El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

El lunes a las ocho menos cinco, Daniela era la primera en la sala de reuniones.

Había llegado a las siete y media. La planta todavía olía a limpieza nocturna y a café recién hecho de la máquina buena, esa que ya consideraba suya por derecho de uso repetido.

Había leído los tres acuerdos de confidencialidad otra vez, el expediente legal completo de Solano y dos artículos largos sobre la familia en la prensa sevillana de los últimos cinco años.

Tenía cuatro folios de notas escritas con letra apretada y el café humeando a su izquierda.

El vapor le subía a la cara cada vez que inclinaba la cabeza.

El calor del vaso de cartón le quemaba un poco los dedos. Le gustaba.

A las ocho menos dos llegó el equipo legal: dos abogados jóvenes con ojeras y el aspecto de quien ha dormido poco y sabe que va a dormir menos. A las ocho en punto llegó Rodrigo Peña, impecable, corbata perfecta. A las ocho y uno, Diego.

Un minuto tarde.

Daniela lo notó como se nota un cambio de presión en el aire.

Diego nunca llegaba tarde. Según Carmen, nunca.

Entró con la chaqueta todavía puesta, el pelo ligeramente revuelto por la lluvia de la mañana, y miró la sala.

Miró a Daniela, sus folios, su café. Algo pasó por su expresión, tan rápido que casi no existió: un parpadeo, una tensión mínima en la mandíbula, como si hubiera esperado encontrarla allí y, al mismo tiempo, no hubiera querido admitirlo.

Se sentó en la cabecera.

—Empecemos.

El problema con Solano era más complicado de lo que Daniela había sabido el martes anterior.

Andrés Solano, el hijo que no quería vender, no había actuado solo.

Tenía un abogado en Madrid que llevaba semanas moviendo piezas en silencio: contactos en el registro mercantil, conversaciones informales con dos periodistas de economía, una consulta a la Comisión Nacional del Mercado de Valores que todavía no era una denuncia, pero podía convertirse en una.

El abogado mayor de los dos, un hombre llamado Salas que hablaba con la precisión quirúrgica de quien ha aprendido a no decir nada que no pueda sostener ante un juez, lo explicó en doce minutos exactos.

Su voz era monótona, profesional. El único sonido que la acompañaba era el de la lluvia golpeando los ventanales y el leve crujido de los papeles cuando alguien pasaba página.

Cuando terminó, la sala quedó en silencio. Un silencio denso, cargado.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que la consulta a la CNMV se convierta en algo formal? —preguntó Daniela.

Salas la miró. Era la primera vez que ella hablaba en la reunión y él no esperaba la pregunta. Sus ojos se entrecerraron un segundo, evaluándola.

—Depende —dijo.

—¿De qué?

—Del apetito de Andrés Solano por el conflicto.

—Ya ha demostrado que tiene apetito. —Daniela pasó un dedo por el margen de sus notas.

El papel estaba ligeramente húmedo por el vapor del café—.

Filtró a Twitter, movió piezas legales, contactó periodistas.

No es alguien que vaya a esperar. —Levantó la vista hacia Diego.

Lo encontró mirándola ya, codos sobre la mesa, manos juntas, la mirada oscura y fija—. Necesitamos adelantarnos.

Diego no parpadeó.

—¿Cómo?

—Comunicado proactivo. Antes de que la consulta se filtre. Controlamos la narrativa antes de que la controle él.

—Un comunicado reconoce que hay algo que comunicar —dijo Rodrigo desde su lado de la mesa. Su voz era razonable, cauta.

—Un comunicado sobre la operación de Valencia ya salió la semana pasada.

Podemos añadir una línea sobre la estrategia de expansión en renovables sin mencionar Solano.

—Daniela pasó a la segunda página. El bolígrafo dejó una marca pequeña de tinta en el borde—.

Si alguien pregunta, la respuesta es que llevamos meses explorando el sector. Verdad sin detalles.

La sala procesó eso. Se oía el zumbido bajo del aire acondicionado y el golpeteo irregular de la lluvia.

Salas miró a Diego.

Diego miró a Daniela.

Durante tres segundos exactos no hubo nadie más en la habitación.

—Redáctelo —dijo por fin.

La reunión terminó a las nueve y cuarto.

El equipo legal salió con tres tareas nuevas y el aspecto de quien iba a dormir todavía menos.

Rodrigo se quedó un momento hablando con Diego en voz baja junto a la ventana.

Daniela recogió sus folios con movimientos precisos, aunque notaba el leve temblor residual de la adrenalina en los dedos.

—Daniela.

Era la voz de Rodrigo, no la de Diego. Ella levantó la vista.

—Buen trabajo —dijo él, con la sinceridad directa de un hombre de números que no malgastaba los cumplidos—. De verdad.

—Gracias.

—Diego. —Rodrigo se giró hacia él—. ¿Algo más?

—No. —Diego no miraba a Rodrigo. Miraba sus propios papeles, o fingía mirarlos. La mandíbula estaba tensa—. Buenas noches.

Rodrigo salió. La puerta se cerró con un clic suave. La sala quedó vacía excepto por ellos dos.

Diego seguía en su silla, papeles delante, pero Daniela ya había aprendido a distinguir cuándo los miraba de verdad. Ahora no los miraba. El silencio se estiró. Ella sentía el olor de su colonia todavía en el aire, mezclado con el café frío y la lluvia que se colaba por algún resquicio invisible.

—El comunicado —dijo él sin levantar la vista—. Antes del mediodía.

—Lo tendré antes de las once.

—Bien.

Daniela cogió sus cosas. Fue hacia la puerta. El pomo estaba frío bajo la palma.

—Daniela.

Se detuvo. Contó internamente. Una. Dos.

—¿Cuándo llegó esta mañana?

Se giró. Diego la miraba ahora, con esa atención directa que no pedía permiso. La luz gris de la mañana le dibujaba sombras bajo los ojos. Parecía haber dormido poco.

—A las siete y media.

—La reunión era a las ocho.

—Ya. —Una pausa. El corazón le latía un poco más alto de lo necesario—. Necesitaba leer el expediente antes de entrar.

Diego asintió despacio. Como si la respuesta confirmara algo que ya sabía o sospechaba. Un músculo se movió en su sien.

—El comunicado antes de las once —repitió, más bajo.

Y volvió a sus papeles.

Daniela salió.

En el pasillo, camino del ascensor, se dio cuenta de que Diego había llegado a las ocho y uno, no a las siete cincuenta y nueve como hacía siempre.

Un minuto tarde. Para él, que nunca llegaba tarde, era una anomalía suficiente para que ella se preguntara dónde había estado ese minuto. Qué había hecho. En qué había pensado.

Luego dejó de preguntárselo porque el comunicado tenía que estar antes de las once y ese era el único pensamiento que le convenía tener.

El comunicado salió a las diez cuarenta y dos.

Cuatro medios lo recogieron antes del mediodía. Ninguno preguntó por Solano. Ninguno preguntó por nada que no estuviera escrito en esas seis líneas precisas.

A la una, Daniela bajó al supermercado de la planta calle.

El aire frío de la calle le golpeó la cara después de horas de calefacción.

Volvió con un sándwich envuelto en papel y el segundo café del día.

Cuando entró en su despacho, encontró sobre la mesa una tarjeta de visita pequeña, vuelta del revés.

Blanca. Sin logo visible desde ese ángulo.

La giró.

En el reverso, con la letra apretada y vertical que conocía de los márgenes de sus informes:

El comunicado funcionó. — D.S.

Daniela lo leyó dos veces. Luego una tercera.

Era un post-it de cuatro palabras disfrazado de tarjeta de visita. Era la cosa menos efusiva que alguien podía escribir. Era, también, de Diego Santaolalla, exactamente lo que equivalía a que cualquier otra persona irrumpiera en su despacho con flores y una sonrisa demasiado ancha.

El cartulina era gruesa, de buena calidad. Olió ligeramente a su colonia.

Lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta sin pensar demasiado en por qué lo guardaba en lugar de tirarlo a la papelera. El bolsillo quedó un poco más caliente contra su costado.

Comió el sándwich. Trabajó. El sabor del pan y el jamón le resultó más intenso de lo normal.

A las cuatro, Carmen asomó la cabeza por la puerta.

—El señor Santaolalla pregunta si puede adelantar la sesión de mañana a hoy. A las cinco.

Daniela miró el calendario digital. La pantalla emitía un brillo frío. No tenía nada a las cinco.

—Sí.

Carmen asintió y desapareció con su discreción habitual. El clic de la puerta al cerrarse sonó demasiado alto.

Daniela miró la pantalla del ordenador durante tres segundos exactos.

Luego cogió el bloc y empezó a preparar las cuatro preguntas de sector que faltaban.

El bolígrafo se deslizaba con un sonido suave, casi reconfortante.

Intentó no pensar en por qué él había querido adelantar la sesión.

Intentó no pensar en el minuto de retraso de esa mañana.

Intentó no pensar en la tarjeta que todavía llevaba contra el pecho.

No lo consiguió del todo.

La sesión de las cinco empezó puntual.

Diego tenía el aspecto de alguien que había pasado el día resolviendo problemas y había llegado a la tarde con la reserva de paciencia reducida pero intacta.

Camisa azul oscuro. Sin chaqueta otra vez.

Las mangas bajadas esta vez hasta las muñecas.

Daniela lo notó y no supo si era alivio o una decepción pequeña y estúpida.

Ninguna de las dos cosas, se dijo. Dato neutro.

El despacho olía a lluvia y a él. La luz de la tarde, ya casi nocturna, entraba débil por la cristalera.

—Bloque de sector —dijo Daniela, y empezaron.

Las cuatro preguntas eran técnicas: regulación del mercado de infraestructuras, impacto de los fondos europeos, posición competitiva del grupo.

Diego las manejó bien. Mejor que bien. Aquí estaba en terreno propio y se notaba: más directo, más seguro, con la confianza tranquila de alguien que conoce su campo hasta los cimientos.

Su voz llenaba el espacio sin esfuerzo. Daniela escuchaba el ritmo exacto de sus frases, el modo en que marcaba ciertas palabras con una leve inclinación de la cabeza.