CAPÍTULO VEINTIDÓS #3
—Por la mañana, Onuist se fue a trabajar como de costumbre, pero al poco rato se oyó un grito procedente de su taller que resonó por toda la aldea.
Era el clamor de un hombre, impregnado de un miedo y un horror terribles.
Cuando los lugareños irrumpieron en el taller, hallaron su cadáver con el rostro destrozado y los pies brutalmente amputados.
Fueron incapaces de encontrar las extremidades desaparecidas y, tras los ritos correspondientes, su cuerpo fue depositado en el mismo pantano donde habían sepultado al forastero.
Hasta el día de hoy, los habitantes del pueblo de Onuist ven su silueta fantasmal en las noches sin luna, tambaleándose sobre unos muñones ensangrentados, gritando de agonía y suplicando que encuentren sus pies perdidos para que, por fin, pueda descansar en paz. ..
La historia terminó y Bel dejó caer su jarra de cerveza vacía sobre la mesa cercana, haciendo que todos en la sala dieran un respingo.
Muchos hicieron gestos para ahuyentar el mal, sonriéndose nerviosos unos a otros y tomando cerveza todavía más rápido de lo habitual para sacar algo de valor del trago.
De nuevo, la puerta se abrió de golpe y la gente ahogó un grito de asombro; varios le reclamaron a Docca que reparara el maldito pestillo, pero esta vez no era el viento: se trataba de otro cliente que entraba huyendo de la tempestad.
El hombre, un pastor de la zona, no llegó a avanzar, sino que se quedó inmóvil en el umbral, señalando con insistencia a los que estaban más cerca.
—¡Miren! —gritó—. ¡Miren hacia la colina!
Todos se apresuraron a ver de qué hablaba, armando un tumulto de cuerpos que se empujaban y se agolpaban, y Bel esperó a que todos salieran del local antes de seguirlos a un ritmo más pausado.
La lluvia seguía cayendo sin cesar, pero los truenos y los relámpagos por fin se habían movido hacia el oeste, donde aún se oía el retumbar.
Sin luna ni estrellas visibles a través de las nubes, todo el terreno alrededor estaba sumido en una oscuridad total.
Excepto por un pequeño punto a unos dos kilómetros al oeste.
Los lugareños lo llamaban colina, aunque era mucho más baja que los picos imponentes de Alt Clota o Luguvalium.
—¿Qué hay ahí arriba? —preguntó Bel, abriéndose paso hasta la primera fila de la multitud y subiéndose la capucha para protegerse de lo peor del aguacero.
—Nada —respondió el pastor, casi gritando para que se le oyera por encima del viento y la lluvia—. Solo unas ruinas antiguas.
—¿Una ruina?
—Sí —asintió otro hombre—. El viejo Nouanti, el pastor, solía vivir ahí, pero lo mataron hace años y el lugar quedó en ruinas. Ahora no es más que un cascarón.
—¿Por qué hay una luz ahí dentro? —preguntó una mujer—. ¿Quién estaría ahí arriba en medio de una tormenta?
Nadie supo responder. Ni siquiera se les ocurrió una teoría, pues aquel lugar debía estar desierto.
—¿Qué le pasó a ese Nouanti? —se preguntó el druida, y las caras temerosas lo miraron antes de que, por fin, Docca diera una respuesta a regañadientes.
—Lo asesinaron.
—¡Como a Onuist el zapatero! —gritó alguien, y los aldeanos, con los nervios de punta por la historia de fantasmas de Bel, se estremecieron por algo más que el frío.
Algunos volvieron a entrar a la posada, al resguardo de la tormenta, mientras que uno o dos optaron por irse a casa, cerrar con llave y empujar contra la entrada los pocos muebles que tenían.
Algunos murmuraban sobre el regreso de los druidas y si no sería más seguro seguir la nueva fe cristiana.
Bellicus estaba tan perturbado como el resto de la gente.
La luz brillaba en la ladera como un faro y era fácil dejar volar la imaginación, preguntándose qué estaría pasando en esa casa en ruinas mientras la tormenta rugía a su alrededor.
Y entonces se dio cuenta: ¿no había pedido una señal?
¡Ahí la tenía! Una señal de Taranis, el dios del trueno.
—¿Qué puede ser? —preguntó uno de los aldeanos que quedaban, con la voz tensa por el miedo.
—Son los dioses —se rio Bel, lo que hizo que la gente, sobresaltada, lo mirara temiendo que estuviera loco—. Confíen en mí —dijo, observando la luz en la ladera con ojos que brillaban en la penumbra.
—¿Vamos a morir? —susurró un joven, pellizcándose nervioso la piel de los labios mientras miraba hacia la ladera.
—Todo el mundo muere —respondió Bellicus, con una voz extrañamente alegre—.
Sobre todo aquellos que nunca vivieron de verdad cuando tuvieron la oportunidad.
No tienen nada que temer esta noche; los dioses están jugando y no nos van a molestar.
Vamos —se dio la vuelta y se dirigió a zancadas hacia la posada, haciendo un gesto para que la multitud lo siguiera—. Tengo más historias que contar.
—A lo mejor deberías contarlas menos tétricas —refunfuñó un viejo, y su comentario fue recibido con asentimientos y peticiones de un cuento divertido mientras la gente seguía al druida gigante, la mayoría todavía lanzando miradas desconfiadas y curiosas hacia las ruinas abandonadas de la colina.
Bellicus volvió a su lugar de antes, cerca del fuego, agradecido por el calor que hacía evaporar en el aire la lluvia que empapaba su capa.
Se tomó otra cerveza que Docca le sirvió encantada y le contó a la gente historias divertidas y locas sobre los enanos pelirrojos de las tierras de los pictos, que tenían los pies tan grandes que podían ponérselos sobre la cabeza para taparse de la lluvia, y sobre el trabajador y vengativo duende de Bodesbeck.
Cuando se fue a dormir, un poco borracho y feliz de saber que iba por el buen camino, la gente de Danum ya casi había olvidado el miedo de antes.
Había empezado otra canción que resonaba por todo el edificio de madera mientras Bel acomodaba la cabeza en el colchón de paja maravillosamente cómodo que Cai y Eolas habían traído de los establos, y que ya descansaba plácidamente en el suelo a su lado.
Justo antes de quedarse dormido, se levantó a vaciar la vejiga en un balde de madera junto a la cama y abrió la contraventana.
El aire de la noche era fresco y limpio, con esa promesa de renovación que siempre trae una tormenta pasajera, y pudo ver, en lo alto de la colina lejana, un tenue resplandor naranja.
En lugar de asustarlo como antes, ahora le daba paz saber lo que significaba, y volvió a la cama con una sonrisa sombría en la cara.
Ya estaba cerca. En los próximos días alcanzaría a los sajones y se vendría el ajuste de cuentas.
Los dioses lo guiarían, tal como lo habían hecho a lo largo de todo este increíble viaje.