Capítulo 3
La operación se llamaba Proyecto Solano.
Diego lo explicó en quince minutos, sin rodeos, con la misma economía de palabras que usaba para todo lo demás.
Santaolalla Group estaba en negociaciones avanzadas para adquirir Energía Solano, una empresa familiar de renovables en Sevilla con veinte años de historia, deuda manejable, y una concesión eólica en la sierra de Cádiz que valía el triple de lo que figuraba en sus balances.
La familia Solano tenía tres hijos. Dos querían vender. Uno no.
—El que no quiere vender —dijo Daniela— es el que filtró.
—Sí.
—¿Qué espera conseguir con eso?
—Presión pública. Si la operación sale a los medios antes de cerrarse, la familia tendrá que posicionarse. Y él tiene más que ganar con el ruido que con el silencio.
Daniela pensó en los acuerdos de confidencialidad. En los huecos de cobertura en El Economista. En la forma en que Diego había construido un perímetro de silencio alrededor de cada movimiento importante de la empresa.
—¿Cuánto tiempo necesita para cerrar?
—Tres semanas. Cuatro si hay complicaciones legales.
—Entonces necesitamos tres semanas de silencio. —Daniela abrió su bloc.— ¿Hay más operaciones en curso que pueda usar si la de Sevilla se complica?
Diego la miró.
—¿Para qué?
—Para construir una narrativa alternativa. Si los medios tienen algo más interesante que perseguir, dejan de mirar hacia Sevilla.
Silencio. Diego juntó los dedos sobre la mesa, ese gesto que Daniela ya había catalogado como su forma de pensar en voz alta sin palabras.
—Hay una ampliación de la sede de Valencia —dijo al final—. Doscientos puestos de trabajo nuevos. Prevista para anunciarse en enero.
—La adelantamos. Esta semana.
—Es precipitado.
—Es una distracción con sustancia real. —Daniela levantó la vista del bloc.— No estoy inventando nada. Solo cambiando el orden.
Diego no respondió de inmediato. Miró la ventana. Madrid gris, nubes bajas, la ciudad indiferente al problema que tenían encima de la mesa.
—Hágalo —dijo.
Daniela pasó el resto de la mañana en su despacho construyendo el comunicado de Valencia.
Era un buen comunicado: concreto, con cifras, con cita de Diego que ella redactó y él aprobaría o no sin haberla pedido.
Doscientos empleos nuevos antes de final de año.
Inversión de cuarenta millones en infraestructura local.
El tipo de noticia que los medios recogen sin hacer preguntas porque tiene todo lo que necesitan.
Lo mandó a la séptima planta a la una y cuarto.
A la una y dieciséis, respuesta de Diego:
Cambiar "antes de final de año" por "primer trimestre del año próximo". El resto, bien.
Daniela hizo el cambio. Distribuyó a las dos.
A las cuatro, cuatro medios nacionales habían recogido la noticia. La cuenta de Twitter que había filtrado Proyecto Solano publicó dos veces más sobre el tema sin conseguir tracción. A las seis, había dejado de intentarlo.
Daniela lo vio desde su escritorio con algo que no era exactamente satisfacción pero se le parecía.
Llamaron a su puerta.
—Adelante.
Diego entró.
No era lo que esperaba. En dos días, sus interacciones habían sido correos, una reunión formal, y la conversación de la mañana con la mesa como frontera entre los dos. Verlo en el umbral de su despacho, sin la arquitectura de la sala de juntas detrás, era diferente.
Más alto de lo que recordaba. O quizás era el despacho, más pequeño que el suyo.
—Funcionó —dijo él.
—De momento. —Daniela cerró el portátil.— Si el hijo Solano tiene paciencia, lo intentará otra vez.
—No tiene paciencia. —Diego miró el despacho brevemente, sin disimulo, con la misma mirada de inventario que aplicaba a todo.— ¿Cómo lo supo?
—¿El qué?
—Que los huecos en El Economista eran acuerdos de confidencialidad.
Daniela consideró la pregunta. Era la segunda vez en dos días que Diego le preguntaba cómo había llegado a algo. No era curiosidad casual. Era la forma en que alguien que confía en su propio criterio verifica si puede confiar en el de otro.
—Porque trabajé dos años en agencia con un cliente que hacía lo mismo —dijo—. Aprende a ver el contorno de lo que no está.
Diego asintió una vez. Lento, como si archivara la respuesta en algún lugar.
—El protocolo de crisis —dijo—. Para el miércoles.
—Para el miércoles.
Se fue sin despedirse. Daniela escuchó sus pasos en el pasillo, regulares, sin prisa.
Soltó el aire.
Abrió el portátil otra vez.
El contorno de lo que no está. Se preguntó si él había entendido que también hablaba de él.
Probablemente no. Y probablemente era mejor así.
El miércoles el protocolo estaba terminado.
Doce páginas. Canal de respuesta rápida, dos firmas, tiempos máximos de reacción según el tipo de crisis, árbol de decisión para los casos límite. Daniela lo había escrito pensando en Diego: sin retórica, sin justificaciones innecesarias, con cada decisión apoyada en un dato concreto.
Lo imprimió. Subió a la séptima planta a las nueve menos diez.
La asistente la hizo pasar directamente.
Diego estaba al teléfono. Levantó un dedo sin mirarla: un momento. Daniela dejó el documento sobre la mesa y se quedó de pie junto a la ventana mientras él terminaba la llamada.
Hablaba en inglés. Algo sobre plazos de entrega y garantías contractuales. La voz igual que en español: sin inflexión, sin el calor que la gente suele poner en los bordes de las frases para parecer accesible. Diego no intentaba parecer accesible.
Colgó.
Cogió el protocolo. Lo leyó.
Daniela esperó de pie. No se sentó porque no le había dicho que se sentara y no iba a pedirlo.
Diego pasó páginas sin comentar nada hasta la séptima.
—Aquí. —Señaló un párrafo.— El tiempo de respuesta en crisis de nivel uno. Cuatro horas es demasiado.
—Cuatro horas es lo estándar en el sector.
—En esta empresa no.
—¿Cuánto quiere?
—Dos.
—Con el canal de aprobación de dos firmas, dos horas es ajustado. —Daniela se acercó a la mesa, miró el párrafo.— Si usted no está localizable, el protocolo se bloquea.
—Estoy siempre localizable.
Lo dijo como si fuera un dato físico, como la gravedad.
—¿Vacaciones? —preguntó Daniela.
Algo cruzó la cara de Diego. Tan rápido que Daniela no habría podido nombrarlo.
—No cojo vacaciones.
—Todo el mundo coge vacaciones.
—Yo no.
Daniela lo miró. Él sostuvo la mirada sin esfuerzo aparente, con esa calma que empezaba a parecerle menos frialdad y más algo construido a propósito, ladrillo a ladrillo, durante muchos años.
—Dos horas —dijo Daniela—. Pero añado una cláusula de delegación automática si usted no responde en treinta minutos. Que yo pueda firmar sola en ese caso.
Diego bajó los ojos al documento.
—No.
—Entonces tres horas.
Una pausa.
—Dos y media.
—Bien.
Daniela sacó el bolígrafo y anotó el cambio en el margen.
Diego la observó hacerlo. Estaban los dos inclinados sobre la mesa, el documento entre ellos, y Daniela fue consciente de repente de la distancia: menos de un metro, quizás.
El olor a café y a algo más limpio, madera o jabón, difícil de precisar.
Se incorporó.
—Lo corrijo y se lo mando hoy.
—Bien. —Diego cogió el documento y siguió leyendo.— Cierre la puerta al salir.
Daniela cerró la puerta al salir.
En el ascensor, de bajada, se miró en el reflejo metálico de las puertas. Tenía color en las mejillas.
El aire acondicionado de la séptima planta, se dijo.
Era una mentira pequeña y completamente inútil.
El jueves no vio a Diego.
Ni el viernes por la mañana.
El viernes por la tarde, cuando la planta estaba vaciándose para el fin de semana, Daniela seguía en su despacho terminando el análisis de cobertura del tercer trimestre. Había traído comida del supermercado de abajo. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y los zapatos debajo de la mesa.
Oyó pasos.
Los reconoció antes de levantar la vista.
Diego pasó por delante de su puerta. Se detuvo. Retrocedió dos pasos.
La miró desde el umbral: el pelo, los zapatos ausentes, la tarrina de hummus abierta junto al teclado.
Daniela lo miró.
Diego la miró a ella.
Ninguno de los dos dijo nada durante tres segundos exactos.
El aire del despacho se volvió denso, cargado de algo que no tenía nombre y que ninguno de los dos iba a reconocer en voz alta.
Ella podía oler el rastro limpio y caro de su colonia todavía en el ambiente.
Él, por su parte, notó el leve temblor en los dedos de ella cuando dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Es viernes —dijo Diego. Su voz salió baja, controlada, como si estuviera midiendo cada sílaba.
—Lo sé.
—Son las siete y media.
—También lo sé.
Él no se movió. Solo inclinó ligeramente la cabeza hacia el monitor.
El análisis de cobertura, las gráficas impecables, las notas al margen que Daniela había escrito a mano porque pensaba mejor en papel.
Diego las leyó sin tocarlas, como si tocar algo suyo fuera cruzar una línea que todavía no estaba dispuesto a admitir que existía.
—El análisis no era para esta semana —dijo.
—No. Pero si lo tengo antes del lunes puedo usarlo en la reunión de dirección.
Diego no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron el despacho otra vez: la luz fría de la pantalla, el contenedor de hummus a medio abrir, el jersey fino que ella llevaba arremangado hasta los codos.
Daniela tuvo la sensación precisa y peligrosa de que él la estaba reclasificando.
De que el cajón mental donde la había guardado —competente, útil, reemplazable— ya no cerraba del todo.
El silencio se estiró. Ella notó el ritmo de su propia respiración y odió lo mucho que le costaba mantenerla estable bajo esa mirada.
Al final, Diego habló. La voz le salió más baja todavía.
—Hay una máquina de café en la sala de reuniones de esta planta. El de los pasillos es malo.
No era una sugerencia amable. Era información entregada con la misma precisión con la que firmaba contratos de nueve cifras. Y, de algún modo, eso lo hacía peor. Más íntimo.
Se dio la vuelta. No dijo adiós. No le deseó buen fin de semana. Simplemente se fue, dejando detrás el leve roce de su traje caro y el eco de unos pasos que Daniela escuchó demasiado bien: hasta el ascensor, hasta el silencio absoluto que quedó después.
Ella se quedó mirando la puerta vacía más tiempo del necesario. El pecho le pesaba de una forma absurda.
Luego recogió el hummus, apagó el monitor y caminó hasta la sala de reuniones.
La máquina buena estaba allí, exactamente donde él había dicho.
Preparó el café con movimientos precisos, casi mecánicos, y se negó a pensar en por qué le había importado que él se diera cuenta de que ella se quedaba hasta tarde.
Era, se dijo con firmeza mientras el aroma subía, simplemente información útil.
Nada más.
Aunque el café le supo distinto.