CAPÍTULO DOCE #2
—¿Qué esperas? —reclamó Bel, fulminando con la mirada a Carnucus, con las posiciones ahora completamente invertidas—. Ordena a tus hombres que lo amarren. Debe responder por lo que hizo.
El anciano parecía congelado; el torbellino de acontecimientos lo había dejado sin fuerzas, y Bel sintió un destello de lástima. Al final del día, era un buen hombre.
—Tranquilo, viejo. Me marcharé en cuanto pueda; tengo asuntos urgentes que atender. Los sajones, ¿recuerdas? —Le dedicó una sonrisa de confianza, aunque no sirvió de mucho para calmarlo.
La joven tomó el control de nuevo y le ordenó a su esposo que amarrara al maltrecho Atto; el hombre, visiblemente abrumado, se apresuró a cumplir la orden.
—¿Y el muchacho? —preguntó ella, volviendo los ojos hacia el druida, quien se limitó a encogerse de hombros.
—Ya no es mi problema. No me interesa lo que decidan hacer aquí, salvo por un detalle.
—¿Cuál? —alcanzó a decir Carnucus con un hilo de voz. El impacto de saber que estuvo a punto de ordenar la muerte de un druida lo tenía conmocionado.
—¿Ese bastardo escondió alguna espada junto con mi bastón? ¿O tal vez una bolsa con monedas romanas y otros objetos de valor?
La mujer negó con la cabeza. Se la veía mucho más entera y resuelta que a cualquiera de los hombres del poblado, y Bellicus no pudo evitar mirarla con simpatía.
—En fin, no tengo tiempo para sacarle la verdad a golpes; ya perdí demasiadas horas. ¡Tú! —Señaló al único aldeano que cargaba una espada larga—. Ven aquí.
El hombre se acercó a paso rápido, con el rostro pálido de miedo, como si temiera que el druida fuera a transformarlo en un sapo o a enviarlo directo al inframundo.
—Entrégame tu espada. Ten por seguro que servirá a los propósitos de Lug.
El aldeano se desabrochó el tahalí y se lo entregó de inmediato, sin cuestionar qué obtendría a cambio. Sabiendo lo que Bellicus era, habrían obedecido cualquier exigencia.
—Te la devolveré cuando pase de regreso, una vez que termine con los sajones.
Mientras tanto —añadió, mirando a la muchacha, que se mostraba mucho más despierta que Carnucus—, haz lo posible por averiguar qué hizo Atto con mi espada, Melltgwyn.
Me gustaría recuperarla algún día; hemos librado demasiadas batallas juntos.
Ella asintió solemnemente, lanzándole una mirada de desprecio al ladrón herido, quien lloriqueaba en el suelo intuyendo que su castigo sería terrible.
—¿Melltgwyn, dijiste? ¿Qué significa? ¿Rayo Blanco?
Supongo que tiene más estilo que “Rompecráneos” o “Cercenadora”.
—Puso los ojos en blanco y se encogió de hombros antes de que Bel pudiera explicarle nada, ajena a los nombres solemnes que los guerreros daban a sus armas—.
Te preparé provisiones antes de que se desatara este lío.
Están en la taberna si las quieres. Y me cobraré el favor con esas especias que me prometiste, si no te importa.
—Faltaba más. —El druida reprimió otra sonrisa y, con un silbido, tomó el camino hacia la taberna con Cai y Eolas trotando a su lado como si nada hubiera pasado, seguidos de cerca por la joven.
Los lamentos de Atto se oían a lo lejos mientras se alejaban, pero Carnucus ya empezaba a interrogarlo: ¿qué les había ocurrido en realidad a sus vecinos de la granja?
, ¿dónde se ocultaban las pertenencias del druida?
Tal como había prometido, Matugena le tenía listo un saco de comida para reponer lo robado. Al revisar el contenido, Bel encontró pan, carne seca, avena, huevos y unos pasteles preparados especialmente para los perros. En el suelo descansaban también una cantimplora de agua y otra de cerveza.
—Gracias —dijo él con un gesto de cabeza, bajo la mirada atenta y severa de la muchacha—. Te lo ganaste con creces. —Buscó entre los pliegues de su túnica y extrajo varios saquitos de tela. Los acomodó sobre una mesa y detalló el contenido de cada uno, invitándola a tomar lo que deseara.
Ella sacó unos pequeños tarros de barro cocido y colores llamativos, moldeados sin duda en el mismo pueblo, y dejó que el druida vertiera en ellos porciones de las hierbas elegidas: eneldo, anís, pimienta negra, sal y perejil.
Los aromas no tardaron en inundar el espacio de forma deliciosa.
A la joven se le iluminó la mirada al pensar en los platillos que podría sazonar, y Bel lamentó por un segundo no disponer de tiempo para probar su cocina.
Pero ya se había demorado más de la cuenta.
A caballo era capaz de avanzar unas cinco millas más por jornada que los sajones que iban a pie, pero el tiempo perdido en las últimas horas les habría permitido sacar una ventaja considerable.
Tendría que exigirle el máximo a Darac para recuperar el terreno perdido.
En ese momento, el esposo de la joven asomó por la puerta con una sonrisa tímida, como un niño que busca la aprobación de un maestro estricto.
—Toma —dijo, extendiendo la mano repleta de piezas metálicas que brillaban a la luz.
—¿Mis monedas?
—Sí. Las encontramos en los bolsillos de Atto. Pensamos que debían ser tuyas, porque de él seguro que no son. Además, no va a necesitar dinero en el lugar a donde va.
Bel las tomó agradecido y el hombre se retiró a paso apresurado, ansioso por no perderse el castigo de Atto.
Era apenas una fracción de las monedas que le habían robado —el muy bastardo debía tener el resto enterrado en algún sitio para volver después—, pero ya se encargaría Carnucus de hacerle escupir el secreto.
De momento, ese puñado de piezas de bronce y plata le bastaría cuando pisara los territorios donde todavía circulaba el dinero romano.
Se despidió de Matugena dándole las gracias una vez más por los víveres, por haberle devuelto el bastón y por aplacar a la turba.
Luego montó a Darac y azuzó al animal. No obstante, antes de alejarse de las cabañas, Bellicus refrenó al imponente caballo negro y giró la cabeza hacia la joven, que permanecía en el sitio contemplándolo.
—Una cosa más —le gritó, provocando que ella alzara la mirada con intriga—. ¡Consigue la receta del somnífero que usó Atto conmigo! ¡Presiento que me va a hacer falta!
Ella hizo un gesto serio de asentimiento y lo saludó con la mano mientras el druida, ahora sí, partía a todo galope, dejando atrás el poblado.
Con rumbo al sur.
Se preguntó hasta qué rincón del sur planeaban llegar los sajones. Tal vez hasta la cadena de fortalezas en la región oriental a la que los romanos llamaban la Costa Sajona.
La idea resultaba abrumadora y llena de peligros, pero seguía entero y, lo que era igual de valioso, traía consigo su bastón de mando.
Tal vez la salvación de la princesa todavía fuera posible.
* * *
Catia estaba asustada, tenía frío y estaba mojada.
Había perdido la cuenta de los días que llevaban viajando, pero le parecía una eternidad.
Le dolían los pies, aunque los rudos sajones se turnaban a veces para cargarla y no retrasarse.
Le ardían los músculos y extrañaba a sus padres más que a nada.
Además, seguía sin tener la menor idea de a dónde la llevaban esos hombres, ni por qué.
Después de unos días de viaje, había dejado de decirles que su padre, Coroticus, y el druida gigante Bellicus vendrían a buscarla. Obviamente, ellos irían a caballo, por lo que podrían viajar mucho más rápido que los sajones; sin embargo, sus salvadores nunca aparecieron.
La desesperación la había invadido en ese momento, aunque la fuerza aguda y aplastante de esa emoción ya se había atenuado, por lo que ahora sentía como si llevara un gran peso colgado del cuello.
Se compadecía mucho de sí misma.
Aldred la agarró del brazo cuando ella tropezó en el camino, donde se había desprendido una piedra, y la miró con auténtica preocupación en los ojos.
Al menos parecía importarle lo que le pasara, pensó Catia, aunque en realidad no importaba.
Era tan sajón como cualquiera de ellos y su intención era llevarla a su destino, fuera cual fuera, igual que el grandullón y bruto de Horsa.
—¿Estás bien? —preguntó Aldred en voz baja—. ¿Quieres que te cargue un rato?
La niña negó con la cabeza, frunciendo los labios de una forma hosca y malhumorada que la hacía parecer aún más joven.
—¿Cómo es tu casa? —preguntó el sajón, aunque su expresión indicó que se arrepintió al instante; se dio cuenta de que no era la pregunta más adecuada para alguien que había sido secuestrada y obligada a emprender un duro viaje contra su voluntad.
La tristeza amenazaba con consumirla mientras imaginaba en su mente la imponente fortaleza de Dun Breatann, que se vería majestuosa bajo el sol de aquel día, con las aguas cristalinas del río Clota fluyendo a su alrededor.
Pero ella era una princesa, de linaje fuerte, y en su lugar la ira se encendió en su interior.
—Es un lugar hermoso —gruñó, aunque su voz aguda le quitó a ese tono la fuerza que pretendía darle—.
Se alza sobre una gran roca que ningún hombre puede escalar.
Las murallas son gruesas y fuertes, y tiene su propio pozo, así que ningún ejército invasor puede sitiarnos a menos que quiera esperar meses.
Ojalá tú y tus amigos hubieran intentado atacarnos cuando estábamos allí, en lugar de en ese pueblito.
Los habrían aplastado como moscas, a todos y cada uno de ustedes.
Aldred sonrió.
—Sin duda. Nos enteramos de todo sobre esa vieja fortaleza, y por eso no fuimos a buscarlos allí. Los sajones no somos tan estúpidos como dice la gente. Bueno, al menos no todos. —Le guiñó un ojo a Horsa y le hizo una mueca.
Catia gruñó, pero la actitud amistosa del guerrero había descongelado su mal humor. Sin embargo, este regresó cuando Horsa, sintiendo que se burlaban de él, miró con ira a Aldred.
—¿Estás intentando hacerte amigo de la niña otra vez?
Aldred asintió con suavidad, ahuyentando con la mano a una mosca que insistía en zumbarle alrededor de la oreja mientras respondía en lengua sajona.
—Sí, así es. No es más que una niña, asustada y sola. Nos ordenaron traerla, pero no hay necesidad de hacerle el viaje más miserable de lo que ya es. Si tuvieras hijos propios, quizá la verías de otra manera.
El sajón más alto esbozó una mueca de desprecio.
—¿ Si tuviera hijos? Debo de tener docenas de bastardos correteando por esta isla, además de los que tengo en mi casa de Jutlandia. No cambia nada…
—Me refiero a hijos a los que hubieras criado y cuidado, no a la descendencia abandonada de las esclavas de las que te aprovechaste.
—No me estás entendiendo, viejo. —Horsa sabía que esa indirecta le dolería a Aldred, de treinta y dos años, y sonrió con saña mientras continuaba—: Solo un tonto se encariña con un prisionero, porque no suelen sobrevivir mucho tiempo. ¿Y qué vas a hacer cuando se te muera?
Catia apenas entendía unas pocas palabras de aquel idioma tan rústico, así que no captó los detalles de la discusión, pero notó que Aldred la miraba con una profunda expresión de pena antes de volverse de nuevo hacia Horsa.
—¿Sabes algo de nuestra misión?
Horsa mostró una sonrisa de suficiencia y se encogió de hombros.
—Por supuesto que sí. Hengist me lo cuenta todo.
Aldred sabía de sobra que aquello era mentira. Hengist era un tipo astuto y paciente, mientras que su hermano menor era un testarudo que se guiaba por impulsos más que por la razón. Quizá Hengist le hubiera revelado el destino final de la princesa, pero Aldred lo dudaba mucho.
—Te sugiero que no te encariñes con tu amiguita —concluyó el menor, simulando un tono de consejo amistoso—. Las despedidas pueden ser muy dolorosas...
El grupo de guerreros continuó la marcha en silencio.
Sus pisadas firmes e implacables devoraban el terreno de forma inexorable, aunque a ojos de Catia el entorno parecía estancado.
Era un desierto de árboles y marismas interminables, interrumpido apenas por algún huerto precario que abastecía a los asentamientos locales.
Notó que Aldred volvía a observarla. Esta vez, la pena en su mirada era tan evidente que el terror constante que la acompañaba estuvo a punto de asfixiarla. Lo que sea que esa bestia de Horsa hubiera dicho, había logrado perturbar al único sajón que la trataba con un gramo de humanidad.
Sin pensarlo, se dio la vuelta para mirar el camino recorrido, rogándole a Sulis que la figura de Bellicus recortara el horizonte. Ahora tenía la certeza de que caminaba directo a su tumba.
Pero atrás no había ningún jinete alto. Solo se divisaban un par de carretas de bueyes, probablemente de comerciantes que llevaban lana y otros productos a los mercados del sur.
Nadie iría a salvarla. Si pretendía librarse de los sajones, tendría que valerse por sí misma.
La idea la sacudió como un relámpago. ¡Claro, eso era! Aquellos idiotas no podían estar atentos a ella las veinticuatro horas del día . ¿O sí?