El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

La semana siguiente trajo tres cosas: sol inesperado, el cierre inminente de Solano, y una cena de empresa que Daniela no sabía que existía hasta el miércoles por la mañana.

Carmen se lo dijo con la neutralidad de quien lleva años anunciando cosas inevitables.

—El jueves. Cena anual de directivos. Restaurante Lucio, nueve de la noche. Asistencia obligatoria para el comité de dirección y cargos equivalentes.

Daniela la miró.

—¿Cargo equivalente incluye directora de comunicación?

—Este año sí. —Carmen no añadió más, lo que significaba que la decisión había venido de algún sitio concreto y ese sitio no era el comité de organización.

Daniela no preguntó de dónde.

No necesitaba preguntarlo.

El jueves llegó con la clase de frío seco de Madrid que corta sin avisar.

Daniela se puso un vestido negro que tenía desde hacía tres años y que le había funcionado en cada situación que requería parecer más segura de lo que se sentía.

Pelo suelto. Pendientes pequeños. Los zapatos que dolían pero que hacían el trabajo.

Llegó al restaurante diez minutos antes de las nueve.

Era un sitio antiguo y bueno, con la iluminación cálida y baja de los lugares que no necesitan convencer a nadie de que son elegantes. El maître la llevó a una sala privada donde ya había ocho personas con copas en la mano y el volumen de conversación de gente que se conoce bien.

Rodrigo Peña la vio entrar y se acercó.

—Daniela. Bien que hayas venido.

—No era opcional, según Carmen.

Rodrigo sonrió. Era un hombre que sonreía con facilidad, lo opuesto al hombre que todavía no había llegado y cuya ausencia Daniela notó antes de confirmarla con los ojos.

—Diego llega tarde siempre a estas cosas —dijo Rodrigo, como si hubiera leído el inventario que ella estaba haciendo de la sala.— No le gustan.

—¿Las cenas de empresa?

—Las situaciones que no puede controlar del todo. —Rodrigo cogió dos copas de la bandeja de un camarero y le dio una.— Pero viene. Siempre viene.

Daniela bebió. El vino era bueno. Se concentró en eso.

Conoció a tres directores que había visto en reuniones pero con quienes no había hablado directamente: Fuentes, que en persona era más interesante que en las reuniones de los lunes; una mujer llamada Marta que llevaba la división de infraestructuras del norte y que la miró con la atención específica de alguien que ya ha oído hablar de ti; y un director financiero adjunto cuyo nombre Daniela olvidó en el momento en que lo dijo.

A las nueve y veinte llegó Diego.

Entró sin anunciarse, que era su manera de entrar a todos los sitios.

Traje oscuro, corbata que probablemente se había puesto en el coche porque no era de los que llevaban corbata en la oficina.

Saludó con la eficiencia de quien tiene el protocolo social aprendido aunque no le salga natural: apretón de manos a los hombres, dos palabras a cada uno, el contacto mínimo necesario para que nadie se sintiera ignorado.

Daniela estaba al fondo de la sala con Marta cuando lo vio entrar.

Diego hizo el recorrido de saludos. Llegó a Rodrigo. Rodrigo dijo algo en voz baja. Diego asintió.

Luego levantó la vista y la encontró.

Tres segundos. Cuatro.

Daniela sostuvo la mirada porque no había ninguna razón para no sostenerla y apartar los ojos habría sido peor, habría sido admitir que había algo que apartar.

Diego se movió en su dirección.

—Daniela.

—Diego.

Primera vez que lo llamaba por su nombre en voz alta, sin el señor Santaolalla de las primeras semanas que había ido cayendo solo, sin decisión consciente, a lo largo de los días.

Él lo notó. Daniela lo vio en la fracción de segundo antes de que su expresión volviera a ser la de siempre.

—Marta. —Diego saludó a la directora con dos palabras y la misma economía de siempre.— ¿Todo bien con Asturias?

—Mejor que bien —dijo Marta.— El puente va adelantado dos semanas.

—Bien.

Marta los miró a los dos con la atención tranquila de alguien que lleva años leyendo salas.

—Voy a por otra copa —dijo, y desapareció con la elegancia de quien sabe cuándo sobra.

Daniela y Diego quedaron solos en el rincón del fondo.

El ruido de la sala los envolvía sin incluirlos del todo.

—No sabía que venías —dijo Diego.

—Carmen dijo que era obligatorio.

—Para algunos cargos sí. —Una pausa.— Para el tuyo no era obligatorio hasta este año.

Daniela lo miró.

—¿Este año?

Diego sostuvo su mirada sin responder, que era su forma de confirmar cosas que no iba a decir en voz alta.

Daniela procesó eso. Lo guardó en el mismo sitio donde guardaba las cosas que necesitaban tiempo antes de poder ser analizadas con honestidad.

—¿No te gustan estas cenas? —preguntó.

Diego miró la sala. Los directores con sus copas, las conversaciones paralelas, el ruido cálido y controlado de gente que se conoce dentro de un contexto específico.

—Son necesarias —dijo.

—Eso no es lo que te pregunté.

Una pausa. El músculo cerca de la sien.

—No especialmente.

—¿Por qué vienes entonces?

—Porque son necesarias. —Y en su voz había algo que no era ironía del todo pero se le acercaba.

Daniela bebió un sorbo de vino para no sonreír.

Los sentaron juntos.

No era el plan de mesa original: Daniela lo supo porque vio la tarjetita con su nombre en el sitio junto a Rodrigo y luego la vio, sin que nadie lo explicara, junto a Diego en el extremo de la mesa.

Carmen no estaba en la cena. Pero la mano de Carmen estaba en todas partes.

Daniela se sentó. Diego se sentó a su derecha. Entre ellos, treinta centímetros de mantel blanco y la decisión tácita de los dos de no mencionar la redistribución de sitios.

La cena empezó. El ruido de la mesa se organizó en conversaciones paralelas.

Daniela habló con Marta, que estaba a su izquierda y que resultó ser la persona más directamente interesante que había conocido en la empresa.

Ingeniera de origen. Llevaba dieciocho años con Diego.

Lo conocía como Daniela todavía no podía conocerlo.

—¿Cómo va la integración? —preguntó Marta en un momento en que la conversación general subió de volumen y les dio una burbuja propia.

—Bien. Hay trabajo acumulado pero el equipo es bueno.

—El equipo de comunicación llevaba dos años sin dirección real. —Marta dijo esto sin crueldad, solo como dato.— El anterior director tenía miedo de Diego.

—¿Por qué?

—Porque Diego no tolera la mediocridad y él era mediocre. —Una pausa.— Tú no tienes ese problema.

Daniela la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevas tres semanas y ya le has llevado la contraria cuatro veces en reuniones de dirección. —Marta bebió.— Y él no te ha echado.

—¿Debería haberlo hecho?

—A los anteriores sí los echó. —Sin dramatismo.— Metafóricamente. Que conste.

Daniela procesó eso.

—¿Qué hace con la gente que no le lleva la contraria?

Marta la miró con una expresión que mezclaba diversión y algo más serio.

—Los aguanta. —Una pausa.— A los que le llevan la contraria con criterio los escucha. —Otro segundo.— A muy pocos los busca.

El significado de eso flotó entre las dos sin que ninguna lo nombrara.

A su derecha, Diego estaba hablando con Fuentes sobre el proyecto de Valencia.

Su voz llegaba en fragmentos, baja y constante, el tono de las reuniones pero sin la rigidez.

Más humano, quizás, con el vino y la iluminación cálida y el contexto que no era exactamente trabajo aunque tampoco era otra cosa.

Sin pensar, Daniela giró levemente hacia él.

Diego estaba mirándola.

No a Fuentes, que seguía hablando. A ella.

Duró un segundo. Menos. Diego volvió a Fuentes sin cambiar la expresión.

Daniela giró hacia Marta.

Marta miraba su copa con la concentración innecesaria de alguien que ha visto algo y ha decidido no haberlo visto.

Los postres llegaron con una conversación general sobre un proyecto en Málaga que Daniela no conocía todavía.

Hablaron cuatro personas a la vez. El volumen subió.

El aire del restaurante olía a vino tinto, a postre de chocolate y a la lluvia que se filtraba cada vez que alguien abría la puerta de la calle.

Diego alcanzó la jarra de agua al mismo tiempo que Daniela.

Sus manos se rozaron en el cuello de cristal.

Fue menos de un segundo. La temperatura del contacto: el dorso de la mano de él, más caliente de lo que ella esperaba, contra los dedos de ella. La textura de su piel. El leve roce de los nudillos. Y los dos soltando la jarra al mismo tiempo, como si quemara de verdad.

El cristal hizo un sonido suave al posarse de nuevo sobre la mesa.

Diego sirvió el agua sin decir nada. Su expresión no cambió. Solo la mandíbula se tensó un milímetro.

Daniela cogió su copa y bebió aunque no tenía sed. El agua estaba fría y le bajó por la garganta con una claridad casi dolorosa.

Nadie lo vio.

O nadie lo mencionó, que no era lo mismo.

Debajo de la mesa, Daniela tenía la mano derecha cerrada sobre su regazo, los dedos doblados hacia la palma con una fuerza innecesaria.

No porque doliera. Porque el contacto había sido tan breve y tan nada…

y sin embargo había dejado una especie de conciencia nueva en esa zona exacta de la piel que no sabía cómo apagar. Un calor residual. Un eco.

Siguió la conversación sobre Málaga.

Dijo dos cosas inteligentes sobre estrategia de comunicación para licitaciones públicas.

Su voz sonó estable. Casi.

No miró a Diego.

Diego no la miró a ella.

Lo que pasó debajo de la mesa —la mano cerrada, los nudillos blancos, la decisión firme de no procesar nada de esto hasta estar sola— eso no existía.

No podía existir.

La cena terminó pasadas las doce. La gente se fue en grupos, con el ritmo lento de quien no tiene prisa por volver al frío de fuera. Sillas arrastrándose, risas bajas, el sonido de abrigos poniéndose.

Daniela recogió su bolso y su chaqueta. El tejido le rozó la muñeca todavía sensible. Fue hacia la salida. Rodrigo la detuvo un momento para preguntarle algo sobre el comunicado de la semana siguiente. Lo resolvieron en dos minutos. Su voz le llegó como desde lejos.