Capítulo 2
Sin asunto. Tres líneas:
El memo tiene un error en la página cuatro. El acuerdo con Levante no fue en marzo. Fue en febrero. Revisar antes de distribuir.
Daniela lo leyó en el metro, con el café en la mano y el bolso apretado contra el costado. Luego abrió el memo, buscó la página cuatro, y encontró el error.
Era un error.
Lo corrigió sin responder al correo.
La reunión de dirección empezaba a las nueve. Daniela llegó a las ocho cincuenta y dos y encontró a Diego ya sentado a la cabecera, con una taza de café negro y un informe abierto que no estaba leyendo porque tenía los ojos en la puerta.
En ella, un segundo, cuando entró.
Luego en el informe.
Daniela se sentó tres sillas más abajo, a la derecha.
Rodrigo Peña llegó al minuto siguiente, seguido de otros cuatro directores.
Nadie llegó tarde. Esa, comprendió, era otra de las reglas no escritas de Santaolalla Group: Diego no esperaba a nadie, de modo que nadie se arriesgaba a hacerle esperar.
—Comunicación. —Diego abrió la reunión sin preámbulos, sin buenos días, sin la liturgia habitual de los lunes corporativos.— Daniela, el protocolo de crisis. ¿Cuándo tiene el borrador?
Todos la miraron.
—El miércoles.
—El martes.
Daniela dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—El miércoles. Necesito revisar los contratos de las tres últimas crisis para entender qué se aprobó y qué se bloqueó. Eso requiere acceso al archivo legal, que Carmen me dijo que tardaría cuarenta y ocho horas en gestionar.
—Carmen. —Diego no levantó la voz.— El acceso hoy.
Carmen, sentada contra la pared con su bloc, anotó algo.
—El miércoles —repitió Daniela.
Diego la miró. Ella no añadió nada más. No había nada que añadir: ya había explicado el porqué. Repetirlo sería debilidad.
—El miércoles —dijo él al final, como si la concesión fuera suya.
Quizás lo era. En esta sala, probablemente lo era.
La reunión continuó. Rodrigo expuso los números del trimestre.
Un director llamado Fuentes habló durante doce minutos sobre un proyecto de infraestructuras en Valencia que podría resumirse en dos.
Diego no lo interrumpió, pero Daniela vio cómo tamborileaba una vez, solo una, con el índice sobre la mesa.
La única señal de impaciencia que se permitió.
Cuando Fuentes terminó, Diego cerró el informe.
—Eso es todo.
Sillas que se movían, conversaciones que empezaban en voz baja, el ruido sordo de una reunión que se deshace. Daniela recogió su bloc.
—Un momento.
La voz de Diego. Dirigida a ella.
Los demás salieron. Carmen cerró la puerta al salir, con la discreción de quien lleva años sabiendo cuándo hay que desaparecer.
Daniela se quedó de pie junto a su silla. Diego seguía sentado, con los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados. La postura de alguien que va a decir algo que ha estado pensando desde antes de que empezara la reunión.
—El memo que mandó el viernes —dijo— identifica cuatro problemas. Solo propone solución para dos.
—Los otros dos necesitan información que todavía no tengo.
—¿Qué información?
—Los acuerdos de confidencialidad con los medios. Hay tres firmados antes de mi llegada. Necesito saber qué cubren antes de proponer nada que los contradiga.
Diego la miró.
—¿Cómo sabe que existen?
—Porque hay tres huecos en la cobertura de El Economista que no se explican de otra manera.
Silencio. No el silencio incómodo del viernes, sino uno distinto. El silencio de alguien que acaba de recibir una respuesta que no esperaba.
—Se los mando esta tarde —dijo Diego.
—Gracias.
Se dirigió hacia la puerta. Tenía la mano en el pomo cuando él habló otra vez.
—El error del memo. No volvió a ocurrir.
No era un cumplido. Era una observación. Pero viniendo de Diego Santaolalla, Daniela intuía que era lo más cerca que estaba dispuesto a llegar a lo mismo.
—No —confirmó ella, y salió.
Los acuerdos llegaron a las dos de la tarde. Eran más complicados de lo que esperaba.
Daniela los leyó dos veces, tomó notas, y pasó la siguiente hora intentando entender qué había llevado al departamento legal a redactarlos de esa manera: tan amplios en unos puntos, tan innecesariamente estrechos en otros.
Como si dos personas distintas hubieran escrito la misma cláusula sin hablarse.
A las cuatro llamó a la puerta de Carmen.
—Necesito hablar con el departamento legal. ¿Quién llevó estos tres acuerdos?
Carmen consultó algo en su pantalla.
—Santiago Carrillo. Pero Santiago ya no está en la empresa. —Una pausa breve.— Los supervisó el señor Santaolalla directamente.
Daniela procesó eso.
—Bien. Gracias.
De vuelta en su despacho, miró los acuerdos con otros ojos.
Diego había supervisado contratos que limitaban la cobertura mediática de su propia empresa.
Había razones para hacer eso. Algunas eran defensivas, legítimas.
Otras eran las razones de alguien que prefería el silencio al ruido aunque el silencio le costara presencia pública.
Interesante, pensó.
Y luego se dijo que no era su trabajo encontrar interesante a Diego Santaolalla.
El martes hubo una filtración.
Pequeña, en apariencia: una cuenta de Twitter con tres mil seguidores publicó que Santaolalla Group estaba negociando la compra de una empresa de energía renovable en Sevilla. Sin fuente. Sin detalles. El tipo de rumor que en una empresa de otro tamaño pasaría desapercibido.
En Santaolalla Group, con tres acuerdos de confidencialidad vigentes y una operación de adquisición en curso que Daniela todavía no conocía del todo, no era pequeño.
Lo vio a las ocho de la mañana, antes de entrar al edificio, con el café a medio terminar y la lluvia del lunes convertida en un frío seco que cortaba.
Llamó al número de la tarjeta que le había dado Carmen.
Dos tonos.
—Santaolalla.
—Soy Daniela. Hay una filtración en Twitter. Pequeña todavía, pero si la recogen los medios especializados antes de las diez, tenemos un problema con el acuerdo de confidencialidad del Expansión.
Silencio de tres segundos.
—Suba.
—Estoy en la calle todavía.
—Entonces suba cuando entre.
Colgó.
Daniela miró el teléfono un momento. Luego terminó el café de un trago, cruzó la puerta del edificio, y subió por las escaleras sin esperar el ascensor.
La séptima planta era diferente a la quinta. Más silenciosa, con moqueta más gruesa y menos gente. Una sola asistente en la antesala que la conocía por nombre aunque solo se habían visto una vez.
—Pase directamente —dijo la asistente.
El despacho de Diego era grande sin ser ostentoso. Una mesa de madera oscura, dos sillas frente a ella, una librería entera de informes encuadernados que parecían leídos de verdad. Sin flores. Sin detalles decorativos. La ventana daba al mismo skyline que la sala de juntas, pero desde más arriba.
Diego estaba de pie junto a la ventana con el teléfono en la mano. Cuando Daniela entró, colgó.
—Cuénteme.
Daniela le mostró la pantalla de su móvil. Él la leyó sin tocarlo, con las manos en los bolsillos.
—Tres posibilidades —dijo Daniela—. Filtración interna de alguien que conoce la operación. Especulación externa basada en movimientos registrales públicos. O alguien de la empresa de Sevilla.
—La tercera —dijo Diego sin dudar.
—¿Lo sabe o lo supone?
Él la miró.
—Lo sé.
—Entonces necesito saberlo yo también. Si voy a gestionar esto, necesito la información completa, no la versión que se da en las reuniones de dirección.
Diego se apartó de la ventana. Se sentó en su silla, al otro lado de la mesa, y la miró con una expresión que Daniela no supo leer del todo: no era hostilidad, exactamente. Era la expresión de alguien que está decidiendo cuánto terreno ceder.
—Siéntese —dijo.
Daniela se sentó.
Y Diego Santaolalla, por primera vez desde que ella había cruzado la puerta de su empresa, empezó a hablar de verdad.