El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 1
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El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1)

El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1)

Por Kaley Villeda

© inepub.com

Capítulo 1

La sala de juntas de Santaolalla Group tenía vistas al skyline de Madrid y temperatura de morgue.

Daniela Sánchez lo notó en cuanto cruzó la puerta: el aire acondicionado demasiado alto, las sillas demasiado rígidas, las miradas demasiado neutrales. Doce hombres alrededor de una mesa de cristal. Trajes oscuros. Relojes caros. La clase de silencio que se usa como arma.

Ella dejó su carpeta sobre la mesa sin buscar permiso para hacerlo.

—Buenos días. —Su voz no tembló. Llevaba tres semanas ensayando que no temblara.— Soy Daniela Sánchez, vuestra nueva directora de comunicación corporativa.

Nadie respondió de inmediato. Era una prueba. Ella lo sabía. Siguió de pie.

El único que no la miraba estaba sentado al fondo, de espaldas parciales a la sala, con la vista fija en los edificios de cristal al otro lado del ventanal.

Diego Santaolalla. Cuarenta y cuatro años.

Fundador. CEO. El hombre que no había firmado su contrato pero cuya firma aparecía en todo lo demás.

Daniela abrió la carpeta.

—He preparado un diagnóstico de la comunicación externa de los últimos dieciocho meses.

—Proyectó la primera diapositiva. Datos limpios, sin adornos.

— La cobertura mediática del grupo cayó un treinta y dos por ciento tras la adquisición de Levante Industrial.

No por el movimiento en sí. Por cómo se comunicó.

Murmullos. Algunos asintieron.

—¿O no se comunicó? —dijo una voz al fondo.

Diego Santaolalla se había girado hacia ella. Por fin.

Daniela lo había visto en fotografías. Las fotografías no hacían el trabajo completo: no capturaban la forma en que ocupaba el espacio sin moverse, ni la línea de la mandíbula apretada que sugería que llevaba horas aguantando algo.

Ojos oscuros. Expresión de hombre que raramente tiene que repetir lo que dice.

—Las dos cosas —respondió Daniela—. Hubo comunicados. Pero comunicar no es emitir notas de prensa.

Silencio.

Diego la miró como si acabara de decir algo que no le gustaba y que, a pesar de todo, no podía rebatir. Luego desvió los ojos a la pantalla.

—Continúe.

No por favor. No gracias. Solo la orden desnuda, dicha con la misma entonación con que se le dice a alguien que cierre una puerta.

Daniela continuó.

Pasó por las tres diapositivas siguientes sin que nadie interrumpiera. El consejo tomaba notas. Rodrigo Peña, director financiero, asintió dos veces. Buena señal. Diego no anotó nada. Mala señal, o ninguna: imposible saberlo todavía.

Llegó a la diapositiva de propuestas.

—Para el cuarto trimestre, planteo tres ejes. —Señaló el primero.— Rediseño del protocolo de crisis. El actual tiene catorce pasos de aprobación interna antes de emitir cualquier comunicado. En una crisis real, eso es un suicidio.

—El protocolo existe por razones legales —dijo Diego.

—Lo sé. Por eso no propongo eliminarlo. Propongo un canal paralelo de respuesta rápida con aprobación directa de dirección. Dos firmas en lugar de catorce.

—¿Las dos firmas serían suyas y de quién?

—Suyas y mías.

Otro silencio. Diferente al anterior. Más denso.

Diego Santaolalla juntó los dedos sobre la mesa. Tenía las manos de alguien que había construido algo con ellas antes de aprender a firmarlo.

—¿Cuánto tiempo lleva en el sector? —preguntó.

Era una pregunta trampa. Daniela la reconoció por el ángulo: no le interesaba la respuesta, le interesaba ver si ella se ponía a la defensiva.

—El suficiente para saber que esta pregunta no tiene que ver con mi propuesta.

Alguien al otro lado de la mesa contuvo una sonrisa. Diego no.

—Tiene veintiséis años —dijo él, como si leyera un dato aburrido de un informe— y lleva cuatro en el sector. Dos en agencia, dos en una empresa de tamaño medio. —Hizo una pausa.— Santaolalla Group factura novecientos millones anuales.

—Lo sé. —Daniela no bajó la voz.— Por eso el protocolo actual no funciona. Está diseñado para una empresa que no existe desde hace seis años.

Diego la miró. Solo eso: la miró. Sin mover un músculo, sin cambiar la expresión. Y sin embargo Daniela tuvo la sensación nítida y un poco incómoda de que la estaba midiendo de una forma que no tenía que ver con su currículum.

—Continúe —repitió.

La misma palabra. El mismo tono. Y aun así, algo diferente esta vez. Algo que Daniela decidió no analizar todavía.

Terminó la presentación en veintidós minutos. El consejo aplaudió, breve y correcto. Rodrigo Peña le estrechó la mano y dijo que hablaran esa semana. Otros dos directores se acercaron con preguntas.

Diego Santaolalla no se acercó.

Cuando Daniela recogió su carpeta y miró hacia el fondo de la sala, él ya estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a todos, el teléfono en la mano, la vista otra vez en Madrid.

Como si la reunión ya hubiera terminado para él antes de que terminara para nadie más.

Perfecto, pensó Daniela. Así es más fácil.

No se creyó del todo a sí misma.

El despacho que le habían asignado estaba en la quinta planta. Diego ocupaba la séptima.

Daniela lo supo porque se lo dijo la asistente que la acompañó hasta su nuevo espacio, una mujer de unos cincuenta años llamada Carmen que hablaba con la precisión de alguien que lleva años traduciendo el silencio de su jefe para el resto del mundo.

—Las reuniones de dirección son los lunes a las nueve —dijo Carmen mientras abría la puerta del despacho—. El señor Santaolalla llega antes de las ocho. Si necesitas algo de él, por la mañana. Por la tarde no está disponible para reuniones no programadas.

—¿Y si hay una crisis?

Carmen la miró.

—¿Una crisis de verdad?

—Sí.

—Entonces llamas a este número. —Le dio una tarjeta con un móvil escrito a mano.— Solo para emergencias reales. Él distingue.

Daniela guardó la tarjeta.

El despacho era amplio, con una ventana lateral y una mesa que olía a madera nueva.

Alguien había dejado un ramo de flores blancas en un jarrón de cristal junto al monitor.

Detalle del consejo, probablemente. La clase de gesto que se hace para que alguien se sienta bienvenida sin tener que decírselo.

Se sentó. Encendió el ordenador. Abrió el servidor interno.

Tenía doscientos cuarenta y tres correos sin leer.

Empieza, se dijo.

Empezó.

A las siete y media de la tarde, la planta estaba casi vacía.

Daniela había leído los doscientos cuarenta y tres correos, catalogado los problemas por urgencia, y redactado un memo para Rodrigo Peña que probablemente no leería hasta el lunes.

Tenía el cuello tenso y hambre y un principio de dolor de cabeza detrás del ojo derecho.

Oyó pasos en el pasillo.

Pasos lentos, seguros, que no tenían prisa porque no necesitaban tenerla.

Diego Santaolalla pasó por delante de su despacho sin girar la cabeza. Pero un segundo después los pasos se detuvieron.

Daniela no levantó la vista del monitor.

Los pasos retrocedieron. Diego se detuvo en el umbral. Ella lo supo por el cambio en la luz del pasillo, no porque lo mirara.

—Sigue aquí —dijo él.

No era una pregunta.

—Sí. —Daniela escribió una línea más antes de levantar los ojos.— ¿Hay algún problema con eso?

Diego miró el escritorio. Los correos abiertos en pantalla. El bloc con anotaciones a mano. Las flores del consejo, todavía en el jarrón.

—No. —Una pausa.— El memo para Peña. Mándemelo a mí también.

—No es para usted.

—Todo en esta empresa es para mí.

Lo dijo sin arrogancia. Solo como un hecho.

Daniela lo sostuvo la mirada tres segundos exactos.

—Bien. —Añadió su dirección en el destinatario y le dio a enviar sin apartar los ojos de él.— Enviado.

Diego asintió una vez. Se fue.

Daniela escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, bajar hacia el ascensor, desaparecer.

Soltó el aire despacio.

Se miró las manos sobre el teclado. Completamente quietas. Bien.

Cerró el ordenador, recogió su bolso, y salió sin mirar hacia el ascensor.