de la mesa ni protocolo que preparar ni excusa profesional que sirviera de arquitectura.
Solo el vino y la luz de noviembre entrando por la ventana y la semana de distancia calculada entre los dos que de repente pesaba de una manera diferente.
—El martes —dijo Daniela.
—El martes —confirmó Diego.
Silencio.
—¿Estás nervioso? —preguntó Daniela.
Diego la miró.
—No.
—Mentira pequeña.
La comisura de su boca. El antecedente de sonrisa que Daniela ya conocía y que cada vez le costaba más ignorar.
—Nervioso no —dijo Diego—. Poco acostumbrado.
—¿A qué?
Diego la miró directamente, con esa mirada que no pedía permiso y que esta vez tenía algo más en el fondo, algo que llevaba ahí desde el jueves de la semana anterior y que ninguno de los dos había nombrado.
—A no controlar del todo lo que pasa —dijo.
Daniela sostuvo su mirada.
No dijo nada.
No hacía falta.