El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Lo escuchaba y tomaba notas y pensaba que esto era lo que la gente debería ver de él. No el silencio frío de las reuniones de dirección. Esta versión: precisa, sólida, construida desde dentro.

—Tiene que hablar así en la entrevista —dijo cuando terminó la última respuesta.

Diego la miró. La lluvia golpeaba el cristal a su espalda.

—¿Cómo?

—Como ahora. —Daniela dejó el bolígrafo sobre el bloc. El clic fue pequeño—. Cuando habla de números habla diferente. Más claro. Más… —buscó la palabra, sintiendo el peso de su mirada— presente.

Diego no respondió de inmediato. Un músculo se movió en su mandíbula.

—Los números no me traicionan —dijo al final.

—¿Y las otras preguntas sí?

Una pausa. El aire entre ellos se volvió más denso.

—Las otras preguntas dependen de interpretación.

—Los números también.

—No de la misma manera.

Daniela lo miró. Diego miraba la mesa, no a ella, con la expresión de alguien que acaba de decir más de lo que pretendía y lo sabe. La luz gris le dibujaba la línea del cuello, la sombra bajo el labio inferior.

—¿Qué pasó en su matrimonio? —preguntó ella.

El silencio fue inmediato y total. Como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.

Diego levantó la vista despacio. Sus ojos estaban más oscuros.

—Eso no es una pregunta de entrevista.

—No. Es mía otra vez.

—Ya respondí una suya la semana pasada.

—No me respondió. Me dio una versión editada.

Algo en la mandíbula de Diego. El músculo cerca de la sien se tensó de forma visible. Ella pudo oír su propia respiración.

—Daniela.

—No tiene que contármelo. —Sostuvo su mirada aunque le costara—. Pero si no entiendo qué tipo de persona es cuando algo le importa de verdad, no puedo prepararlo para que no se le note cuando algo le duele.

Diego la miró durante mucho tiempo. O lo que parecía mucho tiempo: ocho segundos, quizás diez, que en ese despacho en silencio pesaban distinto. El único sonido era la lluvia y el leve zumbido del portátil cerrado sobre la mesa.

—Era un buen hombre —dijo al final— que no sabía estar en ningún sitio que no fuera el trabajo. —Una pausa. La voz le salió más baja—. Era, porque eso se aprende o no se aprende.

Daniela no escribió. Escuchó. Sintió el peso de cada palabra como si le tocaran la piel.

—Mi exmujer me dijo una vez que vivir conmigo era como vivir con alguien que siempre estaba a punto de irse. —Otra pausa, más larga—. No me iba. Pero tampoco estaba del todo.

—¿Y ahora?

Diego la miró. Realmente la miró.

—¿Ahora qué?

—¿Ha aprendido?

La pregunta era demasiado personal. Daniela lo supo mientras la hacía y la hizo de todas formas porque había algo en ese despacho a las cinco y media de un lunes lluvioso que hacía que las preguntas correctas fueran distintas a las preguntas convenientes.

El aire olía a él y a lluvia y a la tinta de su bolígrafo.

Diego no respondió de inmediato. Cuando habló, lo hizo despacio, como si midiera cada palabra no para protegerse, sino para ser exacto.

—Estoy aprendiendo —dijo— que no saber estar en un sitio y no querer estar en un sitio son cosas distintas.

El despacho estaba muy callado. Demasiado.

Daniela sostuvo su mirada tres segundos. Sintió el pulso en la garganta. Luego bajó los ojos al bloc y escribió algo que no tenía nada que ver con entrevistas ni con legados ni con números.

Lo tachó antes de que él pudiera verlo. El trazo del bolígrafo fue fuerte, casi violento.

—Creo que tenemos suficiente para la entrevista —dijo. La voz le salió más estable de lo que esperaba.

—¿Cuándo la programamos?

—Cuando cierre Solano. —Cerró el bloc. El sonido del cierre fue seco—. Tres semanas.

—Bien.

Se levantó. Recogió sus cosas con más concentración de la necesaria. El bolso le pesaba en el hombro.

—Daniela.

Esta vez no se detuvo en la puerta. Se giró desde donde estaba, en medio del despacho, con el bloc apretado contra el pecho. El cartón le rozaba los nudillos.

Diego la miraba desde su silla con esa expresión nueva, la del ascensor del viernes multiplicada: más clara, más quieta, más difícil de ignorar. La luz de la tarde se había ido del todo. Solo quedaba la luz artificial del despacho, cálida y traicionera.

—Gracias —dijo.

Solo eso. Sin especificar el qué.

Daniela asintió una vez. Sintió el peso de esa palabra en el centro del pecho, exactamente donde llevaba la tarjeta de visita.

Y salió.

Esa noche no llamó a Lucía.

Se sentó en su sofá con el bloc abierto en la última página, la que había tachado, y miró lo que había escrito debajo porque el bolígrafo no había apretado lo suficiente y se leía igualmente, como una cicatriz de tinta:

No querer irse y no saber quedarse son cosas distintas.

Lo había escrito sobre él. Sobre lo que había dicho.

Pero mientras lo miraba tuvo el pensamiento claro e incómodo de que también era sobre ella: sobre la forma en que llevaba años construyendo una vida donde era buena en su trabajo y eficiente en todo lo demás y no se quedaba en ningún sitio demasiado tiempo porque quedarse era el principio de depender, y depender era el principio de desaparecer como su madre.

El piso estaba en silencio. Solo se oía la lluvia lejos, contra los cristales del salón, y el leve zumbido del frigorífico. El vino que se había servido estaba casi intacto. El sabor le resultaba demasiado ácido.

Diego Santaolalla llevaba tres semanas en su vida y ya le estaba complicando las preguntas que se hacía sobre sí misma.

Eso era un problema.

Un problema real, concreto, con nombre y apellido y cuarenta y cuatro años y una tarjeta de visita todavía en el bolsillo interior de su chaqueta, que ahora olía ligeramente a él cada vez que se movía.

Daniela cerró el bloc con un golpe seco. El sonido resonó en el piso vacío.

Abrió el portátil. La pantalla la iluminó con una luz fría y azulada.

Buscó el protocolo de crisis en el servidor.

Lo leyó desde el principio aunque se lo sabía de memoria.

Las palabras se le mezclaban. Cada cierto tiempo levantaba la vista y miraba el bolsillo de la chaqueta colgada en la silla, como si la tarjeta pudiera quemar la tela.

A las once y media apagó el ordenador. La oscuridad del salón le pareció más densa de lo normal. Se fue a la cama con el sabor metálico de no haber comido bien y el eco de una voz baja diciendo estoy aprendiendo.

Durmió mal otra vez.

En algún momento entre las dos y las tres de la mañana tuvo el pensamiento, claro como el agua fría, de que Diego había dicho estoy aprendiendo en presente. No aprendí. No he aprendido.

Presente continuo.

Le costó otra hora dormirse después de eso. Y cuando por fin lo hizo, soñó con un ascensor que no paraba de bajar y con una tarjeta de visita que no conseguía sacar del bolsillo por mucho que lo intentara.