Capítulo 8 #2
Cuando levantó la vista, Diego estaba en la puerta con el abrigo puesto, hablando con Marta. O terminando de hablar: mientras Daniela miraba, Marta le dijo algo en voz baja, Diego asintió una sola vez, y Marta salió a la noche.
Diego se giró.
Los dos quedaron a tres metros el uno del otro en la entrada del restaurante. El ruido de la calle se filtraba por la puerta entreabierta: un taxi pasando, el viento, alguien riendo a lo lejos. El resto de los directores se diluía en la oscuridad.
—¿Tienes coche? —dijo Diego. La voz le salió baja, controlada.
—Metro.
Él miró hacia la calle. Once grados. Viento que movía el borde de su abrigo.
—Te llevo.
—No hace falta.
—No es por si hace falta.
Daniela lo miró.
Diego sostuvo su mirada con esa calma suya que no era indiferencia, sino todo lo contrario: la calma de alguien que ha decidido algo y espera. Sin presión. Sin suavizarlo.
No es por si hace falta.
Cinco palabras. El tipo de frase que en otro contexto, dicha por otro hombre, podría significar cualquier cosa. Dicha por Diego —que no malgastaba las palabras, que medía cada sílaba como medía un contrato— significaba exactamente lo que decía.
Daniela pensó en el metro. En los veintidós minutos hasta su parada. En el frío de once grados y el viento que ya le rozaba las piernas a través de la falda. Pensó en la mano que todavía le hormigueaba.
—Bien —dijo.
La palabra salió más baja de lo que pretendía.
El coche era oscuro y silencioso. Al cerrar la puerta, el ruido de la calle quedó fuera de golpe. El habitáculo olió al mismo aroma limpio de madera y jabón caro que Daniela había notado en el despacho sin poder clasificarlo del todo. Ahora lo tenía concentrado, cercano, imposible de ignorar.
Diego conducía como hacía todo lo demás: sin gestos innecesarios, con una atención tranquila al tráfico que no era tensión sino presencia. Las manos firmes sobre el volante. La luz de los semáforos le cruzaba la cara a intervalos.
Daniela le dio la dirección. Él la metió en el navegador sin comentarla. Solo un leve movimiento de cabeza.
Salieron del centro hacia el norte. Las calles de Madrid a medianoche estaban vacías e iluminadas, con el aspecto de una ciudad que se ha quedado sola consigo misma. Charcos que reflejaban los faroles. El motor apenas se oía.
Silencio durante cinco minutos.
No incómodo.
El tipo de silencio que solo existe entre personas que han aprendido que no necesitan llenarlo… y que, aun así, sienten cada segundo de él.
—Marta me ha dicho que el equipo de comunicación ha mejorado —dijo Diego por fin. La voz llenó el coche sin esfuerzo.
—Llevan dos semanas trabajando diferente. El talento siempre estuvo.
—¿Qué cambiaste?
—Les dejé equivocarse. —Daniela miró por la ventana. El cristal estaba frío contra su hombro—. El anterior director aprobaba todo antes de que saliera. Así no aprende nadie.
Diego procesó eso. Ella lo vio en la forma en que sus dedos se ajustaron ligeramente sobre el volante.
—¿Y si el error tiene consecuencias?
—Entonces lo gestionamos. Pero los errores pequeños en tiempo de calma evitan los grandes en tiempo de crisis.
Diego no respondió de inmediato. El intermitente sonó una vez, suave. Luego:
—Eso es lo contrario de cómo funciona esta empresa.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Y creo que debería cambiar. —Daniela lo miró de perfil. La línea de la mandíbula, la sombra bajo el pómulo, la mano izquierda firme sobre el volante—. Con matices. No en todo. Pero en comunicación, sí.
Diego tenía los ojos en la carretera. No dijo nada durante varios segundos. Solo el sonido del motor y el roce lejano de los neumáticos sobre el asfalto mojado.
—Cuatro semanas —dijo al final.
—¿Qué?
—Llevas cuatro semanas y ya me estás diciendo cómo debería funcionar la empresa.
No era una crítica. Daniela lo supo por el tono, que no tenía el filo de las reuniones sino algo más parecido a lo que había oído en las sesiones de preparación. La versión de Diego que existía cuando no había nadie más en la sala. La que bajaba la guardia un milímetro.
—¿Te molesta? —preguntó. La pregunta salió más vulnerable de lo que quería.
Una pausa. Larga.
—No —dijo Diego. Y luego, más despacio, como si midiera el peso exacto de cada palabra—: Es lo contrario de lo que me molesta.
Daniela procesó eso en silencio. El corazón le dio un vuelco lento y traicionero. Miró por la ventana otra vez porque mirarlo a él en ese momento era demasiado.
El navegador anunció su calle con voz neutra. Diego redujo la velocidad. Paró frente a su portal.
El coche quedó quieto. Motor todavía encendido. El habitáculo de pronto demasiado pequeño, demasiado cálido, demasiado lleno de él. La calle vacía. Los dos dentro. El espacio íntimo y peligroso de un coche a medianoche.
—Gracias —dijo Daniela. La voz le salió casi un susurro.
—Buenas noches.
No se movió.
Ella tampoco.
Un segundo.
Dos.
La mano en la manija de la puerta. La conciencia clara e incómoda de que había algo en ese coche —en el olor, en el silencio, en la forma en que él la miraba de reojo sin girar del todo la cabeza— que no era trabajo y no era solo cortesía.
Y que si no abría la puerta ahora mismo iba a ser mucho más difícil abrirla después.
Abrió la puerta. El frío de la noche le golpeó la cara de inmediato.
—Buenas noches, Diego.
Entró al portal sin mirar atrás. El click de la puerta del coche al cerrarse sonó demasiado definitivo a su espalda.
Subió las escaleras porque el ascensor de su edificio era lento y necesitaba moverse. Cada peldaño le devolvía el eco de sus propios pasos. El pasamanos estaba frío bajo la palma.
En su piso, se apoyó contra la puerta cerrada en la oscuridad del recibidor. La respiración le salía más rápida de lo normal. El silencio del piso era absoluto.
Tenía la mano derecha todavía cerrada. Los dedos doblados hacia la palma, exactamente como en la cena, como si guardaran algo que no quería soltar.
Los abrió despacio.
No había nada.
Solo la línea rosada donde los nudillos habían apretado demasiado fuerte. Un calor fantasma.
Encendió la luz. El resplandor le hizo entrecerrar los ojos.
Fue a la cocina. Bebió un vaso de agua de un trago. El cristal tembló un poco al dejarlo en el fregadero.
Es lo contrario de lo que me molesta.
Daniela se quedó mirando el vaso vacío. El grifo goteaba una vez, dos.
Luego fue a la cama y no intentó convencerse de nada.
Ya no había nada que convencer.
Solo había que ver qué hacía con eso.
Con el roce.
Con el coche.
Con cinco palabras dichas en voz baja a medianoche.
Y con el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, no quería que la noche terminara del todo.