CAPÍTULO DIECISIETE #2
—Lo siento, muchacha —murmuró, antes de izarla y cargársela al hombro como si fuera un saco de grano.
Empezó a caminar, cojeando, tras los pasos del resto. Se preguntó si aquello era de verdad todo lo que le deparaba la vida. ¿Les resultaba divertido a los dioses presenciar cómo se desarrollaban escenas semejantes ante sus ojos? ¿Acaso les importaba lo más mínimo el sufrimiento de los mortales?
—Te llevaré en brazos dentro de un rato —le dijo, concentrándose en poner un pie delante del otro para no perder el ritmo de sus compañeros—. Primero necesito recuperar el aliento.
—Te odio.
Las palabras sonaron tenues, pero llegaron cargadas de veneno.
Aldred las sintió clavarse en su carne como púas de hierro.
Él era el único que se había preocupado por proteger a la princesa, ¿y qué había ganado a cambio?
La niña lo despreciaba tanto como al resto de sus captores, y sus propios hombres perdían a marchas forzadas el respeto que le tenían.
Además, Horsa jamás olvidaría lo ocurrido; el gigante buscaría venganza, una compensación de sangre por los hematomas que ya florecían en su joven rostro.
¡Que Woden me asista! , pensó, ¡quizá debería regresar a Jutlandia y hacerme granjero como mi hermano!
* * *
Bellicus sentía una punzada de esa vieja ansiedad de batalla que solía paralizarlo en su juventud, y era un sentimiento comprensible.
El ejército de Arturo era mucho más numeroso que cualquier otro del que hubiera formado parte; su enemigo, además, contaba con un número similar de efectivos.
La mayoría de las bandas de guerra en las que Bellicus había militado apenas sumaban una veintena de hombres, aunque había combatido junto a cincuenta, e incluso setenta, en ocasiones señaladas, cuando Alt Clota se movilizaba contra los invasores dalriadianos dispuestos a saquear las tierras nativas.
Las huestes de Arturo contaban con casi doscientos hombres.
La mayoría formaría el muro de escudos, pero una proporción considerable la componían caballeros con armadura pesada.
Aquella era una táctica novedosa que Arturo había rescatado de los romanos ya desaparecidos y que, por lo que el druida sabía, resultaba exclusiva de las fuerzas del joven señor de la guerra.
La mayor parte de los britanos, sobre todo al norte de la antigua muralla romana, combatían a pie, a menudo semidesnudos para hacer gala de su valor.
La estampa de las grandes monturas de guerra intrigó a Bellicus.
Examinó las protecciones que lucían no solo los guerreros, sino también las bestias.
La idea de aquella muralla equina de sangre y hierro cargando a galope le hizo estremecerse por dentro.
Ningún ejército podría resistir semejante embestida a menos que dispusiera de tropas suficientes para absorber las severas bajas que la caballería infligiría en su primera acometida.
Sin embargo, los sajones a los que iban a enfrentarse no se contaban por miles; según Merlín, las fuerzas estaban equilibradas. La victoria dependería del terreno, de las tácticas y del puro anhelo de triunfo.
A Bellicus lo habían convocado principalmente por esto último: se esperaba que los druidas quebrantaran la moral enemiga y propiciaran el favor de los dioses para su propio bando.
Mientras observaba a los capitanes de Arturo disponer a los hombres para la inminente batalla, sus pensamientos volaron a los días que pasó con Qunavo en Iova, donde aprendió los deberes de un druida en el campo de batalla.
—Lo primordial en una contienda es la moral —le había enseñado Qunavo—.
Puedes liderar un ejército de cien hombres contra una fuerza que duplique su tamaño, pero si el bando menor está convencido de su victoria mientras el otro aguarda temeroso, nervioso y sin plena confianza en su caudillo…
bueno, los números no sirven de nada en tal tesitura.
Así pues, la clave del triunfo consiste en ganar la batalla antes de que se crucen las armas; y ese es tu cometido.
Le había propinado un puñetazo en el pecho al Bellicus de diez años para sellar sus palabras.
—Infundes el pavor de los dioses en el enemigo por cualquier medio que conciba tu mente. Danza, grita, canta, lanza injurias y maldiciones sobre los campeones más fuertes del muro de escudos rival; ejecuta prodigios que demuestren al enemigo que gobiernas las fuerzas que tanto temen.
—¿Magia?
—Así es —había sonreído Qunavo, con esa familiar mueca burlona en sus labios delgados—. Magia, muchacho. Aprende a dominarla, pues te servirá mejor que la mayor destreza con la espada larga.
En aquel momento, Bellicus juzgó que su mentor había perdido el juicio.
¿Cómo podía un ardid ser más poderoso que la capacidad de medirse contra tres o cuatro hombres a la vez con el acero en la mano?
Sin embargo, a medida que creció y dominó las artes de las que Qunavo hablaba, comprendió que la magia constituía un arma extraordinariamente letal en el arsenal de un druida.
En especial si este poseía el ingenio necesario para exprimir su don.
Al reparar en los carros que los capitanes de Arturo empleaban para desplegarse, Bellicus quedó hondamente impresionado.
Aquellos vehículos tirados por caballos ya no se usaban para el combate propiamente dicho, sino para transportar a los nobles al campo de batalla en una ostentación de riqueza y poder.
Boudicca y los suyos se habrían servido de carros similares siglos atrás, a menudo con guadañas acopladas a los ejes para causar estragos entre las legiones romanas, pero requerían un terreno llano para no resultar inútiles.
Peor aún: tropezar con una roca o caer en una zanja dejaba al ocupante vendido y rezagado, transformándolo en un blanco fácil.
No obstante, Arturo, según le refirió Merlín, se valía siempre de aquellos imponentes carros para parlamentar con los comandantes enemigos en el encuentro ritual previo al combate; tras la tregua, regresaba a salvo tras las líneas aliadas para montar su caballo de batalla, listo para la lidia.
Bellicus vislumbró un uso excelente para esos vehículos. Una demostración de magia menor capaz de fulminar la moral del invasor antes del primer toque de cuerno. Le había expuesto el plan a Merlín, y el viejo druida sonrió, captando el potencial de la estratagema.
Había llegado la hora de ponerla a prueba.
—¿Listo?
Bellicus asintió y subió a la plataforma del carro, replegando su imponente anatomía bajo el bastidor delantero para ocultarse a los ojos del ejército enemigo. Merlín subió a su vez, situándose a su espalda, mientras Arturo saltaba al segundo vehículo, emparejado con el de los druidas.
Cada carro iba enjaezado a un par de soberbios caballos blancos, escogidos por su estampa, y un auriga tomó las riendas en ambas plataformas, presto a conducir a los pasajeros hacia la vanguardia del ejército.
Los carros solo contenían una cosa más, y los aurigas habían recibido órdenes minuciosas sobre qué hacer con aquellos objetos en cuanto recibieran la señal.
Desde su escondite, Bellicus alzó la vista al cielo y rezó a Taranis para que mantuviera a raya las nubes que comenzaban a acumularse, al menos un poco más.
—No te dejes ver hasta que dé la orden —le murmuró Merlín, con una sonrisa beatífica en su rostro barbudo mientras los conductores restallaban los látigos y las ruedas crujían ante el esfuerzo de las monturas.
Bellicus sentía cómo la emoción crecía en su pecho a medida que se aproximaban al punto medio entre ambos ejércitos.
Se asomó por una pequeña rendija en el bastidor de la carroza para observar a las fuerzas que se les oponían.
La masa informe de guerreros se descompuso en rostros individuales, sombríos tras escudos de madera pintada de los que sobresalían lanzas, espadas y hachas como las púas de un erizo acorralado.
Dejaron atrás el rugido y la seguridad de su propio muro de escudos y avanzaron hacia la pradera llana y vacía que separaba a los ejércitos, donde los aurigas frenaron con destreza a los caballos blancos. Detuvieron los carros con una precisión tan experta que bien parecía ensayada.
Los sajones clavaron ojos coléricos en Arturo y Merlín, sin mostrar sorpresa alguna al ver a la pareja.
Con su barba ondulada y su largo bastón de roble, resultaba evidente que el anciano era un mago, mientras que el joven y esbelto britano destilaba un aire de confianza que lo delataba como el señor de la guerra. Ni Arturo ni Merlín desmontaron.
El comandante sajón se adelantó para recibirlos, con una sonrisa arrogante en sus facciones marcadas por las cicatrices de mil batallas.
Parecía rondar los treinta años, portaba una espada larga de excelente factura y lo acompañaba un guerrero musculoso y de estatura media.
Otros dos se posicionaron a su lado, con los rostros mugrientos y el cabello endurecido por las deyecciones con las que se habían untado en algún ritual extraño y repugnante; una práctica de la que Bellicus había oído hablar, pero en la que jamás creyó del todo hasta ese instante.
El grupo se detuvo a unos diez metros de los carros britanos y el jarl apuntó con su acero hacia Merlín.
—Soy el jarl Fleming y hoy es el día en que tu señor de la guerra va a morir —declaró con voz seca—.
Sigue con tus estúpidos insultos, viejo, y acabemos con esto de una vez para que mi campeón, Holt —asentó con la cabeza hacia el soldado corpulento a su derecha—, pueda enseñarle a tu rey Arturo cómo se lucha. Así es como funciona esto, ¿no?
El sajón habló en su propia lengua, pero Merlín lo comprendió a la perfección y replicó en el mismo tono:
—Arturo no es ningún rey, y es un espadachín demasiado virtuoso como para rebajarse a combatir contra esa lamentable excusa de campeón que traes contigo.