CAPÍTULO DIECISIETE
Aldred estaba exhausto y un torbellino de emociones le hería la cabeza desde que los sajones se despertaron el día anterior y descubrieron que su cautiva había desaparecido.
Sentía ira hacia el hombre que debió montar guardia y que había cometido el pecado imperdonable de quedarse dormido en su puesto; frustración ante la posibilidad muy real de fracasar en su misión; una punzada de alegría al pensar que la niña había escapado del destino al que la conducían; y miedo.
Miedo a lo que pudiera ocurrir si regresaban ante Hengist con las manos vacías. Miedo por las posibilidades de supervivencia de la pequeña allí, en mitad de la nada. Miedo a lo que Horsa pudiera hacer si lograban recapturar a Catia.
Por esa última razón, Aldred se había asegurado de formar parte del grupo de búsqueda que se dirigió hacia el oeste, siguiendo el curso del arroyo junto al que habían acampado.
Orvyn se había llevado a cinco de los hombres hacia el este, mientras que el otro grupo incluía a Horsa.
A Aldred le parecía que esa debía de ser la dirección que tomaría la niña, ya que el arroyo era el único punto de referencia en aquel páramo que ofrecía algún tipo de orientación.
El día anterior habían seguido el agua a ciegas durante una hora, y los hombres se sentían cada vez más desilusionados con una persecución que parecía inútil.
Horsa se enfurecía a cada paso, hasta el punto de que Aldred empezó a rezar a Woden para que Catia se les escapara, sin importarle las consecuencias de volver ante Hengist sin ella.
Al final, justo cuando estaban a punto de abandonar la búsqueda, uno de los hombres reparó en un pequeño tramo de hierba recién pisada al otro lado del arroyo poco profundo.
—Mira —dijo el guerrero, cruzando el agua de un salto y señalando el suelo con una sonrisa, mientras sus ojos seguían las huellas claramente dejadas por dos piececitos—. ¡Se fue por aquí!
Horsa gruñó como una bestia, pero asintió con la cabeza para animar al hombre.
—Bien visto, Seaver. Pensaba que nunca encontraríamos a esa pequeña zorra.
—Aún no la hemos encontrado —advirtió Aldred mientras saltaba el arroyo y empezaba a seguir el rastro de Catia.
Horsa escupió al suelo con desagrado.
—Te alegrarías si nunca la encontráramos, ¿verdad? Maldito bastardo. Seguro que la ayudaste a escapar.
Aldred podía tolerar las mofas y los insultos, pero sugerir que era un traidor cruzaba la línea. Se volvió hacia el joven, con la mano posada firmemente en la empuñadura de su espada mientras le devolvía una mirada fulminante.
Horsa tuvo el sentido común de desviar los ojos y se apartó sin añadir palabra.
Todos los hombres de la banda de guerra sajona sabían que Aldred era un guerrero temible, uno de los mejores de todo el ejército de Hengist, con numerosas muertes a sus espaldas.
Su lugar en las mesas de banquete del Valhalla estaba más que asegurado.
Horsa podía ser más joven, más corpulento y más fuerte, pero ningún hombre del grupo apostaría contra Aldred si llegaba a ver derramamiento de sangre.
Sin embargo, Aldred no era un berserker; sabía cuándo desatar la furia que la batalla encendía en su interior y cuándo morderse la lengua para dejar la pelea para otro momento.
Un enfrentamiento con el hermano del bretwalda parecía inevitable, pero podía esperar.
En ese momento, la prioridad era encontrar a Catia.
A medida que avanzaba la persecución, Aldred temía que la niña no pudiera sobrevivir mucho tiempo sola ahí fuera, ni siquiera con el agua y las provisiones de la bolsa que le habían entregado antes de su huida. ¡Solo tenía ocho inviernos, por Thunor!
Una parte de él sospechaba que sería mejor para ella perecer en este desierto que enfrentarse al destino que Hengist y Thorbjörg le habían reservado, pero era un hombre de honor, y eso significaba cumplir con su deber hacia su señor. Tenía que encontrar a Catia, por mucho que le pesara en el alma.
No tardaron mucho en verla. La gran colina que habían cruzado apenas unos días antes se alzaba en la distancia sobre ellos cuando Horsa divisó la pequeña figura tambaleante abriéndose paso entre la hierba alta.
Aldred casi sonrió ante el ingenio de la pequeña: no tenía ni idea de dónde estaba, así que usó el único hito que recordaba para encontrar el camino a casa. Quizás incluso lo habría conseguido…
No, habría sucumbido al frío o a la falta de alimento antes de que sus piernas cortas y su inexperiencia vencieran la evidente determinación que ardía en su interior. Al menos, pensó Aldred, ahora tendría la oportunidad de vivir un poco más.
Aunque eso parecía poco probable. Horsa soltó un rugido atronador y echó a correr; su cuerpo corpulento y sus grandes zancadas devoraban el terreno como si cruzara una pradera llana.
Aldred también empezó a correr en cuanto vio que Catia volvía la cabeza. Intentó acelerar el paso, pero fue en vano. La pequeña no tenía envergadura para cubrir tanta distancia, y su cabeza gacha y su trote tambaleante delataban un agotamiento absoluto.
Horsa, que era un corredor veloz, no tardó en alcanzar a la princesa.
Alargó el brazo, la atrapó por la espalda de su túnica mugrienta y tiró de ella hacia atrás con brusquedad.
La niña cayó al suelo, y Aldred la perdió de vista entre la maleza y los cardos que cubrían la zona como juncos en un salón de banquetes.
—¡Quítate de encima, cerdo! —chilló Catia. Acto seguido soltó un insulto que Aldred no alcanzó a comprender, pero vio el efecto inmediato que causó en el ya enfurecido Horsa.
El gigante se agachó y el sonido seco de una bofetada resonó en mitad del páramo, seguido por un grito de pura desesperación.
—Pequeña zorra, nos has hecho perder demasiado tiempo —rugió Horsa—. Puede que mi hermano te quiera viva, pero jamás especificó en qué condiciones debías llegar.
La muchacha intentó zafarse, pero el sajón, pesado como un oso, le propinó una patada. Esta vez, el lamento de Catia fue tan desgarrador, tan cargado de dolor, que Aldred sintió una oleada de furia ciega mientras devoraba los metros que los separaban.
—¿Te creías muy lista escapando de esa manera? ¿De verdad? —bramó Horsa con el rostro encendido de ira, inclinado sobre la pequeña figura que sollozaba entre la hierba. Levantó la mano de nuevo, pero antes de que el golpe cayera, Aldred se abalanzó sobre él.
Ambos hombres rodaron por el suelo. Cegados por el odio, ni siquiera repararon en las espinas que les arañaban las manos y el rostro. Puños, codos y rodillas se batieron en un torbellino; cada guerrero buscaba la posición de ventaja, olvidándose de Catia en su afán por moler a palos al otro.
—Deberías avergonzarte —gruñó Aldred, sintiendo una honda satisfacción cuando su puño impactó de lleno en la mejilla de Horsa—. Descargar tu fuerza contra una niña...
Horsa respondió aferrándolo por el cuello. Apretó con saña, dispuesto a estrangular a su compañero de armas, mientras la pequeña intentaba alejarse de nuevo, arrastrándose con torpeza en dirección a la colina.
El resto del grupo de búsqueda llegó por fin a su altura. Uno de los hombres levantó a Catia del suelo y la inmovilizó contra su pecho para sofocar sus débiles forcejeos, mientras los otros tres se empleaban a fondo para separar a los contendientes.
—¡Basta! ¡Basta ya! Se están comportando como niños —bramó Seaver. Resultaba casi imposible contener a la pareja por la fuerza—. Contrólate, Horsa: eres un guerrero sajón, no una bestia. Ese rostro tuyo va a perder toda su galanura si sigues recibiendo golpes.
El joven era célebre por su vanidad, y aquel comentario, lanzado a medias de broma, pareció aplacar la rabia de Horsa. Mientras este se dejaba empujar hacia atrás, Seaver se volvió hacia Aldred.
—Y tú… Te tienes por el más sensato, pero aquí estás, ensañándote con uno de los tuyos por una maldita britana. En nombre de Woden, ¿qué te ocurre?
Ambos combatientes dieron unos pasos atrás, jadeando, con los ojos inyectados en sangre.
Horsa lucía dos marcas en el rostro que no tardarían en convertirse en feos hematomas; a Aldred le sangraba la nariz y se encorvaba protegiéndose el costado izquierdo, como si hubiera recibido un mal golpe bajo la cota de malla.
—¿Qué vas a hacer, Aldred, cuando nos presentemos ante mi hermano?
—se mofó Horsa, con un deje de diversión maliciosa sustituyendo el frenesí de la pelea—.
Si no toleras que la muchacha reciba un poco de disciplina, ¿cómo vas a reaccionar cuando veas lo que la völva ha dispuesto para ella?
¿Vas a alzarte contra tu bretwalda , contra Thorbjörg y contra todo el ejército?
Aldred sostuvo la mirada de su enemigo, pero guardó silencio.
—Espero de corazón que lo hagas —insistió Horsa, dibujando una sonrisa lobuna en sus facciones heridas—. Porque la próxima vez no habrá nadie para interponerse, y terminaré lo que he empezado hoy.
Se llevó las manos a la garganta en un ademán explícito de estrangulamiento. Aldred tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no imitar el gesto; todavía sentía la presión de aquellos dedos mugrientos hundiéndose en su carne y aplastándole la tráquea. No era una experiencia que deseara repetir.
—Basta de cháchara —zanjó Seaver, sacudiendo la cabeza con fastidio—. Regresemos al campamento con Orvyn y los demás.
Los hombres se dieron la vuelta y emprendieron la marcha. Horsa señaló con desprecio al guerrero que aún sostenía a Catia.
—Que la lleve él, ya que le tiene tanto cariño.
El sajón soltó a la niña sobre la hierba, justo a los pies de Aldred, y el grupo se alejó sin mirar atrás, mientras Horsa soltaba una carcajada y le preguntaba a Seaver si de verdad le parecía tan bien parecido.
Catia yacía en el suelo, llorando en un silencio que delataba que el fuego de su espíritu se había apagado, al menos por el momento, aplastado por la recaptura y la violencia sufrida.
Aldred la contempló e intentó esbozar una sonrisa, pero lo que logró fue una mueca de dolor.