CAPÍTULO DIECIOCHO
Horsa estaba enojado. Sabía que todo el mundo pensaba que siempre estaba de mal humor, pero eso no era cierto; simplemente era apasionado y no soportaba a los tontos.
Sin embargo, hoy estaba realmente furioso.
Las nubes que amenazaban con empaparlos en cualquier momento no mejoraban su estado de ánimo.
No solo se había retrasado el viaje de regreso con Hengist por el intento de fuga de la mocosa, sino que el hombre que debió vigilarla la noche en que desapareció había seguido su ejemplo.
Sabiendo que lo castigarían con severidad por quedarse dormido durante su guardia, el muy maldito se había escabullido del resto de la banda mientras buscaban a Catia.
Horsa no podía culparlo, porque el castigo por semejante falta habría sido la muerte.
Y tampoco una muerte rápida e indolora. Era una medida dura, pero la próxima vez podría no ser una niña la que se escapara, sino una fuerza de guerreros enemigos acechándolos en las sombras con el acero frío en las manos.
Así que el joven centinela había escapado, sin duda con rumbo a la costa para abordar un barco rápido de vuelta a Jutlandia, donde podría pasar desapercibido y comenzar una nueva vida.
Era exactamente lo que Horsa habría hecho en su lugar, pero eso servía de poco consuelo para el gigante sajón, quien llevaba tiempo deseando descargar la frustración que se le había acumulado desde que emprendieron el viaje hacia la Costa Sajona.
Ya era bastante malo que la niña los hubiera retrasado, pero encima el imbécil de Aldred se había atrevido a atacarlo.
Algún día Horsa se la cobraría; por el momento, se había quedado con las ganas de ver al inútil centinela sufrir una muerte lenta.
El tonto habría sido un buen sacrificio para los dioses, y eso tal vez habría calmado las cosas para el resto del trayecto.
Al fin y al cabo, todavía les quedaba un buen trecho por recorrer y todo el esfuerzo podría ser en vano.
Miró a la niña, que se había enfermado y ahora yacía en una camilla improvisada que cargaban Aldred y uno de los otros guerreros.
Tenía el rostro de un color grisáceo y la piel húmeda por el sudor; de vez en cuando, se despertaba a medias e intentaba vomitar, aunque ya no le quedaba nada en el estómago.
Horsa ya había visto esa enfermedad y sabía que podía terminar en la muerte con la misma facilidad con la que el paciente se recuperaba por completo.
Sin embargo, los que sobrevivían solían contar con un curandero que los guiaba a través de lo peor, y ellos no tenían a nadie experto en el uso de plantas o pociones.
Algunos sabían coser una herida de batalla o incluso cauterizar un miembro mutilado con fuego, pero la chica padecía un mal menos tangible, menos visible.
Quizás hacía falta una völva o incluso uno de los druidas británicos para salvarla.
O tal vez ella misma pudiera resistir la enfermedad, reflexionó Horsa, volviendo la vista hacia el camino. Sin duda, tenía fuerza en su interior.
Echó un vistazo al resto de sus compañeros, irritado por la forma en que evitaban cuidadosamente su mirada. Incluso los pocos que se mostraban amables con él temían su temperamento y esperaban que estallara en cualquier instante. Creían que lo conocían, pero se equivocaban.
No se consideraba un hombre cruel, simplemente era duro.
Decidido. Así lo habían criado. Era verdad que su hermano mayor, Hengist, no era tan despiadado, pero Hengist nunca había tenido la necesidad de serlo.
Siempre estuvo claro que él heredaría las tierras de su padre y los guerreros que las defendían.
A Horsa no le molestaba tanto eso, pero significaba que debía pelear más duro por las cosas que quería.
Mientras que una joven hermosa abriría las piernas sin pensarlo dos veces ante el heredero al trono del rey Wihtgil en Jutlandia, esperando recompensas futuras, no sería tan complaciente con Horsa, cuyas perspectivas eran mucho más sombrías que las de su astuto hermano mayor.
Y no eran solo las mujeres las que preferían a Hengist, sino todo el mundo.
Con el tiempo, Horsa terminó por aceptarlo como algo natural, y comenzó a usar su fuerza para arrebatar lo que otros no le daban de buena gana.
A veces esos otros eran más fuertes, sobre todo cuando era niño, y se llevaba una paliza por sus acciones; pero cada patada o puñetazo recibido solo lo hacía más resistente.
Mucho antes de que lo proclamaran hombre, ya era un veterano de docenas de peleas.
Un guerrero nato; ese era su lugar en el mundo, pensó Horsa, dibujando una sonrisa sombría.
A veces intentaba ser encantador y amistoso, como Hengist, pero mientras a su hermano eso le salía de forma natural, a Horsa le costaba demasiado fingir.
Y era justo eso: una actuación. No le caía bien la mayoría de la gente en Middangeard y le era difícil ocultar su desprecio.
Pero no por crueldad, sino porque sus estándares eran muy altos.
Mientras que Hengist o ese infeliz —miró de reojo a Aldred, que cargaba la camilla de la niña sin quejarse— podían charlar hasta con el más tonto, Horsa prefería evitar esas conversaciones sin sentido.
Por supuesto, no solo los granjeros y los siervos de baja cuna eran idiotas; incluso los jarls podían ser tan torpes como el ganado por el que pasaban en ese momento.
Hengist siempre le decía que debía intentar ser más complaciente con los demás si quería convertirse en un gran líder de hombres, pero eso iba en contra de la naturaleza de Horsa.
Él le decía a la gente cómo eran las cosas, no cómo querían escucharlas. Si eso frenaba su ascenso en el mundo, simplemente tendría que tomar lo que quisiera por la fuerza, tal como siempre lo había hecho.
El sol salió de detrás de las nubes blancas y esponjosas que habían ocultado su rostro durante casi toda la mañana, y su luz ahuyentó las sombras a una velocidad increíble por los campos de alrededor.
Una figura en lo alto de una pequeña loma, sin duda el pastor que cuidaba del ganado cercano, levantó un brazo para protegerse los ojos mientras veía pasar a los sajones por el camino de abajo.
Horsa ignoró al hombre mientras seguía pensando en su propio futuro.
Para llegar a ser poderoso, era necesario contar con aliados influyentes.
Empezó a caminar más rápido, adelantando a los cansados camilleros sin decir palabra, hasta situarse en la vanguardia de la banda de guerra, junto a Orvyn, que iba al frente.
A Horsa le caía bastante bien aquel hombre, aunque a veces notara el desdén en los ojos de Orvyn cuando lo miraba. El líder maduro de su grupo era exactamente el tipo de persona con la que Horsa necesitaba congraciarse. Quizás era hora de que aprendiera a ser más encantador.
—Deberíamos parar en el próximo asentamiento y buscar ayuda para la chica.
Orvyn casi se detuvo en seco, tan sorprendido estaba por las palabras del joven y alto guerrero.
—¿Y a ti qué te importa? —gruñó el líder sajón, reanudando su paso firme—. No hace mucho querías darle una paliza hasta dejarla inconsciente, y lo habrías hecho si Aldred no te hubiera detenido.
Horsa asintió. —Es cierto, pero se merecía un castigo por los problemas que nos causó, ¿no estás de acuerdo?
El otro hombre se encogió de hombros. —Quizá sí, pero tú siempre te pasas de la raya.
Horsa aceptó la reprimenda con otro leve movimiento de sus anchos hombros y continuó: —Podría morir si no le conseguimos ayuda.
No me importa ella en lo más mínimo, pero, al igual que tú, quiero que nuestra misión tenga éxito.
Woden sabe que ha sido un camino bastante duro, y algunos de nuestros compañeros han perdido la vida por esto. Sus muertes deberían significar algo.
Orvyn lo miró de reojo, sin duda buscando alguna pista sobre esa repentina preocupación —tan poco habitual en el testarudo joven guerrero— por la chica y sus camaradas caídos.
Horsa mantuvo el rostro impasible y el capitán, conforme, volvió la vista una vez más hacia el camino que los llevaba de regreso con su bretwalda .
—De acuerdo —asintió—. Buscaremos un sanador en el próximo asentamiento, siempre que no sea demasiado grande. No queremos llamar la atención ni que nos ataquen.
Horsa sonrió y le dio una palmada en la espalda a Orvyn como si fueran amigos íntimos.
Detrás de ellos, el compañero de Aldred que cargaba la camilla murmuró: —¿Qué está pasando ahí arriba? ¿De qué crees que están hablando?
—Ni idea —respondió Aldred—. Pero sea lo que sea, seguro acabará mal para alguien.
* * *
La espada de Bel silbó al pasar junto a uno de los lanceros de Arturo y se clavó de lleno en la cara de un sajón.
Mientras el hombre caía hacia atrás, gritando y ensangrentado, el druida retrocedió, localizó un segundo objetivo y, esquivando el torpe golpe de un atacante, repitió la maniobra.
Una vez más, su espada prestada atravesó piel y hueso, eliminando de la lucha a un odiado enemigo antes de dar un paso atrás, listo para repeler más ataques.
La batalla había comenzado bien para los británicos cuando las dos murallas de escudos enemigos se alinearon, con las lanzas en ristre, a ambos lados del campo.
Ya desde lejos se notaba con claridad que muchos de los invasores no tenían ganas de pelear.
La demostración mística de Merlín y Bellicus había sembrado la duda en las mentes supersticiosas de los sajones, y la presencia de la caballería pesada de Arturo aumentaba el miedo que Bel casi podía sentir irradiando de los desalentados hombres que se enfrentaban a ellos.
Merlín había regresado al campo de batalla; bailaba y cantaba como un loco, con los ojos casi completamente blancos mientras brincaba frente al ejército sajón, que ya no contaba con ningún chamán propio para contrarrestar los hechizos del druida.
Terminó su extraña actuación señalando al comandante, Fleming, y profetizando su muerte antes de que el sol alcanzara el cenit ese mismo día.