Capítulo 4
El lunes siguiente Diego llegó a la reunión de dirección con el análisis de cobertura impreso.
El suyo. El que Daniela había mandado el domingo por la noche a las once menos cuarto, cuando terminó de revisarlo por tercera vez y decidió que era tan bueno como iba a ser.
Lo tenía anotado. Márgenes llenos de su letra, apretada y vertical, la clase de letra de alguien que escribe para sí mismo y no para que nadie más lo lea. Daniela lo vio desde su silla y no dijo nada.
La reunión empezó. Rodrigo expuso las proyecciones del trimestre. Fuentes habló once minutos sobre Valencia, un minuto menos que la semana anterior: progreso.
—Comunicación. —Diego abrió el análisis sobre la mesa.— El informe de cobertura del tercer trimestre identifica un problema que no habíamos cuantificado. —Miró a Daniela.— Explíquelo usted.
No ¿puede explicarlo? No Daniela tiene algo que añadir. Solo la orden directa, con su nombre delante como si fuera suficiente presentación.
Daniela explicó. Seis minutos, sin notas, porque se lo sabía de memoria.
La cobertura del grupo en medios especializados había caído no por falta de noticias sino por exceso de control: demasiados filtros, demasiada aprobación interna, demasiado miedo institucional al matiz.
El resultado era comunicados que sonaban a comunicados. Nadie los leía. Nadie los citaba.
—La solución no es más comunicados —dijo—. Es menos, pero mejores. Y con una voz que suene a persona, no a departamento jurídico.
—¿La voz de quién? —preguntó Rodrigo.
Daniela no miró a Diego antes de responder. Lo había pensado. Sabía la respuesta.
—La suya. —Y señaló con la cabeza hacia la cabecera de la mesa.
Silencio.
Diego la miraba. Sin expresión legible, como casi siempre, pero con una atención diferente. La atención de alguien a quien acaban de ponerle algo delante que no esperaba.
—Explíquese —dijo.
—Santaolalla Group tiene un problema de percepción, no de reputación. Los números son buenos. La historia es buena. Pero nadie sabe quién es Diego Santaolalla más allá de su firma en los contratos. —Una pausa.— Dos entrevistas al año. Medios seleccionados. Nada improvisado. Yo preparo cada una.
—No hago entrevistas.
—Lo sé. Por eso la cobertura suena a lo que suena.
La sala estaba quieta de una manera específica, la quietud de doce personas que han decidido simultáneamente no moverse.
Diego cerró el informe.
—Mi despacho. Después de esto.
Después de esto resultó ser cuarenta minutos después, cuando los últimos directores salieron y Carmen cerró la puerta con su discreción habitual.
Subieron en el mismo ascensor.
No hablaron. Daniela miraba los números de los pisos como si fueran la única cosa segura del mundo.
Diego miraba las puertas. En el reflejo metálico, ella pudo ver la línea exacta de su perfil: mandíbula apretada, un músculo tenso cerca de la sien.
No era enfado. Era concentración. La diferencia, aprendía, importaba.
Y el hecho de que ella ya supiera distinguirlo le resultó peligrosamente íntimo.
El despacho. Las dos sillas de siempre.
Esta vez Diego no se sentó detrás de la mesa.
Se quedó de pie junto a la ventana, de espaldas medio giradas, Madrid gris detrás de él.
La luz de la tarde le rozaba el hombro y el cuello, y Daniela notó —contra su voluntad— lo poco que se movía.
Como si el control que ejercía sobre el mundo empezara por su propio cuerpo.
—No me gusta hablar en público de cosas que no controlo —dijo.
—Una entrevista preparada es una conversación que usted controla.
—No existe la conversación que uno controla del todo.
—No. Pero existe la que uno prepara lo suficiente para que lo inesperado no le haga daño.
Diego se giró. La miró de frente. Esa mirada suya que no preguntaba, sino que evaluaba. Que pesaba. Que hacía que el aire entre ellos se volviera más denso de lo que cualquier despacho de cristal debería permitir.
—¿Ha preparado entrevistas antes?
—Cuatro CEOs. Tres crisis de comunicación en directo. Un juicio mediático que ganamos porque el cliente dijo exactamente lo que ensayamos y no una palabra más.
—¿Quién era el cliente?
—Confidencial.
Algo pasó por la cara de Diego. No era una sonrisa. Era el antecedente de una sonrisa, el movimiento mínimo, casi imperceptible, que ocurre antes de que alguien decida no sonreír. Daniela sintió el eco de ese movimiento en la base de la garganta.
—Bien —dijo.
—¿Bien que era confidencial o bien que acepta?
—Las dos cosas.
Daniela abrió su bloc con dedos que se negaron a temblar. Diego la observó sin moverse de la ventana, brazos cruzados, esa postura suya que ocupaba el espacio sin reclamarlo. Como si el mundo ya le perteneciera y no necesitara demostrarlo.
—Necesito saber cómo habla —dijo ella—. No en reuniones de dirección. Así no sirve.
—¿Cómo entonces?
—Cuénteme por qué fundó la empresa.
Diego la miró. El silencio se estiró lo suficiente para que ella sintiera el peso de su propia pregunta.
—Eso no es una pregunta de entrevista.
—No. Es mía. —Daniela levantó la vista del bloc, sosteniendo su mirada—. Si no sé cómo piensa, no puedo prepararlo para que lo entiendan.
El silencio duró lo suficiente para que Daniela se preguntara si había ido demasiado lejos. Entonces Diego descruzó los brazos, caminó hasta su silla y se sentó. El movimiento fue lento, deliberado. Como si estuviera decidiendo entregarle algo que no solía entregar.
—Tenía veintiocho años —dijo— y trabajaba para una constructora que ganaba contratos públicos sobornando a funcionarios.
Lo sabía todo el mundo. Nadie hacía nada.
—Una pausa corta, limpia—. Dejé el trabajo.
Pedí un crédito que tardé once años en devolver.
Y construí algo que no necesitara corromperse para sobrevivir.
Daniela escribió. No la historia. Solo tres palabras en el margen: *orgullo. límites. soledad.*
—¿Por qué once años? —preguntó sin levantar la vista.
—Porque los primeros cuatro no funcionó.
—¿Qué hizo durante esos cuatro años?
—Seguir.
Lo dijo sin dramatismo, sin la pausa que la gente pone cuando quiere que algo suene significativo. Solo como un hecho: siguió, y por eso estaba aquí. Y por eso, de algún modo, ella estaba sentada frente a él.
Daniela levantó la vista.
Diego la estaba mirando con una expresión que no era la de las reuniones de dirección ni la del pasillo a las siete y media del viernes.
Era más directa. Más quieta. La expresión de alguien que acaba de decir algo que no dice habitualmente y está esperando ver qué hace el otro con ello.
Había una vulnerabilidad contenida en esa mirada que no encajaba con el hombre que firmaba contratos de nueve cifras.
Y eso la desarmó más de lo que habría querido admitir.
Daniela cerró el bloc con un movimiento preciso.
—Con eso tengo suficiente por ahora.
—¿Por ahora?
—Necesitaré más sesiones. —Se levantó, sintiendo el peso de su mirada en la nuca—. Depende de qué medio elijamos primero.
Diego asintió. Ella recogió su bolso. El roce del cuero contra su palma le pareció demasiado ruidoso en el silencio del despacho.
—Daniela.
Se detuvo en la puerta. No se giró del todo. Solo lo suficiente para que su perfil quedara expuesto a esa voz baja y controlada.
—El análisis del domingo. —Una pausa que duró una fracción de segundo de más—. Era bueno.
No era un cumplido fácil. Era la clase de reconocimiento que cuesta algo a quien lo da. Y Daniela lo sintió exactamente ahí: en el centro del pecho, donde no debería haber sentido nada.
—Lo sé —dijo.
Y salió.
En el ascensor, bajando, sintió el pulso un poco más rápido de lo normal. El metal frío de la barandilla bajo los dedos no ayudó a calmarlo.
Orgullo. Límites. Soledad.
Las tres palabras seguían en el margen del bloc, escritas con su letra, y Daniela tuvo el pensamiento incómodo —casi peligroso— de que podrían aplicarse a más de uno en esa sala.
Lo descartó antes de que el ascensor llegara a la quinta planta.
Casi.
Esa tarde Carmen le mandó un calendario con tres huecos bloqueados: martes, jueves y viernes de la semana siguiente. Sesiones de preparación. D.S. Sin más explicación.
Daniela los aceptó todos.
Luego pasó diez minutos mirando el techo de su despacho.
Era blanco, liso, perfectamente inútil como objeto de contemplación, pero tenía la ventaja decisiva de no ser Diego Santaolalla.
La luz del atardecer entraba en diagonal por la cristalera y dejaba un rectángulo cálido sobre la alfombra gris.
El aire acondicionado zumbaba con esa monotonía cara que solo tienen los edificios de oficinas caras.
Daniela notó el leve olor a papel y a tinta del bloc abierto sobre la mesa, y el frío del ratón bajo los dedos cuando los pasó, distraída, por encima.
El problema no era él.
El problema era que llevaba una semana y media y ya sabía demasiadas cosas sobre cómo funcionaba: la forma de leer en diagonal sin perderse una coma, el dedo índice que tamborileaba una sola vez cuando algo le parecía ineficiente, la voz sin bordes que usaba para decir cosas que en boca de cualquier otro sonarían arrogantes y en la suya sonaban simplemente ciertas.
Y ahora aquello de los once años pagando un crédito. Dicho sin adorno. Sin pausa dramática. Como quien nombra el color de una pared.
Daniela era buena en su trabajo precisamente porque sabía leer a la gente. Ese era el problema. Cuanto mejor lo hacía, más claramente veía cosas que habría preferido dejar borrosas.
Como que Diego Santaolalla no era el hombre que había decidido que era el primer día.
O como que seguía siendo exactamente ese hombre… solo que ese hombre resultaba ser más complicado de lo que convenía a su paz mental.
Cogió el teléfono. Llamó a Lucía.
Lucía trabajaba en una agencia de publicidad, tenía el humor de alguien que había sobrevivido a demasiadas campañas de “rebranding emocional” y la virtud peligrosísima de decir exactamente lo que pensaba sin que nadie se lo pidiera.
Contestó en el segundo tono.
—Cuéntame.
—Nada. Solo llamaba.
Hubo un silencio de dos segundos. Luego la voz de Lucía, cargada de una sospecha que casi se podía tocar:
—Llevas diez días en el nuevo curro y me llamas un lunes por la tarde diciendo “nada”. Eso no es “nada”, Dani. Eso es un “tengo un problema y todavía no sé cómo se llama”. ¿Es el jefe?
—No tengo jefe. Tengo un CEO que técnicamente no me contrató.
—Cariño, eso es un jefe con pretensiones de independencia emocional. ¿Qué pasa con él?
—Nada.
—Dani.
—Es complicado.
—Los jefes buenos siempre son complicados. Los malos son simples. Los peligrosos son los que te hacen mirar el techo diez minutos seguidos.
Daniela soltó una risa corta, casi derrotada, y volvió a mirar el techo blanco. El rectángulo de luz se había movido un centímetro.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Es que… lo entiendo. —Hizo una pausa, sintiendo el peso de las palabras en la lengua—. Y no quería entenderlo.
Lucía tardó exactamente tres segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz había bajado de tono, pero no de intensidad:
—Ay, mi vida.
Ya está.
Ya la has liado.
—No es lo que estás pensando.
—Claro que no. —El tono era tan deliberadamente inocente que resultaba ofensivo—. Tú solo estás analizando su estructura de personalidad corporativa con un interés puramente profesional. Como cuando yo miro los abdominales del director creativo “por temas de branding”.
Daniela cerró los ojos.
—Eres insoportable.
—Y tú estás jodida. ¿Cuántas veces has pensado en él desde el viernes?
—Lucía.
—¿Más de seis?
—Cuelgo.
—Espera, espera. Solo una cosa. —La voz de Lucía se suavizó un milímetro—.
Si de verdad no quisieras entenderlo, no me estarías llamando un lunes a las seis y media de la tarde.
Así que, cuando quieras dejar de mentirte, ya sabes dónde estoy.
Y trae vino. Del bueno. Que esto se va a poner interesante.
Daniela colgó antes de darle más material.
Se quedó con el teléfono todavía caliente en la mano, en el despacho vacío. El análisis de cobertura seguía cerrado en el portátil. El bloc abierto sobre la mesa mostraba las tres palabras escritas con su letra:
Orgullo. Límites. Soledad.
Las tapó con la hoja siguiente. El papel hizo un sonido seco, casi definitivo.
Luego cogió el bolígrafo —el de siempre, el de tinta negra que se deslizaba demasiado fácil— y empezó a preparar las sesiones de la semana próxima.
Era su trabajo.
Solo eso.
Se lo repitió en voz baja, una vez, dos, tres, mientras la luz del atardecer se iba apagando sobre la alfombra.
Casi se lo creyó.