El Dueño de mi Corazón (Santaolalla nº 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Luego abrió el correo de la semana anterior. Los números del departamento. El artículo de Expansión. La estrategia de enero. El equipo que había construido en seis semanas con talento que llevaba años bloqueado.

Cerró el correo.

Abrió el cajón del escritorio.

La tarjeta de visita de Diego, vuelta del revés, con la letra apretada y vertical: El comunicado funcionó. — D.S.

La cogió.

La sostuvo un momento.

La dejó sobre la mesa, boca arriba.

El jueves por la tarde, a las seis, Diego llamó a su despacho.

No era habitual. Usaban el correo, los mensajes, Carmen como intermediaria. Una llamada directa era diferente.

—Daniela.

—Diego.

Silencio de dos segundos.

—Sofía preguntó por ti este fin de semana.

Daniela procesó eso.

—¿Qué preguntó?

—Si ibas a venir a cenar. —Pausa.— Le dije que no sabía todavía.

—¿Qué le dijiste de mí?

—La verdad. Que eres alguien que no baja la voz cuando debería bajarla y que eso en esta familia es una virtud. —Pausa breve.— Dijo que quería conocerte.

Daniela miró la tarjeta sobre la mesa.

—Diego.

—No te llamo para presionarte. —Su voz, quieta y directa.— Te llamo porque Sofía tiene derecho a saber que existe la posibilidad de que no la conozcas. Y yo tengo que saberlo antes de decírselo.

Era la frase más vulnerable que le había dicho. No para mí es real ni estoy aprendiendo a estar presente. Esta era diferente: era Diego diciéndole que había una niña de doce años en la ecuación y que la niña importaba más que cualquier otra cosa, incluso que lo que él quería.

Daniela cerró los ojos.

—Dame hasta mañana —dijo.

—De acuerdo.

Colgó.

Daniela dejó el teléfono sobre la mesa junto a la tarjeta.

Los miró a los dos.

Cogió el bloc. Lo abrió en la primera página, la de las tres palabras del primer día.

Orgullo. Límites. Soledad.

Debajo, tachado pero legible: No querer irse y no saber quedarse son cosas distintas.

Debajo del tachado, en la letra pequeña de las tres de la mañana de un martes: Sigo aquí.

Lo había escrito ella misma. Dos semanas atrás. En el despacho de Diego, cuando él la besó por primera vez y ella lo sostuvo sin cerrar los ojos y dijo sigo aquí porque era la verdad más importante que tenía en ese momento.

Seguía siéndolo.

Cerró el bloc.

El viernes a las ocho de la mañana Daniela llegó a la oficina antes que nadie.

Se sentó en su despacho. Abrió el ordenador. Escribió el correo a Londres.

Gracias por la oferta y por la información adicional de esta semana. He valorado detenidamente el proyecto y creo que es una oportunidad extraordinaria. Sin embargo, he decidido no aceptarla en este momento.

Lo leyó dos veces.

Le dio a enviar.

Cerró el ordenador.

Se quedó sentada en el silencio de las ocho de la mañana con la oficina vacía alrededor.

Pensó en su madre. En la promesa de no desaparecer. En que quedarse no era lo mismo que disolverse: que podía quedarse y seguir siendo ella, que la una cosa no implicaba la otra, que había tardado treinta años en aprender eso pero lo había aprendido.

Pensó en miedo con ropa de razón.

Pensó en Diego con Sofía preguntando si iba a cenar.

Pensó en que la diferencia entre irse antes de que algo termine y quedarse para ver qué pasa era exactamente la diferencia entre vivir con miedo y vivir de verdad.

Subió a la séptima a las ocho y cuarto.

Diego llegó a las ocho menos diez, que era lo de siempre. La asistente todavía no había llegado. El pasillo estaba vacío.

Abrió la puerta de su despacho y encontró a Daniela de pie junto a la ventana, con el sol de diciembre entrando por el cristal y Madrid detrás.

Se detuvo en el umbral.

La miró.

—Mandé el correo —dijo Daniela sin girarse.

Silencio.

—¿Qué decía el correo? —dijo Diego.

Daniela se giró.

Lo miró con la misma directness de siempre, sin escudo, sin la distancia de las últimas semanas.

—Que no voy a Londres.

Diego no se movió durante tres segundos.

Luego cruzó el despacho. Fue hasta ella. Se detuvo a medio metro, el espacio de siempre.

—¿Por qué? —dijo.

Era la pregunta correcta. No ¿estás segura? ni me alegra ni ninguna de las respuestas fáciles. La pregunta de siempre: el porqué, el fondo, la razón real.

—Porque quedarme aquí me da más miedo que irme —dijo Daniela.— Y aprendí esta semana que el miedo es la dirección correcta, no la razón para evitarla.

Diego la miraba.

—¿Y lo demás?

—Lo demás es que construí algo aquí en seis semanas que no me apetece dejar. El equipo, el trabajo, Marta, Carmen. —Pausa.— Tú.

Tres segundos.

Diego levantó las manos. Las puso en su cara, las dos, el pulgar en su pómulo, los dedos en su pelo. No con urgencia sino con la misma quietud de siempre, la precisión de alguien que sabe exactamente lo que hace y por qué.

La miró de cerca.

—Daniela —dijo, muy bajo.

—Sigo aquí —dijo ella.

Y Diego, por primera vez desde que Daniela lo conocía, cerró los ojos.

Solo un segundo.

El segundo en que algo que ha estado apretado durante mucho tiempo deja de estar apretado.

Cuando los abrió la miró con la expresión más limpia que había visto en su cara, sin capas, sin la temperatura controlada, sin nada entre lo que sentía y ella.

La besó.

No quieto esta vez. Con todo el peso de la semana y las semanas anteriores y los dos meses de distancia construida y deshecha y vuelta a construir. Con la mano en su pelo y la otra en su cintura y Daniela con las manos en su pecho sintiendo su corazón más rápido que nunca.

Cuando se separaron estaban todavía cerca, frentes casi tocando, el despacho completamente silencioso alrededor.

—El lunes —dijo Daniela.

—El lunes la reunión de dirección —confirmó Diego.

—Y el plan B.

—Y el plan B.

Daniela apoyó la frente en su hombro un momento. Él dejó la mano en su pelo. Madrid afuera, el sol de diciembre, la ciudad que no se detenía por nada.

Eso no se puede fingir.

No.

No se podía.

El miércoles por la tarde, mientras ella llamaba a Londres para pedir más información, Diego había tenido una llamada de Morales.

Quince minutos. Morales hablando con la calma de quien ha tomado una decisión. Diego escuchando.

El consejo había votado en una reunión informal.

No sobre Daniela directamente, porque no tenían base formal para eso.

Sobre otra cosa: la renovación del contrato de dirección de Diego, que vencía en marzo y que normalmente era un trámite, se convertiría en una negociación.

Y en esa negociación, Morales había insinuado sin decirlo, el tema de las decisiones personales del CEO sería un factor.

Diego había colgado. Había mirado Madrid desde su ventana durante diez minutos.

Luego había llamado a Rodrigo.

—¿Qué haces? —había dicho Rodrigo.

—Lo que tengo que hacer. —Pausa.— Pero necesito que sea decisión suya. No mía.

—¿Y si decide irse?

Diego había tardado en responder.

—Entonces se va. —Una pausa larga.— No voy a retenerla con algo que no le pertenece a ella saber todavía.

Rodrigo había guardado silencio.

—Diego. Si Morales usa esto en marzo...

—Ya encontraremos la manera. —Pausa.— Primero esto.

Ese era el peso que Diego había cargado la semana entera mientras Daniela decidía. Sin decírselo, sin usarlo, dejando que la decisión fuera completamente suya.

El viernes, cuando Daniela entró a su despacho a las ocho y cuarto con el sol de diciembre entrando por la ventana, Diego lo sabía.

Y cuando ella dijo no voy a Londres y él cerró los ojos un segundo, no era solo porque se quedara.

Era porque se quedaba sin saber el coste.

Y eso era, pensó Diego con la frente en su pelo y Madrid afuera, exactamente lo que significaba elegir a alguien de verdad.

No cuando es fácil.

Cuando cuesta.