El druida (Crónicas del guerrero druida de Gran Bretaña 1) CAPÍTULO VEINTITRÉS
75%

CAPÍTULO VEINTITRÉS

—¿Dónde está Hengist?

El guardia miró al grupo harapiento y agotado que acababa de salir de la niebla matutina y, al reconocer a Horsa entre ellos, le dijo a Aldred que el bretwalda estaba observando a los soldados practicar tácticas cerca del centro de la antigua fortaleza romana.

Por fin habían regresado a Garrianum tras lo que les había parecido una eternidad viajando por la campiña británica, que era dura e implacable incluso en verano.

Habían perdido a todos sus compañeros, quienes se habían sacrificado para alejar a los guerreros del rey de los damnonios cerca de Dun Breatann, y a su capitán, Orvyn, apenas hacía unos días.

Pero ahora estaban ahí, y tenían su premio.

La princesa se había recuperado por completo de su enfermedad, sin duda gracias a esa horrible vieja bruja de la muralla romana, aunque se había quedado completamente en silencio durante los últimos días.

Sus ojos habían perdido el brillo y Aldred temía que lo vivido le dejara secuelas en la mente para el resto de su vida.

Miró el paisaje a su alrededor y esbozó una pequeña sonrisa.

Él, al igual que el resto de sus compañeros, se ponía un poco nostálgico ahí, con un río de corriente rápida junto al campamento y sus barcos en el mar cercano.

A Aldred siempre lo hacía sentir más cerca de la patria oír los estridentes graznidos de las bandadas de gaviotas, y justo ahora se daba cuenta de cuánto había extrañado ese sonido durante la mayor parte del viaje.

—Por Thunor, muévete —gruñó Torr, y Aldred, sacado de su ensimismamiento, aceleró el paso, guiando al pequeño grupo a través de las tiendas del ejército de Hengist. Horsa estaba, afortunadamente, callado; supuso Aldred que estaba ahorrando energía, ya que el gigante llevaba a Catia en brazos desde hacía una hora y debía de estar cansadísimo.

Los sajones se habían esforzado al máximo desde la batalla de Luguvalium, asustados por la profecía de la anciana sabia y por el oscuro agente que, según decían, les seguía el rastro.

Los hombres habían llevado a la princesa damnonii en brazos casi todo el camino, ya que sus piernas eran demasiado cortas y su resistencia insuficiente para seguir el ritmo de Aldred y los demás, que se habían aventado los últimos días de viaje caminando tan rápido que casi corrían.

Y no era solo la amenaza de quien los seguía: simplemente estaban hartos de la misión.

La tierra estaba en flor y las viejas calzadas romanas facilitaban el viaje, pero se encontraban en suelo extranjero y hostil, donde cada asentamiento albergaba a gente como el panadero enloquecido de Luguvalium, dispuestos a pelear contra ellos sin más razón que el hecho de ser forasteros.

Aldred estaba contento de volver a estar entre los suyos, aunque le daba pavor lo que Hengist y esa völva fanática, Thorbjörg, le tuvieran preparado a la pobre princesa.

Los ruidos de los hombres entrenando se oían mucho antes de que aparecieran a la vista: el choque de las espadas contra los escudos y los gruñidos de esfuerzo se mezclaban con los gritos de dolor cuando un guerrero era demasiado lento para esquivar el golpe de su compañero.

Hengist estaba de pie a un lado del patio, observando el entrenamiento y hablando con dos de sus consejeros más cercanos, Godwine y Seward.

Su ancha cara se iluminó al ver acercarse a su hermano menor y, olvidándose de la plática, cruzó el patio a zancadas para estrechar a Horsa en un fuerte abrazo.

—Por fin volviste. Me alegro. Pero, por los dioses, ¿por qué tardaron tanto?

—Dio un paso atrás y les echó un ojo al resto de la banda de guerreros que regresaba, saludando con la cabeza a Aldred antes de bajar finalmente la mirada hacia Catia, que lo observaba con expresión ausente—.

¿Así que esta es la princesa? —murmuró el rey sajón—. A Thorbjörg le va a encantar.

A Aldred le pareció que Hengist se estremeció ligeramente al oír el nombre de la völva , pero la sonrisa del rey volvió cuando miró a su hermano, que era más alto pero no tan ancho de hombros.

—¿Dónde está Orvyn?

—Muerto —Horsa se encogió de hombros—. Pero te lo cuento todo cuando lleguemos a la fortaleza y tenga un cuerno de hidromiel en la mano, ¿eh? Recorrimos un largo camino, hermano.

Hengist asintió, con la mirada puesta otra vez en la pequeña y silenciosa rehén, y luego se dirigió al resto de la partida de asalto.

—Lo hicieron bien, muchachos. Vayan por algo de comer y beber, y descansen las piernas. Se lo ganaron, y con creces. Me encargaré de que todos sean recompensados más tarde, en cuanto Horsa me ponga al tanto de todo.

Los dos hermanos se dirigieron hacia la fortaleza de piedra, que en su mayor parte seguía intacta y en buen estado, ya que los lugareños la habían estado usando como mercado y almacén desde que los romanos se marcharon.

Torr y los demás se fueron dispersando de uno en uno o de a dos en busca de un trago de hidromiel y, por qué no, de alguna de las esclavas que les ayudara a relajarse tras el agotador viaje de un extremo a otro de la isla.

Aldred observó a Hengist y a Horsa —este último llevando a Catia de la cuerda que le había atado al cuello como si fuera un animal— mientras desaparecían dentro del fuerte.

Suspiró y alzó la vista hacia el sol oculto que intentaba abrirse paso entre las nubes grises; luego decidió buscar a los hombres que habían zarpado desde su misma zona de Jutlandia para unirse al ejército.

Entre ellos encontraría una buena bienvenida.

Conocía bastante bien la distribución del lugar, ya que había estado allí semanas antes de que Hengist lo enviara a capturar a la princesa, así que no tardó mucho en abrirse paso entre las tiendas, las fogueras y las letrinas mal puestas del resto del ejército, hasta llegar a la muralla norte donde sus compatriotas tenían el campamento.

—¡Aldred! —Uno de sus amigos estaba pasándole una piedra de afilar al hacha, pero la dejó a un lado y se paró de un salto, agarrando la muñeca de Aldred con la suya y con una sonrisa que se adivinaba bajo su barba descuidada.

—Me alegro de verte, Leng.

—Me alegro de verte de vuelta —dijo el sajón, alto y delgado, gritándole a otro compañero que trajera carne y bebida—.

¿Dónde te habías metido? Alguien dijo que te habías ido al norte, a la muralla romana, pero Hengist acalló cualquier rumor.

Eso solo hizo que todo el mundo hablara más, claro.

Anda, siéntate a la sombra y cuéntanoslo todo.

El sol finalmente asomó entre las nubes de tormenta que se alejaban y pareció atraer al resto de sus compatriotas, diez en total, que aparecieron de la nada a medida que la noticia del regreso de la partida de saqueo corría por el campamento.

—Gracias —asintió Aldred, tomando el cuerno de hidromiel que le ofrecían y sentándose en un taburete vacío.

Estiró los hombros y la espalda, aliviado de descansar los pies y sentarse en un asiento de verdad por primera vez en semanas—.

No sé si se supone que deba decirle a nadie dónde estuve —admitió, ganándose un coro de quejas.

—Lo siento, muchachos, Hengist quería que fuera un secreto, aunque no creo que le importe que les cuente algo.

Los hombres se reunieron a su alrededor, llenando sus cuernos y jarras y sentándose en taburetes o con las piernas cruzadas sobre la hierba pisoteada para escuchar el relato súper censurado del guerrero rubio, que omitió cualquier mención a Catia o al lugar exacto del ataque.

Pasó un buen rato. La historia ya había terminado y los hombres volvían a lo suyo, sintiéndose de nuevo en casa, cuando apareció Horsa.

A Aldred se le hizo un nudo en el estómago al ver al grandulón acercarse, con los soldados abriéndole paso por respeto a su hermano y por su conocido temperamento irascible y sus puños rápidos.

El tramo final del viaje de vuelta había sido extraño.

Con Orvyn muerto, Aldred simplemente había asumido el mando y, por suerte, Horsa pareció estar de acuerdo.

Quizá se había aburrido de la aventura tras perder a tantos compañeros con el final del camino tan cerca.

Sin embargo, Aldred no se hacía ilusiones de que Horsa le hubiera perdonado los muchos roces que tuvieron, sobre todo el último, que casi termina a golpes.

Al ver al gigante con cara de pocos amigos, Aldred bajó instintivamente la mano hacia la empuñadura de su espada, un gesto que solo provocó una sonrisa burlona en Horsa.

—Levanta el trasero, viejo estúpido —dijo el gigante con una mueca, haciéndole una seña para que se pusiera de pie—. No te asustes, no vengo a darte una paliza; al menos, todavía no. Mi hermano quiere hablar contigo, así que muévete y sígueme.

—¿Todo bien? —preguntó Leng, mirando a Horsa con desconfianza, pero Aldred se levantó y se pasó una mano por la cara con un suspiro de cansancio.

—Sí, todo bien, amigo. Mejor voy a ver qué quiere el bretwalda de mí ahora. Nos vemos luego.

—No cuentes con eso —dijo Horsa sacudiendo la cabeza—. Trae tu equipo de guerra. Lo vas a necesitar.

Aldred ya había montado su tienda y guardado todo dentro, pero se apresuró a cumplir la orden.

¿Qué demonios estaba pasando ahora? Nada bueno, seguro, pero no iba a darle al imbécil la satisfacción de preguntarle.

No tardó nada en levantar la tienda, empacar todo y seguir a Horsa hacia el edificio bajo en el centro del fuerte que servía de cuartel general.

Cómo envidiaban Aldred y los demás soldados al bretwalda cuando las lluvias de primavera los asediaban en las tiendas mientras Hengist se sentaba cómodo y calientito dentro de esos gruesos muros de piedra.