El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

El viernes llovía otra vez.

Daniela llegó con el pelo húmedo porque el paraguas había decidido romperse en la boca del metro, que era exactamente el tipo de cosa que pasaba cuando uno llevaba una semana acumulando tensión y necesitaba un último empujón para llegar al límite.

Carmen la vio cruzar el vestíbulo y no dijo nada, que era otra de sus virtudes.

La tercera sesión estaba programada para las cinco. Daniela pasó la mañana con el equipo de comunicación, la tarde revisando tres propuestas de medios para la primera entrevista, y las cuatro y media mirando el reloj con más frecuencia de lo que le gustaba admitir.

No era anticipación. Era preparación profesional.

Se lo repitió mientras subía en el ascensor.

Diego estaba de pie cuando entró, no junto a la ventana sino delante de la librería, con un informe en la mano que cerró cuando la oyó llegar. Llevaba la chaqueta del traje colgada en el respaldo de la silla y las mangas de la camisa subidas hasta el codo.

Daniela depositó sus cosas en la silla de siempre.

No miró los antebrazos. O los miró medio segundo y luego no volvió a mirarlos, que no era exactamente lo mismo pero era lo mejor que podía hacer.

—Empecemos —dijo.

—Antes de empezar. —Diego dejó el informe sobre la mesa.— He elegido el medio.

Daniela levantó la vista.

—Le dije que lo eligiéramos juntos.

—Expansión. Entrevista de fondo. Cuatro páginas.

—Expansión tiene un acuerdo de confidencialidad vigente con la empresa. Si lo usamos ahora, durante la operación Solano, enviamos una señal.

—El acuerdo vence en tres semanas.

—¿Cuándo cierra Solano?

—En tres semanas.

Daniela lo miró.

—¿Lo ha planeado así?

—He aprovechado el calendario. —Diego se sentó.— ¿Hay algún problema?

—No. —Daniela abrió su bloc.— Es bueno, de hecho.

Algo en la comisura de la boca de Diego. No llegó a ser una sonrisa. Fue el movimiento anterior, el que ocurría cuando algo le parecía bien y no iba a decirlo directamente.

Daniela lo catalogó y siguió adelante.

La sesión fue diferente a las dos anteriores.

No en estructura: mismas preguntas, mismo formato, el mismo proceso de respuesta corporativa seguida de respuesta real seguida de versión útil que podía decirse en público.

Diferente en textura. Como cuando un músculo lleva días tenso y de pronto cede un milímetro: no es que deje de estar tenso, es que el esfuerzo cambia de naturaleza.

Diego respondía más rápido. Todavía con cuidado, todavía midiendo cada palabra, pero sin la pausa larga del principio, sin esa evaluación visible de si Daniela merecía la respuesta real.

El aire del despacho olía a lluvia y a papel.

La luz gris de noviembre entraba sesgada por la cristalera y dejaba un brillo frío sobre la mesa de cristal.

De vez en cuando, cuando él inclinaba la cabeza para leer una nota, ella notaba el leve movimiento de su garganta al tragar. Demasiado cerca. Demasiado humano.

Eso significaba algo. Daniela no lo analizó mientras pasaba.

Llegaron a la pregunta que había guardado para el final.

—Última. —No miró el folio porque esta no estaba escrita—. ¿Qué quiere que diga Santaolalla Group cuando usted ya no esté?

Diego la miró. La mirada fue lenta, deliberada.

—Es una pregunta de legado. Todos la hacen.

—Nadie la contesta bien.

—¿Por qué?

—Porque es incómoda de verdad. No como las otras. —Daniela apoyó el bolígrafo sobre el bloc. El clic fue pequeño y definitivo—. Las otras tienen respuesta preparada aunque no lo parezca. Esta no.

Diego giró el rostro hacia la ventana. Afuera la lluvia había arreciado. Madrid era solo un borroso de luces y agua a las seis de la tarde de noviembre.

—Que se construyó sin atajos —dijo al final—. Que cuando alguien firmó un contrato con nosotros sabía exactamente lo que obtenía. —Una pausa corta, limpia—. Que valió la pena el crédito.

Daniela escribió. Despacio. Para que durara. La tinta se deslizaba con un sonido casi íntimo.

—Eso sí se puede usar —dijo.

—¿Todo?

—Lo último especialmente.

Diego la miró. La expresión era esa que ella estaba aprendiendo a reconocer: el momento en que bajaba un poco la temperatura controlada y aparecía algo más debajo. No mucho. Lo justo para que quien supiera mirarlo lo viera.

—¿Por qué lo último?

—Porque es personal sin ser privado. —Daniela cerró el bloc con un movimiento preciso—. La gente que lo lea entenderá que costó algo. No sabrán qué. Pero lo sentirán.

Diego asintió despacio. Luego volvió a mirar la ventana.

—Sigue lloviendo.

—Sí.

—¿Vino en metro?

—Sí.

—El paraguas.

Daniela lo miró. Diego tenía los ojos todavía en el cristal, como si la pregunta fuera solo sobre el tiempo y no sobre ella.

—Se rompió esta mañana.

—Carmen tiene uno en la antesala. —Una pausa mínima—. Lléveselo.

No era una oferta. Era una instrucción. Dicha con la misma entonación plana que usaba para todo lo demás, sin el calor que la gente añade cuando quiere que algo parezca un gesto.

Y aun así era un gesto.

Daniela recogió sus cosas. El cuero del bolso crujió bajo los dedos.

—Gracias.

—Buenas noches.

En la antesala, Carmen ya se había ido. El silencio era denso, casi físico.

Daniela buscó el paraguas donde le habían dicho, en el armario junto a la puerta.

Lo encontró: negro, grande, sólido. El tipo de paraguas que dura años porque alguien lo eligió pensando en que durara. El mango era frío y pesado en su mano.

Estaba cerrando el armario cuando oyó la puerta del despacho abrirse.

Diego salió con la chaqueta puesta y el teléfono en la mano. Se detuvo al verla todavía allí.

Ninguno de los dos habló.

El pasillo olía a moqueta limpia y a lluvia lejana. La distancia entre ellos era de apenas tres metros, pero de pronto pareció mucho menos.

—El ascensor tarda en esta planta —dijo Diego—. Por las noches.

—Lo sé. —Daniela sostuvo el paraguas un poco más apretado—. El mío en la quinta es peor.

Caminaron juntos hacia el ascensor. No fue una decisión. Fue la geometría del pasillo, que solo tenía una dirección.

Esperaron.

La séptima planta a las seis de la tarde de un viernes era otro mundo: sin el ruido de la jornada, sin las voces, sin los trajes oscuros alrededor de la mesa de cristal.

Solo la moqueta gruesa bajo los pies, la lluvia golpeando los ventanales del fondo y dos personas de pie, demasiado cerca, esperando un ascensor.

—Las sesiones —dijo Diego sin mirarla—. Han sido útiles.

—Faltan cuatro preguntas del bloque de sector.

—Ya. Pero el resto ha sido útil.

Daniela lo miró de perfil. La línea de la mandíbula, el cuello, la camisa sin corbata a estas horas. Diecisiete días en la empresa y ya sabía demasiadas cosas sobre la geometría de ese hombre en el espacio. Sobre cómo ocupaba el aire sin pedirlo.

—Me alegra que lo hayan sido —dijo.

El ascensor llegó. Las puertas se abrieron con un suave silbido hidráulico.

Entraron los dos.

Era un ascensor grande, del tipo corporativo, pero de alguna manera la distancia entre ellos era distinta aquí que en cualquier otro lugar de la empresa.

Sin mesas. Sin sillas. Sin la arquitectura del trabajo como frontera visible.

Solo el olor limpio de su colonia y el calor residual de su cuerpo a menos de un metro.

Daniela miraba los números. Séptima. Sexta. Quinta.

—Daniela.

Quinta planta. Las puertas se abrieron.

Ella no salió de inmediato. Se giró.

Diego la estaba mirando con esa expresión que no sabía clasificar del todo: la que aparecía cuando bajaba la temperatura controlada y quedaba algo más debajo. Pero esta vez era más clara. Más cerca. El espacio entre ellos se había reducido a casi nada.

—El lunes —dijo— hay una reunión de crisis con el equipo legal por Solano. La necesito.

—¿A qué hora?

—Las ocho.

—Estaré.

Las puertas empezaban a cerrarse. Daniela salió justo antes de que lo hicieran. El metal rozó el aire a su espalda.

Oyó el ascensor subir de vuelta.

Se quedó en el pasillo de la quinta planta con el paraguas de Diego en la mano y el pulso un poco más alto de lo que debería estar después de una conversación sobre el horario de una reunión.

Las ocho, se repitió. Una reunión. Trabajo.

Fue a su despacho, recogió su bolso y bajó por las escaleras a la calle.

Fuera llovía con fuerza. Abrió el paraguas. El tejido negro se tensó sobre su cabeza con un sonido seco y protector. Era bueno. Sólido. Del tipo que dura años.

Daniela anduvo tres manzanas bajo la lluvia pensando en nada concreto y en todo lo mismo, que era exactamente el problema.

Esa noche llamó Lucía.

—Te llamo yo esta vez —dijo— porque la semana pasada colgaste antes de contarme nada útil.

—No hay nada que contar.

—¿Cómo se llama?

—Lucía.

—El jefe con matices. ¿Cómo se llama?

Daniela estaba en su sofá con una copa de vino tinto y el bloc abierto sobre la mesa de centro. Las notas de las tres sesiones delante. El olor del vino se mezclaba con el de la lluvia que todavía llevaba en el pelo. Cerró el bloc con un golpe seco.

—Diego.

—¿Qué edad tiene Diego?

—Cuarenta y cuatro.

Silencio. Un silencio de esos que Lucía sabía estirar hasta que dolía.

—Dani.

—Ya lo sé.

—¿Cuánto llevas en la empresa?

—Diecisiete días.

—¿Y ya?

—No hay ningún ya. No ha pasado nada.

—Pero va a pasar.

—No va a pasar nada. —Daniela cogió la copa. El cristal estaba frío contra los dedos—. Es mi jefe. Técnicamente no es mi jefe, pero es el CEO de la empresa donde trabajo. Tiene cuarenta y cuatro años. Está divorciado. Y es exactamente el tipo de hombre con el que no me voy a complicar la vida.

—¿Por qué divorciado lo dices como si fuera un problema?

—No lo digo como un problema. Lo digo como un dato.

—Los datos no se mencionan si no importan, cariño.

Daniela bebió un sorbo. El vino sabía a algo demasiado rojo y demasiado real.

—¿Sabes lo que me importa? El protocolo de crisis que tengo que revisar este fin de semana. La reunión del lunes a las ocho. La entrevista de Expansión que tengo que preparar en tres semanas.

—Ajá.

—En serio, Lucía.

—Te creo. —Y en su voz había exactamente el tono de quien no cree absolutamente nada pero ha decidido no discutir todavía—. Oye… ¿y él?

—¿Él qué?

—¿Cómo te mira?

Daniela pensó en el ascensor. En la expresión de Diego cuando las puertas empezaban a cerrarse. En la forma en que había dicho su nombre —solo su nombre— antes de soltar algo completamente mundano sobre una reunión del lunes. Pensó en el paraguas que ahora estaba secándose en el recibidor.

—Como mira a todo —dijo—. Con atención.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Lucía dejó pasar tres segundos exactos.

—Dani, mi vida. La única que tienes y la única que te permites tener son cosas distintas. Y tú lo sabes.

Daniela no respondió. El silencio de su piso era demasiado grande de pronto.

—Cuídate —dijo Lucía, con esa suavidad específica que usaba cuando quería decir algo importante sin presionar—. Y la próxima vez que me llames, trae detalles. O al menos mentiras más elaboradas.

Colgaron.

Daniela miró el bloc cerrado sobre la mesa. Dentro, en la página de la primera sesión, seguían las tres palabras escritas en el margen:

Orgullo. Límites. Soledad.

Las suyas o las de él, a estas alturas, ya no estaba completamente segura.

Abrió el bloc. Pasó a una página en blanco. El papel crujió bajo los dedos.

Escribió con letra firme:

Reunión lunes, 8:00. Caso Solano. Preparar documentación legal.

Lo subrayó dos veces. Con fuerza.

Trabajo.

Solo trabajo.

Cerró el bloc, terminó el vino de un trago y se fue a la cama convencida de que dormiría bien.

No lo hizo.