Capítulo 5
La primera sesión de preparación fue el martes a las cinco.
Daniela llegó con dos folios impresos, el bloc, y la decisión firme de tratarlo exactamente igual que a los otros cuatro CEOs que había preparado para entrevistas. Con distancia profesional. Con el foco en el trabajo.
Diego estaba al teléfono cuando entró. Le señaló la silla con un gesto y siguió hablando. Daniela se sentó, ordenó sus papeles, y esperó sin fingir que no escuchaba.
Era una llamada tensa. Alguien en el otro lado no estaba cumpliendo plazos. Diego no levantó la voz ni una vez, pero había algo en la forma en que espaciaba las frases, una pausa milimétrica antes de cada respuesta, que resultaba más intimidante que cualquier tono elevado.
—El jueves —dijo al final—. No el viernes. El jueves.
Colgó.
Miró a Daniela.
—Empecemos.
Daniela había preparado doce preguntas. Las organizó en tres bloques: empresa, sector, visión. El tipo de estructura que usaba con todos sus clientes, probada, eficiente, sin sorpresas.
Las sorpresas las trajo él.
—Primera pregunta —dijo Daniela—. Santaolalla Group cumple veinte años el año que viene. ¿Qué ha cambiado más desde que empezó?
Diego respondió en cuatro frases. Concreto, directo, sin una palabra de más. El problema era que las cuatro frases eran exactamente lo que diría cualquier CEO de cualquier empresa en cualquier entrevista de cualquier revista de negocios.
Daniela lo escribió. Luego levantó la vista.
—Eso no lo vamos a usar.
Diego frunció el ceño levemente. Tan levemente que otro no lo habría visto.
—Es la respuesta correcta.
—Es la respuesta segura. No es lo mismo. —Daniela dejó el bolígrafo.— Cuando fundó la empresa tenía veintiocho años y un crédito que le llevó once en devolver. Eso es lo que ha cambiado. Cuéntemelo así.
—Eso es personal.
—Las entrevistas que funcionan son personales.
—Las entrevistas que me interesan no lo son.
Daniela lo miró. Él la miró. El despacho estaba callado excepto por el ruido sordo del tráfico diecisiete plantas más abajo.
—¿Para qué quiere hacer entrevistas? —preguntó Daniela.
—Usted dijo que era necesario.
—Dije que era útil. No es lo mismo. —Cogió el bolígrafo otra vez.— Si no quiere que sean personales, puedo preparar algo más corporativo. Pero entonces no me pida que suene a persona.
Diego se recostó en la silla. Cruzó los brazos, no con hostilidad sino con la postura de alguien que está pensando y necesita el gesto para hacerlo.
—¿Qué quiere saber exactamente?
—Lo que le importa. Lo que le preocupa. Por qué hace lo que hace y no otra cosa. —Una pausa.— La gente no compra empresas. Compra a las personas detrás de las empresas.
—Yo no vendo nada.
—Vende confianza cada vez que firma un contrato. —Daniela lo miró sin rodeos.— Y ahora mismo, su cobertura mediática dice que detrás de Santaolalla Group no hay ninguna persona. Solo una firma.
Silencio.
Diego descruzó los brazos. Miró la mesa. Luego a ella.
—Reformule la pregunta.
Trabajaron noventa minutos.
Diego no se volvió fácil. No era su naturaleza y Daniela no esperaba que lo fuera. Pero debajo de cada respuesta corporativa había otra, más pequeña y más real, y Daniela aprendió a escuchar el espacio exacto entre las dos.
Cuando decía tomamos la decisión correcta, quería decir yo tomé la decisión y asumí las consecuencias.
Cuando decía el mercado evolucionó en esa dirección, quería decir lo vi antes que nadie y nadie me creyó.
Cuando decía fue un período complicado, quería decir algo que todavía no estaba dispuesto a nombrar del todo.
Daniela no forzó ese último punto. Lo anotó en el margen con un asterisco y siguió adelante.
El bolígrafo se deslizaba con un sonido suave sobre el papel.
El aire del despacho olía a café frío y a la colonia discreta de él, que se había ido impregnando en la habitación a medida que pasaban los minutos.
La luz de la tarde, cada vez más baja, dibujaba sombras largas sobre la mesa de cristal.
De vez en cuando, cuando él se inclinaba para señalar algo en un documento, ella notaba el leve calor de su presencia a menos de un metro.
Demasiado cerca para ser solo profesional. Demasiado lejos para ser otra cosa.
A las seis y media, Diego miró el reloj. El gesto fue mínimo, casi imperceptible, pero ella ya había aprendido a leerlo.
—Tengo una llamada.
—Bien. —Daniela recogió sus papeles con movimientos precisos, aunque los dedos le hormigueaban un poco—. Para el jueves, piense en una decisión que haya tomado que le costara algo. No tiene que contármela. Solo téngala en mente.
Diego la miró. La mirada era directa, evaluadora, y durante un segundo el despacho entero pareció reducirse al espacio que había entre sus ojos y los de ella.
—¿Para qué?
—Para cuando llegue la pregunta que la necesite.
Se levantó. Él no se movió de su silla. Y Daniela fue consciente, otra vez, de esa cosa específica que ocurría cuando los dos compartían el mismo espacio sin la estructura protectora de una reunión formal: una atención mutua que ninguno nombraba y que estaba ahí de todas formas.
Como el ruido del tráfico lejos, abajo. Constante.
Fácil de ignorar… hasta que dejabas de poder hacerlo.
El silencio se estiró. Ella sintió el peso de su propia respiración. Él tenía un codo apoyado en el brazo de la silla y los dedos entreabiertos, inmóviles. La postura de alguien que controlaba hasta el último músculo y, aun así, no controlaba del todo lo que estaba pasando en esa habitación.
—Daniela.
En la puerta, otra vez.
Se giró. El pomo frío bajo la palma. El corazón un poco más alto de lo necesario.
Diego tenía los ojos en sus papeles, no en ella, cuando habló. La voz le salió baja, casi roída por los bordes.
—La pregunta sobre los primeros cuatro años. —Una pausa que duró exactamente el tiempo suficiente para que ella sintiera el peso de lo que no decía—. El jueves.
No era una orden.
No era una petición.
Era algo intermedio. Algo que él no solía ofrecer.
Daniela asintió. Una sola vez. Y salió.
En el ascensor, contó los pisos hacia abajo con una concentración absurda. El metal de la barandilla estaba frío. El aire olía a nada. Y ella pensó, con una claridad que le resultó incómoda, que Diego Santaolalla acababa de pedirle algo sin pedírselo. Y que ella había entendido exactamente qué era.
Eso era un problema.
Un problema todavía pequeño.
Manejable.
Pero el ascensor seguía bajando y el eco de su voz —*el jueves*— seguía ocupando demasiado espacio dentro de su cabeza. Y Daniela supo, con esa misma claridad profesional que tanto la definía, que la proximidad forzada de las próximas sesiones no iba a hacer el problema más pequeño.
Sino todo lo contrario.
El miércoles Daniela no subió a la séptima planta.
Pasó el día en reuniones con el equipo de comunicación, cuatro personas que llevaban años haciendo lo que les decían y que la miraban con la mezcla específica de alivio y cautela de quienes han tenido malos jefes y todavía no saben qué clase de jefa es esta.
Daniela lo resolvió de la única manera que sabía: poniéndolos a trabajar en algo con criterio propio y viendo qué hacían.
El resultado fue mejor de lo esperado. Había talento en ese equipo. Talento bloqueado por demasiados filtros y demasiado miedo a equivocarse, pero talento.
A las cuatro, subió a buscar un documento al archivo de la tercera planta. Al volver, el ascensor se detuvo en la séptima.
Diego entró.
La vio. Algo cruzó su cara, rápido, antes de que volviera a ser la expresión de siempre.
—Buenas tardes —dijo Daniela.
—Buenas tardes.
El ascensor bajó. Quinta planta. Las puertas se abrieron.
Daniela salió. Cuando se cerraron a su espalda tuvo la extraña certeza, sin motivo concreto que pudiera sostener, de que Diego la había mirado mientras se alejaba.
No se giró para comprobarlo.
Lo que Daniela no supo fue esto:
Diego había estado en la tercera planta por una razón que no tenía nada que ver con el archivo.
Había bajado porque Carmen le había dicho, sin que él lo preguntara directamente pero de una manera que Carmen tenía para responder preguntas no formuladas, que Daniela estaba reunida con el equipo de comunicación toda la tarde.
No había subido a buscarla. No era eso.
Había bajado a ver cómo trabajaba.
Se había quedado en el pasillo el tiempo suficiente para verla a través del cristal de la sala de reuniones: de pie, con el rotulador en la mano, escribiendo algo en la pizarra mientras el equipo miraba.
Sin consultar papeles. Sin el tono de alguien que está demostrando que sabe: el tono de alguien que simplemente sabe.
Había subido antes de que ella saliera.
En el ascensor, cuando las puertas se abrieron en la séptima y la vio ahí con su carpeta y su expresión de vuelta al trabajo, Diego sintió algo que no analizó porque no era su costumbre analizarse.
Solo supo que no había sido una coincidencia y que eso era información relevante sobre sí mismo.
Información que guardó en el mismo sitio donde guardaba las cosas que no sabía todavía qué hacer con ellas.
El jueves llegó con sol, que en Madrid en noviembre era una anomalía suficiente para que la gente llegara al trabajo con mejor humor de lo habitual.
Diego no llegó con mejor humor. Diego llegaba igual todos los días, que era otra cosa que Daniela había catalogado ya: no era un hombre de estados de ánimo visibles.
Era un hombre de presiones invisibles que a veces se filtraban en el ángulo de una pregunta o en el silencio de dos segundos antes de una respuesta.
La sesión empezó a las cinco otra vez.
Daniela había reformulado ocho de las doce preguntas de la sesión anterior. Las nuevas eran más incómodas. Las necesitaba así porque si Diego las manejaba en privado, cualquier cosa que le lanzara un periodista sería sencilla.
—Segunda pregunta. —Daniela levantó la vista del folio.— ¿Ha tomado alguna vez una decisión de la que se arrepienta?
Diego no respondió de inmediato.
—Todo el mundo se arrepiente de algo —dijo al final.
—Eso no es una respuesta. Es una evasión educada.
—Es lo que diría en una entrevista.
—Ya. —Daniela anotó algo.— Y el periodista seguiría preguntando hasta que dijera algo real o pareciera que tiene algo que esconder. —Levantó la vista.— ¿Qué prefiere?
—Ninguna de las dos opciones.
—No hay tercera.
Diego la miró con esa mirada suya de evaluación lenta.
—¿Siempre es así con sus clientes?
—¿Cómo?
—Directa hasta el punto de resultar incómoda.
Daniela dejó el bolígrafo.
—Si quiere alguien que le diga que sus respuestas son buenas cuando no lo son, puedo recomendarle tres consultoras que hacen eso muy bien. —Una pausa.— Pero no será yo.
Algo cambió en el aire del despacho. No de forma dramática: un ajuste pequeño, como cuando cambia la presión antes de que llegue la lluvia.
Diego se inclinó levemente hacia delante.
—La decisión de la que me arrepiento —dijo— fue quedarme callado cuando debería haber hablado. En mi matrimonio. Más de una vez. —Una pausa larga.— Eso no se lo cuento a ningún periodista.
Daniela no escribió. Lo miró.
—No. Pero acaba de aprender a responder la pregunta.
Diego frunció el ceño.
—¿Cómo?
—He tomado decisiones que me han costado algo en lo personal. Aprendes más de esas que de las que salen bien. —Daniela cogió el bolígrafo.— Verdad sin exposición. El periodista tiene algo. Usted no ha abierto nada que no quiera abrir.
Diego la miró durante tres segundos.
—Eso funciona.
—Lo sé.
—¿Cómo sabía que tenía algo personal que no quería exponer?
—Porque todo el mundo lo tiene. —Daniela pasó al folio siguiente.— Y usted más que la mayoría.
—¿Por qué yo más?
Daniela levantó la vista. Diego la estaba mirando con una atención que no era exactamente la de las sesiones anteriores. Más quieta. Más cerca, aunque no se hubiera movido.
—Porque construyó una empresa entera como argumento contra algo que le hicieron —dijo—. Eso no se hace sin llevar algo encima.
El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores.
Diego no respondió. No desvió la mirada. No tamborileó el índice ni cruzó los brazos ni usó ninguno de sus gestos habituales de distancia.
Solo la miró, fijo, durante el tiempo suficiente para que Daniela sintiera que había dicho algo verdadero que quizás no debería haber dicho.
—Siguiente pregunta —dijo Diego.
—Siguiente pregunta —confirmó Daniela.
Y ninguno de los dos mencionó lo que acababa de pasar en ese despacho.
Pero los dos lo guardaron.